Una nota de fondo domina la discordante y tumultuosa algarabía de ese nuevo capítulo de la revolución bolivariana que Evo Morales ha inaugurado al asumir la Presidencia de su país.
Y ese clamor que resuena alterando los tableros luminosos de las cotizaciones en bolsa, es, antes que nada, una profunda y dolorosa reclamación de justicia.
No es ese clamor una creación del nuevo presidente. Es la expresión sintomática de un mal añejo que ha ido madurando durante siglos en los odres del despotismo y en los rebosantes bocoyes de la corrupción democrática, y que ha terminado fermentando con la levadura de la incompetencia de los propios gobernantes y en las decisiones abusivas tomadas en el extranjero.
Buscando el rastro clamoroso de esa reclamación justiciera, los indigenistas de todas partes se refocilan en señalar a la Conquista española como a la principal culpable de los males que hoy aquejan a Bolivia. Culpan sin más a la civilización Occidental, de la cual, pese a todo, son partícipes. Lo mismo ha hecho Evo mezclando recientemente las merinas de los conquistadores, exploradores y aventureros de antaño con las churras de los petroleros, los banqueros y los logristas de hogaño.
Dejando aparte fáciles y hasta ingenuas culpabilizaciones, habría que retroceder hasta las más profundas raíces de la prehistoria indígena para encontrar las causas de la pobreza, del atraso y de la desorganización de Bolivia. Los antiguos pueblos andinos no conocieron otra forma de gobierno que el más puro despotismo, ni más organización que la correspondiente a civilizaciones del neolítico. De no mediar la Conquista, que incorporó el Ande a la Historia universal y lo unció al carro de la cultura del Renacimiento, hoy habría que añadir un problema a los muchos con que ya se enfrenta la Bolivia del Siglo Veintiuno: el de verse obligados a abordar, en condiciones azarosas, el proceso de Occidentalización necesario para poder comenzar apenas a ponerse al día. En la tarea de conseguir este logro se debaten todavía, partiendo del kilómetro cero, todos los países del mundo africano y algunos del Asia profunda, y eso que éstos tienen sobre los africanos la ventaja de una población organizada y con disciplina de trabajo. Sin la Occidentalización marcada por la Conquista, la población indígena de Bolivia no contaría hoy con el equipaje moral ni intelectual con que reclamar derecho ni justicia, e incluso carecería del escenario propio del mercado global al que está incorporado el país aunque sus clases dirigentes -¿las ha tenido Bolivia con los méritos suficientes para llevar ese nombre?- no han sabido dar al provecho que sacaban, un sentido que, rebasando las ambiciones de los fulanos que ostentaban el poder, llegara a beneficiar al común de los ciudadanos.
Evo Morales ha declarado quienes son sus socios y modelos políticos: Fidel Castro y Hugo Cháves. Pero ¿cuál es, de facto, la situación comparativa de Evo Morales es relación con estos personajes?
En el sentido más propio de la palabra, Evo Morales ha subido al poder por la fuerza amenazante de la calle y por el peso aplastante de los votos; es, pues, un verdadero tribuno de la plebe.
En cambio, Hugo Cháves está donde está por los votos y por la garantía, no siempre unánime e incondicional, de los Ejércitos, es, pues, un pretoriano con vocación reformista.
Fidel Castro, que consiguió el poder por la fuerza de las armas, tras de cuarenta años ejerciendo el poder de una manera personalísima, es la cabeza envejecida, mas no inhabilitada, de una “dictadura de mantenimiento” típica de la izquierda revolucionaria que basa su acción en medidas coercitivas tomadas con sentido de previsión, que convierte en instrumentos de gobierno la exclusión civil y la expulsión territorial de la población no sumisa, y que aspira a continuarse a través de una nomenclatura partidista.
Rasgos que diferencian a nuestros hombres son, también, en Cháves la riqueza, la capacidad de organización y la voluntad de poder; en Castro, la experiencia en el ejercicio del mando y la capacidad de supervivencia política probada en mil refriegas, incluída una que casi precipita al mundo en la Tercera Guerra Mundial. De Morales es, en cambio, la desconcertante multivocidad de sus enunciados políticos -a mi juicio más aparente que real-, y su radical inexperiencia de gobierno.
Por lo demás, Castro es comunista. Hugo Cháves se proclama bolivariano, timbre que también reclama Evo Morales para sí, aunque el nombre de la formación política en que se apoya, Movimiento al Socialismo (MAS), señala con toda claridad el horizonte al que quiere llegar.
¿Constituye esta tríada un desafío a los Estados Unidos? Por supuesto que sí. Pero el quid de la cuestión no reside en ese hecho, sino en la doble incógnita de si los tres caudillos en conjunto o alguno de ellos por separado, son capaces de crear con los medios que tienen un sistema económico y de poder alternativo frente al de los Estados Unidos de América, y afianzarse en una ideología coherente y aceptable para la comunidad de países euro-americanos en que pretenden afianzar su desarrollo. Esta es una cuestión principalísima, porque sin posibilidades de crear ese sistema alternativo todo desafío de estos Tres Mosqueteros se convertirá en una ridícula explosión de siseo o, lo que es mucho peor, en una detonación suicida que dará al traste con todos ellos.
Para crear un nuevo sistema, les falta a los tres hombres la talla mental necesaria, y a los tres países la escala apropiada. Y, en cuanto a sus ideologías, el comunismo de Castro sólo volvería a ser amenazante con el apoyo de China. En cuanto al bolivarismo ¿no fue el Libertador famoso por sus continuas rectificaciones que hicieron de su ideología un terreno verdaderamente movedizo en su época tanto como en la nuestra?¿no fue precisamente esa característica la que llevó a Karl Marx a descartar a Bolivar como revolucionario, en una línea congruente con su caracterización negativa de las guerras de independencia hispanoamericanas?
Algunos se preguntan qué pasaría si los sandinistas recobran el poder tras las próximas elecciones en Nicaragua. Creo yo que tal victoria sólo equivaldría a sentar un pobre más en la mesa del Cháves, el único rico del conjunto. Por otra parte, la victoria sandinista vendría a añadir más incoherencia política al grupo, porque los antiguos comandantes tienen ahora que defender los patrimonios personales que adquirieron al amparo de los acuerdos de paz con la Unión Nacional Opositora, al mismo tiempo que se ven obligados a mantener la verborrea izquierdista que los caracteriza como revolucionarios.
En cuanto a los amigos, Chile, Argentina, Brasil y España, no parece posible que acaten y aprueben, a su propia costa, las decisiones de Evo que, aunque basadas en un fondo de justicia, se sustancian a través de la arbitrariedad.
Queda el mito de la insurrección indígena. “Quechuas y aimaraes yo no son el gigante dormido”, ha dicho con legítimo orgullo el presidente Morales; pero de allí a que se vayan a producir los “mil Vietnam” que el Ché auguraba para América, hay un trecho a mi juicio, insalvable. ¿No fueron campesinos indígenas de Bolivia los que entregaron al Ché a la patrulla del ejército que lo perseguía? ¿No es Bolivia el país donde para atraer a los indios al acatamiento de las autoridades se les hacía creer que al presidente lo nombraba el rey de España, tan poderosa y venerada era la memoria de los Austrias que reconocieron la entidad jurídica de las comunidades indígenas?
No voy a hacer aquí un resumen de la trágica vida independiente de aquél país. Me basta recordar que fue Bolivar, su primer dictador, quien tuvo la ocurrencia de darle por nombre su propio apellido, y de redactarle personalmente una carta otorgada,ilustrada y utópica a la que con toda la jeta llamó constitución. Dicho texto pronto quedó en agua de borrajas; pero hoy constituye la base ideológica de la Revolución Bolivariana.
En 1879, Chile le arrebató a Bolivia la salida al mar y la despojó de la zona rica en nitratos. En 1935 Bolivia perdió la guerra del Chaco que libraba contra el Paraguay. Con esto bastaría para demostrar que los héroes y los hermanos, en ocasiones no lo son tanto.
Punto y aparte. Tengo entendido que unos treinta mil fusiles que España no pudo vender a los contendientes de la guerra del Chaco, y que fueron depositados en el arsenal del fuerte del Monte San Cristóbal, en Pamplona, sirvieron a partir del 18 de julio, para armar a los requetés navarros que en tantos lugares, incluido San Sebastián, sofocaron bien a gusto la poca o mucha resistencia republicana. Rebotes de la Historia.
Estoy convencido que si hay en el mundo un país que merezca el nombre de víctima, ese es Bolivia. Su clamor de justicia merece ser discernido de los berrinches que lo acompañan. Tarea harto difícil que exige, aparte de talante negociador, decisión firme y percepción política de lo que vale la pena a largo plazo. Y no digo más porque deseo lo mejor, evitando, en lo posible rebotes de la Historia.
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