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sábado, 20 de mayo de 2006

Monólogo de las Profesiones - Lapa

Yo me creía favorecido por la inmensa fortuna de haber podido hacer en esta vida lo que me gustaba.

Pero va y resulta que, echando cuentas para mi coleto, encuentro que al cabo de mis años he venido a caer en el pluriempleo de oficios no buscados. Cuitado de mí.

Soy, pues, un trabajador de quehaceres varios para las cuales no me dotó Naturaleza, no me educaron mis padres ni me prepararon mis maestros.

Esto es grave, gravísimo, porque estoy en la edad esa que antes se llamaba provecta, porque se suponía bien aprovechada. Y le podía haber sacado mayor provecho aprendiendo algo más sobre los oficios que ahora me toca desempeñar sin mérito alguno de mi parte, a saber: telefonista, chofer, contorsionista y mecanógrafo. Verdaderos oficios-lapa que se han venido adhiriendo al curso de la vida.

¡Ni de lejos doy el perfil deseado para el ejercicio de estas profesiones! Y encima, esta lengua de locos de todos los pelajes que es el español, me obliga a estar tan lleno de júbilo que éste se me ha de salir por las costuras, que eso significa la palabra jubilado. Un verdadero disparate.

Y que conste que no es que sea yo propenso a la melancolía. Es que no encuentro razón ninguna para partirme de júbilo desempeñando tareas para las cuales no estoy preparado.

Pero analicemos la situación, que algo puede quedar en claro. A los chóferes siempre les he tenido gran respeto, precisamente porque mi fuerte no ha sido nunca la mecánica. Por ese motivo he considerado que conducir un vehículo es responsabilidad que debe ser afrontada por especialistas. Y yo en esta materia estoy condenado a ser un don nadie por mucho que haga por aprender el oficio.

La Providencia, que según se mire, está en todos los detalles, no me eximió de la obligación de sacar la licencia de conducir. Pero tuvo conmigo el gran detalle de poner a mi alcance, en el momento preciso, a alguien más hábil que yo para que me condujera sano y salvo en medio del tránsito de calles y carreteras. Diestros y concienzudos mecánicos, amables taxistas de los muchos que a lo largo de mi vida han acudido a mi llamada, y una activa mujer que, a su entregado amor esponsalicio une la oportuna virtud de marearse si no va ella al volante, han ejercido sobre mí una tutela viaria que me ha evitado la mayoría de las ocasiones conducir vehículos motorizado. Y, la verdad, tampoco he hecho ningún esfuerzo para torcer el rumbo tan favorable en que se me presentaba la Fortuna en ésta delicada materia.

Desde joven abrigo la convicción de que nada se nos ha dado en este mundo para que nos quedemos con ello. Todo lo que consideramos nuestro nos ha sido entregado para que de alguna forma lo compartamos. Por eso creo que he de preguntarme qué rendimiento a favor de los demás he obtenido con lo poco que sé del arte de conducir y de los otros oficios-lapa que se me han pegado al viejo casco al correr de los años.

En materia de conducir, me vienen a la memoria dos episodios notables que cursaron en beneficio de los demás. Una vez conduje mi automóvil por delante del vehículo de un alumno drogata al que encontré por casualidad en un grave apuro y al que pude guiar, hasta el domicilio de sus padres, entregándolo a estos sano y salvo y sin daño para nadie. En otra ocasión, en medio de la lluvia y de la oscuridad, conduje un todo terreno por una trocha maderera carente de pavimento y de señalización, tomando el relevo de un amigo a quien la embriaguez, que le impedía valerse por sí mismo, le impulsaba también a porfiar conmigo para arrebatarme el volante.

Y como la caridad bien entendida empieza por uno mismo, tengo que recordar también la noche aquella en que mi escasa habilidad fue sin embargo suficiente para poner a salvo mi pellejo pasando a tumba abierta por en medio de unos asaltantes que simulaban un accidente en una carretera solitaria.

Teniendo en cuenta que todo esto ha sido logrado a través de unos pobres conocimientos del arte de conducir, el balance de este oficio-lapa ha sido francamente positivo. Puedo darme por satisfecho.

¿Y qué decir de la telefonía? El teléfono móvil es un maestro de la perentoriedad que se ha convertido en mi compañero inseparable. El primer teléfono de esta clase que llegó a mis manos, fue en calidad de “regalo” de un Banco. ¿Me había tocado un teléfono movil? Por pura cortesía no rechace aquél obsequio. Pero, muy poco me duró el disgusto: El teléfonino me ha ayudado a mantener el contacto con mi dispersa familia en la cual hay pasaportes de seis nacionalidades distintas, hay católicos romanos, y hay injertos judíos y luteranos, todos personas de fe y de esperanza; gentes que viven separadas por millares de kilómetros. Hoy soy un adicto a la telefonía, aunque muy disimulado. A través del micro y del auricular he dado y recibido consejos, me han llegado y he remitido avisos oportunísimos y he compartido alegrías y algún que otro dolor de los que se producen en el corriente curso de la vida. El balance es positivo.

El tercer oficio que debo someter a examen es el de contorsionista. Los coches son ahora mucho más bajos de lo que eran en mi juventud. Entonces incluso tenían estribos. Hoy, para salir y entrar de ellos hay que retorcerse como una anguila, volverse una bola como un armadillo, estirarse como un pangolín o doblarse del revés como una calceta. Sobre todo en los aparcamientos subterráneos, donde, aparte de superar las apreturas, hay que esquivar la meada de algún anciano de vejiga incontinente, o de algún mendigo de alma reivindicativa que, para tomar venganza de alguna demanda no atendida, ha encontrado que la vejiga es un instrumento tan válido como cualquier otro para tomar venganza, y más en una democracia, que para eso somos libres. Por todas estas circunstancias considero que el oficio de contorsionista, honrado cuando se ejerce profesionalmente, practicado, como es mi caso, por la fuerza de las circunstancias, no solo no me añade nada, sino que me hace perder la compostura. Con todo, he optado por aceptarlo como un mal inevitable: es lo que hay y no hay motivos para imaginarse que haya otra cosa. Es inútil quejarse y no va con mi talante. Y doy gracias a Dios, y a mis padres que son los autores materiales de mi ser, por haberme dotado de un físico gentil que me permite contorsionarme con relativa facilidad sin que se me estropeen, al decir de un amigo que sabe muy poco de medicina, las “glándulas” cervicales, ni se me alborote la “hormona” lumbar ni se me revuelva la chicha con la manteca y rinda mi vida en una apoplejía de caballo.

El cuarto oficio-lapa examinado es el de mecanógrafo. Siempre he sido autor de originales difíciles. Y siempre he sido un hombre de suerte que ha tenido excelentes secretarias. Recuerdo con agradecimiento y casi veneración a Emilia, a Aurora, a Conchita y a Rocío, que lidiaron con mis manuscritos. Ahora, tengo yo que teclear lo mío en el computador teniendo como auxiliar un programa corrector de pruebas que es de una tontez supina, pero que, empleado con prudencia que no me falta, le saca a uno de apuros. El computador me ha ayudado a evitar malos ratos a secretarias y mecanógrafas y, encima solo tengo que emplear en la escritura los dedos índices, y, cuando me da por seguir la vena lúdica, los pulgares también, con lo cual logro a veces textos repulgados como los bordes de una empanadilla. Balance, pues, positivo también. No tengo razones para quejarme de los oficios-lapa.

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