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miércoles, 10 de mayo de 2006

Malentendidos y Falsos Mensajes

Los conflictos de intereses son imposibles de evitar a menos que uno sea un elemento puramente pasivo dentro de la sociedad en que vive. Para estos conflictos sólo cabe decir que lo deseable es una solución que venga a tiempo, que sea justa o equitativa y que tienda a evitar la repetición del problema.

Pero hay otras muchas ocasiones en que se nos presentan bajo la apariencia de conflictos meros malentendidos que surgen en la vida diaria. Y éstos sí son fácilmente remediables, al menos en teoría.

Sin embargo, surge una dificultad: los malentendidos comprometen personalmente a los sujetos involucrados, permitiendo que fluya a borbotones la corriente, no siempre controlable, de la emotividad, y dificultando enormemente la búsqueda de soluciones.

Dejando aparte los contados casos de mala voluntad manifiesta o de clara propensión a enredar las cosas que ostentan algunas personas, encuentro que hay dos fuentes generales de malos entendidos.

Una de ellas es la incapacidad propia de comunicar justamente lo que uno desea comunicar.

La otra es la incapacidad del interlocutor de escuchar lo que se quiere decir.

De estas dos fuentes de malentendidos, surge una tercera que consiste en la conjunción de ambas incapacidades. Incapaz el comunicador. Incapaz también el receptor de la comunicación.

Como lo normal es que uno pueda actuar sobre sí mismo, y no sobre los demás, pienso que para el abordaje táctico de la solución de los malentendidos, es muy conveniente partir del supuesto de que el problema no reside en los demás, sino en nosotros mismos. Así podrá ser corregido lo que haya que corregir, concentrando el esfuerzo sobre nosotros mismo y alejándonos de la tentación de echar la culpa a los otros, que es achaque frecuente cuando se aborda este espinoso tema.

Imaginémonos, pues, por un instante, que somos incompetentes como comunicadores y a la vez incompetentes como receptores de la comunicación que otros nos hacen llegar. Para animarnos ante esta perspectiva tan poco halagüeña, recordemos que la incompetencia puede basarse en motivos permanentes o en motivos circunstanciales.

Entre los motivos permanentes más importantes está la tendencia a la precipitación, que a veces se puede confundir, -pues tiene los mismos efectos-, con la impaciencia.

Pero mientras la precipitación nace de la carencia de hábitos de pensar o de cierta dificultad intelectual para ponerlos en práctica; la impaciencia se origina en la falta de dominio sobre sí mismo.

La precipitación afecta al juicio y nos impide ordenar el discurso a fin de decir lo que se quiere decir y no otra cosa..

La impaciencia afecta a la voluntad, e impide tomar en cuenta las condiciones del interlocutor, induciendo a hablar sin tomar en cuenta la ocasión ni medir el efecto que se puede provocar en el otro.

La impaciencia tiene la habilidad de esconderse detrás de numerosos disfraces o pretextos, siendo los más frecuentes el de la búsqueda de la eficacia y el de la expresión de la propia franqueza. En ciertas culturas un tanto rudas, es difícil sustraerse a la tendencia de “ir al grano” aunque no se sepa distinguir la cascarilla y de llamar “al pan, pan y al vino, vino” aunque no se trate de estos géneros.

Un pretexto de la impaciencia, generalmente inconfesado, es el de aprovechar la ocasión para aplicar al otro un correctivo, lo que en el lenguaje corriente se llama “cantar las cuarenta” o “dar una lección.”

A eso llamo yo magisterio impertinente. Aunque ni siquiera merecería este nombre, porque la acción del maestro se apoya siempre en una suerte de mansedumbre y predisposición amigable, condiciones que los impertinentes no tienen. Lo último que se puede pensar para comunicarse con alguien es procurar su humillación. ¿Y puede haber más humillación para un adulto que recibir lecciones que no han sido solicitadas, y más cuando el inoportuno maestro se ha empeñado en dar el do de pecho en público “cantándole las cuarenta”?

En estos casos, se comete un doble error: se falta al respeto que debemos al prójimo –que así se llama, oiga, aunque no esté de moda decirlo-, y se falta al respeto debido a las palabras.

Y hay que recalcar, que aunque sea uno mismo quien ha concebido lo que dice – y vamos a suponer que con todo el acierto del mundo-, las palabras siempre están en función del otro. Y ese otro es acreedor a nuestro respeto sean cuales fueren los defectos que uno sea capaz de descubrir en él y que supuestamente lo hacen merecedor de escuchar la cantata..

Permitir que las palabras salgan de la boca como si ésta fuera un esfínter incontinente, puede estar muy de acuerdo con la moda de ir cada “uno a su pedo”, como dice la expresión odierna, pero lo cierto es que no hace honor a nuestra condición de humanos.

Para evitar la tendencia a la precipitación o a la impaciencia, conviene empeñarse seriamente en una tarea que a muchos les resultará antipática por desusada: examinarse cada uno a sí mismo, aplicar el mayor esfuerzo en someterse al rasero de la propia crítica, entregarse de una vez por todas a la tarea -hoy lujosa- de aspirar a la propia mejora interior, lo que llevaría a averiguar cuáles son los mecanismos sobre los que actúa rutinariamente la precipitación que impide madurar interiormente nuestras decisiones y nuestras palabras; y a discernir las ocasiones en que se dispara nuestra impaciencia para evitar así las ocasiones de repetir la pifia.

Hay una familia muy especial de malentendidos de gran complejidad que se denominan falsos mensajes, y que proliferan en la sociedad plural. En ésta, resulta fácil dar a entender actitudes que no existen, mostrar propósitos que no se tienen y describir posibilidades que no son reales.

Se trata, pues, de mentiras en toda la regla, tanto más seductoras cuanto que se mueven dentro de una bruma de optimismo, bien que inmotivado. Quizá por eso se dan con cierta frecuencia en los prolegómenos sociales del amor y de los negocios y en esos períodos de la política en que todo parece posible: las campañas electorales.

Pero este tipo de mentiras, conocidas también con el nombre de “doble lenguaje”, cuando se desciende al ámbito de la vida privada ofrecen la extraña particularidad de que quien las articula es ajeno a veces al propósito de engañar. Se producen, en algunos casos, por el uso inadecuado de las claves de la comunicación. Estas obedecen a reglas objetivas que la sociedad decantó con el uso y el sentido moral purificó a través del tiempo. Pero hoy, estos usos y esas reglas son ignorados en amplísimos sectores de la sociedad, mientras que en otros se conservan y cultivan. El equívoco, tan inocente como dañino, surge cuando el emisor prescinde, por simple desconocimiento, de la clave que el interlocutor supone que ha servido para articular el mensaje que recibe. Ni siquiera a nivel privado hay que dar por sentado que nuestra sociedad favorece el entendimiento de todos con todos. Es responsabilidad de cada uno descubrir qué claves manejan sus interlocutores y de dar a conocer las suyas. Aquí reside la primera y humilde garantía del diálogo y de la feliz convivencia.. Si no, todo quedará en mera disputa.

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