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miércoles, 15 de junio de 2011

Marktplatz

Al fin nos han dado los alemanes permiso de comer pepinos, esos frutos de la hortaliza cucumis sativus que, si llegan a grandes son llamados cohombros, cuando son pequeños se los llama pepinos, y que, macerados en vinagre o en un adobo de salmuera con especias varias, son conocidos con el cariñoso nombre de pepinillos, en alemán Essiggurken. En español pepino viene de Pepe, diminutivo de José. Y no se extrañe Vuestra Merced de estas derivaciones semánticas, porque de Juan viene juanete, y de Miguel, miquelete.

Los pepinos, por la mano que se les mire, son productos de la huerta muy politizables. Después de la Primera Guerra Mundial, tras el triunfo de los bolcheviques en Rusia, comunistas y sus enemigos escuadristas que se disputaban en Europa el dominio de la calle, dieron por meterles pepinos a los contrarios por la vía que normalmente se usa para descomer. Esto sucedió hasta que algún imaginativo italiano recurrió al conocido enema de aceite de ricino, más fácil de administrar y de efectos más inmediatos y humillantes. Dada la mudanzas de costumbres, lo de los pepinos-supositorios sería considerado hoy delito contra la libertad sexual y lo del ricino quien sabe si hubiera sido recomendado por la Organización Mundial de la Salud como método barato, sostenible y humanitario de sacar las lombrices a los negros del Africa que hoy llaman subsahariana. ¿En España dice? En España, tome nota, todo sería diferente porque ambas prácticas estarían sometidas al Tribunal Constitucional.

Que los países de la Europa de los Seis, que es la verdadera, entre los que se cuenta Alemania, son países que tienen la andorga llena, ha quedado demostrado al poder prescindir de los pepinos de mesa sin que se produzcan hambrunas ni protestas. Aunque, viendo el problema de cerca, el intríngulis de los pepinos no está en que traigan complicaciones al aparato digestivo, sino en el crecimiento de la demanda de estos frutos para la industria de productos cosméticos y dermatológicos destinados a satisfacer las ansias del mujerío que no se cansa nunca de preguntarse cuál es la más guapa del reino. Lo de la Escherichia Coli 0157:H7 es sólo una faceta. La leche de pepinos ha sido empleada siempre para el cuidado de la piel y al día de hoy esa hortaliza de la familia de las cucurbitáceas es muy solicitada por la gran industria de productos de tocador, que quiere precios baratos. Leo y traduzco el poema “Marktplatz”, del laureado poeta florentino Rinaldo Vargas-Bruno: “las gárgolas del cabrón, el cerdo cebado y las quimeras/ vigilan desde lo alto del gótico la virtud de los grandes mercaderes” Europa.

Glosa maleva del Pelotazo

Pelota, como saben Vuestras Mercedes, es un objeto esférico confeccionado con una bola pequeña de madera o de otro material duro que se recubre de borra, lana, o pelote y que, forrado de de cuero o paño, sirve para jugar. Figuradamente se dice que es “un pelota” quien tiene la costumbre de adular, pero esta acepción no viene al caso.

Como no podía ser de otra manera, pelotazo es el golpe dado con una pelota. Por extensión y figuradamente se llama pelotazo a la acción de conseguir pingües ganancias en breve tiempo valiéndose de artimañas disimuladas bajo una tapadera en apariencia legal. El pelotazo se lleva a cabo mediante operaciones complejas que con frecuencia necesitan la connivencia de las autoridades y la ayuda de los medios de comunicación. Las autoridades actúan antes del pelotazo propiciando la ocasión; durante el pelotazo, haciendo la vista gorda y borrando indicios delatores y, después del pelotazo, complicando la búsqueda de pruebas o entregando a la justicia a implicados de poca monta, generalmente subordinados o de los cuales los gerifaltes pueden prescindir sin mayor problema. Los medios de comunicación, por su parte, contribuyen al éxito del pelotazo tendiendo alambradas de silencio, lanzando cortinas de humo informativo para desviar hacia otro lado la atención del pópulo y ofreciendo a los hechores pretextos respetable como es el actuar con fines solidarios, sostenibles o sociales etc, de acuerdo a la mentalidad buenista.

En la cumbre de una enumeración jerárquica está la Cultura del pelotazo, o sea, el conjunto de sobrentendidos y actitudes que dan vigencia social al pelotazo, no ya sólo como medio de enriquecimiento rápido, sino como conducta digna de imitación, fuente de prestigio mundano y motivo para adquirir fama de inteligencia y listeza fuera de lo común. Según los estudios del erudito ceutí Sidi Hamete Ben Ngeli que la considera sólo en sus elementos aislados, los antecedentes de la cultura del pelotazo se remontan a los tiempos de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones. No obstante, de acuerdo a los estudios del mexicano Juan Diego Campalans –nieto, por cierto, del pintor de ese mismo apellido lanzado a la fama por el escritor y crítico Max Aub, del exilio republicano-, tan sólo en el Reino de las Diecisiete Repúblicas ha adquirido el pelotazo la condición de cultura viva. Tan viva y tan propia de vivos y vivales, que la crisis actual, lejos de cortar su crecimiento, ha servido para que tome nuevas y más ingeniosas formas de expresión. Que aproveche.

Cuerpo a Tierra

¡Cuerpo a tierra! ¿Quién dio esa orden tan inoportuna? En último término, claro está, habría que atribuirla al inflexible capitán Newton que no entra en combate, pero abate a quien sea. El caso es que, obediente a la ley de la gravedad, quedé tendido sobre la acera no sin antes haber descrito un amplio círculo hacia atrás tomando como centro de giro un poste metálico que servía de sostén a una señal de tráfico. Tal señal advertía de algo a los automovilistas; pero dejaba in albis al peatón respecto al peligro de unos pernos sujetos al suelo, mudos testigos del robo de alguna pieza de mobiliario urbano que nadie se había tomado el trabajo de reponer.

Tumbado en decúbito supino, mirando hacia arriba, contorneado mi campo visual por un circulo de gigantes preocupados que mostraban su buena disposición para ayudarme, fue como volver a la visión propia de un crío pequeño bajo el cuidado solícito de los mayores. Agradeciendo interiormente aquella buena voluntad, -con el húmero roto no estaba yo en aquel momento para mayores externidades-, y usando mis conocimientos de antiguo integrante de una compañía de la Cruz Roja comprobé rápidamente la localización del daño, hice lo que pude para menguar el dolor controlando la respiración y me levanté del suelo con la ayuda de algunos de los muchos que estaban allí dispuestos a echar una mano. Aparte de la gratitud hacia tantas personas que se desvivieron por un desconocido en apuros, guardo de aquellos momentos un súbito relampagueo de recuerdos: eran las personas a las que tuve que prestar ayuda en circunstancias parecidas. Alli estaban la azafata que resbaló cerca de mi en la cubierta de un barco de pasajeros, la joven disminuida física de dulcísimo expresión que perdió el equilibrio delante de mi en un aparcamiento, la moza que a mi paso por el centro de Córdoba en un agosto de fuego cayó de bruces desmayada junto al semáforo donde yo esperaba el cambio de luces y a la que hube de enjugar la sangre con mi propio pañuelo. Y así, hasta completar la lista. ¡Todas mujeres! Solo más tarde comenzaron a surgir recuerdos de los varones -una verdadera multitud-, a los cuales había auxiliado en un momento de apuro. No fue aquello un juicio, pero sí una revisión completa que me dejó dos cosas en claro. Una, que hasta en los más desinteresados detalles, la medida, y el sueño del varón es la mujer. Dos, que hasta las caídas ordenadas por el inflexible capitán Newton, en cuanto lo colocan a uno en situación de depender de los demás, contribuyen a que cada uno pueda hacer pié en la propia y personal realidad que es siempre mucho más humilde de lo que se tiende a considerar.

La gran Empanada

Hace poco tuve la ocasión de comentar que los tiempos que corren gustan de ir tatuados de impíos. Y no me retracto de haber empleado el verbo tatuar. Porque, igual que los tatuajes cubren la epidermis sin penetrar a los tejidos más profundos, la clamorosa  impiedad actual se muestra cada vez más compatible con una deforme e imprecisa presencia de lo religioso, bien que en su sentido más amplio, grosero y tergiversado. Y no me voy a detener en los esoterismos que se manifiestan en rituales barbáricos y en santerías primitivas. Tampoco me detendré ante el espectáculo variopinto de los conjuros, agüeros y vaticinios, con frecuencia catastróficos, basados en versiones pedestres de la Cábala o en  interpretaciones de las  Escrituras viciadas de ligereza. No creo que valga la pena prestar demasiada atención a ese panaché, macedonia o empanadilla  pseudoespiritual que, a ojos de muchos pasa por ser una muestra admirable de la globalización de la que se espera, -no se sabe muy bien cómo, ni por que razones-  las reformas que el mundo necesita. 

En cambio, me referiré a la paradójica situación que consiste en que la sociedad que se quiere, se presenta y se proclama atea, enemiga de Dios, o al menos ignorante o indiferente respecto a todo lo que tenga que ver con la divinidad, tiene, no obstante, que moverse, como surfista enloquecido que ignora su condición de tal, en el seno de un mar encrespado por corrientes religiosas: la ola inevitable de la Shoah sufrida por el pueblo judío, que suscita respeto cuando no arrepentimiento;  y los golpes de mar variables, amenazantes, caprichosos y envolventes del terrorismo yihadista. Paradójica tarea para una sociedad que, renegando de los ideales y antecedentes propios, quiere labrarse un porvenir sobre la Alianza de Civilizaciones, esa gran empanada mental amasada con el demo-radicalismo de Rodríguez Zapatero, el mal disimulado factor islamizante del turco Recep Erdogan y el oportunismo burocrático de Kofi Annan, inseguro trípode para sostener cualquier trasero y más si se trata del muy frondoso de la Europa de los 27.

Recordemos que Shoah, en hebreo desastre, se simultanea en el lenguaje periodístico con el término griego Holocausto, que es tanto como ofrenda destinada a consumirse por entero en el altar, concepto que se inserta con todo derecho en el ámbito religioso. Recordemos también que el terrorismo islamista, pese a los muchos distingos que se puedan formular es religioso en sus pretextos y en sus aspiraciones, siquiera la idea de un Califato Universal en que converjan el poder temporal y el espiritual sea una aspiración que todavía resulta extraña a las mentalidades excristianas, habituadas a pensar residualmente que hay que dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. Pero, si Dios ha muerto ¿A qué manos ha de ir a parar  su herencia? 

El Fuero y el Huevo

Metiendo la husma en el Fuero de San Sebastián, otorgado por Sancho de Navarra, hijo del rey García, se me antoja rastrear algunas diferencias y semejanzas entre el ayer y el ahora. Y ¡miren vuestras mercedes por dónde!, en el arto.7º encuentro un singular mandato: “ni clérigo ni navarro sea poblador en la población si no es con la voluntad del rey y el consejo de todos los vecinos.” ¿No subsiste hoy un reflejo de aquella desconfianza  en el conocido dicho de “navarro, ni de barro”? En cuanto a los clérigos, me parece que hoy son más víctimas de la desconfianza que se tienen entre ellos que no de la que pudieran ser objeto por parte de sus parroquianos y feligreses. 

Claro que no se puede hacer calzar exactamente los significados de una época con los de otra, especialmente en materia de costumbres. Por ejemplo, el artículo 4º del Fuero, en su acápite 1 expresa: “Si alguno de los pobladores hiciere fornicación con alguna mujer con la voluntad de la mujer, no dé caloña a no ser que estuviese casada.” Caloña llamaban entonces a la multa que, en caso de denuncia de la mujer, pagaba el varón al tesoro real. En cuanto al marido, vale suponer que se quedaba cantando la canción del cuco que ha demostrado ser válida para todas las épocas.

En caso de violación, delito que hoy tanto se alega en situaciones diversas y con diferentes propósitos, el Fuero disponía, que el hechor indemnizase a la  mujer, la tomase por esposa o le buscase un marido tal que con él hubiera quedado bien honrada socialmente antes de ser víctima de la fechoría, es decir, sin contar con la depreciación sobevenida. Esto “según dictamen del alcalde y de doce buenos vecinos.” ¿Se imaginan el  compromiso que esto supondría al día de hoy para el señor alcalde y para esos buenos vecinos obligados a dictaminar en materia tan liviana y no obstante tan politizable? Si el violador se negaba a todos los supuestos ofrecidos por la ley; era entregado a los parientes de la mujer para que hicieran con él  lo que mejor les cuadrara.

O sea amigos, que a tales tiempos tales costumbres. En aquél entonces la soberanía individual y la de los cuerpos intermedios como la familia, aún no había claudicado del todo ante los poderosos de la tierra deseosos de cobrar caloñas, y la venganza, ese primer escalón antropológico de la justicia, tenía reservado un hueco en el sistema que hoy la ignora y que en cambio se ha hecho abundoso en portillos, hendijas, trasfondos y atajos que favorecen al delincuente tanto como a los políticos en el poder. Claro que esto obligaría a elegir entre el fuero y el huevo, y a nadie le pagan para hacer tal cosa.