Pelota, como saben Vuestras Mercedes, es un objeto esférico confeccionado con una bola pequeña de madera o de otro material duro que se recubre de borra, lana, o pelote y que, forrado de de cuero o paño, sirve para jugar. Figuradamente se dice que es “un pelota” quien tiene la costumbre de adular, pero esta acepción no viene al caso.
Como no podía ser de otra manera, pelotazo es el golpe dado con una pelota. Por extensión y figuradamente se llama pelotazo a la acción de conseguir pingües ganancias en breve tiempo valiéndose de artimañas disimuladas bajo una tapadera en apariencia legal. El pelotazo se lleva a cabo mediante operaciones complejas que con frecuencia necesitan la connivencia de las autoridades y la ayuda de los medios de comunicación. Las autoridades actúan antes del pelotazo propiciando la ocasión; durante el pelotazo, haciendo la vista gorda y borrando indicios delatores y, después del pelotazo, complicando la búsqueda de pruebas o entregando a la justicia a implicados de poca monta, generalmente subordinados o de los cuales los gerifaltes pueden prescindir sin mayor problema. Los medios de comunicación, por su parte, contribuyen al éxito del pelotazo tendiendo alambradas de silencio, lanzando cortinas de humo informativo para desviar hacia otro lado la atención del pópulo y ofreciendo a los hechores pretextos respetable como es el actuar con fines solidarios, sostenibles o sociales etc, de acuerdo a la mentalidad buenista.
En la cumbre de una enumeración jerárquica está la Cultura del pelotazo, o sea, el conjunto de sobrentendidos y actitudes que dan vigencia social al pelotazo, no ya sólo como medio de enriquecimiento rápido, sino como conducta digna de imitación, fuente de prestigio mundano y motivo para adquirir fama de inteligencia y listeza fuera de lo común. Según los estudios del erudito ceutí Sidi Hamete Ben Ngeli que la considera sólo en sus elementos aislados, los antecedentes de la cultura del pelotazo se remontan a los tiempos de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones. No obstante, de acuerdo a los estudios del mexicano Juan Diego Campalans –nieto, por cierto, del pintor de ese mismo apellido lanzado a la fama por el escritor y crítico Max Aub, del exilio republicano-, tan sólo en el Reino de las Diecisiete Repúblicas ha adquirido el pelotazo la condición de cultura viva. Tan viva y tan propia de vivos y vivales, que la crisis actual, lejos de cortar su crecimiento, ha servido para que tome nuevas y más ingeniosas formas de expresión. Que aproveche.
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