Al fin nos han dado los alemanes permiso de comer pepinos, esos frutos de la hortaliza cucumis sativus que, si llegan a grandes son llamados cohombros, cuando son pequeños se los llama pepinos, y que, macerados en vinagre o en un adobo de salmuera con especias varias, son conocidos con el cariñoso nombre de pepinillos, en alemán Essiggurken. En español pepino viene de Pepe, diminutivo de José. Y no se extrañe Vuestra Merced de estas derivaciones semánticas, porque de Juan viene juanete, y de Miguel, miquelete.
Los pepinos, por la mano que se les mire, son productos de la huerta muy politizables. Después de la Primera Guerra Mundial, tras el triunfo de los bolcheviques en Rusia, comunistas y sus enemigos escuadristas que se disputaban en Europa el dominio de la calle, dieron por meterles pepinos a los contrarios por la vía que normalmente se usa para descomer. Esto sucedió hasta que algún imaginativo italiano recurrió al conocido enema de aceite de ricino, más fácil de administrar y de efectos más inmediatos y humillantes. Dada la mudanzas de costumbres, lo de los pepinos-supositorios sería considerado hoy delito contra la libertad sexual y lo del ricino quien sabe si hubiera sido recomendado por la Organización Mundial de la Salud como método barato, sostenible y humanitario de sacar las lombrices a los negros del Africa que hoy llaman subsahariana. ¿En España dice? En España, tome nota, todo sería diferente porque ambas prácticas estarían sometidas al Tribunal Constitucional.
Que los países de la Europa de los Seis, que es la verdadera, entre los que se cuenta Alemania, son países que tienen la andorga llena, ha quedado demostrado al poder prescindir de los pepinos de mesa sin que se produzcan hambrunas ni protestas. Aunque, viendo el problema de cerca, el intríngulis de los pepinos no está en que traigan complicaciones al aparato digestivo, sino en el crecimiento de la demanda de estos frutos para la industria de productos cosméticos y dermatológicos destinados a satisfacer las ansias del mujerío que no se cansa nunca de preguntarse cuál es la más guapa del reino. Lo de la Escherichia Coli 0157:H7 es sólo una faceta. La leche de pepinos ha sido empleada siempre para el cuidado de la piel y al día de hoy esa hortaliza de la familia de las cucurbitáceas es muy solicitada por la gran industria de productos de tocador, que quiere precios baratos. Leo y traduzco el poema “Marktplatz”, del laureado poeta florentino Rinaldo Vargas-Bruno: “las gárgolas del cabrón, el cerdo cebado y las quimeras/ vigilan desde lo alto del gótico la virtud de los grandes mercaderes” Europa.
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