Hace poco tuve la ocasión de comentar que los tiempos que corren gustan de ir tatuados de impíos. Y no me retracto de haber empleado el verbo tatuar. Porque, igual que los tatuajes cubren la epidermis sin penetrar a los tejidos más profundos, la clamorosa impiedad actual se muestra cada vez más compatible con una deforme e imprecisa presencia de lo religioso, bien que en su sentido más amplio, grosero y tergiversado. Y no me voy a detener en los esoterismos que se manifiestan en rituales barbáricos y en santerías primitivas. Tampoco me detendré ante el espectáculo variopinto de los conjuros, agüeros y vaticinios, con frecuencia catastróficos, basados en versiones pedestres de la Cábala o en interpretaciones de las Escrituras viciadas de ligereza. No creo que valga la pena prestar demasiada atención a ese panaché, macedonia o empanadilla pseudoespiritual que, a ojos de muchos pasa por ser una muestra admirable de la globalización de la que se espera, -no se sabe muy bien cómo, ni por que razones- las reformas que el mundo necesita.
En cambio, me referiré a la paradójica situación que consiste en que la sociedad que se quiere, se presenta y se proclama atea, enemiga de Dios, o al menos ignorante o indiferente respecto a todo lo que tenga que ver con la divinidad, tiene, no obstante, que moverse, como surfista enloquecido que ignora su condición de tal, en el seno de un mar encrespado por corrientes religiosas: la ola inevitable de la Shoah sufrida por el pueblo judío, que suscita respeto cuando no arrepentimiento; y los golpes de mar variables, amenazantes, caprichosos y envolventes del terrorismo yihadista. Paradójica tarea para una sociedad que, renegando de los ideales y antecedentes propios, quiere labrarse un porvenir sobre la Alianza de Civilizaciones, esa gran empanada mental amasada con el demo-radicalismo de Rodríguez Zapatero, el mal disimulado factor islamizante del turco Recep Erdogan y el oportunismo burocrático de Kofi Annan, inseguro trípode para sostener cualquier trasero y más si se trata del muy frondoso de la Europa de los 27.
Recordemos que Shoah, en hebreo desastre, se simultanea en el lenguaje periodístico con el término griego Holocausto, que es tanto como ofrenda destinada a consumirse por entero en el altar, concepto que se inserta con todo derecho en el ámbito religioso. Recordemos también que el terrorismo islamista, pese a los muchos distingos que se puedan formular es religioso en sus pretextos y en sus aspiraciones, siquiera la idea de un Califato Universal en que converjan el poder temporal y el espiritual sea una aspiración que todavía resulta extraña a las mentalidades excristianas, habituadas a pensar residualmente que hay que dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. Pero, si Dios ha muerto ¿A qué manos ha de ir a parar su herencia?
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