Páginas

miércoles, 15 de junio de 2011

Cuerpo a Tierra

¡Cuerpo a tierra! ¿Quién dio esa orden tan inoportuna? En último término, claro está, habría que atribuirla al inflexible capitán Newton que no entra en combate, pero abate a quien sea. El caso es que, obediente a la ley de la gravedad, quedé tendido sobre la acera no sin antes haber descrito un amplio círculo hacia atrás tomando como centro de giro un poste metálico que servía de sostén a una señal de tráfico. Tal señal advertía de algo a los automovilistas; pero dejaba in albis al peatón respecto al peligro de unos pernos sujetos al suelo, mudos testigos del robo de alguna pieza de mobiliario urbano que nadie se había tomado el trabajo de reponer.

Tumbado en decúbito supino, mirando hacia arriba, contorneado mi campo visual por un circulo de gigantes preocupados que mostraban su buena disposición para ayudarme, fue como volver a la visión propia de un crío pequeño bajo el cuidado solícito de los mayores. Agradeciendo interiormente aquella buena voluntad, -con el húmero roto no estaba yo en aquel momento para mayores externidades-, y usando mis conocimientos de antiguo integrante de una compañía de la Cruz Roja comprobé rápidamente la localización del daño, hice lo que pude para menguar el dolor controlando la respiración y me levanté del suelo con la ayuda de algunos de los muchos que estaban allí dispuestos a echar una mano. Aparte de la gratitud hacia tantas personas que se desvivieron por un desconocido en apuros, guardo de aquellos momentos un súbito relampagueo de recuerdos: eran las personas a las que tuve que prestar ayuda en circunstancias parecidas. Alli estaban la azafata que resbaló cerca de mi en la cubierta de un barco de pasajeros, la joven disminuida física de dulcísimo expresión que perdió el equilibrio delante de mi en un aparcamiento, la moza que a mi paso por el centro de Córdoba en un agosto de fuego cayó de bruces desmayada junto al semáforo donde yo esperaba el cambio de luces y a la que hube de enjugar la sangre con mi propio pañuelo. Y así, hasta completar la lista. ¡Todas mujeres! Solo más tarde comenzaron a surgir recuerdos de los varones -una verdadera multitud-, a los cuales había auxiliado en un momento de apuro. No fue aquello un juicio, pero sí una revisión completa que me dejó dos cosas en claro. Una, que hasta en los más desinteresados detalles, la medida, y el sueño del varón es la mujer. Dos, que hasta las caídas ordenadas por el inflexible capitán Newton, en cuanto lo colocan a uno en situación de depender de los demás, contribuyen a que cada uno pueda hacer pié en la propia y personal realidad que es siempre mucho más humilde de lo que se tiende a considerar.

No hay comentarios: