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martes, 25 de noviembre de 2008

Diálogo Chinfónico de las Bendiciones

Ahora que practicamos la interculturalidad y tenemos algún juez con jurisdicción donde no se pone el sol, voy a contarles un suceso lejano, pero muy mentado. Y que conste que lo de mentado no va porque se trate no más de una elaboración mental, sino por ser dicho de la misma manera que se mientan la mamacita las personas desconsideradas: con la puritita boca. Pues les cuento que un día preguntándole un periodista a Antonio Quintanilla, por otro nombre Anthony Quinn, actor de Jolivud, acerca de cuál era el momento más memorable de su infancia, el artista contestó que el día que Pancho Villa le impartió la bendición.

Preguntón.- ¿Pancho Villa dando bendiciones?

Respondón.- No hallo por qué no había de darlas. La madre del chamaco Antonio era una soldadera de Oaxaca –se pronuncia Oajaca-. Las soldaderas eran mujeres que, según los usos de esa época tan poco igualitaria, acompañaban a sus varones en las rodaduras de la campaña, en la alegría del saqueo y en las noches de vivac, pero no en el entrevero y la balacera del combate, que es lo mejor que toda guerra lleva consigo. ¡Híjole¡ eso se guardaba para los varones.

Figúrese cómo se acerca la mujer con el niño y con voz quebrada pide la bendición para su hijo. La solicitante se dirige al caudillo, con el tratamiento de “mi general”; o de “papa”, seguido del nombre de pila del caudillo; o con la palabra “tata”, como dicen los indios, que a veces suena a “taita”, que es lo mismo que padre; o con el título de “doctor”, si por un casual se trata de un civil al que se le suponen letras. A José Somoza se le acercaban llamándole “papa Chepe”; a Pinochet –que, por cierto y sin desdecir, tiene el apellido de una piadosa heroína de Bernanos- le decían “tata”; a Allende le trataban de “doctor”. A Doroteo Arango, lider “maderista” más conocido por Pancho Villa, le llamaban “general”.

El caudillo mira a la suplicante con benevolencia, pero sin que la menor sonrisa altere su compostura. La solemnidad del momento le impide ese desahogo. Interrumpiendo cualquier tarea que haya estado haciendo, el “tata”, el “general”, el “papa” o el “doctor”, toma al niño en sus brazos o se inclina hacia él en caso de que la talla del pequeño no permita alzarlo, y le hace en la frente la señal de la cruz con un trazo vertical y otro horizontal del pulgar y el índice de la mano derecha plegados también en cruz, mientras dice con tono solemne: “Que el Señor me lo haga un santo varón”. Luego el caudillo devuelve el niño a la madre. Esta breve ceremonia resulta impresionante, y más si el caudillo que bendice va montado a caballo. Todo un cuadro de ruda ternura.

Preguntón.- Con aire reivindicador: Y para las niñas ¿no había bendición?

Respondón.- Se suponía que las niñas, como la fruta llamada pitahaya, venían ya benditas desde la sección de embalaje sólo por tener el agujerito. Mas para ilustración de usted, buen hombre, he de decirle que había para casos de emergencia no una, sino dos bendiciones destinadas a las chamaquitas, siempre a cargo de algún personaje con faldas como la abuela, la maestra de la escuelita, la patrona de la hacienda si tenía buen corazón, o un cura, que entonces éstos también se vestían por la cabeza. Una de las bendiciones decía: “Que el Señor me le de un buen marido” y la otra: “Que el Señor y la Guadalupana me la hagan una santa mujer”

Preguntón.-Antes de que seguir, acláreme Vuestra Merced: ¿por que llama “maderista” a Pancho Villa ? ¿Acaso era amigo de los “maderos”, o sea de la policía?

Respondón.- Hay que matizar. Lo de “madero” es forma propia de gachupines para expresar desprecio hacia los agentes del orden. Doroteo Arango, por otro nombre Pancho Villa, era amigo incondicional de la autoridad, sólo que de la suya propia. Fuera de ésta, a lo único que respetaba era al Presidente Madero. Por eso le llamaron “maderista.”

Preguntón.- Tengo una segunda pregunta ¿Pancho Villa, era creyente o no?

Respondón.- Yo creo que sí, pero puede ser que no. Creer no cuesta mucho, es casi tan fácil como pecar. Lo que cuesta de verdad es ser penitente y arrepentirse del mal. Pero en la purititacap.2, versículo 19: “También los demonios creen…”. Así que la cosa va en depende. Solo sé que Pancho llegó a afirmar que Dios es muy bueno y todo lo da sin necesidad de que le pidan nada. En cambio, los males proceden del diablo. Por eso Pancho Villa, que en cuestión de devociones era pragmático, recomendaba imitar a los chinos que creen en Dios pero adoran al diablo -el Dragón- que es el administrador del mal. Si hubiera nacido en nuestra época, a lo mejor Pancho Villa hubiera sido teólogo de alguna de esas teologías que parecen ideadas para echar a pelear a los cristianos y lanzar contra obispos y similares una buena rociada de “fuego amigo.” materia de creer recuerde lo que dice Santiago en su Epístola,

Preguntón.- ¿Sugiere Vuestra Merced que Pancho Villa veneraba al diablo?

Respondón.- Sólo sé de buena tinta que hizo pacto con el Maligno.

Preguntón.- Con la sonrisita de conejo del que no termina de creerse lo que oye: ¡Pacto con el diablo¡ ¿y qué pidió a cambio?

Respondón.- Pidió tener toda su vida mando sobre hombres y buena sombra sobre las mujeres. Lo de sombra ya lo entiende. Ambas peticiones le fueron concedidas. El pacto lo hizo al norte de la población de San Juan del Río, en el Estado de Durango, cerca del rancho Menores de Abajo en una eminencia del terreno conocido por El Cofre debido a su forma, donde era fama que el Maligno iba a recoger las voluntades de los que se le entregaban. Para comparecer ante el demonio eran necesarios varios noes y algunos síes. Los noes: no llevar rosario, ni medallas, ni reliquias ni pensar en Dios. Los síes, maldecir, blasfemar y renegar de la Santísima Trinidad. Pancho Villa dijo a sus allegados que en El Cofre encontró, aparte de muchos enemigos a los que había fusilado bien a gusto, multitud de meretrices que habían contagiado ladillas o purgaciones a sus clientes, curas, obispos, reyes, emperadores, políticos, banqueros e individuos de todas las razas y condiciones que gritaban y reían con locura mientras a él le tomaba el demonio el juramento de servicio.

Se decía de Pancho que era desalmado, inclemente, ambicioso, buen burlador, lujurioso y odiador, que forman el acróstico de la palabra diablo. Pancho podía estar en varios sitios a la vez; en una ocasión, viéndose acorralado, se esfumó en las narices de sus perseguidores; y curó espontáneamente de una gangrena gaseosa, cosas todas de la misma jaez de las que ocurren a algunos santos, pero que en sí mismas no son de confiar porque las puede orquestar también el diablo

Preguntón.- ¿Tuvo Pancho alguna virtud sobresaliente?

Respondón.-En la enumeración de sus virtudes hay que decir que era excelente tirador con pistola y con fusil, que era aficionado a las motocicletas “Indian”, que bailaba muy bien el Baile de las tres Pelonas, que a lomo de caballo era como un centauro, y que disfrutaba tanto jugando a la pelota vasca que en su hacienda El Canutillo se hizo construir un frontón para practicarla.

Preguntón.- ¿Y a qué viene esto de hablar de un bandido social como Villa, con la crisis que tenemos?

Respondón.- Porque cuando veo huacales con huevos me acuerdo de las gallinas.

viernes, 7 de noviembre de 2008

¿Qué será lo que quiere el Negro?

La expectación con que el mundo entero ha seguido la marcha de las recién pasadas elecciones norteamericanas, mostrando por ellas un interés como si de cosa propia se tratase, puede parecer desmesurada. Sin embargo, es la prueba irrefutable de que es real y eficaz la presencia y el peso de los Estados Unidos sobre todos los rincones de la tierra. Nadie mostraría tanto interés si se tratase de un acontecer que no le afecta para nada, o que apenas le roza, o que lo hace sólo en materias de poca importancia.

Porque se da la paradoja de que el poder de los americanos resulta difícil de discernir directamente a través de sus acciones de política internacional, que es precisamente el campo en que más debería brillar su hegemonía. Pero este campo está minado por las críticas que desde todos los ángulos se elevan frente a los Estados Unidos. En cambio, el interés con que el mundo ha seguido la prolongada campaña electoral americana con todos sus vericuetos legales y costumbristas, y su exhibicionismo mediático, ha sido, desde el comienzo al final, una demostración indirecta, pero continua, clara y perfectamente descifrable, de esa hegemonía.

¿Como sería posible de lo contrario que durante los últimos meses, la Noticia por excelencia haya sido las elecciones de los Estados Unidos con sus prólogos, sus consecuencias y rebotes? Desde Muhamad El-Gadafi en los arenales de Libia, y Raul Castro en su isla empobrecida, hasta Cháves, que nada en petróleo, o Morales en su altiplano de cocales y llamas, o el ministro Moratinos con sus perplejidades, la interrogación del mundo fue una sola en estos días: ¿Quién me conviene a mí que gane?

¡Pero si desde hace varios meses, pareciera que ante ese planteamiento monotemático escasearan los temas importantes que llevar a la pantalla, al comentario o a la crónica!

Hemos sido testigos de cómo desde el grupo de gobiernos nativistas de la llamada América latina por una parte y, por otra, de algunos países como España, se condenaba sin paliativo alguno el embargo comercial a que los Estados Unidos ha venido sometiendo a la Cuba de los hermanos Castro, esperando que Obama diera una oportunidad a la desventurada isla.

Por todas partes se cuestionaba ¡en nombre de la moral! los motivos que ocasionaron la intervención en Irak, mientras se esperaba de Obama que retirara las tropas.

Se hablaba de los errores de los servicios secretos y del Departamento de Estado, y se esperaba que Obama los corrigiera si llegaba al poder.

Se criticaba la prolongada ocupación del Afganistán. Y se confíaba en que Obama pudiera terminar con ella.

Se ponía en tela de juicio la eficacia de los bombardeos contra las “zonas tribales” pakistaníes, donde se entrenan las huestes de Ben Laden, y sirven de santuario a las bandas de talibanes sueltos que hostilizan las zonas vecinas y se benefician del cultivo de la amapola del opio. Y se esperaba que Obama dejara, también allí, que cada cual fuera a lo suyo.

Se elevaba el coro de las lamentaciones por el costo en vidas humanas de todos estos operativos al mismo tiempo que se tendía a endosarlo sin ningún descuento al empeño de los americanos en ayudar a sus amigos israelíes. Y se confiaba en que Obama se decidiera a cortar la sangría y dejara sin apoyo al pequeño y poderoso Estado del Oriente Próximo.

Una vez hecho el escrutinio de las elecciones y despejada la duda, el fenómeno de la preocupación universal por lo que pase en los Estados Unidos, ha tomado un nuevo cariz: la incógnita por la actitud que el nuevo presidente pueda tomar respecto a cuestiones que afectan a los concretos intereses de cada uno. Ahora todos parecen preguntarse ¿Qué será lo que quiere Obama?.

A mí, esta situación me trae a la memoria el estribillo de una canción caribeña cargada de malicia y dónde una voz femenina pregunta por lo obvio: “Mamá / Yo me meto en la cama/ me pongo la cobija / y el negro me destapa / ¡Ay mamá¡ / ¿Qué será lo que quiere el negro?”

¿Qué será lo que quiere el negro? Se pregunta ahora el mundo entero haciéndose cábalas de las más dispares. Todos parecen entregados a descifrar augurios. Al socaire de la crisis mundial, Rodríguez Zapatero aspira a refundar el capitalismo. Europa con una Alemania cada vez más poderosa que ocupa el centro del tablero, y una Francia que actúa como si ella misma ocupara todavía los escaques centrales, busca todavía el camino de sus propias decisiones. Hay quien piensa en borrones y cuentas nuevas que cambiarán el mapa de la hegemonía mundial. Hay quien se refocila con el pensamiento de un avance de China, la derrota de Israel y el triunfo paralelo del Islam más extremista.

Hay quien piensa en la posibilidad de una “Latinoamérica” bolivariana, socialista y antiimperialista que aspira a sostener su caos con retórica demagógica y limosnas de Venezuela.

Es fácil hacer de augur. Pero se debían plantear las cosas no sobre ideologías sino sobre polígonos de fuerza. Obama no podrá rehuir nunca los frentes que el poder hegemónico ha puesto en manos de los Estados Unidos. En el terreno internacional no puede, ni posiblemente quiera nunca, contentarlos a todos, menos aún a los enemigos, declarados o solapados de los Estados Unidos.

La grandeza de Obama se probará dentro de la Gran Unión Americana, no en los fosos ni en los parapetos externos. Por encima de todo, los Estados Unidos han dado un paso hacia delante en su propio camino. Y lo han hecho dentro de su tradición más generosa y humana. El principio de la igualdad de los hombres ante la ley y como criaturas de Dios pertenece a su tesoro constitucional.

Obama, con ese don de la oportunidad que yo admiro en los hombres públicos como una virtud menor pero atrayente, ha hablado de una anciana de Atlanta, Ann Nixon Cooper, de 106 años de edad, que nació sólo una generación después de la abolición de la esclavitud y que ahora ha votado a favor de un presidente “negro”, en realidad unmulato.

A mi esa vieja me recuerda a otra vieja negra citada por Walt Withman con el nombre ficticio de Etiopía que, siendo el poeta soldado de la Unión en la columna de Sherman, vio llorar al borde del camino mientras vitoreaba a los regimientos y a los estandartes que pasaban al lado de su choza. Fue cuando el ejército de hombres blancos que peleaban por los negros bordeaba los arenales y los pinares de Carolina. Whitman se pregunta “Why rising by the roadside here, do you the colors greet?” “Are the things so strange and Marvelous you see or have seen”. ¿Por qué saludas a la bandera acercándote a la vera del camino? ¿Tan extrañas y prodigiosas han sido las cosas que has visto o las que ves?” Quizás en el resultado de estas elecciones está parte de la respuesta: América, la Gran Unión, ha sabido juntar -por fin- en la cima, sus vigores y sus colores dispersos.


miércoles, 5 de noviembre de 2008

Al Margen de la Consulta

No me meto en el fondo del asunto. Conozco de sobra que con una que otra verdad completa, algunas verdades a medias y muchos mitos, leyendas y falsificaciones -mayormente destinadas a distraer o a enfervorizar a la parroquia- pueden los hombres de acción y los políticos levantar grandes mecanos. Yo me reduzco aquí a dejar consignada una opinión que, como sabéis, ocupa un ámbito en el que caben siempre otras distintas.

Situado, pues, en el terreno de la opinión puedo opinar y opino que la Consulta presenta síntomas muy claros de haber sido planteada sobre el supuesto nada halagüeño de que el público destinatario posee escasa capacidad de pensamiento crítico.

¿Qué a qué Consulta me refiero? A esa a la cual no hay necesidad de ponerle ningún apellido. A a esa de la cual se ha dicho que tiene muchas perspectivas de futuro como si, aparte de la que corresponde a los oficios de pintor y de dibujante, hubiese alguna otra perspectiva que no fuese para el futuro. Se trata de esa Consulta de sobra conocida por estar preñada de dos promesas gordas, que son nada menos que la paz y el derecho a ser independientes si se tercia.

Resolver el futuro con dos preguntas sería una suerte mayúscula. De entrada es una singular ocurrencia. Incluso cabría calificarla de proyecto imaginativo, Pero, fines tan ambiciosos como son los de conseguir la paz y de obtener el reconocimiento de soberanía ¿se conseguirán a partir de un planteamiento que, ingenuamente, se considera astuto sólo porque esta plagado de dobles lecturas y ambigüedades?

Recordemos aquí la primera pregunta de las dos que forman la Consulta. Reza así en castellano “¿Está Usted de acuerdo en apoyar un proceso de final dialogado de la violencia, si previamente ETA manifiesta de forma inequívoca su voluntad de poner fin a la misma de una vez y para siempre?”.

La disyuntiva parece sencilla, sencillísima, pero sólo a condición de que nadie alcance a preguntarse qué necesidad habrá de apoyar “un proceso de final dialogado de la violencia” una vez que ETA hubiera manifestado de forma “inequívoca” y “de una vez y para siempre” su voluntad de poner fin a la violencia.

Sin meterse a mayores disquisiciones ¿No equivale este planteamiento a dejar la iniciativa en manos de ETA? ¿No equivale a reconocer que ésta, aparte de llevarse a muchos prójimos por delante, ha llevado siempre la iniciativa política y la ha de seguir llevando? Flaco favor se hace al nacionalismo al dar pábulo, de forma tan inocentona, a tales equivalencias.

Por otra parte, hay que señalar que la consulta ha sido formulada desde la cumbre del gobierno vasco. Y éste, salvo prueba en contrario, forma parte del régimen de la España de las Autonomías.

Este distingo sólo tendría el menguado valor de un tiquis miquis perogrugrullesco, si no fuera que la consulta ha sido planteada en un contexto publicístico que la presenta como encaminada al logro de un ámbito propio y exclusivo de decisión política, o sea, a la consecución de un ámbito soberano que ya no será el del Estado de las Autonomías.

Creo, y no soy el único, que la Constitución actual es lo suficientemente ambigua para dar lugar a dobles y hasta triples lecturas, entre otras la de convertir el Reino de las Diecisiete Repúblicas en la República de los Diecisiete Reinos. Pero hombre, tampoco hay que esperar que el Estado se suicide martillando el gatillo de sus propias instituciones. Por eso se me ocurre que esta consulta, que se planteó como oficial, y que ahora ha adoptado una andadura simplemente oficiosa, sólo tendría verdadero sentido si se hubiese formulado desde la clandestinidad entera y verdadera, aunque después se quedase en agua de borrajas. Desde esta perspectiva, la primera pregunta de la consulta parece quedar reducida a la condición de bandeja para exhibir ese magnífico espejismo de enganche que, entre gentes ampliamente escarmentadas por la “socialización del sufrimiento”, constituye la sola mención de la paz.

Veamos ahora la segunda pregunta: “¿Está Usted de acuerdo en que los partidos vascos, sin exclusiones, inicien un proceso de negociación para alcanzar un Acuerdo Democrático sobre el ejercicio del derecho a decidir del Pueblo Vasco, y que dicho Acuerdo sea sometido a referéndum antes de que finalice el año 2010?”

En esta pregunta, los llamados partidos vascos –valdría la pena aclarar cuáles son- parecen tomar el protagonismo en un momento que, por la propia naturaleza de la propuesta que está en juego, tendría que ser llamado sin ambages “período constituyente.” Pero con volantazo tan claramente partitocrático ¿dónde queda el respeto a los órganos tradicionales de representación, dónde las Juntas, dónde el Parlamento Vasco, dónde la Asamblea de municipios? Pareciera que se ha optado por guardar en el desván el concepto de la representación política tal como se entiende en el mundo Occidental y que algunos partitócratas, sin encomendarse a Dios ni al diablo quisieran inaugurar un nuevo modo de entenderla y de practicarla.

¿Tiene remedio todo este pastel de confusiones? Seguro que lo tiene, aunque sea la purga de Benito. En cuanto al futuro, posiblemente bastaría con que algunos políticos recobraran el sentido de las proporciones en grado suficiente como para apreciar la escala en que hoy se mueve el mundo y las dimensiones reales de los problemas no sólo en vista de las propias posibilidades y de la debilidad de España como Estado, sino de la amorfa condición de la Unión Europea como poder político.

La observación adquiere más importancia si se toma en cuenta que el nacionalismo no está constituído solamente por el partido histórico que le sirve de referencia, sino por todo un conjunto de partidos, posturas y tendencias que merece el nombre de “plexo político”. En ese plexo, cabe lo mismo la “gente de orden” de la derecha tradicional y de la derecha laicista, que los socialdemócratas y los progresistas, los maoístas de ayer y los extremistas de hoy, prestos ya a sublimarse en el nihilismo del antisistema revolucionario mundial. Dentro de esa musculatura política, aquellos que mueven las fibras más moderadas tendrían que tomarse muy en serio el trabajo de aclarar que el hecho de conjuntar todas las fuerzas para dar ciertos empujes no significa completa comunidad de fines ni plena coincidencia de medios. ¿Acaso alguien cree en serio que los situados al extremo del plexo tendrán a bien renunciar a la violencia en caso de que se consiguiera el ámbito soberano de decisión que busca el nacionalismo en conjunto?

lunes, 3 de noviembre de 2008

La Nueva Sociedad Panóptica


Un nuevo tipo de sociedad está surgiendo a vista y paciencia de todos. Su perfil ha sido trazado al alimón entre las cautelas que exige la delincuencia que crece en peligrosidad y organización y los medios tecnológicos de vigilancia electrónica que ejercen un control cada vez más eficaz. A esta sociedad le conviene el nombre de “sociedad panóptica”, que resulta insólito en un mundo que presume de libertad: da la casualidad de que esta denominación es de origen penitenciario.

Panópticas fueron llamadas desde principios del siglo XX las modernas cárceles dotadas de puestos de vigilancia desde los cuales se pudieran captar, de un golpe de vista y en cada momento, las actividades y la situación de los reclusos. Desde luego, esto sólo fue posible cuando los gobiernos comenzaron a pensar en la población penal como en un colectivo encuadrable dentro de un “sistema penitenciario”.

Esa expresión nos parece ahora tan connatural a la organización social que somos incapaces de imaginarnos una sociedad que no esté dotada de su correspondiente “sistema penitenciario” Pero no siempre fue así. Desde el siglo XVII hasta bien entrado el siglo XIX , las prisiones eran antiguas fortalezas, a las que la moderna concepción artillera de los “campos de tiro” había ido dejando inútiles desde el punto de vista militar. Dos de estas prisiones han llegado a hacerse famosas en la historia: la Bastilla, de París, y la Torre de Londres. En España, como las necesidades de la guerra marítima contra turcos y berberiscos creaban una demanda constante de remeros forzados, las penas de larga duración se cumplían a bordo de las galeras reales. No pocas condenas se resolvían por vías externas de punición, como el destierro; o como la exposición a la vergüenza pública. Para los menores de edad y las mujeres, la privación de libertad tomaba con frecuencia la forma de internamiento temporal en un convento o en casa de un pariente que se responsabilizase de la suerte y de la conducta del condenado. Nadie pensaba en conservar entre rejas la vida de los culpables de delitos atroces: se les ajusticiaba por medio de la espada, la horca o el garrote, según lo exigiera su condición personal. Por cierto, el garrote, por la procedencia del instrumento de hierro con que se aplicaba, era apodado “collar vizcaino”. En cuanto a los grilletes, que eran llamados “bilbos” en alusión directa al puerto que los comercializaba, no servían para otra cosa que para proceder con seguridad al traslado de los presos por los inseguros caminos de entonces. Las rejas no estaban pensadas para muchos huéspedes de estancia prolongada.

Países hubo, también, en los cuales el confinamiento en tierras de ultramar contribuyó a evitar que las prisiones albergaran huéspedes de larga duración. Inglaterra y Francia tomaron la iniciativa en este sentido, pero no fueron imitadas por ningún otro país. Los lugares de destino fueron Australia o Tasmania, en caso de Inglaterra, y Nueva Caledonia y Cayena –esta durará casi hasta nuestros días- en el caso de la República Francesa.

En contraste con la situación descrita, las cárceles panópticas de finales del siglo XIX y del XX fueron un avance en cuanto que suponían una más completa racionalización de las formas de castigo y represión del delincuente.

También la sociedad panóptica que en estos momentos está creciendo ante nuestros ojos, obedece a causas y motivaciones perfectamente racionales y encaminadas a la represión del delincuente, pero lo hace sometiendo a estrecha vigilancia al conjunto de los ciudadanos libres. Todos nos hemos convertido en sospechosos.

El hecho es que viendo las cosas de cerca, descubrimos una primera razón numérica que justifica el nacimiento de esta nueva sociedad: los delitos son más numerosos y el delincuente es más atrevido; la vía pública se convierte en escenario cotidiano de hechos punibles; el consumo de drogas multiplica los delitos y fabrica nuevos malhechores. Existe una segunda razón, esta vez de naturaleza cualitativa: la delincuencia se organiza y se ramifica; los narcotraficantes actúan como grandes empresarios y están presente en todas partes; la globalización ha traído, además, la universalización de las mafias y de otras sociedades secretas delincuenciales. Se trafica con seres humanos o con sus órganos, con menores, con emigrantes pobres y con travestidos. La explotación de las mujeres de placer, alcanza tal volumen como negocio que de la publicidad que origina se benefician hasta las publicaciones que presumen de decentonas. A gloria huele el dinero aunque salga del estercolero. En tercer lugar, el nuevo terrorismo tiene ambiciones mundiales: los islamistas tratan de establecer un califato universal; los terrorismos locales, indigenistas y de inspiración nacional, subsisten pese a la persecución y tienden lentamente a aliarse con las tendencias antisistema de los distintos países para formar un frente internacionalista. Cierto que se echa en falta esa especie de cursos Erasmus del terrorismo que fueron en su momento las estancias en Checoeslovaquia, en Libia, en Cuba o en Rumanía. Pero surgen activas y numerosas colonias islamistas entre los emigrantes musulmanes fincados en una Europa a la cual las prácticas agenésicas despuebla día a día de habitantes propios.

Cunde el sentimiento de que el enemigo puede estar en cualquier parte. Por doquier, el peligro acecha. La sociedad, el Estado, mi Autonomía y las Autonosuyas tienen que defenderse. El zorro ha entrado en el gallinero. Si hay que estar preparados ¿por qué no intentar controlarlo todo? ¿Cómo despreciar la ocasión de echar el ojo de forma permanente sobre ese enorme escenario delincuencial que son los espacios públicos, las vías de tránsito, los mercados, los locales de diversión y esparcimiento, los aeropuertos, los apeaderos y estaciones del ferrocarril, los lavabos públicos, las paradas de autobuses, los vestuarios, los cines y teatros, los centros de reunión, las habitaciones temáticas de los prostíbulos? ¡La seguridad lo exige! ¡La paz lo demanda!

Entre esas dos preguntas y esta exclamación, se construye la amenazante y al mismo tiempo falsamente tranquilizadora sociedad panóptica.

Falsamente tranquilizadora, porque se dice y se repite que con los visores y vídeos de grabación permanente se trata sólo de controlar a los terroristas y cohibir a los delincuentes; que es la forma de garantizar las libertades ciudadanas, y de asegurar la permanencia de las disposiciones permisivas y garantistas, como si estas no tuvieran que ver nada con el asunto; que se trata, en fin, de un medio tecnológico muy fiable, alejado de interpretaciones subjetivas y de intereses partidistas.

Amenazante, en realidad, porque la sociedad panóptica introduce un nuevo factor atemorizante: el de ser captado por el ojo electrónico que todo lo ve y lo graba todo; porque deja al ciudadano inerme ante medios técnicos que juegan siempre con su efigie y en muchas ocasiones con su intimidad; porque multiplica la posibilidad de fabricar a voluntad pruebas comprometedoras. Y, sobre todo, porque se está construyendo, a vista y paciencia de todos, un eficaz instrumento para futuras y temibles opresiones.

Aunque, claro está, siempre cabrá encontrar consuelo en preguntarse por qué del seno de la postmodernidad, que se complace en la libertad irrestricta, haya de surgir otra que ostenta algunas de las características distintivas del mundo carcelario, como son la vigilancia continua y la sospecha generalizada. Amigos, las calles comienzan a tener un matiz carcelario, y aún no nos damos por enterados.