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martes, 25 de noviembre de 2008

Diálogo Chinfónico de las Bendiciones

Ahora que practicamos la interculturalidad y tenemos algún juez con jurisdicción donde no se pone el sol, voy a contarles un suceso lejano, pero muy mentado. Y que conste que lo de mentado no va porque se trate no más de una elaboración mental, sino por ser dicho de la misma manera que se mientan la mamacita las personas desconsideradas: con la puritita boca. Pues les cuento que un día preguntándole un periodista a Antonio Quintanilla, por otro nombre Anthony Quinn, actor de Jolivud, acerca de cuál era el momento más memorable de su infancia, el artista contestó que el día que Pancho Villa le impartió la bendición.

Preguntón.- ¿Pancho Villa dando bendiciones?

Respondón.- No hallo por qué no había de darlas. La madre del chamaco Antonio era una soldadera de Oaxaca –se pronuncia Oajaca-. Las soldaderas eran mujeres que, según los usos de esa época tan poco igualitaria, acompañaban a sus varones en las rodaduras de la campaña, en la alegría del saqueo y en las noches de vivac, pero no en el entrevero y la balacera del combate, que es lo mejor que toda guerra lleva consigo. ¡Híjole¡ eso se guardaba para los varones.

Figúrese cómo se acerca la mujer con el niño y con voz quebrada pide la bendición para su hijo. La solicitante se dirige al caudillo, con el tratamiento de “mi general”; o de “papa”, seguido del nombre de pila del caudillo; o con la palabra “tata”, como dicen los indios, que a veces suena a “taita”, que es lo mismo que padre; o con el título de “doctor”, si por un casual se trata de un civil al que se le suponen letras. A José Somoza se le acercaban llamándole “papa Chepe”; a Pinochet –que, por cierto y sin desdecir, tiene el apellido de una piadosa heroína de Bernanos- le decían “tata”; a Allende le trataban de “doctor”. A Doroteo Arango, lider “maderista” más conocido por Pancho Villa, le llamaban “general”.

El caudillo mira a la suplicante con benevolencia, pero sin que la menor sonrisa altere su compostura. La solemnidad del momento le impide ese desahogo. Interrumpiendo cualquier tarea que haya estado haciendo, el “tata”, el “general”, el “papa” o el “doctor”, toma al niño en sus brazos o se inclina hacia él en caso de que la talla del pequeño no permita alzarlo, y le hace en la frente la señal de la cruz con un trazo vertical y otro horizontal del pulgar y el índice de la mano derecha plegados también en cruz, mientras dice con tono solemne: “Que el Señor me lo haga un santo varón”. Luego el caudillo devuelve el niño a la madre. Esta breve ceremonia resulta impresionante, y más si el caudillo que bendice va montado a caballo. Todo un cuadro de ruda ternura.

Preguntón.- Con aire reivindicador: Y para las niñas ¿no había bendición?

Respondón.- Se suponía que las niñas, como la fruta llamada pitahaya, venían ya benditas desde la sección de embalaje sólo por tener el agujerito. Mas para ilustración de usted, buen hombre, he de decirle que había para casos de emergencia no una, sino dos bendiciones destinadas a las chamaquitas, siempre a cargo de algún personaje con faldas como la abuela, la maestra de la escuelita, la patrona de la hacienda si tenía buen corazón, o un cura, que entonces éstos también se vestían por la cabeza. Una de las bendiciones decía: “Que el Señor me le de un buen marido” y la otra: “Que el Señor y la Guadalupana me la hagan una santa mujer”

Preguntón.-Antes de que seguir, acláreme Vuestra Merced: ¿por que llama “maderista” a Pancho Villa ? ¿Acaso era amigo de los “maderos”, o sea de la policía?

Respondón.- Hay que matizar. Lo de “madero” es forma propia de gachupines para expresar desprecio hacia los agentes del orden. Doroteo Arango, por otro nombre Pancho Villa, era amigo incondicional de la autoridad, sólo que de la suya propia. Fuera de ésta, a lo único que respetaba era al Presidente Madero. Por eso le llamaron “maderista.”

Preguntón.- Tengo una segunda pregunta ¿Pancho Villa, era creyente o no?

Respondón.- Yo creo que sí, pero puede ser que no. Creer no cuesta mucho, es casi tan fácil como pecar. Lo que cuesta de verdad es ser penitente y arrepentirse del mal. Pero en la purititacap.2, versículo 19: “También los demonios creen…”. Así que la cosa va en depende. Solo sé que Pancho llegó a afirmar que Dios es muy bueno y todo lo da sin necesidad de que le pidan nada. En cambio, los males proceden del diablo. Por eso Pancho Villa, que en cuestión de devociones era pragmático, recomendaba imitar a los chinos que creen en Dios pero adoran al diablo -el Dragón- que es el administrador del mal. Si hubiera nacido en nuestra época, a lo mejor Pancho Villa hubiera sido teólogo de alguna de esas teologías que parecen ideadas para echar a pelear a los cristianos y lanzar contra obispos y similares una buena rociada de “fuego amigo.” materia de creer recuerde lo que dice Santiago en su Epístola,

Preguntón.- ¿Sugiere Vuestra Merced que Pancho Villa veneraba al diablo?

Respondón.- Sólo sé de buena tinta que hizo pacto con el Maligno.

Preguntón.- Con la sonrisita de conejo del que no termina de creerse lo que oye: ¡Pacto con el diablo¡ ¿y qué pidió a cambio?

Respondón.- Pidió tener toda su vida mando sobre hombres y buena sombra sobre las mujeres. Lo de sombra ya lo entiende. Ambas peticiones le fueron concedidas. El pacto lo hizo al norte de la población de San Juan del Río, en el Estado de Durango, cerca del rancho Menores de Abajo en una eminencia del terreno conocido por El Cofre debido a su forma, donde era fama que el Maligno iba a recoger las voluntades de los que se le entregaban. Para comparecer ante el demonio eran necesarios varios noes y algunos síes. Los noes: no llevar rosario, ni medallas, ni reliquias ni pensar en Dios. Los síes, maldecir, blasfemar y renegar de la Santísima Trinidad. Pancho Villa dijo a sus allegados que en El Cofre encontró, aparte de muchos enemigos a los que había fusilado bien a gusto, multitud de meretrices que habían contagiado ladillas o purgaciones a sus clientes, curas, obispos, reyes, emperadores, políticos, banqueros e individuos de todas las razas y condiciones que gritaban y reían con locura mientras a él le tomaba el demonio el juramento de servicio.

Se decía de Pancho que era desalmado, inclemente, ambicioso, buen burlador, lujurioso y odiador, que forman el acróstico de la palabra diablo. Pancho podía estar en varios sitios a la vez; en una ocasión, viéndose acorralado, se esfumó en las narices de sus perseguidores; y curó espontáneamente de una gangrena gaseosa, cosas todas de la misma jaez de las que ocurren a algunos santos, pero que en sí mismas no son de confiar porque las puede orquestar también el diablo

Preguntón.- ¿Tuvo Pancho alguna virtud sobresaliente?

Respondón.-En la enumeración de sus virtudes hay que decir que era excelente tirador con pistola y con fusil, que era aficionado a las motocicletas “Indian”, que bailaba muy bien el Baile de las tres Pelonas, que a lomo de caballo era como un centauro, y que disfrutaba tanto jugando a la pelota vasca que en su hacienda El Canutillo se hizo construir un frontón para practicarla.

Preguntón.- ¿Y a qué viene esto de hablar de un bandido social como Villa, con la crisis que tenemos?

Respondón.- Porque cuando veo huacales con huevos me acuerdo de las gallinas.

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