La expectación con que el mundo entero ha seguido la marcha de las recién pasadas elecciones norteamericanas, mostrando por ellas un interés como si de cosa propia se tratase, puede parecer desmesurada. Sin embargo, es la prueba irrefutable de que es real y eficaz la presencia y el peso de los Estados Unidos sobre todos los rincones de la tierra. Nadie mostraría tanto interés si se tratase de un acontecer que no le afecta para nada, o que apenas le roza, o que lo hace sólo en materias de poca importancia.
Porque se da la paradoja de que el poder de los americanos resulta difícil de discernir directamente a través de sus acciones de política internacional, que es precisamente el campo en que más debería brillar su hegemonía. Pero este campo está minado por las críticas que desde todos los ángulos se elevan frente a los Estados Unidos. En cambio, el interés con que el mundo ha seguido la prolongada campaña electoral americana con todos sus vericuetos legales y costumbristas, y su exhibicionismo mediático, ha sido, desde el comienzo al final, una demostración indirecta, pero continua, clara y perfectamente descifrable, de esa hegemonía.
¿Como sería posible de lo contrario que durante los últimos meses, la Noticia por excelencia haya sido las elecciones de los Estados Unidos con sus prólogos, sus consecuencias y rebotes? Desde Muhamad El-Gadafi en los arenales de Libia, y Raul Castro en su isla empobrecida, hasta Cháves, que nada en petróleo, o Morales en su altiplano de cocales y llamas, o el ministro Moratinos con sus perplejidades, la interrogación del mundo fue una sola en estos días: ¿Quién me conviene a mí que gane?
¡Pero si desde hace varios meses, pareciera que ante ese planteamiento monotemático escasearan los temas importantes que llevar a la pantalla, al comentario o a la crónica!
Hemos sido testigos de cómo desde el grupo de gobiernos nativistas de la llamada América latina por una parte y, por otra, de algunos países como España, se condenaba sin paliativo alguno el embargo comercial a que los Estados Unidos ha venido sometiendo a la Cuba de los hermanos Castro, esperando que Obama diera una oportunidad a la desventurada isla.
Por todas partes se cuestionaba ¡en nombre de la moral! los motivos que ocasionaron la intervención en Irak, mientras se esperaba de Obama que retirara las tropas.
Se hablaba de los errores de los servicios secretos y del Departamento de Estado, y se esperaba que Obama los corrigiera si llegaba al poder.
Se criticaba la prolongada ocupación del Afganistán. Y se confíaba en que Obama pudiera terminar con ella.
Se ponía en tela de juicio la eficacia de los bombardeos contra las “zonas tribales” pakistaníes, donde se entrenan las huestes de Ben Laden, y sirven de santuario a las bandas de talibanes sueltos que hostilizan las zonas vecinas y se benefician del cultivo de la amapola del opio. Y se esperaba que Obama dejara, también allí, que cada cual fuera a lo suyo.
Se elevaba el coro de las lamentaciones por el costo en vidas humanas de todos estos operativos al mismo tiempo que se tendía a endosarlo sin ningún descuento al empeño de los americanos en ayudar a sus amigos israelíes. Y se confiaba en que Obama se decidiera a cortar la sangría y dejara sin apoyo al pequeño y poderoso Estado del Oriente Próximo.
Una vez hecho el escrutinio de las elecciones y despejada la duda, el fenómeno de la preocupación universal por lo que pase en los Estados Unidos, ha tomado un nuevo cariz: la incógnita por la actitud que el nuevo presidente pueda tomar respecto a cuestiones que afectan a los concretos intereses de cada uno. Ahora todos parecen preguntarse ¿Qué será lo que quiere Obama?.
A mí, esta situación me trae a la memoria el estribillo de una canción caribeña cargada de malicia y dónde una voz femenina pregunta por lo obvio: “Mamá / Yo me meto en la cama/ me pongo la cobija / y el negro me destapa / ¡Ay mamá¡ / ¿Qué será lo que quiere el negro?”
¿Qué será lo que quiere el negro? Se pregunta ahora el mundo entero haciéndose cábalas de las más dispares. Todos parecen entregados a descifrar augurios. Al socaire de la crisis mundial, Rodríguez Zapatero aspira a refundar el capitalismo. Europa con una Alemania cada vez más poderosa que ocupa el centro del tablero, y una Francia que actúa como si ella misma ocupara todavía los escaques centrales, busca todavía el camino de sus propias decisiones. Hay quien piensa en borrones y cuentas nuevas que cambiarán el mapa de la hegemonía mundial. Hay quien se refocila con el pensamiento de un avance de China, la derrota de Israel y el triunfo paralelo del Islam más extremista.
Hay quien piensa en la posibilidad de una “Latinoamérica” bolivariana, socialista y antiimperialista que aspira a sostener su caos con retórica demagógica y limosnas de Venezuela.
Es fácil hacer de augur. Pero se debían plantear las cosas no sobre ideologías sino sobre polígonos de fuerza. Obama no podrá rehuir nunca los frentes que el poder hegemónico ha puesto en manos de los Estados Unidos. En el terreno internacional no puede, ni posiblemente quiera nunca, contentarlos a todos, menos aún a los enemigos, declarados o solapados de los Estados Unidos.
La grandeza de Obama se probará dentro de la Gran Unión Americana, no en los fosos ni en los parapetos externos. Por encima de todo, los Estados Unidos han dado un paso hacia delante en su propio camino. Y lo han hecho dentro de su tradición más generosa y humana. El principio de la igualdad de los hombres ante la ley y como criaturas de Dios pertenece a su tesoro constitucional.
Obama, con ese don de la oportunidad que yo admiro en los hombres públicos como una virtud menor pero atrayente, ha hablado de una anciana de Atlanta, Ann Nixon Cooper, de 106 años de edad, que nació sólo una generación después de la abolición de la esclavitud y que ahora ha votado a favor de un presidente “negro”, en realidad unmulato.
A mi esa vieja me recuerda a otra vieja negra citada por Walt Withman con el nombre ficticio de Etiopía que, siendo el poeta soldado de la Unión en la columna de Sherman, vio llorar al borde del camino mientras vitoreaba a los regimientos y a los estandartes que pasaban al lado de su choza. Fue cuando el ejército de hombres blancos que peleaban por los negros bordeaba los arenales y los pinares de Carolina. Whitman se pregunta “Why rising by the roadside here, do you the colors greet?” “Are the things so strange and Marvelous you see or have seen”. ¿Por qué saludas a la bandera acercándote a la vera del camino? ¿Tan extrañas y prodigiosas han sido las cosas que has visto o las que ves?” Quizás en el resultado de estas elecciones está parte de la respuesta: América, la Gran Unión, ha sabido juntar -por fin- en la cima, sus vigores y sus colores dispersos.
Porque se da la paradoja de que el poder de los americanos resulta difícil de discernir directamente a través de sus acciones de política internacional, que es precisamente el campo en que más debería brillar su hegemonía. Pero este campo está minado por las críticas que desde todos los ángulos se elevan frente a los Estados Unidos. En cambio, el interés con que el mundo ha seguido la prolongada campaña electoral americana con todos sus vericuetos legales y costumbristas, y su exhibicionismo mediático, ha sido, desde el comienzo al final, una demostración indirecta, pero continua, clara y perfectamente descifrable, de esa hegemonía.
¿Como sería posible de lo contrario que durante los últimos meses, la Noticia por excelencia haya sido las elecciones de los Estados Unidos con sus prólogos, sus consecuencias y rebotes? Desde Muhamad El-Gadafi en los arenales de Libia, y Raul Castro en su isla empobrecida, hasta Cháves, que nada en petróleo, o Morales en su altiplano de cocales y llamas, o el ministro Moratinos con sus perplejidades, la interrogación del mundo fue una sola en estos días: ¿Quién me conviene a mí que gane?
¡Pero si desde hace varios meses, pareciera que ante ese planteamiento monotemático escasearan los temas importantes que llevar a la pantalla, al comentario o a la crónica!
Hemos sido testigos de cómo desde el grupo de gobiernos nativistas de la llamada América latina por una parte y, por otra, de algunos países como España, se condenaba sin paliativo alguno el embargo comercial a que los Estados Unidos ha venido sometiendo a la Cuba de los hermanos Castro, esperando que Obama diera una oportunidad a la desventurada isla.
Por todas partes se cuestionaba ¡en nombre de la moral! los motivos que ocasionaron la intervención en Irak, mientras se esperaba de Obama que retirara las tropas.
Se hablaba de los errores de los servicios secretos y del Departamento de Estado, y se esperaba que Obama los corrigiera si llegaba al poder.
Se criticaba la prolongada ocupación del Afganistán. Y se confíaba en que Obama pudiera terminar con ella.
Se ponía en tela de juicio la eficacia de los bombardeos contra las “zonas tribales” pakistaníes, donde se entrenan las huestes de Ben Laden, y sirven de santuario a las bandas de talibanes sueltos que hostilizan las zonas vecinas y se benefician del cultivo de la amapola del opio. Y se esperaba que Obama dejara, también allí, que cada cual fuera a lo suyo.
Se elevaba el coro de las lamentaciones por el costo en vidas humanas de todos estos operativos al mismo tiempo que se tendía a endosarlo sin ningún descuento al empeño de los americanos en ayudar a sus amigos israelíes. Y se confiaba en que Obama se decidiera a cortar la sangría y dejara sin apoyo al pequeño y poderoso Estado del Oriente Próximo.
Una vez hecho el escrutinio de las elecciones y despejada la duda, el fenómeno de la preocupación universal por lo que pase en los Estados Unidos, ha tomado un nuevo cariz: la incógnita por la actitud que el nuevo presidente pueda tomar respecto a cuestiones que afectan a los concretos intereses de cada uno. Ahora todos parecen preguntarse ¿Qué será lo que quiere Obama?.
A mí, esta situación me trae a la memoria el estribillo de una canción caribeña cargada de malicia y dónde una voz femenina pregunta por lo obvio: “Mamá / Yo me meto en la cama/ me pongo la cobija / y el negro me destapa / ¡Ay mamá¡ / ¿Qué será lo que quiere el negro?”
¿Qué será lo que quiere el negro? Se pregunta ahora el mundo entero haciéndose cábalas de las más dispares. Todos parecen entregados a descifrar augurios. Al socaire de la crisis mundial, Rodríguez Zapatero aspira a refundar el capitalismo. Europa con una Alemania cada vez más poderosa que ocupa el centro del tablero, y una Francia que actúa como si ella misma ocupara todavía los escaques centrales, busca todavía el camino de sus propias decisiones. Hay quien piensa en borrones y cuentas nuevas que cambiarán el mapa de la hegemonía mundial. Hay quien se refocila con el pensamiento de un avance de China, la derrota de Israel y el triunfo paralelo del Islam más extremista.
Hay quien piensa en la posibilidad de una “Latinoamérica” bolivariana, socialista y antiimperialista que aspira a sostener su caos con retórica demagógica y limosnas de Venezuela.
Es fácil hacer de augur. Pero se debían plantear las cosas no sobre ideologías sino sobre polígonos de fuerza. Obama no podrá rehuir nunca los frentes que el poder hegemónico ha puesto en manos de los Estados Unidos. En el terreno internacional no puede, ni posiblemente quiera nunca, contentarlos a todos, menos aún a los enemigos, declarados o solapados de los Estados Unidos.
La grandeza de Obama se probará dentro de la Gran Unión Americana, no en los fosos ni en los parapetos externos. Por encima de todo, los Estados Unidos han dado un paso hacia delante en su propio camino. Y lo han hecho dentro de su tradición más generosa y humana. El principio de la igualdad de los hombres ante la ley y como criaturas de Dios pertenece a su tesoro constitucional.
Obama, con ese don de la oportunidad que yo admiro en los hombres públicos como una virtud menor pero atrayente, ha hablado de una anciana de Atlanta, Ann Nixon Cooper, de 106 años de edad, que nació sólo una generación después de la abolición de la esclavitud y que ahora ha votado a favor de un presidente “negro”, en realidad unmulato.
A mi esa vieja me recuerda a otra vieja negra citada por Walt Withman con el nombre ficticio de Etiopía que, siendo el poeta soldado de la Unión en la columna de Sherman, vio llorar al borde del camino mientras vitoreaba a los regimientos y a los estandartes que pasaban al lado de su choza. Fue cuando el ejército de hombres blancos que peleaban por los negros bordeaba los arenales y los pinares de Carolina. Whitman se pregunta “Why rising by the roadside here, do you the colors greet?” “Are the things so strange and Marvelous you see or have seen”. ¿Por qué saludas a la bandera acercándote a la vera del camino? ¿Tan extrañas y prodigiosas han sido las cosas que has visto o las que ves?” Quizás en el resultado de estas elecciones está parte de la respuesta: América, la Gran Unión, ha sabido juntar -por fin- en la cima, sus vigores y sus colores dispersos.
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