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miércoles, 26 de septiembre de 2007

Glosa Maleva de las Botas

¿Bota o botas? ¡Esa es la cuestión! Hay que entender la palabra según el objeto que designa. Bota, en singular, para beber el vino. Botas, en plural, en materia de calzadura. Porque, salvo los mancados por designio de la Naturaleza o los mutilados por efecto de algún percance, todos los demás andamos, como corresponde a seres bípedos más o menos implumes, sosteniéndonos sobre dos piernas y sobre dos pies. Y con una sola bota las cuentas no salen.

Esta doble valencia semántica de la palabra permite decir sin faltar a la verdad que “la bota lo mismo sirve para llevarla a la boca que para proteger los pies.” Y aún se queda corto el dicharacho porque la bota que se calza, además de proteger el pie, como cualquier zapato, cubre también la pantorrilla y aún la pierna entera. La bota, en este particular sentido, es la prenda que mejor protege las extremidades inferiores frente a las inclemencias del invierno y la rudeza de las marchas a pié. Pero, además, las botas protegen también de la agresión de los matorrales, de los espinos y, en suma de ese conjunto de matas y matojos que se conoce con el nombre de maleza.

Y que nadie tome a guasa esto de la agresión de los yerbajos porque, si es verdad que es menos artera que la agresión de los animales, y mucho menos letal de lo que suele ser la agresión de los humanos es, con todo, más insidiosa y persistente que ambas. Se puede poner en fuga a los bandidos, ahuyentar a los bichos y alejar a las alimañas; pero a la vegetación no hay quien la mueva o la obligue a desplazarse. Por eso, los defensores del piñón fijo suelen hablan persistentemente de sus raíces.

Donde de veras se mide la importancia de las botas es en condiciones extremas como las que se producen en el combate, donde lo normal es luchar y, si toca, morir con las botas puestas. Son también ocasiones probatorias las grandes marchas de los activistas políticos, de los agitadores lingüístico-culturales, o de los devotos con tendencias itinerantes como ocurre en la javierada y no digamos en las jornadas rocieras. Con marchas cortas bastaría si se hiciesen en las nieves del crudo invierno, en la arena quemante del desierto, o sobre las coladas volcánicas que forman el suelo de “malpais” capaz de romper las suelas más resistentes.

Para encarar bien el frío, las botas tienen que ser más holgadas de lo que corresponde a la talla de quien las calza. Así puede el usuario rellenarlas con materiales al alcance de la mano como el papel o la paja cuando se le rompan los calcetines. El camarada General Yukov, que aún siendo comunista pensaba por su cuenta, perdió el respeto a la Wehrmacht cuando comprobó que cada soldado alemán llevaba, en pleno invierno ruso, botas de su propia talla.

Pese a su reconocida capacidad de proteger los pies, la fama de las botas no es precisamente peatonal, sino que está asociada al elegante y caballeresco arte de la equitación. Y como es leyenda popular que las nalgas sufren mucho al montar a caballo, este es el momento de recordar que las botas y las posaderas solo coinciden en caso de puntapié en el trasero. Más que las nalgas sufre la horcajadura que, cómo bien se sabe, es el hueco entre las dos piernas donde el cuerpo se bifurca como en dos gajos, y que también recibe los nombres de entrepierna y gancho. Para proteger la horcajadura están los zahones, aunque en general basta el refuerzo de tela que en los fondillos suelen llevar los pantalones de montar.

Como a veces con ese refuerzo no basta, los jinetes de antaño empleaban sebo animal para aliviar las escoceduras, mientras que las chicas –siempre las ha habido diestras en montar a horcajadas- usaban la manteca de cacao. Y es curioso que ellas, en caso de haber recibido daño por el roce, decían que estaban “sofornadas,” palabra hoy casi en desuso y que está construida con la partícula “so”, que significa debajo, y con el arcaísmo “fornada” por horneada; mientras que de los varones se decía que estaban escocidos. No sé con certeza la razón de esta distinción que parecía meter a la mujer en el horno y a los hombres en la olla. ¿Será que el horno se consideraba más fino que la olla? ¿O era quizás que en aquél entonces, todavía sin decretos de igualdad, el roce violento de la albarda o de la silla en la sufrida horcajadura hacía efecto de distinta manera según se fuese mujer o varón?

Las botas, sobre todo las militares, han tenido desde antiguo valor simbólico. El simpático apodo de Calígula, que en español dice tanto como “el Botitas”, le viene a dicho emperador de las pequeñas “Caligas” o botas de cintas de cuero que usaban los soldados romanos, y que de niño portaba cuando acompañaba a su padre en la campaña contra los germanos.

Con el desarrollo de la cinematografía, el valor simbólico de las botas tomó un rumbo propagandístico que persiste todavía. Los causantes de esa transformación fueron la alemana Leni Riefenstahl y el americano John Ford.

En las películas de la Riefenstahl, las botas de los soldados alemanes y de los obreros del Frente del Trabajo, que también las llevaban, adquirieron el carácter de elementos representativos del esfuerzo conjunto de la colectividad nacional-socialista y de la raza aria que avanzaban con empuje arrollador. John Ford, teniendo que vérselas con tropas americanas que no calzaban botas largas, sino recios borceguíes de cuero a media caña cubiertos con polainas de lona, empleó un encuadre mas alejado para destacar la armonía de los movimientos simétricos que, en ordenada cadencia de imágenes, sugerían la acción de voluntades unánimes en la defensa de la libertad y la democracia del sistema americano.¡Oh captain, my captain!

Los operadores de las cadenas de televisión española, ya sea por ideología nihilista, porque no tienen ninguna o porque prefieren otras militancias activas más pintureras, encuadran las botas de los soldados de forma que sugiere que, quienes las llevan puestas, tienen fatalmente el carácter amenazante, aplastante y espeluznante que se atribuye a los opresores de las masas populares. Es seguro que alguien les dice aquello de “muy güeno lo suyo”.

Las botas son prendas elegantes que dan prestancia a la silueta, salvo que el sujeto o la sujeta que las lleva sean marcadamente patizambos, excesivamente paticortos o dé la casualidad que se trate de verdaderos macacos o chimpancés excarcelados de su jaula del zoo y que andan por allí en ejercicio de sus derechos de primate.

Los modistos, a veces sensibles al llamado de la belleza, se han dado prisa esta temporada a poner de moda las botas entre las féminas y, como los asesinatos de mujeres no llevan traza de disminuir pese a las ilusionadas campañas de recogida de firmas, se puede dar por seguro que este año, en contraste con los inmediatamente anteriores, un cierto porcentaje de las mujeres que mueran lo harán con las botas puestas.

Entre los hombres, es el andante gremio de los moteros y el recio estamento armado de los cazadores los que han reivindicado el uso más gallardo de las botas. Me consta que las prefieren confeccionadas en piel, en nobuk o en napa hidrofugada, con forro de gore-tex, con tratamiento anti-bacteriano y anti-oloroso, suela de goma o de poliuretano, contorno reforzado, palmilla de poliamida y ganchos, si los tienen, antioxidantes. En cuanto al estilo, parece necesario que sea deportivo y militar, por supuesto. En materia de botas no hay que andarse con chiquitas.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Un Poder Teocrático

El décimo aniversario del fallecimiento de Diana de Gales y las incidencias a que han dado lugar las ceremonias fúnebres de las cuales, por prudente y propia voluntad, ha estado ausente Camilla, su rival en amores, nos dan ocasión de especular libremente acerca de las diferencias que admite la -al parecer enteriza- noción de Estado laico dentro de las sociedades secularizadas. Para esta labor nos vamos a fijar en el Reino Unido porque, en esta primera década del siglo XXI, la vida inglesa sigue siendo comparable a una antigua galeaza movida por tres bancadas de remos: la Corona, la Iglesia Nacional y el Parlamento.

Las disposiciones jurídicas que permiten que en materia religiosa y moral o amoral el barco de Britannia se mueva hacia donde apunta la Corona, son las cuatro que seguidamente se enumeran, y perdone el lector la prolijidad que ahora juzgo necesaria: The Statute in Restrain of Appels, que impide a la Iglesia de Inglaterra tomar disposiciones que no hayan sido previamente aprobadas por la Corona y le prohibe cualquier apelación a la Iglesia Romana; The Ecclesiastic Appoinment Act, que impone a los anglicanos el nombramiento de Obispos propuestos por el Rey; The Act of Supremacy, que declara que el Monarca es la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra por encima de cualquier otro poder. Por fin, The Treason Act, que define como alta traición –castigable con la pena de muerte- el no reconocer al Monarca inglés como la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Todas estas disposiciones provienen de tiempos de Harry The Eight.

Si este conjunto de leyes no conforma a su manera una Teocracia no me quedará otra salida que entonar, por vía de excusa, aquella coplita amoladora que dice así: “Mujer que andando culea/y hablando los pechos mece/yo no digo que lo sea/pero sí que lo parece.”

Pero volvamos al tema que nos ocupaba al principio y que consistía en averiguar si la Teocracia a la inglesa funciona o no funciona ahora y, si en consecuencia, la noción de Estado laico dentro de una sociedad secularizada es un dato enterizo que hay que tomar en serio o, por el contrario, si en él todo va en depende y la cosa funciona según convenga al poder establecido. Para este fin, lo mejor es que hagamos un breve repaso de lo sucedido en torno a Lady Diana Spencer, hija menor del octavo conde de Althorp y esposa que fue de Carlos, heredero del trono y de muchas cosas más.

Lo primero que el público percibió de las tormentosas relaciones conyugales de la principesca pareja, fue el flagrante adulterio de Carlos con la aristocrática y ajada Camilla Parker-Bowles que convirtió a la joven y bella Diana en una víctima humillada y, en consecuencia, objeto de la compasiva simpatía de las masas.

La situación se acentuó tras la publicación del libro “Diana. Her True History” y la divulgación de una conversación telefónica entre el principe Carlos y Camilla, a las que se sumó la campaña de desprestigio de la Corona que, con singular astucia, encabezó la vengativa y bella Diana. Para que no quedara ninguna duda ante la situación, el año de 1995, en una entrevista con Jonathan Dimbleby ante la televisión británica, Carlos de Inglaterra, tomando como quien dice, el propio toro por los cuernos, que eran lo más visible en todo aquél enredo, reconoció públicamente su adulterio.

Encendida la hoguera, se encargaron de alimentarla ciertos sectores de la aristocracia británica, gobiernos extranjeros a los cuales la confusión suponía ventaja, y la prensa amarillista que ahora pretendía esgrimir la lupa de Sherlock Holmes, el investigador. Se divulgó así, interesadamente, que Alice Keppel bisabuela de Camilla había sido amante de Eduardo VII, tatarabuelo de Carlos y que, además, Camilla era sobrina nieta de Violet Trefusis una aristócrata que, en la década de los años veinte, presa de un loco amor lésbico se había fugado con la escritora Vita Sakville-West, siendo ambas casadas; y que otra antepasada, Louise Renée de Penancoet de Kerouaille, duquesa de Porsthmouth, había sido amante de Carlos II de Inglaterra. La divulgación masiva de estos datos estaba encaminada a impedir un nuevo matrimonio del divorciado Carlos. La tesis era: Camilla no debe pasar de ser la amante del principe Carlos.

Para colmo de males, el asedio de los “paparazzi” -su sed de noticias había sido alimentada para afinar la venganza contra Carlos y la familia real- provocó, junto a la embriaguez del conductor y el ansia de diversión nocturna de la pareja de amantes, el accidente que en Paris costaría la vida a Diana de Gales. El suceso serviría de pretexto para crear la sospecha de un asesinato detrás del cual estuviese la corona británica. Tal sombra fue reforzada con el bulo intencionado de que Diana esperaba un hijo del magnate egipcio Al Fayed. Quedaba así unido, al morbo propio del asunto, un posible conflicto interracial e interreligioso. Porque, amigo lector, aunque en ellas se digan muchas banalidades, los chismes en las revistas “del corazón” y similares no son tan casuales como se da a entender y mucho menos resultan tan gratuitos como parece. En sus páginas chismosas o chistosas circulan siempre, y digo siempre, grandes corrientes de intereses y de intenciones. Y, por supuesto, de dinero, que es el que marca las intenciones. En el mundo de la información como falso valor, no hay nada gratuito ni nada fortuito. Ni todo lo que aparece publicado lo elaboran los periodistas.

¿Podría alguien imaginar más obstáculos para una posible boda de Carlos y de Camilla?

Con proceder imparable, la Corona fue avanzando como una apisonadora hasta imponer el nuevo matrimonio del príncipe Carlos. El propósito se hizo realidad el día 9 de abril de 2005. Al acto civil, celebrado en el Guidhall de Windsor, no asistieron la Reina ni el Príncipe Felipe de Edimburgo, que sí estuvieron presentes, como no podía ser menos, en el acto religioso oficiado por el Arzobispo anglicano, de Canterbury, el Dr. Roman Williams. Quedó así claro ante todo el mundo que la unión contaba con la sanción de la Iglesia de Inglaterra, representada no solo por el Arzobispo Williams, al fin y al cabo un mero subordinado, sino por The Supreme Gobernor of the Church of England, o sea, la propia reina Isabel II. El principio de la Supremacía de la Corona había salido victorioso frente a quienes intentaban tomarle el pulso a la institución.

The Act of Supremacy y su cortejo de textos legales había funcionado de nuevo. En tiempos de Enrique VIII el poder espiritual ante el cual la Corona inglesa quería establecer su Supremacía era el Romano Pontífice. En el siglo XX, el poder aplastado, esta vez factual, fue la simpatía del público por Lady Diana, clamoreada por los medios y sectores que querían que la Corona ajustara sus decisiones a los dictados de la opinión publicada. La posibilidad de crear una nueva situación dialéctica en la política interior del Reino Unido tendría que aguardar alguna oportunidad más propicia.

En conjunto, lo de Lady Diana fue un drama de celos, despecho, venganza y poder digno de inspirar a un nuevo Shakespeare. Todo se ha reducido, a la manera de hoy, a la divulgación de unas grabaciones telefónicas obscenas que divirtieron al público, un espectacular accidente de tráfico, las habladurías bien pagadas de empleados infidentes y un bello perfil de mujer que se añade, paradójicamente como icono favorable, al imaginario de la casa de Windsor a la cual combatió con todas las armas que tuvo a su alcance. Queda, sin embargo, un resquicio que quiero hacer valer para considerarlo como un episodio triunfal de un poder teocrático serenamente arbitrario y que se sostiene con la máscara laicista de la Europa de hoy. Todo comenzó con Harry The Eight, cuyos matrimonios, hasta seis, hubo que justificar y de los cuales, dos terminaron en divorcio y otros dos en decapitaciones.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

En la Calle

Por allá, donde la estrecha calzada sin aceras casi va a topar con la basílica de Santa María, un moro quiere evadirse de algo. Supongamos que de su desgracia de su soledad, de su miseria. Lo hace a lomos de la cerveza que si se sube a la cabeza puede dar en tierra con el más pintado. ¿Quién lo diría? ¡Un moro borracho! Jamás había visto algo semejante.

Sabía, desde los tiempos de “nuestro protectorado”, que “moro fino bebe vino y come cochino”, pero éste moro de aquí no es fino ni come cochino, ni bebe vino. Solo bebe cerveza y tampoco lo hace en el bar de ningún hotel de lujo de Tánger, de Casablanca o de Nador, donde los camareros servían bebidas espirituosas en teteras de plata con sus tacitas alrededor para que los jeques pudieran disimular el bebercio ante el pueblo.

Este moro de aquí chupa la cerveza directamente del bote y en la puta calle, como dicen los castizos, que en este caso es la Calle Mayor.

La borrachera del moro, muy ostensible, me da toda la impresión de ser la borrachera del novato, del que no está acostumbrado, del que coge la borrachera con poca cosa. De antiguo se llama “turca”, e incluso “curda”, a un tipo de borrachera que surge antes de tiempo como desagradable y exagerada reacción del cuerpo.

El moro y yo vamos en dirección contraria. En realidad, él no parece llevar en este momento ninguna dirección. Deambula en zig-zag a lo ancho de la calle bisbiseando en su lengua frases que se me hacen ininteligibles. Nos encontramos de frente. Me da la impresión de que va a pedirme algo. No me adelanto a darle ninguna moneda para no humillarlo sin yo querer. Pero él, el moro de las barbas, el moro de la curda, el moro del bote de cerveza en la mano, no me pide nada. No quiere dar la lata. Me mira con expresión que yo adivino de respeto. Le miro también, a los ojos y le saludo con voz de quien está en el secreto de la cosa: “Salam aleikun”.

“Aleikun Salam”, me contesta el moro, casi reverente.Y a continuación suelta, como hablando consigo mismo, extrañado y en español. “M…cagüen”…y no completa la blasfemia aprendida de los “cristianos”.

Poco después, ya de vuelta, en la esquina, un vehículo todo terreno se ha detenido. ¿Qué hace un cuatro x cuatro en la calle peatonal? Desde dentro alguien mira, socarrón ¡Pero si es el jocundo, facundo, verecundo, rotundo Victor, hombre mucho más joven que yo al que no obstante tengo por viejo amigo y al que suelo dar el tratamiento de “Señor de Vizcaya”! Me espeta, bromeando: “¿ Con que paseando por aquí? ¡Haces que la calle parezca lo que no es!”

Yo le contesto la verdad humilde: vengo de dar a remendar unas zapatillas.

-¡Adios, buen amigo! ¡Agur¡!Agur¡

El sol luce sobre pintadas que hablan, en una sola lengua y en una sola ira, de independencia y de presos que deben regresar a casa. Hay un festival en el Peine de los Vientos. Y en un teatro de por aquí presentan “Desnudeces.”

Un rincón de comida rápida: Sorprendo conversaciones. En la playa …eramos siete…solo las tres chicas nos despelotamos. Los chicos no se atrevieron y se quedaron en pantalón de baño.¡Ji¡ji¡ ¡ja¡ja¡ ¡jeje¡je¡ ríen las divinas eulalias.

No alcanzo a imaginar a las tres modernas gracias despelotadas, que en rigor literal querría decir castradas, despojadas de las pelotas que no tienen ni se les supone. El absurdo.

Pero, igual que descamisado no es aquél que carece de camisa, sino precisamente el que la lleva puesta sin chaqueta encima, el “despelote” de las chicas no alude ni a las pelotas de la anatomía ni a las del juego. Alude a la “pellota”, es decir a la piel, a la pelleja. Las chicas se quedaron en cueros.¡Vaya deducción rigurosa! Y ahora se ríen porque los chicos no se hayan bajado los pantalones. Tendrán, seguro, sobrada instrucción sexual, pero se ve que a estas ninfas les falta, si no rodaje, su punto de mundología. Dejados a sus inclinaciones, los varones prefieren ver; las mujeres, dejarse ver. Aún en los campos nudistas se permite a los principiantes varones, conservar el pantalón de baño, por aquello que en tiempos más recios se decía “ponerse templado”, cuya traducción al castellano bozal es obvia. Una vez habituados al espectáculo del mujerío en pelota, en pellota, podrán prescindir del pantalón sin temor a reacciones psicofisiológicas. Es asunto de acostumbramiento.

Al morito de calle arriba tampoco le pasará nada una vez que se haya habituado a la cerveza. Cuestión de acostumbramiento o, según se mire, de saturación.

A mi lado, oleadas de gente que pasa. Gente y más gente. Semejantes a nosotros ¿quién lo duda? pero, al mismo tiempo ¡qué diferentes todos! Y, acaso ¡que distantes los unos de los otros, pese a las proximidades callejeras! Procuro distinguir. Pasan guiris de allende los mares y guiris de allende el Neckar. Y bomberos de Belfast en vacaciones de bomba, que sí, hombre, que no importa; francesitas como racimos de uvas tiernas; excursionistas del INSERSO sumando años y quizás siglos como las pirámides ante los soldados de Napoleón. Al borde de la calle, indias de Otavalo, república de El Ecuador, venden sus tiliches. Por sentencia judicial, la trashumancia es arraigo.

Como nos descuidemos en el aprecio, esos que pasan a nuestro lado y que solemos llamar “gente” terminan pareciéndonos un monstruo de mil patas, de mil artejos y de ninguna cara. Un monstruo así termina por repugnar a cualquiera. “!La gente abusa!” “¡Qué estupideces hace la gente!” “¡Lo que molesta la gente!”¿Quién no ha oído decir, o ha dicho, estas cosas y otras semejantes?

Pero “la gente”, ese monstruo en apariencia tan consistente, es sólo una quimera que cada uno fabrica en su retortero de clonador mediante generalizaciones hechas sin piedad y a toda prisa. De esa forma, las personas concretas que son los demás, despojadas de su perfil propio pasan a confundirse en una masa indiferenciada que precisamente por eso resulta siempre culpable y amenazadora.

Más que temer a la gente había que temer a los vacíos. Porque en los vacíos, donde no caben el conocimiento y el aprecio, anidan el recelo y la desconfianza, la aversión y el odio. Y el odio -aquí esas cosas se saben aunque no se suelen decir- siempre exige víctimas.

Callejeando, ya lejos de la Calle Mayor, veo en el escaparate de una tienda de bisutería yjoyas jóvenes estas frases puestas en dos cartelillos: están en francés. Una dice así, y es de Henry Matisse:”Il faut regarder toute la vie avec des yeux d´enfant”. La otra dice: “Ton devoir réel est de sauver ton rêve”, y es de Amadeo Modigliani. ¡Que mal se traduce al español la palabra “rêve”!

martes, 4 de septiembre de 2007

La Cuestón Turca

El triunfo electoral del islamismo moderado en Turquía ha bastado para que surgieran de la alfombra mágica de la información improvisada una serie de comentarios que se deleitan comparando un supuestamente puro, neutro, ejemplarizante y civilizado laicismo europeo, con una nación que se debate entre dos tendencias: la de aplicar la sharia islámica y la de reprimir las expresiones de la misma con medidas dictatoriales, intención esta última que se atribuye a los militares y a las agrupaciones cívicas vinculadas a ellos. Nosotros vamos a emplear la cuestión turca para recalcar que la dictadura y la democracia, lejos de ser cosas radicalmente diferentes, no son sino aspectos distintos de un mismo fenómeno: el ejercicio congruente del poder.

La Turquía que aspira a integrarse en la Unión Europea, es una democracia tutelada que fue establecida dictatorialmente por iniciativa del Ejército Turco bajo las órdenes de Kemal Pachá, y con un planteamiento opuesto a las exigencias de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, vencedores en la I Guerra Mundial dispuestos a liquidar lo poco que quedaba del ya derrotado Imperio Otomano.La idea maestra de las potencias Occidentales era la de desmembrar Turquía entregando a griegos y a búlgaros las zonas europeas, y gran parte de la Anatolia y el Cáucaso a pueblos “étnicos” como los kurdos y los armenios. El desguace se completaba con la entrega de la península Arábiga y de la provincia de Basora –hoy, Irak- con todo su petróleo, a Inglaterra. Siria y el Líbano pasaban a manos de los franceses. Palestina y Transjordania quedarían, la primera, bajo el dominio directo de Inglaterra, mientras que la segunda sería entregada a un “rey” beduino que actuaba bajo la vigilancia militar inglesa de la Legión Transjordana. En lo comercial, el objetivo que presidía la operación delenda est Turquia se concretaba en despojar a los turcos de toda posibilidad de beneficiarse del petróleo, eliminando también la influencia técnica, comercial y política de Alemania en esa zona.

Pero, además, la desmembración del imperio turco estaba pensada de una forma particularmente malévola y humillante, ya que suponía la sustitución de las minorías rectoras otomanas por “príncipes”, “familias reales” y “dinastías” escogidos entre los jeques tribales de la población nómada del vasto imperio otomano. En no pocas ocasiones hemos tenido ocasión de ver la versión propagandística en las pantallas de cine. De ese señalado origen fueron los “monarcas” que Inglaterra dejó a cargo de la regiduría de las particelas del ameno puzzle colonial que resultó del hundimiento del poderío turco. Fue una decisión aparentemente absurda e inusitada cuyo sentido sólo puede entenderse desde los supuestos de la Teoría de la Atrición, que alguna vez hemos comentado en estas mismas páginas. Pero los turcos reaccionaron enérgicamente, concentrando toda su fuerza en torno a Kemal Pachá, lo cual salvó de la desaparición a los restos que quedaban del Imperio de la Sublime Puerta, abriendo paso a la Turquía moderna que es la que aspira a integrarse en la Unión Europea.

La reforma iniciada por Kemal Pachá solo es comparable en la Historia contemporánea a la reforma Meiji que los japoneses emprendieron en el s. XIX para alinear su propio país a la par de los occidentales. Pero existe una diferencia entre ambas reformas. Mientras que el Japón pudo enfrentarse con los Estados Unidos e Inglaterra en un juego de astucias y anticipaciones que utilizaba a su favor las mejores tradiciones japonesas, los militares turcos tuvieron que actuar en las peores condiciones imaginables: tras una derrota y en enfrentamiento con todas las naciones triunfantes en la primera guerra mundial y con la oposición encarnizada de los vecinos griegos. Sólo la fortuna militar y el prestigio omnímodo de una personalidad como la de Kemal Pachá –llamado posteriormente Atatürk, es decir el aita o padre de los turcos- y la amenaza de desaparecer del mapa llevó a Turquía a acometer reformas que, mimetizando a sus vencedores trataban de evitar que éstos la aniquilaran por completo.

Tales reformas fueron: 1) la supresión del sultanato, quedando los restos del antiguo Imperio Otomano integrados en la nueva República Turca; 2) la separación del poder religioso y del poder político –algo inusitado en el mundo islámico-, garantizando el nuevo y difícil equilibrio mediante la tutela ejercida por las fuerzas armadas; 3) emancipación de la mujer;4)adopción del calendario gregoriano y del alfabeto latino abandonando los caracteres árabes y desdeñando el alfabeto ruso, lo que equivalía a afirmar: “somos turcos, y también europeos dispuestos a quedarnos en Constantinopla y a conservar la parte de territorio que nos corresponde en Europa. No somos árabes y no queremos seguir siendo tributarios de signos culturales que no son los nuestros.” La transformación se completó con la formal prohibición de los trajes vernáculos árabes o de inspiración musulmana: los gregüescos, el turbante, el fez de los hombres y el velo de las mujeres. Con todas estas reformas se buscaba un acercamiento a Occidente, incluso en los aspectos externos pero también, y esto es lo que hoy quiero destacar, se quería responder a la nueva exigencia de distanciarse del mundo árabe y musulmán. Este había contribuido al hundimiento de la Sublime Puerta con una eficaz traición que después de la guerra era premiada por los ingleses con la entrega de los restos del desmembrado Imperio a las “dinastías” beduínas que, no lo olvidemos, aspiraban a representar la legitimidad muslime con mejores títulos que los antiguos sultanes otomanos. De cierta forma, pues, los ingleses fueron los creadores del Islam enturbantado y agresivo que hoy se revela como una fuerza política no reglada y que se exhibe como una amenaza terrorista dirigida al mundo Occidental.

Percibirá el lector que la ineficacia gestora, la inopia política y la dejadez técnica de los beduinos aseguraban la prevalencia de los intereses ingleses en los países que estaban a punto de convertirse en fuentes baratas de petróleo augurando, a lo que pudiera quedar como residuo del mundo otomano, un futuro de sometimiento y vasallaje. Pero Kemal Atatürk frustró parcialmente esos intentos y Turquía logró subsistir como “nación de turcos” dejando de ser, por antonomasia “el imperio musulman” que tuvo a los reinos de Europa en jaque durante siglos.

Se dice que Turquía es hoy una democracia incompleta. Mas propio sería decir que es un proyecto de Occidentalización del Ejercito y de Kemal Atatürk que no ha llegado a su culminación y cuyo origen es anterior a la proclamación de la democracia obligatoria que más tarde se formularía en la Carta de la ONU. La situación de Turquía es mixta: la democracia como desideratum, la dictadura institucional como ejercicio real y legítimo que garantiza que ese desideratum pueda llegar a cumplirse algún día. De allí proceden las diferencias que Europa detecta como “deficiencias” y cuya corrección tienen que reclamar los visitantes ilustres cuando en sus visitas a Ankara les toca pronunciar lo que se ha dado en llamar “el discurso de las hadas buenas.”

El problema consiste en que Europa no quiere admitir que ese dualismo es constitutivo de la Turquía actual y que no puede interpretarse, con intenciones condenatorias, como una ambigüedad buscada o consentida. Podemos dar por sentado que, con mayor o menor intensidad, en cada período electoral volverá a plantearse la cuestión para recordar, mal que pese, que, según y cómo, dictadura y democracia son momentos distintos de un mismo fenómeno: el ejercicio del poder cuando éste se manifiesta sin intermisión en períodos de transformaciones radicales que, para no ser destructivas, requieren el trabajo continuado de varias generaciones. Trabajo a largo plazo, empeño de fondo, que el cortoplacismo democrático no puede entender, ni está capacitado para culminar.