El triunfo electoral del islamismo moderado en Turquía ha bastado para que surgieran de la alfombra mágica de la información improvisada una serie de comentarios que se deleitan comparando un supuestamente puro, neutro, ejemplarizante y civilizado laicismo europeo, con una nación que se debate entre dos tendencias: la de aplicar la sharia islámica y la de reprimir las expresiones de la misma con medidas dictatoriales, intención esta última que se atribuye a los militares y a las agrupaciones cívicas vinculadas a ellos. Nosotros vamos a emplear la cuestión turca para recalcar que la dictadura y la democracia, lejos de ser cosas radicalmente diferentes, no son sino aspectos distintos de un mismo fenómeno: el ejercicio congruente del poder.
La Turquía que aspira a integrarse en la Unión Europea, es una democracia tutelada que fue establecida dictatorialmente por iniciativa del Ejército Turco bajo las órdenes de Kemal Pachá, y con un planteamiento opuesto a las exigencias de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, vencedores en la I Guerra Mundial dispuestos a liquidar lo poco que quedaba del ya derrotado Imperio Otomano.La idea maestra de las potencias Occidentales era la de desmembrar Turquía entregando a griegos y a búlgaros las zonas europeas, y gran parte de la Anatolia y el Cáucaso a pueblos “étnicos” como los kurdos y los armenios. El desguace se completaba con la entrega de la península Arábiga y de la provincia de Basora –hoy, Irak- con todo su petróleo, a Inglaterra. Siria y el Líbano pasaban a manos de los franceses. Palestina y Transjordania quedarían, la primera, bajo el dominio directo de Inglaterra, mientras que la segunda sería entregada a un “rey” beduino que actuaba bajo la vigilancia militar inglesa de la Legión Transjordana. En lo comercial, el objetivo que presidía la operación delenda est Turquia se concretaba en despojar a los turcos de toda posibilidad de beneficiarse del petróleo, eliminando también la influencia técnica, comercial y política de Alemania en esa zona.
Pero, además, la desmembración del imperio turco estaba pensada de una forma particularmente malévola y humillante, ya que suponía la sustitución de las minorías rectoras otomanas por “príncipes”, “familias reales” y “dinastías” escogidos entre los jeques tribales de la población nómada del vasto imperio otomano. En no pocas ocasiones hemos tenido ocasión de ver la versión propagandística en las pantallas de cine. De ese señalado origen fueron los “monarcas” que Inglaterra dejó a cargo de la regiduría de las particelas del ameno puzzle colonial que resultó del hundimiento del poderío turco. Fue una decisión aparentemente absurda e inusitada cuyo sentido sólo puede entenderse desde los supuestos de la Teoría de la Atrición, que alguna vez hemos comentado en estas mismas páginas. Pero los turcos reaccionaron enérgicamente, concentrando toda su fuerza en torno a Kemal Pachá, lo cual salvó de la desaparición a los restos que quedaban del Imperio de la Sublime Puerta, abriendo paso a la Turquía moderna que es la que aspira a integrarse en la Unión Europea.
La reforma iniciada por Kemal Pachá solo es comparable en la Historia contemporánea a la reforma Meiji que los japoneses emprendieron en el s. XIX para alinear su propio país a la par de los occidentales. Pero existe una diferencia entre ambas reformas. Mientras que el Japón pudo enfrentarse con los Estados Unidos e Inglaterra en un juego de astucias y anticipaciones que utilizaba a su favor las mejores tradiciones japonesas, los militares turcos tuvieron que actuar en las peores condiciones imaginables: tras una derrota y en enfrentamiento con todas las naciones triunfantes en la primera guerra mundial y con la oposición encarnizada de los vecinos griegos. Sólo la fortuna militar y el prestigio omnímodo de una personalidad como la de Kemal Pachá –llamado posteriormente Atatürk, es decir el aita o padre de los turcos- y la amenaza de desaparecer del mapa llevó a Turquía a acometer reformas que, mimetizando a sus vencedores trataban de evitar que éstos la aniquilaran por completo.
Tales reformas fueron: 1) la supresión del sultanato, quedando los restos del antiguo Imperio Otomano integrados en la nueva República Turca; 2) la separación del poder religioso y del poder político –algo inusitado en el mundo islámico-, garantizando el nuevo y difícil equilibrio mediante la tutela ejercida por las fuerzas armadas; 3) emancipación de la mujer;4)adopción del calendario gregoriano y del alfabeto latino abandonando los caracteres árabes y desdeñando el alfabeto ruso, lo que equivalía a afirmar: “somos turcos, y también europeos dispuestos a quedarnos en Constantinopla y a conservar la parte de territorio que nos corresponde en Europa. No somos árabes y no queremos seguir siendo tributarios de signos culturales que no son los nuestros.” La transformación se completó con la formal prohibición de los trajes vernáculos árabes o de inspiración musulmana: los gregüescos, el turbante, el fez de los hombres y el velo de las mujeres. Con todas estas reformas se buscaba un acercamiento a Occidente, incluso en los aspectos externos pero también, y esto es lo que hoy quiero destacar, se quería responder a la nueva exigencia de distanciarse del mundo árabe y musulmán. Este había contribuido al hundimiento de la Sublime Puerta con una eficaz traición que después de la guerra era premiada por los ingleses con la entrega de los restos del desmembrado Imperio a las “dinastías” beduínas que, no lo olvidemos, aspiraban a representar la legitimidad muslime con mejores títulos que los antiguos sultanes otomanos. De cierta forma, pues, los ingleses fueron los creadores del Islam enturbantado y agresivo que hoy se revela como una fuerza política no reglada y que se exhibe como una amenaza terrorista dirigida al mundo Occidental.
Percibirá el lector que la ineficacia gestora, la inopia política y la dejadez técnica de los beduinos aseguraban la prevalencia de los intereses ingleses en los países que estaban a punto de convertirse en fuentes baratas de petróleo augurando, a lo que pudiera quedar como residuo del mundo otomano, un futuro de sometimiento y vasallaje. Pero Kemal Atatürk frustró parcialmente esos intentos y Turquía logró subsistir como “nación de turcos” dejando de ser, por antonomasia “el imperio musulman” que tuvo a los reinos de Europa en jaque durante siglos.
Se dice que Turquía es hoy una democracia incompleta. Mas propio sería decir que es un proyecto de Occidentalización del Ejercito y de Kemal Atatürk que no ha llegado a su culminación y cuyo origen es anterior a la proclamación de la democracia obligatoria que más tarde se formularía en la Carta de la ONU. La situación de Turquía es mixta: la democracia como desideratum, la dictadura institucional como ejercicio real y legítimo que garantiza que ese desideratum pueda llegar a cumplirse algún día. De allí proceden las diferencias que Europa detecta como “deficiencias” y cuya corrección tienen que reclamar los visitantes ilustres cuando en sus visitas a Ankara les toca pronunciar lo que se ha dado en llamar “el discurso de las hadas buenas.”
El problema consiste en que Europa no quiere admitir que ese dualismo es constitutivo de la Turquía actual y que no puede interpretarse, con intenciones condenatorias, como una ambigüedad buscada o consentida. Podemos dar por sentado que, con mayor o menor intensidad, en cada período electoral volverá a plantearse la cuestión para recordar, mal que pese, que, según y cómo, dictadura y democracia son momentos distintos de un mismo fenómeno: el ejercicio del poder cuando éste se manifiesta sin intermisión en períodos de transformaciones radicales que, para no ser destructivas, requieren el trabajo continuado de varias generaciones. Trabajo a largo plazo, empeño de fondo, que el cortoplacismo democrático no puede entender, ni está capacitado para culminar.
La Turquía que aspira a integrarse en la Unión Europea, es una democracia tutelada que fue establecida dictatorialmente por iniciativa del Ejército Turco bajo las órdenes de Kemal Pachá, y con un planteamiento opuesto a las exigencias de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, vencedores en la I Guerra Mundial dispuestos a liquidar lo poco que quedaba del ya derrotado Imperio Otomano.La idea maestra de las potencias Occidentales era la de desmembrar Turquía entregando a griegos y a búlgaros las zonas europeas, y gran parte de la Anatolia y el Cáucaso a pueblos “étnicos” como los kurdos y los armenios. El desguace se completaba con la entrega de la península Arábiga y de la provincia de Basora –hoy, Irak- con todo su petróleo, a Inglaterra. Siria y el Líbano pasaban a manos de los franceses. Palestina y Transjordania quedarían, la primera, bajo el dominio directo de Inglaterra, mientras que la segunda sería entregada a un “rey” beduino que actuaba bajo la vigilancia militar inglesa de la Legión Transjordana. En lo comercial, el objetivo que presidía la operación delenda est Turquia se concretaba en despojar a los turcos de toda posibilidad de beneficiarse del petróleo, eliminando también la influencia técnica, comercial y política de Alemania en esa zona.
Pero, además, la desmembración del imperio turco estaba pensada de una forma particularmente malévola y humillante, ya que suponía la sustitución de las minorías rectoras otomanas por “príncipes”, “familias reales” y “dinastías” escogidos entre los jeques tribales de la población nómada del vasto imperio otomano. En no pocas ocasiones hemos tenido ocasión de ver la versión propagandística en las pantallas de cine. De ese señalado origen fueron los “monarcas” que Inglaterra dejó a cargo de la regiduría de las particelas del ameno puzzle colonial que resultó del hundimiento del poderío turco. Fue una decisión aparentemente absurda e inusitada cuyo sentido sólo puede entenderse desde los supuestos de la Teoría de la Atrición, que alguna vez hemos comentado en estas mismas páginas. Pero los turcos reaccionaron enérgicamente, concentrando toda su fuerza en torno a Kemal Pachá, lo cual salvó de la desaparición a los restos que quedaban del Imperio de la Sublime Puerta, abriendo paso a la Turquía moderna que es la que aspira a integrarse en la Unión Europea.
La reforma iniciada por Kemal Pachá solo es comparable en la Historia contemporánea a la reforma Meiji que los japoneses emprendieron en el s. XIX para alinear su propio país a la par de los occidentales. Pero existe una diferencia entre ambas reformas. Mientras que el Japón pudo enfrentarse con los Estados Unidos e Inglaterra en un juego de astucias y anticipaciones que utilizaba a su favor las mejores tradiciones japonesas, los militares turcos tuvieron que actuar en las peores condiciones imaginables: tras una derrota y en enfrentamiento con todas las naciones triunfantes en la primera guerra mundial y con la oposición encarnizada de los vecinos griegos. Sólo la fortuna militar y el prestigio omnímodo de una personalidad como la de Kemal Pachá –llamado posteriormente Atatürk, es decir el aita o padre de los turcos- y la amenaza de desaparecer del mapa llevó a Turquía a acometer reformas que, mimetizando a sus vencedores trataban de evitar que éstos la aniquilaran por completo.
Tales reformas fueron: 1) la supresión del sultanato, quedando los restos del antiguo Imperio Otomano integrados en la nueva República Turca; 2) la separación del poder religioso y del poder político –algo inusitado en el mundo islámico-, garantizando el nuevo y difícil equilibrio mediante la tutela ejercida por las fuerzas armadas; 3) emancipación de la mujer;4)adopción del calendario gregoriano y del alfabeto latino abandonando los caracteres árabes y desdeñando el alfabeto ruso, lo que equivalía a afirmar: “somos turcos, y también europeos dispuestos a quedarnos en Constantinopla y a conservar la parte de territorio que nos corresponde en Europa. No somos árabes y no queremos seguir siendo tributarios de signos culturales que no son los nuestros.” La transformación se completó con la formal prohibición de los trajes vernáculos árabes o de inspiración musulmana: los gregüescos, el turbante, el fez de los hombres y el velo de las mujeres. Con todas estas reformas se buscaba un acercamiento a Occidente, incluso en los aspectos externos pero también, y esto es lo que hoy quiero destacar, se quería responder a la nueva exigencia de distanciarse del mundo árabe y musulmán. Este había contribuido al hundimiento de la Sublime Puerta con una eficaz traición que después de la guerra era premiada por los ingleses con la entrega de los restos del desmembrado Imperio a las “dinastías” beduínas que, no lo olvidemos, aspiraban a representar la legitimidad muslime con mejores títulos que los antiguos sultanes otomanos. De cierta forma, pues, los ingleses fueron los creadores del Islam enturbantado y agresivo que hoy se revela como una fuerza política no reglada y que se exhibe como una amenaza terrorista dirigida al mundo Occidental.
Percibirá el lector que la ineficacia gestora, la inopia política y la dejadez técnica de los beduinos aseguraban la prevalencia de los intereses ingleses en los países que estaban a punto de convertirse en fuentes baratas de petróleo augurando, a lo que pudiera quedar como residuo del mundo otomano, un futuro de sometimiento y vasallaje. Pero Kemal Atatürk frustró parcialmente esos intentos y Turquía logró subsistir como “nación de turcos” dejando de ser, por antonomasia “el imperio musulman” que tuvo a los reinos de Europa en jaque durante siglos.
Se dice que Turquía es hoy una democracia incompleta. Mas propio sería decir que es un proyecto de Occidentalización del Ejercito y de Kemal Atatürk que no ha llegado a su culminación y cuyo origen es anterior a la proclamación de la democracia obligatoria que más tarde se formularía en la Carta de la ONU. La situación de Turquía es mixta: la democracia como desideratum, la dictadura institucional como ejercicio real y legítimo que garantiza que ese desideratum pueda llegar a cumplirse algún día. De allí proceden las diferencias que Europa detecta como “deficiencias” y cuya corrección tienen que reclamar los visitantes ilustres cuando en sus visitas a Ankara les toca pronunciar lo que se ha dado en llamar “el discurso de las hadas buenas.”
El problema consiste en que Europa no quiere admitir que ese dualismo es constitutivo de la Turquía actual y que no puede interpretarse, con intenciones condenatorias, como una ambigüedad buscada o consentida. Podemos dar por sentado que, con mayor o menor intensidad, en cada período electoral volverá a plantearse la cuestión para recordar, mal que pese, que, según y cómo, dictadura y democracia son momentos distintos de un mismo fenómeno: el ejercicio del poder cuando éste se manifiesta sin intermisión en períodos de transformaciones radicales que, para no ser destructivas, requieren el trabajo continuado de varias generaciones. Trabajo a largo plazo, empeño de fondo, que el cortoplacismo democrático no puede entender, ni está capacitado para culminar.
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