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sábado, 25 de marzo de 2006

Acotaciones al Margen

Hablando de España y de nacionalismos, es de todos aceptada la distinción entre nacionalismo central o centralista y nacionalismos periféricos. Sin embargo, a mi juicio, serían más apropiadas las denominaciones de nacionalismo español y de nacionalismos sectoriales, siendo, por otra parte, necesarias algunas puntualizaciones históricas.

La distinción tan generalizada entre nacionalismo central y nacionalismos periféricos, que de entrada hemos desechado, parece estar elaborada con el criterio de aprovechar las facilidades elementales que desde el punto de vista de la simetría gráfica ofrece el mapa de España, semejante, como suele decirse, a una piel de toro. Con ser una banalidad, ha bastado para calificar de central o de centralista -con lo que estas palabras sugieren de absorbencia-, a toda posición que a ojo de buen cubero se acerque al centro del dibujo, que es Madrid, punto más punto menos; mientras que todo lo que tire hacia los bordes resulta inevitablemente periférico, con lo que este concepto conlleva de secundariedad. A propósito, y aunque nos distraiga del discurso, recuerdo que el Senador de Designación Real para las Cortes Constituyentes, don Camilo José de Cela Trulock, propuso una cláusula de su cosecha que fue rechazada por unanimidad pese a que casaba perfectamente con el reconocido surrealismo constitucional: “La capital de España es la villa de Madrid. La capital del Estado será designada por Ley Orgánica”. La ocurrencia tiene más miga de lo que parece.

Pero volvamos a lo que íbamos. Y que conste que aquí entramos de corrido en otra aclaración, porque la connotación de secundariedad atribuida a los nacionalismos sectoriales, son claramente inexactas cuando se refieren a España, donde partidos políticos de tal signo han influido y están influyendo poderosa, y a veces decisivamente, en la política que afecta al conjunto.¿O no?

Y es preciso recalcar que ni siquiera puede afirmarse que este fenómeno que pudiera ser llamado de principalidad minoritaria, haya surgido con la democracia y la tan traída y llevada Constitución de 1978, zarandeada hoy entre la intentona del patriotismo constitucional a lo Habermas ¡de los conservadores! y el experimento para haber-menos que supone el federalismo amorfo que se ha puesto en marcha.

No, la principalidad de los nacionalismos sectoriales viene de mucho antes. Aquí es obligado echar un vistazo atrás. El período franquista no sería comprensible si no se tomasen como sus verdaderas señas de identidad política, las dos claves básicas que, a mi modesto juicio, condicionan todas las actitudes de ese Régimen. Estas claves son: primero, el anticomunismo; segundo, la declarada enemistad contra los nacionalismos llamados comúnmente periféricos y que hemos quedado que sería más exacto calificar de sectoriales.

Examinemos de cerca las actitudes que de ordinario son tomadas como puntos de referencia para la caracterización del franquismo. Se dice, por ejemplo, que fue una pura reacción contra la democracia liberal. Y en efecto, es notorio que el régimen franquista trabó los engranajes propios de ésta, proscribiendo su funcionamiento y negando sus principios. Pero, habrá que fijarse también que, en cambio, no hizo ningún esfuerzo serio y persistente para instaurar el corporativismo que supuestamente sería el recambio que sustituiría a aquella. Y así, la proclamada Revolución Nacional-Sindicalista solo sirvió de recurso retórico y limitativo para marear la perdiz de la lucha de clases que hacía poco había contribuido a sumergir al país en un baño de sangre con la activa participación de las milicias de los partidos obreros. Tampoco derogó el franquismo el entramado legal que desde el siglo XIX configuraba la condición liberal-capitalista de la sociedad española.; ni ahogó las esperanzas monárquicas portadoras y propagadoras del liberalismo de anteguerra.

¿Y la actitud supuestamente inamistosa frente a las diferencias locales y regionales? De hecho, no cerró el franquismo las puertas totalmente -sólo las entornó y las vigiló-, al regionalismo cultural ni al refocilo popular en el folklore propio, a través de cuya variedad se evidenciaban, ayer como hoy, las peculiaridades de cada territorio de la España proclamada como “Una, Grande y Libre”.

¿Qué sucede con la rígida actitud centralista? Por lo menos en cuanto a la descentralización y reorganización de la administración del Estado, no puso especial cortapisas a las reformas administrativas surgidas de la Escuela de Administración de Alcalá de Henares y de las ideas de López Rodó. En cuanto a la economía, ni en los tiempos autárquicos ni bajo los Planes de Desarrollo, se impidieron las inversiones públicas en zonas que dudosamente podían ser consideradas leales al Régimen si las tornas amagaban por el cambio, como es el caso del País Vasco, ni impidió que las expectativas políticas se residenciaran, bajo los llamados tecnócratas –el nombre se los encajó Fraga Iribarne para denigrarlos-, en la final unión con Europa.

En cuanto a otras actitudes que han servido exageradamente como criterios de caracterización, también muy socorridos, podemos preguntarnos ¿Fue el franquismo ante todo una afirmación rotunda e incondicional del Catolicismo, como casi todo el mundo opina? ¿ O fue más bien una afirmación decidida de las fidelidades fascistas y fascistoides?. En contra de la respuesta incondicional y afirmativa a una u otra de esas hipótesis, podemos señalar el mutuo desgaste a que, de propósito, fueron expuestas posiciones tan dispares en lo ideológico y tan claras en sí mismas como son el Tradicionalismo – católico, fuerista y con arraigo popular-, y la Falange –corporativista, raciovitalista y autoritaria- al obligarlas a convivir, por Decreto, dentro del incómodo saco de ese imposible unum político que recibió el nombre de “Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista” y teniendo a Hedilla, el sucesor de Jose Antonio, confinado en Canarias a donde fue enviado tras conmutarle Franco por destierro la pena de muerte a que había sido condenado por oponerse a la Unificación. Y que conste que me he permitido escribir “de pe a pa” la denominación de la FET y de las JONS, porque a veces es necesario citar el nombre completo para que pueda uno darse mejor cuenta de los contenidos que se quieren solapar detrás de los nombres muy complicados. Sencillamente ocurrió que, en manos de Franco, las intrínsecamente poderosas ideologías del Tradicionalismo y el Falangismo, se convirtieron en recíprocos instrumentos de demolición. Y nadie puede decir que no hayan cumplido con creces el cometido que se les atribuyó.

Por todo lo anterior, hay razones más que suficientes para poder caracterizar al franquismo como una reacción contra la amenaza comunista, de la que se temía la sovietización de España; y contra los nacionalismos sectoriales, de los cuales se temía que condujeran a la desmembración del Estado. Recordemos que el nacionalismo catalán había puesto en un brete a la misma República..

Por lo cual, no parece demasiado atrevido afirmar que los nacionalismos sectoriales, determinan, bien que de rebote y como por contraste, la política española desde mucho antes de lo que hoy se dice. Para mí, dicho fenómeno político se remonta a los comienzos de la época de Franco. El asesinato del Almirante Carrero Blanco a manos de la ETA sólo será el gozne histórico a partir del cual comienza el trayecto a lo largo del cual los nacionalismos sectoriales,-ya actuando en plexo formado por sus varias facciones donde las hubo, o en compañía de otros partidos donde esto fue posible- determinarán con paciencia ejemplar, a veces con buena puntería aunque no siempre con buena letra, el sentido de los acontecimientos durante la transición y el ulterior y acelerado desarrollo democrático, hasta llegar a las transformaciones que en este momento despuntan y cuyo filo aún está por ser probado.

Y, aunque la opinión expuesta admita matizaciones, lo que de todas formas queda claro es que, pese a su carácter inusual, no puede adjudicarse un lugar secundario a un fenómeno político como el que constituye la principalidad minoritaria que ostentan en España los nacionalismos sectoriales. Quizá o sin quizá sea una invariante de la política española muy digna de mayor estudio.

lunes, 20 de marzo de 2006

Monólogo sobre las Naciones

¿Han existido siempre las naciones? Me pregunto, y he de responderme: no, rotundamente, no. Cierto que, desde que hay vida hay también nacimientos. Y, cierto también que son los nacimientos,.junto a la voluntad de poder de unos cuantos, los que hacen a las naciones. Pero éstas no han existido siempre y algún día desaparecerán en su versión actual. Incluso poner en duda esta última posibilidad sería una gran insensatez.

Todo esto tiene sus consecuencias, porque si digo que las naciones pueden desaparecer he de preguntarme cómo lo harían, es decir, cómo se desharían.

Y tengo que contestar que hay dos formas principales Si acaba con ellas un enemigo exterior se habla de exterminio. Si finalizan por acción de causas internas, habría que hablar de interminio, pero no existe todavía tal palabra.

Pienso que para cumplir cabalmente su función, el exterminio debe serlo de veras. Me refiero a que se debe lograr, al menos, la aniquilación física de las clases pensantes, si las tuviere la nación acosada, o, en su defecto, de las clases estorbantes, molestantes, incordiantes o pinchantes. Pero esto no siempre es posible. Lo que está claro en las lecciones de la Historia, es que la simple dispersión no vale. Tampoco sirven de mucho la reducción al silencio, la opresión o el cautiverio, como se puso de manifiesto por el pueblo hebreo en algunos períodos de su milenaria historia. Ya en la época moderna, los ingleses eliminaron o expulsaron a las clases dirigentes de Irlanda, entonces constituída por los nobles, los caballeros y los monjes y la medida tuvo efectos favorables para el dominio inglés en la Verde Erin, hasta que comenzó a formarse otra clase dirigente a base de los emigrantes que retornaban de los Estados Unidos. A éstos no se les pudo eliminar.

Sin embargo, con la palabra interminio, se plantea una duda ¿se quiere designar así a una especie de suicidio colectivo? La realidad es que la desaparición de las naciones por causas intrínsecas, se parece más al vencimiento de una fecha de caducidad que a un suicidio colectivo.

Es fácil comprobar que las naciones no desaparecen cuando así se lo proponen ellas mismas, o sea, porque lo voten en las urnas del sufragio universal las mayorías dóciles, o lo determinen y planeen en sus despachos las minorías dirigentes. Las naciones desaparecen cuando les llega su hora, y ésta se presenta de puntillas, por lo cual nadie, o muy pocos, tienen tiempo de mirar al reloj.

Se trata de un fenómeno cultural y colectivo poco estudiado. En el interminio las naciones perecen estranguladas por efecto de sus propios problemas que no reciben solución, por las fuerzas que no encuentran salida, por la vitalidad que no se ejerce, por la vida que no se propaga, por la inteligencia que no se practica, por la ufanía que no se depura y por eso se vuelve vana, por las defensas que no se ejercen, por las responsabilidades que no se asumen y por las generosidades que no logran salir a flote.

A este proceso de morir por causas internas ¿no sería mejor llamarlo auto-terminación o autoaniquilamiento ? Y me respondo que no, mil veces no, porque la opinión de hoy añade a la partícula “auto” –deficiente traducción del “self” de los angloparlantes-, una cierta idea de determinación soberana y libre, por lo cual toda decisión individual –aunque en realidad sea dócil servidora de los clichés de moda– se presume que es un logro o hito de la libertad y de la aguda inteligencia individual.

Así, en autodeterminación, palabra que tiene la partícula auto como prefijo, se supone que soy “yo”, repitiéndome en “los nuestros”, quien decide lo que va a ser de mí, de nosotros, sin intromisión de nadie y por mi propia voluntariedad, como si pudiera haber actos inmotivados y absolutamente independientes.

De tal modo que, si me conformara con la palabra auto-terminación o autoaniquilamiento, no estaría expresando lo mismo que quería decir con el neologismo interminio. Porque la desaparición por causas internas sería comparable a una decisión voluntaria, como si la nación entera dijese un buen día: “voy a aniquilarme mañana mismo” al igual que un negociante dice “cerraré la tienda porque quiero jubilarme y ninguno de los hijos ha mostrado el menor deseo de continuar el negocio.” Y digo yo, que para eso estoy en un monólogo: los muy boludos de los hijos prefieren vender el local, contar cuidadosamente -no vaya a ser que se les escape alguno-, hasta el último billete de la pasta gansa, y a continuación largarse con viento fresco, aunque sea con ciclón amenazando, a las costas de algún paraíso venéreo del Pacífico Sur donde poder ver bailar, hasta que se descoyunten, a las del pareo floreado.

No, señores, no es eso. El interminio es el aniquilamiento que surge de los “psicosociobiologismos destructivos” propios del organismo social, como acostumbra decir mi amigo Emil von Xylander que, como científico no teme que lo llamen pedante. No se trata, repito, de una decisión comparable a la de un negociante que decide cerrar la tienda o de un político que determina iniciar la contienda.

El aniquilamiento de una nación por sus propios medios no es un acto atribuible a la voluntad de nadie, sino el producto, hasta ahora innominado, de una serie de causas que se anudan como serpientes para dar lugar a un acontecimiento aniquilador.

El interminio y el exterminio no son fenómenos que se excluyan el uno al otro. A veces el exterminio viene a coronar la labor callada e interna del interminio. Así los bárbaros, al invadir los territorios del Imperio Romano, completaron la labor de interminio desatada en una sociedad que ya estaba sumergida en la decadencia.

En otras ocasiones, el interminio acaba por consumar, sobre los restos que escaparon al exterminio, la labor incompleta de éste. Después de la conquista, y de sufrir el azote de las epidemias de viruela, sarampión y gripe, a los escarmentados sobrevivientes indígenas de mesoamérica les dio por hurtarse al trabajo, evitar los hijos y entregarse a las bebidas embriagantes, y eso que entonces no tenían la facilidad que hay ahora con las litronas.

Y no me pregunten si preferían la chicha al vino o el vino a la chicha. Se entrompaban, sin discriminación alguna, lo mismo con el uno que con la otra. En eso dieron un sonado ejemplo de transculturación que pudiera servirnos en este momento crucial en que aspiramos a globalizarnos a un grado tal que no lo hubiera soñado ningún globalizador.

¡A ver si aprendemos! como dijo Miquelarena. ¿O fue Jardiel Poncela? ¿O el mismo general Franco? Estoy hecho un mar de confusiones. Me pasa por citar de memoria como Santa Teresa, George Busch, Rigoberta Menchú o Waldemar Bonsels, el que inventó la Abeja Maya.

viernes, 10 de marzo de 2006

Guerra y Beligerancia*

El valor relativo de las acciones de atrición es uno de los factores que sirve para distinguir entre guerra propiamente dicha y el concurrido mundo de las beligerancias.

Atrición, recordemos, es palabra que nace dentro de la literatura ascética para designar el desistimiento de una conducta pecaminosa, no por aversión al mal en sí, sino por temor a sus consecuencias desfavorables. Despojado de su sentido ético, el vocablo pasa al vocabulario de la psicología de la guerra para referirse a aquellas acciones encaminadas principal o exclusivamente a inducir en la población del país enemigo un estado de ánimo desfavorable que le obstaculice o impida la continuación de la lucha.

Es obvio que, así consideradas, las acciones de atrición han existido siempre, pero sólo alcanzan su verdadero significado cuando, coincidiendo con el industrialismo y la implantación de la moral pragmatista, la teoría de la guerra moderna borra la antigua distinción entre combatientes y no combatientes, entre población civil y militar, entre personal movilizado y personal no movilizado, entre recursos materiales para la paz y recursos materiales para la guerra, y una vez que la Psicología ha alcanzado un desarrollo suficiente para sostener aplicaciones prácticas que se consideran fiables. En principio, la guerra seguirá teniendo su escenario clásico en los frentes de batalla, pero la acción destructora que antes se ejercía exclusivamente sobre éstos y sobre la retaguardia propiamente militar, pasa a ser ejercida “de oficio” contra la población enemiga en general y contra la totalidad del territorio correspondiente.

En la guerra propiamente dicha, las medidas de atrición son puramente complementarias, lo cual significa que, de ninguna manera pueden anteponerse y mucho menos sustituir al esfuerzo propiamente militar que se concreta en aniquilar a los ejércitos enemigos, destruir sus sistemas de aprovisionamiento y devastar su entramado industrial armamentístico. En la guerra, las medidas de atrición no aseguran la victoria, ni su ausencia se convierte en vaticinio de derrota.

Todo lo contrario acontece en la beligerancia revolucionaria o subversiva. Para entendernos, habrá que aclarar que se da el nombre de beligerancia revolucionaria al llamado vulgarmente terrorismo y cuya características consiste en la capacidad de desarrollar una actividad enemistosa que, ejerciéndose organizadamente contra el orden formal establecido, se sustancia en 1º)actos esporádicos y coordinados de destrucción y muerte;2º) en el establecimiento de un sistema parafiscal basado en aportaciones regulares y en derramas esporádicas de contribuyentes voluntarios u obligados;3º) estas acciones se completan con secuestros que exigen contrapartida política o económica y con acciones de asalto y robo si lo permiten las circunstancias. Dejemos para otra ocasión explicar porqué utilizamos el término beligerancia evitando la palabra guerra para este tipo de actuaciones.. Baste ahora decir que el terrorismo, que es la beligerancia a que nos referimos aquí, parte del supuesto de que el enemigo –entiéndase en éste caso la sociedad organizada de una forma y según principios no satisfactorios para los revolucionarios-, terminará plegándose a las exigencias de éstos si las medidas de atrición son aplicadas sin otra intermisión que las impuestas en determinados momento por las exigencias de la propia beligerancia o por las conveniencias del momento político.

Los logros en materia de beligerancia revolucionaria son, pues, inseparables de la aplicación persistente e implacable de las medidas de atrición. Es lo que ha sido definido en nuestro propio patio con la expresión de “socialización del dolor” como condición sine qua non de la consecución de los objetivos revolucionarios.

¿Qué hay de verdad en este planteamiento que de entrada parece exagerado y triunfalista? La experiencia dice, que, a poco que se persista con claridad en los objetivos políticos, y éstos sean de naturaleza limitada –o sea que de momento no impliquen el desmontaje de la sociedad entera con lo cual se despertarían todos los perros dormidos-, la aplicación implacable y persistente de las medidas de atrición, asegura el logro de las pretensiones perseguidas por las organizaciones subversivas. Para ser aún más claros, y aunque sea lastimoso decirlo, la persistencia en la tarea de “socializar el dolor” es vía inequívoca para la consecución de lo objetivos que se propone cualesquier organización subversiva.

Estudiemos las razones en que se funda este aserto. En primer lugar, se debe tener en cuenta que toda sociedad organizada lo está dentro de un entramado institucional presidido por el Estado. Este entramado institucional funciona necesariamente como una realidad vectorial que, por una parte garantiza la estabilidad y permanencia de la sociedad, y, por otra, delimita y concreta su actuación según directrices preordenadas y, por tanto, previsibles, que están contenidas en la Constitución o textos equiparables, en las leyes, en los reglamentos y en disposiciones administrativas. Incluso la ideología, en caso de tenerla las actuaciones que se vehiculan en este marco, se manifiesta a través de programas políticos conocidos de antemano.

El Estado está, pues, destinado a actuar públicamente. Es lo que subraya la expresión “luz y taquígrafos”. Y esta publicidad aboca a que todas sus actuaciones estén inevitablemente expuestas a la crítica, al ser fácil contrastarlas con los referentes legales en que debe basarse toda acción de Gobierno.

En contraste con todo esto, las organizaciones subversivas actúan como sociedades secretas. y sus únicos actos conocidos del público –y eso tan sólo una vez perpetrados- son precisamente aquellos que están encaminados a “socializar el dolor” y cuya ejecución debe ser ampliamente divulgada a fin de que el mensaje de atrición llegue todavía caliente e impactante a los más amplios sectores de la sociedad afectada.

El conocimiento y divulgación de esos actos se producirá, además, gratuita, espontáneamente, y bajo el amparo de las libertades sostenidas por el sistema como son el derecho a la información, el derecho del periodista a conservar en secreto sus fuentes de información y el derecho a la libertad de expresión. Como por otra parte, la divulgación de los actos de esta socialización perversa está en consonancia con la innata curiosidad humana que, en nuestra sociedad del espectáculo, adquiere carácter dominador y excluyente, se establece una verdadera simbiosis entre la gran sociedad atacada y la pequeña organización subversiva que la ataca.

Las organizaciones subversivas aspiran a configurar una nueva estructuración política. Para conseguirlo, se apoyan en la misma normalidad que pretenden destruir y que a la vez le sirve de parapeto. Esto se traduce en que, bajo su acción, la convivencia continúa con normalidad aparencial, aunque para algunos se haya convertido en conmoriencia. Víctimas y victimarios están juntos, en una proximidad que no es solamente geográfica, sino vital y operativa. Así se explicará el lector la dificultad real que en estos casos existe para que el Estado y sus órganos, los ciudadanos y sus organizaciones, reconozcan a las víctimas su condición de tales. Sucede que las víctimas, con ser necesarias para la acción revolucionaria, dejan hecha añicos esa falsa sensación de normalidad que es tan útil para la beligerancia subversiva; como lo es para quienes la combaten; empeñados éstos en demostrar que, pese a los esfuerzos de la subversión, la sangre no llega al río. En consecuencia, unos y otros coinciden tácitamente en que hay que ocultar a las víctimas, soterrarlas como hacen algunos animales con su excremento. De allí la connaturalidad de la sospecha expresada en frases como ”¡Algo habrán hecho!” ó “¡Por algo será!” , que convierten a los victimarios en justicieros. Cuando este juicio llega a ser admitida sin rubor propio o ajeno, se puede pensar que las acciones de atrición en que consiste la socialización del dolor, ha comenzado a recoger sus frutos.

*Miguel Chavarria es coautor de la obra en 8 tomos “Armamento y Poder militar”; Sarpe, Madrid 1983.

miércoles, 1 de marzo de 2006

Carrusel de Quejumbrosos

No sé qué contestarán a los encuestadores que auscultan el grado de felicidad de las colectividades y de los individuos, pero hay numerosas personas que se consideran agraviadas por la vida. Algunas de ellas atribuyen su desgracia a su mala estrella, así, en general y a bulto. Pero ocurre que la inmensa mayoría de los que viven descontentos por lo que son o por lo que hacen, creen haber encontrado la causa de su desgracia en algo mucho más concreto.

Así, hay quien todo lo achaca a no haber podido cursar una carrera universitaria, como hay quien cree ver la causa justamente en la circunstancia opuesta.

Hay quien considera origen de sus malaventura el haber comenzado a trabajar demasiado joven. O a no haber hecho una oposición para funcionarios del Estado. O a no haber podido su padre conseguirle un enchufe en la Caja de Ahorros de la localidad..

Entre las que cultivan este nada envidiable estado de ánimo los hay discretos, que rumian su tristeza para ellos solos y los indiscretos que proclaman su desgracia a la menor oportunidad que se les presenta.

Y puestos a desgranar la mazorca comenzando por el gremio de los indiscretos, a mi juicio los que peor se portan son aquellos que, siendo padres de familia escogen a sus propios hijos y a su sufrida mujer para denigrar ante ellos el oficio o quehacer del cual comen, viven, huelgan, estudian y van a la peluquería todos los que dependen económicamente del quejumbroso. Acaso estos mismos quejumbrosos son los que después se quejarán de que exista un insalvable abismo entre generaciones y de que sea imposible transmitir los valores de padres a hijos. O de que su mujer no les aprecia lo suficiente. Pero la verdad es que nadie puede causar admiración, ni suscitar confianza en la más leal de las mujeres, ni transmitir nada a otro, por muy hijo suyo que sea, si el pretendido transmisor carece de prestigio. Y las quejas de las que estamos hablando son verdaderas destructoras del prestigio personal.

Y no importa el nivel económico o las comodidades que haya el quejoso logrado en la vida material; de todas maneras encontrará motivos para lamentarse.

El repertorio de quejas y denuestos que algunas personas son capaces de lanzar contra sí mismas es abundantísimo. Entre ellos está el consabido de considerarse un “chupatintas”... “un don nadie”...”un cero a la izquierda”..”un simple mandado” que no tiene ninguna responsabilidad en lo que hace. Estas personas, al despreciar, seguro que con toda su buena fe, la importancia y la responsabilidad que conlleva el ocupar un puesto subordinado, desconocen al mismo tiempo una poderosa y fecunda realidad de nuestro mundo: no hay puestos de mando para todos y aunque sólo se habla de “cadena de producción” para determinados fabricados, lo cierto es que hasta la más espiritada producción humana se basa en la acción coordinada de muchas personas, de las cuales la mayoría no hacen el papel de jefes. Multitud de egipcios levantaron las pirámides, que hoy se conocen con los nombres de sólo tres faraones.

La mayoría de los seres humanos estamos llamados a ser importantes en la multitud de los oficios; sólo unos pocos en la singularidad del mando. Y no se diga que tan sólo el mando arrastra consigo la responsabilidades, porque también las tienen en su parcela los que a otros están subordinados. Sucede que bajo el organigrama que se deja ver a primera vista y que tanto halaga a algunos, hay otro organigrama fractal, donde la importancia de un individuo no nace de la tarea que hace sino de cómo la hace.

Con frecuencia, la descalificación de sí mismos, que tanto tiempo ocupa a los lamentosos, va acompañada de la afirmación de no haber hecho a lo largo de la vida “otra cosa que trabajar”, o de la proclama reivindicativa de “no haber tenido juventud.” A mi juicio, es una forma indirecta de invitar a los hijos a que dilapiden la suya en babosadas o en vicios en vez de ponerse a trabajar o estudiar seriamente, o en las dos cosas si para ambas estuvieran dotados.

En las mujeres de cierta edad, la desgracia se suele resumir en pensar que nadie las ha comprendido y, menos que nadie, el marido. Y es de advertir que no debe aventurarse uno a negar que puedan tener razón; aunque hay que dejar bien claro que comentarios de tal laya – los diga el hombre o los diga la mujer-, emponzoñan el ambiente de la propia familia. y no ayudan a solucionar los problemas cuando realmente existen.

El corolario suele quedar muy claro para los hijos y casi se podría reducir a unas cuantas fórmulas estereotipadas. Es como si el padre o la madre les dijeran: no imites mi laboriosidad y mi entrega; procura trabajar lo menos posible; no encontrarás recompensa adecuada a un trabajo bien hecho, empeñarse en algo, no sirve para nada.

¡Pero esto, amigos, es una forma de animar a los hijos a emprender el camino al país de Ningunaparte¡ O a que engrosen la partida de los que gritan:¡diputación, solución! O algo por el estilo, cuando se enfrentan a problemas personales que deberían tratar de resolver ellos mismos..

Hay padres que avanzan un paso más y se atreven incluso a programar sobre el poco fiable diagnóstico de su supuesta desgracia, la entera vida profesional de sus hijos. Así, el acicate para el estudio de los jóvenes no se cimenta en el espíritu de superación sino en mezquindades egoístas y visiones reductoras que el padre, o la madre, han elaborado a su capricho. Y además, capricho pesimista.

Pasando revista a los oficios denigrados por quienes los ejercen, creo que no faltaría ninguno de los incluidos en la lista de la Oficina Internacional del Trabajo, lo cual no deja de ser prueba de laxitud en la formulación del supuesto diagnóstico.. ¡Están todos los oficios y profesiones , sin excepción ninguna! Y esto da pie suficiente para sospechar que las fuentes de tan cacareadas desgracias –si acaso existen-, lejos de brotar de los oficios desempeñados, manan de la insatisfacción anímica de quienes a regañadientes los desempeñan pese a los éxitos que han conseguido y las metas que han superado.

Con esta mentalidad, y suponiendo que haya sido durante siglos la misma, se comprende que en nuestros romances peninsulares –no es el caso del vascuence, que no es romance aunque esté bastante romanceado- se haya perdido, digo, la nobleza del término labor del cual los romanos decían que lo vence todo –labor omnia vincit- para venir a quedar en el vergonzoso término trabajo, treball, trabayu, trabalho, cuya etimología lo conecta con tripalium que era un tipo de tortura. ¿No se dice incluso que trabajar hace daño y por eso pagan por hacerlo?

En esto de la disputa entre los términos trabajo y labor reparemos en una curiosidad expresiva: hasta hace muy poco, solo de las mujeres de su casa se decía que se dedicaban a sus labores. En su trasfondo lingüístico, esta expresión era un homenaje a la mujer de hogar. Porque labor era el trabajo visto desde su lado excelso. Así se hablaba de Derecho Laboral, y de abogados laboralistas..¡Ah! y existía la virtud de la laboriosidad. Y la ideología laborista. Pero el término labor también andaba, bien que un poco disfrazado, en la palabra labrador, que es como decir laborador, y en labranza, que es como decir laboranza. Y la explicación está en que según la mentalidad tradicional, la del Siglo de Oro en el que se acuñó el genio de nuestra lengua, ser labrador facilitaba la práctica de la virtud y la labranza era el oficio honrado por excelencia.

Existe toda una serie de palabras, relativamente nuevas en el habla de todos los días, y que tienden hoy a desplazar al término trabajo sin añadirle nobleza. Se trata de la voz “curro”; con el verbo “currar”, por trabajar, y “currante” para designar a quien trabaja. Son términos de origen calé, y esto explicaría su primario sentido zumbón y despectivo respecto a la actividad humana a que se refieren. Menos mal que los argentinos han introducido en el español coloquial el italianismo laboro que disputa la hegemonía al pesimista trabajo y al poco serio curro, mientras el clásico quehacer hace mutis por el foro..

Pero dejemos el corrillo de las palabras y volvamos al carrusel de los quejumbrosos. Lo peor de todo este asunto es que los quejicas, quejosos, quejumbrosos, lamentosos, o como quiera que se llamen, aunque proclamen la infelicidad que les aqueja y que supuestamente viene ocasionada por los oficios que desempeñan, son, por lo regular, esforzados laborantes que, con estudios o sin ellos, han mantenido a flote y bogando a sus familias, muchas veces con holgura, y han contribuido con sus sudores diarios y, si fuéramos a guiarnos por lo que dicen, con su “desgracia”, a la prosperidad del Reino de las Diecisiete Repúblicas hoy a punto, según dicen, de obtener el título de Nación de Naciones que, bien mirado, es a lo que aspira todo Imperio. Pero esto ya es harina de otro costal.

La Chica del Móvil

Cada tanto de tantos se publican las encuestas que se proponen revelar el grado de felicidad de los habitantes de los diversos países, cada uno dentro del suyo. Los encuesteros no hilan muy fino porque suponen sin más que todo el mundo es feliz por las mismas causas y de la misma manera. Pero, en fin, no nos pongamos demasiado exigentes, porque por ese camino no podríamos llegar a sostener ni una breve conversación en materia tan importante como es la Macarialogía comparativa que es el nombre que en las universidades recibe tan señalada ciencia. Meter en la misma cesta a alemanes y españoles, franceses y portugueses, ingleses e italianos,suizos, belgas y luxembuegueses, no es cosa baladí..

- ¿Por qué no dice mejor Vuestra Merced que no es moco de pavo, expresión menos cursi que esa de baladí? ¿o va a resultar que es un vuestra merced pavófobo o mocófobo encubierto?

Ni una cosa ni la otra. Sólo me limito a no hablar del pavo ni de su moco. Y me quedo con lo de baladí sencillamente porque suena a árabe y eso, en un país como España, bien predispuesto a recobrar la condición de mozárabe, suena muy bien y será aplaudido hasta por el mismo señor ministro Moratinos que tan neutral se muestra en materia de Medio Oriente y de Oriente Entero, según apuntan las malas lenguas.

- Pero volviendo a la felicidad, ¿se considera Vuestra Merced feliz?

-Eso va en depende.

-¿Depende de qué?

De la apreciación subjetiva unas veces y de las comparaciones otras.

-¿De las comparaciones?

Si, de las comparaciones. Recuerde aquella ocurrencia de Woody Allen: “Cuando me miro al espejo y me veo tal como soy, se me viene abajo toda mi autoestima. Pero luego, me consuelo pensando en lo que sería si encima de feo, miope y escuchimizado, hubiera nacido en Burkina Faso y careciera de talentos”

- Pero esa cita ¿es como Vuestra Merced la cita?

- No me venga con remilgos. Sepa que yo cito de memoria y a lo libre, como Santa Teresa, San Pablo, Henri Landrú, Pancho Villa, el Generalísimo Franco, y aún héroes de la sociedad civil catalana como el Teniente Coronel Maciá. Que el citar libremente es cualidad que brilla en todas partes.

- Estábamos hablando de felicidad y Vuestra Merced contestaba que en buena parte la felicidad propia surgía de las comparaciones ¿podría explicar mejor esa idea?

- No es una idea, es una praxis. El otro día sorprendí una conversación telefónica. No se crea que tengo la manía de fisgar en las conversaciones ajenas. Es que tengo oído de tísico. Un médico, amigo mío, dice que de esa forma Natura me compensa de mi fuerte miopía. Pero vamos al grano. Por lo que escuché, supe que aquella persona que hablaba por el móvil tenía un novio que la invitaba a abortar Y pensé, vaya apuro que está pasando la chica, enfrentándose a tamaño problema sin otro equipaje que sus veinte y pocos años, un empleo precario, un teléfono móvil de tarjeta, unos padres acobardados, un ombligo velludo y unos pantalones de Zara para los días de fiesta. ¡Este parecía ser todo su equipaje para enfrentarse al brutal empujón que le estaba dando la vida!.

- Pero ¿como pudo saber esto por una conversación que escuchó? ¿No está Vuestra Merced suponiendo muchas cosas?

- Lo del empleo precario, el novio abortista, los padres acobardados, lo supe por la conversación. También supe por este medio que el teléfono de la chica era de tarjeta, pues en un momento dado dijo excusándose: “¡se me está agotando la tarjeta!”. Después de todo no hay que ser ayudante del Sheriff para darse cuenta de las cosas que se escuchan de forma tan clara.

- ¿Pero y lo demás?

- Lo averigüé a ojo de buen cubero. Y no quiera nadie mofarse de la expresión, pues cubos son también los de Moneo. Pero cubos, conos o pirámides aparte, el ombligo con pelos o sin ellos, lo enseñan sin instancia de parte todas las mujeres, a excepción de las musulmanas y estas porque Alá es grande. Los pantalones de Zara los llevaba puestos la chica y, como era domingo, deduzco que era pantalón para los días de fiesta. Y aún le puedo decir que en aquella ocasión era interlocutor telefónico de la cuitada otro compañero suyo con el cual hacía poco había roto relaciones y aún alguna cosa más que éstas, lo cual le daba, por cuestión de fechas y de rompidas seguridades, algunos boletos para la paternidad de la criatura que habían llamado al mundo a escote de tres. A la chica no le quedaba otra salida que aplicar la duda metódica en materia de varones no queridos como fecundadores. Y que conste que esto no lo averigüé ni de vista ni de oído sino que lo supe por el contexto; fue, pues, una labor de puritita inteligencia. Con todo esto, no tuve más remedio que comparar mi propia y lejana juventud con la de esa chica y con la de los dos chicos cuya imagen me venía dibujada en la conversación. Y era yo quien salía ganando, no por más despabilado o aprovechategui, sino por más recto y mejor intencionado.

-Y Vuestra Merced ¿se sintió feliz al hacer esa comparación?

- Si, pero fue la felicidad de la pulga que se sabe a salvo aún sabiendo que llegó al Arca de Noé en la pelambrera de una hiena. ¿Qué sociedad es esta, pensé, que halaga a la juventud como sólo se halaga a los dementes y que, no obstante, la asaetea como a un San Sebastián, y la vapulea como a Cristo? Y vi, a través de la chica, a esa parte de la juventud socialmente en la calle, pero sin redaños para adueñarse de ella; incapaz de costearse una casa; impedida, por la ignorancia cultivada y el engaño propagado, de saber de dónde le sopla el viento; carente, en fin, de los instrumentos morales y de los hábitos de rectitud que la pueden llevar a buen puerto. Juventud a la cual la publicidad de las instituciones públicas le aconseja “no te cortes”, sin avisarle que, si no se corta llegará el día en que la cortarán en rodajas.Y me entienda el Maese preguntón.

- ¿Y qué hizo entonces Vuestra Merced?

- Recordé que llevaba la tarjeta de una asociación que se dedica a ayudar a mujeres en apuros de esta laya y, venciendo el corte que da el dirigirse a alguien que no ha solicitado la conversación, se la ofrecí en la mano

-Y ella qué dijo?

- Ella la tomó con sorpresa, y nada más leída, me dijo con desprecio: ¡déjame en paz.!

Lo mismo me dijo hace años una jovencísima drogadicta que encontré en plena noche cerca de la estación de autobuses. Estaba fatal y le ofrecí ayuda. También contestó:¡Déjame en paz! Se conoce que la paz es la instalación en que todos creen estar, incluso quienes la han extraviado hace un buen rato.¡Déjame en paz! ¡Déjame en paz!.

Pero para mi sorpresa, en un gesto que no había visto desde hacía muchísimo tiempo, y que me pareció arcaico, extemporáneo, quizá atávico, la chica del móvil se guardó la tarjeta en el seno. Y ese gesto engendró una esperanza.

- ¿Y Vuestra Merced qué hizo?

- Pensé en el niño que aquella mujer llevaba muy a su pesar en el vientre. En el niño que reposaba bajo ese ombligo velludo, racial, de normediterránea. Pensé en ese niño concebido a escote y cuya suerte no sería envidiada ni por un huevo estrellado que fuera capaz de envidia. La revolución sexual es eficaz en matar a sus hijos. Y como no había otra ocasión mejor, me alejé de allí, pero no del problema. Y eso fue todo.