No sé qué contestarán a los encuestadores que auscultan el grado de felicidad de las colectividades y de los individuos, pero hay numerosas personas que se consideran agraviadas por la vida. Algunas de ellas atribuyen su desgracia a su mala estrella, así, en general y a bulto. Pero ocurre que la inmensa mayoría de los que viven descontentos por lo que son o por lo que hacen, creen haber encontrado la causa de su desgracia en algo mucho más concreto.
Así, hay quien todo lo achaca a no haber podido cursar una carrera universitaria, como hay quien cree ver la causa justamente en la circunstancia opuesta.
Hay quien considera origen de sus malaventura el haber comenzado a trabajar demasiado joven. O a no haber hecho una oposición para funcionarios del Estado. O a no haber podido su padre conseguirle un enchufe en la Caja de Ahorros de la localidad..
Entre las que cultivan este nada envidiable estado de ánimo los hay discretos, que rumian su tristeza para ellos solos y los indiscretos que proclaman su desgracia a la menor oportunidad que se les presenta.
Y puestos a desgranar la mazorca comenzando por el gremio de los indiscretos, a mi juicio los que peor se portan son aquellos que, siendo padres de familia escogen a sus propios hijos y a su sufrida mujer para denigrar ante ellos el oficio o quehacer del cual comen, viven, huelgan, estudian y van a la peluquería todos los que dependen económicamente del quejumbroso. Acaso estos mismos quejumbrosos son los que después se quejarán de que exista un insalvable abismo entre generaciones y de que sea imposible transmitir los valores de padres a hijos. O de que su mujer no les aprecia lo suficiente. Pero la verdad es que nadie puede causar admiración, ni suscitar confianza en la más leal de las mujeres, ni transmitir nada a otro, por muy hijo suyo que sea, si el pretendido transmisor carece de prestigio. Y las quejas de las que estamos hablando son verdaderas destructoras del prestigio personal.
Y no importa el nivel económico o las comodidades que haya el quejoso logrado en la vida material; de todas maneras encontrará motivos para lamentarse.
El repertorio de quejas y denuestos que algunas personas son capaces de lanzar contra sí mismas es abundantísimo. Entre ellos está el consabido de considerarse un “chupatintas”... “un don nadie”...”un cero a la izquierda”..”un simple mandado” que no tiene ninguna responsabilidad en lo que hace. Estas personas, al despreciar, seguro que con toda su buena fe, la importancia y la responsabilidad que conlleva el ocupar un puesto subordinado, desconocen al mismo tiempo una poderosa y fecunda realidad de nuestro mundo: no hay puestos de mando para todos y aunque sólo se habla de “cadena de producción” para determinados fabricados, lo cierto es que hasta la más espiritada producción humana se basa en la acción coordinada de muchas personas, de las cuales la mayoría no hacen el papel de jefes. Multitud de egipcios levantaron las pirámides, que hoy se conocen con los nombres de sólo tres faraones.
La mayoría de los seres humanos estamos llamados a ser importantes en la multitud de los oficios; sólo unos pocos en la singularidad del mando. Y no se diga que tan sólo el mando arrastra consigo la responsabilidades, porque también las tienen en su parcela los que a otros están subordinados. Sucede que bajo el organigrama que se deja ver a primera vista y que tanto halaga a algunos, hay otro organigrama fractal, donde la importancia de un individuo no nace de la tarea que hace sino de cómo la hace.
Con frecuencia, la descalificación de sí mismos, que tanto tiempo ocupa a los lamentosos, va acompañada de la afirmación de no haber hecho a lo largo de la vida “otra cosa que trabajar”, o de la proclama reivindicativa de “no haber tenido juventud.” A mi juicio, es una forma indirecta de invitar a los hijos a que dilapiden la suya en babosadas o en vicios en vez de ponerse a trabajar o estudiar seriamente, o en las dos cosas si para ambas estuvieran dotados.
En las mujeres de cierta edad, la desgracia se suele resumir en pensar que nadie las ha comprendido y, menos que nadie, el marido. Y es de advertir que no debe aventurarse uno a negar que puedan tener razón; aunque hay que dejar bien claro que comentarios de tal laya – los diga el hombre o los diga la mujer-, emponzoñan el ambiente de la propia familia. y no ayudan a solucionar los problemas cuando realmente existen.
El corolario suele quedar muy claro para los hijos y casi se podría reducir a unas cuantas fórmulas estereotipadas. Es como si el padre o la madre les dijeran: no imites mi laboriosidad y mi entrega; procura trabajar lo menos posible; no encontrarás recompensa adecuada a un trabajo bien hecho, empeñarse en algo, no sirve para nada.
¡Pero esto, amigos, es una forma de animar a los hijos a emprender el camino al país de Ningunaparte¡ O a que engrosen la partida de los que gritan:¡diputación, solución! O algo por el estilo, cuando se enfrentan a problemas personales que deberían tratar de resolver ellos mismos..
Hay padres que avanzan un paso más y se atreven incluso a programar sobre el poco fiable diagnóstico de su supuesta desgracia, la entera vida profesional de sus hijos. Así, el acicate para el estudio de los jóvenes no se cimenta en el espíritu de superación sino en mezquindades egoístas y visiones reductoras que el padre, o la madre, han elaborado a su capricho. Y además, capricho pesimista.
Pasando revista a los oficios denigrados por quienes los ejercen, creo que no faltaría ninguno de los incluidos en la lista de la Oficina Internacional del Trabajo, lo cual no deja de ser prueba de laxitud en la formulación del supuesto diagnóstico.. ¡Están todos los oficios y profesiones , sin excepción ninguna! Y esto da pie suficiente para sospechar que las fuentes de tan cacareadas desgracias –si acaso existen-, lejos de brotar de los oficios desempeñados, manan de la insatisfacción anímica de quienes a regañadientes los desempeñan pese a los éxitos que han conseguido y las metas que han superado.
Con esta mentalidad, y suponiendo que haya sido durante siglos la misma, se comprende que en nuestros romances peninsulares –no es el caso del vascuence, que no es romance aunque esté bastante romanceado- se haya perdido, digo, la nobleza del término labor del cual los romanos decían que lo vence todo –labor omnia vincit- para venir a quedar en el vergonzoso término trabajo, treball, trabayu, trabalho, cuya etimología lo conecta con tripalium que era un tipo de tortura. ¿No se dice incluso que trabajar hace daño y por eso pagan por hacerlo?
En esto de la disputa entre los términos trabajo y labor reparemos en una curiosidad expresiva: hasta hace muy poco, solo de las mujeres de su casa se decía que se dedicaban a sus labores. En su trasfondo lingüístico, esta expresión era un homenaje a la mujer de hogar. Porque labor era el trabajo visto desde su lado excelso. Así se hablaba de Derecho Laboral, y de abogados laboralistas..¡Ah! y existía la virtud de la laboriosidad. Y la ideología laborista. Pero el término labor también andaba, bien que un poco disfrazado, en la palabra labrador, que es como decir laborador, y en labranza, que es como decir laboranza. Y la explicación está en que según la mentalidad tradicional, la del Siglo de Oro en el que se acuñó el genio de nuestra lengua, ser labrador facilitaba la práctica de la virtud y la labranza era el oficio honrado por excelencia.
Existe toda una serie de palabras, relativamente nuevas en el habla de todos los días, y que tienden hoy a desplazar al término trabajo sin añadirle nobleza. Se trata de la voz “curro”; con el verbo “currar”, por trabajar, y “currante” para designar a quien trabaja. Son términos de origen calé, y esto explicaría su primario sentido zumbón y despectivo respecto a la actividad humana a que se refieren. Menos mal que los argentinos han introducido en el español coloquial el italianismo laboro que disputa la hegemonía al pesimista trabajo y al poco serio curro, mientras el clásico quehacer hace mutis por el foro..
Pero dejemos el corrillo de las palabras y volvamos al carrusel de los quejumbrosos. Lo peor de todo este asunto es que los quejicas, quejosos, quejumbrosos, lamentosos, o como quiera que se llamen, aunque proclamen la infelicidad que les aqueja y que supuestamente viene ocasionada por los oficios que desempeñan, son, por lo regular, esforzados laborantes que, con estudios o sin ellos, han mantenido a flote y bogando a sus familias, muchas veces con holgura, y han contribuido con sus sudores diarios y, si fuéramos a guiarnos por lo que dicen, con su “desgracia”, a la prosperidad del Reino de las Diecisiete Repúblicas hoy a punto, según dicen, de obtener el título de Nación de Naciones que, bien mirado, es a lo que aspira todo Imperio. Pero esto ya es harina de otro costal.
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