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sábado, 25 de marzo de 2006

Acotaciones al Margen

Hablando de España y de nacionalismos, es de todos aceptada la distinción entre nacionalismo central o centralista y nacionalismos periféricos. Sin embargo, a mi juicio, serían más apropiadas las denominaciones de nacionalismo español y de nacionalismos sectoriales, siendo, por otra parte, necesarias algunas puntualizaciones históricas.

La distinción tan generalizada entre nacionalismo central y nacionalismos periféricos, que de entrada hemos desechado, parece estar elaborada con el criterio de aprovechar las facilidades elementales que desde el punto de vista de la simetría gráfica ofrece el mapa de España, semejante, como suele decirse, a una piel de toro. Con ser una banalidad, ha bastado para calificar de central o de centralista -con lo que estas palabras sugieren de absorbencia-, a toda posición que a ojo de buen cubero se acerque al centro del dibujo, que es Madrid, punto más punto menos; mientras que todo lo que tire hacia los bordes resulta inevitablemente periférico, con lo que este concepto conlleva de secundariedad. A propósito, y aunque nos distraiga del discurso, recuerdo que el Senador de Designación Real para las Cortes Constituyentes, don Camilo José de Cela Trulock, propuso una cláusula de su cosecha que fue rechazada por unanimidad pese a que casaba perfectamente con el reconocido surrealismo constitucional: “La capital de España es la villa de Madrid. La capital del Estado será designada por Ley Orgánica”. La ocurrencia tiene más miga de lo que parece.

Pero volvamos a lo que íbamos. Y que conste que aquí entramos de corrido en otra aclaración, porque la connotación de secundariedad atribuida a los nacionalismos sectoriales, son claramente inexactas cuando se refieren a España, donde partidos políticos de tal signo han influido y están influyendo poderosa, y a veces decisivamente, en la política que afecta al conjunto.¿O no?

Y es preciso recalcar que ni siquiera puede afirmarse que este fenómeno que pudiera ser llamado de principalidad minoritaria, haya surgido con la democracia y la tan traída y llevada Constitución de 1978, zarandeada hoy entre la intentona del patriotismo constitucional a lo Habermas ¡de los conservadores! y el experimento para haber-menos que supone el federalismo amorfo que se ha puesto en marcha.

No, la principalidad de los nacionalismos sectoriales viene de mucho antes. Aquí es obligado echar un vistazo atrás. El período franquista no sería comprensible si no se tomasen como sus verdaderas señas de identidad política, las dos claves básicas que, a mi modesto juicio, condicionan todas las actitudes de ese Régimen. Estas claves son: primero, el anticomunismo; segundo, la declarada enemistad contra los nacionalismos llamados comúnmente periféricos y que hemos quedado que sería más exacto calificar de sectoriales.

Examinemos de cerca las actitudes que de ordinario son tomadas como puntos de referencia para la caracterización del franquismo. Se dice, por ejemplo, que fue una pura reacción contra la democracia liberal. Y en efecto, es notorio que el régimen franquista trabó los engranajes propios de ésta, proscribiendo su funcionamiento y negando sus principios. Pero, habrá que fijarse también que, en cambio, no hizo ningún esfuerzo serio y persistente para instaurar el corporativismo que supuestamente sería el recambio que sustituiría a aquella. Y así, la proclamada Revolución Nacional-Sindicalista solo sirvió de recurso retórico y limitativo para marear la perdiz de la lucha de clases que hacía poco había contribuido a sumergir al país en un baño de sangre con la activa participación de las milicias de los partidos obreros. Tampoco derogó el franquismo el entramado legal que desde el siglo XIX configuraba la condición liberal-capitalista de la sociedad española.; ni ahogó las esperanzas monárquicas portadoras y propagadoras del liberalismo de anteguerra.

¿Y la actitud supuestamente inamistosa frente a las diferencias locales y regionales? De hecho, no cerró el franquismo las puertas totalmente -sólo las entornó y las vigiló-, al regionalismo cultural ni al refocilo popular en el folklore propio, a través de cuya variedad se evidenciaban, ayer como hoy, las peculiaridades de cada territorio de la España proclamada como “Una, Grande y Libre”.

¿Qué sucede con la rígida actitud centralista? Por lo menos en cuanto a la descentralización y reorganización de la administración del Estado, no puso especial cortapisas a las reformas administrativas surgidas de la Escuela de Administración de Alcalá de Henares y de las ideas de López Rodó. En cuanto a la economía, ni en los tiempos autárquicos ni bajo los Planes de Desarrollo, se impidieron las inversiones públicas en zonas que dudosamente podían ser consideradas leales al Régimen si las tornas amagaban por el cambio, como es el caso del País Vasco, ni impidió que las expectativas políticas se residenciaran, bajo los llamados tecnócratas –el nombre se los encajó Fraga Iribarne para denigrarlos-, en la final unión con Europa.

En cuanto a otras actitudes que han servido exageradamente como criterios de caracterización, también muy socorridos, podemos preguntarnos ¿Fue el franquismo ante todo una afirmación rotunda e incondicional del Catolicismo, como casi todo el mundo opina? ¿ O fue más bien una afirmación decidida de las fidelidades fascistas y fascistoides?. En contra de la respuesta incondicional y afirmativa a una u otra de esas hipótesis, podemos señalar el mutuo desgaste a que, de propósito, fueron expuestas posiciones tan dispares en lo ideológico y tan claras en sí mismas como son el Tradicionalismo – católico, fuerista y con arraigo popular-, y la Falange –corporativista, raciovitalista y autoritaria- al obligarlas a convivir, por Decreto, dentro del incómodo saco de ese imposible unum político que recibió el nombre de “Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista” y teniendo a Hedilla, el sucesor de Jose Antonio, confinado en Canarias a donde fue enviado tras conmutarle Franco por destierro la pena de muerte a que había sido condenado por oponerse a la Unificación. Y que conste que me he permitido escribir “de pe a pa” la denominación de la FET y de las JONS, porque a veces es necesario citar el nombre completo para que pueda uno darse mejor cuenta de los contenidos que se quieren solapar detrás de los nombres muy complicados. Sencillamente ocurrió que, en manos de Franco, las intrínsecamente poderosas ideologías del Tradicionalismo y el Falangismo, se convirtieron en recíprocos instrumentos de demolición. Y nadie puede decir que no hayan cumplido con creces el cometido que se les atribuyó.

Por todo lo anterior, hay razones más que suficientes para poder caracterizar al franquismo como una reacción contra la amenaza comunista, de la que se temía la sovietización de España; y contra los nacionalismos sectoriales, de los cuales se temía que condujeran a la desmembración del Estado. Recordemos que el nacionalismo catalán había puesto en un brete a la misma República..

Por lo cual, no parece demasiado atrevido afirmar que los nacionalismos sectoriales, determinan, bien que de rebote y como por contraste, la política española desde mucho antes de lo que hoy se dice. Para mí, dicho fenómeno político se remonta a los comienzos de la época de Franco. El asesinato del Almirante Carrero Blanco a manos de la ETA sólo será el gozne histórico a partir del cual comienza el trayecto a lo largo del cual los nacionalismos sectoriales,-ya actuando en plexo formado por sus varias facciones donde las hubo, o en compañía de otros partidos donde esto fue posible- determinarán con paciencia ejemplar, a veces con buena puntería aunque no siempre con buena letra, el sentido de los acontecimientos durante la transición y el ulterior y acelerado desarrollo democrático, hasta llegar a las transformaciones que en este momento despuntan y cuyo filo aún está por ser probado.

Y, aunque la opinión expuesta admita matizaciones, lo que de todas formas queda claro es que, pese a su carácter inusual, no puede adjudicarse un lugar secundario a un fenómeno político como el que constituye la principalidad minoritaria que ostentan en España los nacionalismos sectoriales. Quizá o sin quizá sea una invariante de la política española muy digna de mayor estudio.

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