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lunes, 20 de marzo de 2006

Monólogo sobre las Naciones

¿Han existido siempre las naciones? Me pregunto, y he de responderme: no, rotundamente, no. Cierto que, desde que hay vida hay también nacimientos. Y, cierto también que son los nacimientos,.junto a la voluntad de poder de unos cuantos, los que hacen a las naciones. Pero éstas no han existido siempre y algún día desaparecerán en su versión actual. Incluso poner en duda esta última posibilidad sería una gran insensatez.

Todo esto tiene sus consecuencias, porque si digo que las naciones pueden desaparecer he de preguntarme cómo lo harían, es decir, cómo se desharían.

Y tengo que contestar que hay dos formas principales Si acaba con ellas un enemigo exterior se habla de exterminio. Si finalizan por acción de causas internas, habría que hablar de interminio, pero no existe todavía tal palabra.

Pienso que para cumplir cabalmente su función, el exterminio debe serlo de veras. Me refiero a que se debe lograr, al menos, la aniquilación física de las clases pensantes, si las tuviere la nación acosada, o, en su defecto, de las clases estorbantes, molestantes, incordiantes o pinchantes. Pero esto no siempre es posible. Lo que está claro en las lecciones de la Historia, es que la simple dispersión no vale. Tampoco sirven de mucho la reducción al silencio, la opresión o el cautiverio, como se puso de manifiesto por el pueblo hebreo en algunos períodos de su milenaria historia. Ya en la época moderna, los ingleses eliminaron o expulsaron a las clases dirigentes de Irlanda, entonces constituída por los nobles, los caballeros y los monjes y la medida tuvo efectos favorables para el dominio inglés en la Verde Erin, hasta que comenzó a formarse otra clase dirigente a base de los emigrantes que retornaban de los Estados Unidos. A éstos no se les pudo eliminar.

Sin embargo, con la palabra interminio, se plantea una duda ¿se quiere designar así a una especie de suicidio colectivo? La realidad es que la desaparición de las naciones por causas intrínsecas, se parece más al vencimiento de una fecha de caducidad que a un suicidio colectivo.

Es fácil comprobar que las naciones no desaparecen cuando así se lo proponen ellas mismas, o sea, porque lo voten en las urnas del sufragio universal las mayorías dóciles, o lo determinen y planeen en sus despachos las minorías dirigentes. Las naciones desaparecen cuando les llega su hora, y ésta se presenta de puntillas, por lo cual nadie, o muy pocos, tienen tiempo de mirar al reloj.

Se trata de un fenómeno cultural y colectivo poco estudiado. En el interminio las naciones perecen estranguladas por efecto de sus propios problemas que no reciben solución, por las fuerzas que no encuentran salida, por la vitalidad que no se ejerce, por la vida que no se propaga, por la inteligencia que no se practica, por la ufanía que no se depura y por eso se vuelve vana, por las defensas que no se ejercen, por las responsabilidades que no se asumen y por las generosidades que no logran salir a flote.

A este proceso de morir por causas internas ¿no sería mejor llamarlo auto-terminación o autoaniquilamiento ? Y me respondo que no, mil veces no, porque la opinión de hoy añade a la partícula “auto” –deficiente traducción del “self” de los angloparlantes-, una cierta idea de determinación soberana y libre, por lo cual toda decisión individual –aunque en realidad sea dócil servidora de los clichés de moda– se presume que es un logro o hito de la libertad y de la aguda inteligencia individual.

Así, en autodeterminación, palabra que tiene la partícula auto como prefijo, se supone que soy “yo”, repitiéndome en “los nuestros”, quien decide lo que va a ser de mí, de nosotros, sin intromisión de nadie y por mi propia voluntariedad, como si pudiera haber actos inmotivados y absolutamente independientes.

De tal modo que, si me conformara con la palabra auto-terminación o autoaniquilamiento, no estaría expresando lo mismo que quería decir con el neologismo interminio. Porque la desaparición por causas internas sería comparable a una decisión voluntaria, como si la nación entera dijese un buen día: “voy a aniquilarme mañana mismo” al igual que un negociante dice “cerraré la tienda porque quiero jubilarme y ninguno de los hijos ha mostrado el menor deseo de continuar el negocio.” Y digo yo, que para eso estoy en un monólogo: los muy boludos de los hijos prefieren vender el local, contar cuidadosamente -no vaya a ser que se les escape alguno-, hasta el último billete de la pasta gansa, y a continuación largarse con viento fresco, aunque sea con ciclón amenazando, a las costas de algún paraíso venéreo del Pacífico Sur donde poder ver bailar, hasta que se descoyunten, a las del pareo floreado.

No, señores, no es eso. El interminio es el aniquilamiento que surge de los “psicosociobiologismos destructivos” propios del organismo social, como acostumbra decir mi amigo Emil von Xylander que, como científico no teme que lo llamen pedante. No se trata, repito, de una decisión comparable a la de un negociante que decide cerrar la tienda o de un político que determina iniciar la contienda.

El aniquilamiento de una nación por sus propios medios no es un acto atribuible a la voluntad de nadie, sino el producto, hasta ahora innominado, de una serie de causas que se anudan como serpientes para dar lugar a un acontecimiento aniquilador.

El interminio y el exterminio no son fenómenos que se excluyan el uno al otro. A veces el exterminio viene a coronar la labor callada e interna del interminio. Así los bárbaros, al invadir los territorios del Imperio Romano, completaron la labor de interminio desatada en una sociedad que ya estaba sumergida en la decadencia.

En otras ocasiones, el interminio acaba por consumar, sobre los restos que escaparon al exterminio, la labor incompleta de éste. Después de la conquista, y de sufrir el azote de las epidemias de viruela, sarampión y gripe, a los escarmentados sobrevivientes indígenas de mesoamérica les dio por hurtarse al trabajo, evitar los hijos y entregarse a las bebidas embriagantes, y eso que entonces no tenían la facilidad que hay ahora con las litronas.

Y no me pregunten si preferían la chicha al vino o el vino a la chicha. Se entrompaban, sin discriminación alguna, lo mismo con el uno que con la otra. En eso dieron un sonado ejemplo de transculturación que pudiera servirnos en este momento crucial en que aspiramos a globalizarnos a un grado tal que no lo hubiera soñado ningún globalizador.

¡A ver si aprendemos! como dijo Miquelarena. ¿O fue Jardiel Poncela? ¿O el mismo general Franco? Estoy hecho un mar de confusiones. Me pasa por citar de memoria como Santa Teresa, George Busch, Rigoberta Menchú o Waldemar Bonsels, el que inventó la Abeja Maya.

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