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jueves, 24 de junio de 2010

Aborto

La falta de asideros éticos y de rigor intelectual,  hacen caer en el ridículo a los primates y… primatas que adolecen de aquellos.

Lejos de emplear  el término primate en su acepción de mamífero de superior organización, dotado de manos rematadas por cinco dedos, con el pulgar oponible a los demás, he preferido aquí la  acepción primera que el diccionario de la RAE atribuye a la palabra primate cuando la hace equivalente a personaje distinguido, conspicuo, notable, elevado. Y quiero dejar claro que es mía y sólo mía la responsabilidad de haber extendido esta  acepción, por demás honrosa, a quienes –ellos y ellas- habiendo accedido a altos cargos políticos mediante la suprema instancia del nombramiento a dedo, han adquirido cierta superioridad o ventaja respecto a los demás de su especie que -todo hay que aclararlo-, es la humana, ya que la noción de ciudadanía, que sería la apropiado en este caso, ha terminado diluyéndose en un mar de necedades.

Esto viene a cuento porque hoy no me deja de rondar en la sesera una afirmación  digna de perpetua memoria histórica: la respuesta de la Sra. Ministra para la Igualdad que afirmó que el nasciturus, el feto o brefo que descansa el pobre en la bolsa reproductora de una hembra humana, “es un ser vivo, claro, pero no podemos hablar de ser humano, porque no tiene base científica alguna”. Impresionante dislate que no añade nada admirable al “currículum vitae” de “la primera ministra nacida en democracia”, según palabras del presidente Rodríguez Zapatero, pero que encaja perfectamente en el pensamiento débil que muchos camuflan últimamente bajo el trabajado nombre de políticos. Así que ya lo saben vuestras mercedes: si quieren ir con el pelotón, tienen  que corear que no hay base científica para considerar humano el feto destinado al aborto dentro del plazo de las 13 semanas. Una afirmación tranquilizadora que sin duda agradecen las españolas, las expañolas y las numerosas cayuqueras que han desembarcado preñadas en nuestras costas para forzar la humanitaria compasión del país de acogida y después escoger la opción abortista, también por motivos humanitarios. Que la calidad humana solo se niega a los fetos destinados al cubo de los desperdicios clínicos.

 Llegado el momento de Ruegos y  Preguntas, seguro que más de un lector se planteará porqué éste maquinante emplea la expresión saco ventral para al receptáculo reproductor de la mujer. Pero ¿quien es el guapo que dice matriz, palabra que deriva directamente de mater, matris? Sería como mentar la cuerda en casa de ahorcado.


lunes, 21 de junio de 2010

Trabajo

Los seres humanos fuimos puestos en el mundo para trabajar bien que unos lo hagan con cabeza, corazón y manos y otros con los pies. Hay también otras diferencias: el trabajo primitivo es un quehacer de contenido poco diferenciado, simple prolongación o reflejo de una jerarquía primaria que se deriva de las condiciones naturales: varón o hembra, niño, joven, adulto o anciano.

En cambio, el trabajo en cuanto fuente casi inagotable de actividad organizada y multifacético,  aptapara que en ella se encaucen, complementen y enlacen todas las capacidades que puedan manifestarse en los individuos y en el grupo; el trabajo cohesionador como se conoce hoy en día en ciertas partes de Europa, de América y Asia, es propiamente una cuestión de los pueblos que hasta hace poco se reconocían sin rubor como civilizados.Y esto es así en la medida que  el trabajo es producto de mejoras acumuladas ya por la necesidad de crear nuevas actividades, ya por el perfeccionamiento de la organización y de los métodos, ya por la invención de  instrumentos más adecuados, el  hallazgo de nuevas materias primas y el mejor aprovechamiento de las ya conocidas.

Me permito subrayar lo dicho acerca de las mejoras acumuladas porque desde esa perspectiva integradora quedan difuminadas las diferencias entre innovación y conservación. Y habría que señalar otra ventaja añadida a esa visión integradora: la de anular el maniqueísmo político que se complace en ver polos contrapuestos donde sólo hay complementariedades.

Si se sobrevuela por encima del pensamiento frívolo y las apreciaciones ideologizadas, situar a conservadores por un lado y a progresistas por otro es una solemne memez o una singular bellaquería.  Porque quien no acumula, no prospera; como tampoco prospera quien es incapaz de innovación y cambio. Es esta una verdad que vale lo mismo para pueblos que para familias e individuos. Es una verdad vital el aserto evangélico “quien no recoge desparrama”.

Quedan por enumerar dos formas de avance, inhumanas, tenidas no obstante por “correctas”: el auge económico basado en el empeoramiento de las condiciones de trabajo; y el encubrimiento de la rapacidad financiera y de la ineptitud de los gobernantes tras las bambalinas de las subvenciones. La primera conduce a la esclavitud. El segundo a una nueva proletarización. Ni la una ni la otra se dignifican por que la propaganda así lo diga, ni se palían con demagogia e importación de saldos  humanos más baratos. Al tiempo la realidad destilará su amargo zumo.

miércoles, 16 de junio de 2010

Urbanidad

¿Empujones, malos modos, insultos? ¿Desprecio de reglamentos, anarquía peatonal, bípedos embicicletados con cierta propensión a circular cómo y dónde les da la gana? Igual que necesita urbanizaciones, urbanismo y mobiliario urbano, la ciudad, la urbe, necesita que quienes la visitan y quienes habitan en ella, tengan  un comportamiento adecuado. Aún siendo de grandísima utilidad, no todo debe quedar reducido a la“educación viaria”, aunque ya sería mucho si ésta se consiguiera.

Porque la ciudad no sólo está constituida por  el entramado de sus calles, plazas, avenidas y estacionamientos. Más allá de esos espacios supeditados a las exigencias del tránsito y acomodación de los vehículos, están los parques, jardines, paseos y calles peatonales donde la convivencia está reclamando más vivamente sus fueros, igual que en las tiendas, mercados y centros comerciales.

La ciudad acoge a un enjambre humano. Enjambre es una colonia de abejas organizadas para volar juntas a un nuevo asentamiento. Aplicado el término a los seres humanos, rebasa los límites de los insectos de un único propósito para pasar a designar al conjunto de individuos de todas las edades, de todas las condiciones y de todas las profesiones, que están en la calle con propósitos muy diversos; pero que, en conjunto y sin distinción, gustan de ver y dejarse ver, de hablar y -a veces- de escuchar; operaciones éstas que necesitan orden para no transformarse en guirigay. Y como las ordenanzas y reglamentos tan sólo resuelven una parte de la cuestión del orden, el resto, que es mucho más de lo que parece a simple vista, lo debían de solucionar las normas de urbanidad; reglas no promulgadas, pero con vigencia social, capaces de dar fluidez al  comportamiento relacional entre los seres humanos. Es decir, entre seres que, aún siendo más o menos devotos creyentes de la evolución, hubieran decidido no portarse como los simios, no echarse a los dictados de los instintos, no supeditarse ciegamente a las reacciones inducidas por las hormonas propias o ajenas; y que, en definitiva, hubieran optado por mostrar en sí mismas y por esperar de sus semejantes la conducta enaltecida que es más propia de la especie humana. Aquí es donde debía entrar en acción la urbanidad, por otro nombre comedimiento, mesura, atención y buenos modales, que tanta falta hacen en nuestra convivencia de aquí y de ahora. La urbanidad es trasunto del respeto a los demás y de la capacidad de percibir las situaciones. Sin urbanidad, la urbe se hace inhóspita. Sin despreciar el equipamiento, la  medida de la ciudad debía volver a ser el hombre.    

viernes, 4 de junio de 2010

Beligerancias

El incidente que enfrentó en aguas cercanas a Israel a unidades de las fuerzas armadas israelíes y activistas que tripulaban una flotilla cargada con provisiones y material no bélico para auxiliar a los palestinos de Gaza, pone de manifiesto las conexiones que hay entre guerra y sus disimuladas hermanas las beligerancias.

Toda guerra es una actuación interactiva, continuada, temporal planificada y recíproca de aplicación extrema de la violencia entre grupos sociales o países en situación de  enemistad. Toda guerra  busca el sometimiento del enemigo por medio de la destrucción, la muerte y el estrago. La ciencia y la tecnología, han dotado a la guerra  del carácter total que la teoría le otorgaba desde antiguo. Y los intentos de la Iglesia Católica y del Derecho Internacional para limitar los daños no han conseguido desterrar el viejo principio de que en materia de guerra los errores ocasionados por la bondad son justamente los peores.  

Las beligerancias se mueven, como las guerras, en el  plano de la hostilidad, pero se diferencian de éstas en que anteponen a la violencia una escenografía dramática capaz de suscitar muy variadas adhesiones. Para ello se emplean agentes  identificables como pacíficos y se enarbolan motivaciones correctas que permitan hostigar al adversario desde un flanco propagandístico y espectacular. En las beligerancias lo más importante es la  repercusión mediática que están destinada a provocar. El hecho de que no importen ni poco ni mucho las víctimas que eventualmente puedan producirse en tal empeño, descalifica ante el observador avisado la pretensión humanitaria de dichas actuaciones.

La expedición de la llamada “flotilla de la libertad” es un episodio de beligerancia  contra Israel, paradójico porque ha sido aparejado en una Turquía carente de libertades. Con esta operación, el malabarista Erdogan ha conseguido -en un momento en que Europa pasa por una situación de grave debilidad-  los objetivos siguientes:  acercarse a la Liga Arabe, al tiempo que se reconcilia con el islamismo radical cada vez más poderoso en el territorio de la antigua Sublime Puerta; poner en entredicho a Egipto, partidario de la paz con Israel y, finalmente, entorpecer las gestiones del Vaticano para auxiliar a los palestinos cristianos, obligados a emigrar por la presión de los islamistas y la desconfianza israelí. Turquía, aspirante a miembro de la Unión Europea es, con la España de la zapatiesta, una de las impulsoras del diálogo de civilizaciones. ¿No es todo esto una contradicción sarracena? Un tema digno de volver sobre él.