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lunes, 21 de junio de 2010

Trabajo

Los seres humanos fuimos puestos en el mundo para trabajar bien que unos lo hagan con cabeza, corazón y manos y otros con los pies. Hay también otras diferencias: el trabajo primitivo es un quehacer de contenido poco diferenciado, simple prolongación o reflejo de una jerarquía primaria que se deriva de las condiciones naturales: varón o hembra, niño, joven, adulto o anciano.

En cambio, el trabajo en cuanto fuente casi inagotable de actividad organizada y multifacético,  aptapara que en ella se encaucen, complementen y enlacen todas las capacidades que puedan manifestarse en los individuos y en el grupo; el trabajo cohesionador como se conoce hoy en día en ciertas partes de Europa, de América y Asia, es propiamente una cuestión de los pueblos que hasta hace poco se reconocían sin rubor como civilizados.Y esto es así en la medida que  el trabajo es producto de mejoras acumuladas ya por la necesidad de crear nuevas actividades, ya por el perfeccionamiento de la organización y de los métodos, ya por la invención de  instrumentos más adecuados, el  hallazgo de nuevas materias primas y el mejor aprovechamiento de las ya conocidas.

Me permito subrayar lo dicho acerca de las mejoras acumuladas porque desde esa perspectiva integradora quedan difuminadas las diferencias entre innovación y conservación. Y habría que señalar otra ventaja añadida a esa visión integradora: la de anular el maniqueísmo político que se complace en ver polos contrapuestos donde sólo hay complementariedades.

Si se sobrevuela por encima del pensamiento frívolo y las apreciaciones ideologizadas, situar a conservadores por un lado y a progresistas por otro es una solemne memez o una singular bellaquería.  Porque quien no acumula, no prospera; como tampoco prospera quien es incapaz de innovación y cambio. Es esta una verdad que vale lo mismo para pueblos que para familias e individuos. Es una verdad vital el aserto evangélico “quien no recoge desparrama”.

Quedan por enumerar dos formas de avance, inhumanas, tenidas no obstante por “correctas”: el auge económico basado en el empeoramiento de las condiciones de trabajo; y el encubrimiento de la rapacidad financiera y de la ineptitud de los gobernantes tras las bambalinas de las subvenciones. La primera conduce a la esclavitud. El segundo a una nueva proletarización. Ni la una ni la otra se dignifican por que la propaganda así lo diga, ni se palían con demagogia e importación de saldos  humanos más baratos. Al tiempo la realidad destilará su amargo zumo.

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