¿Sería posible encontrar un terreno en el cual se pudiera trazar una vía de concordia entre el Islam y Occidente sin que el primero tuviera que perder su sustancia religiosa y sin que la Cultura Occidental tuviese que hacer mutis en el escenario de la Historia?
Esta pregunta no está inspirada en la retórica pacifista impuesta por la moda, sino en las exigencias de un momento histórico marcado por dos signos completamente comprobables. El primero de estos signos es el auge del fundamentalismo islamista que se expresa a través de un terrorismo de acción universal. El segundo está constituido por el hecho de sobrellevar Europa un proceso de repoblación con gentes de fe o, al menos, de cultura islámica. Este fenómeno se beneficia, además, del efecto sinérgico producido por la marejada antinatalista que consume vitalmente a los países de Europa. El Reino de las Diecisiete Repúblicas, por ejemplo, creo que celebra en estos días el millón de abortos legales.
Europa, en conjunto, cree necesitar de los países islámicos solamente lo que ya obtiene de éstos: mano de obra barata y energía también barata. Pero ninguna presencia humana es puramente material o económica. Hay que decir, pues, que la inmigración musulmana obliga a pensar en una demanda, encubierta por ahora, pero que es mucho más importante que la que afecta a los factores de producción. Lo que Occidente y el mundo sin saberlo necesitan del Islam es una profunda reflexión teológica que busque hacer compatible la fe islámica con la razón. Al fin y al cabo ésta hay que considerarla como un don que Dios Creador entrega al hombre para que se oriente sobre la realidad en que vive.
Veamos. Más allá de las conveniencias superficiales y de los enfoques pragmáticos que la asimilan a los recursos de auto-ayuda, lo que la religión propone es mejorar al hombre desde su conciencia y acercarlo a Dios. Dentro del desempeño religioso, lo que en realidad está en juego es dilucidar si es posible al ser humano la práctica de lo que podríamos llamar las virtudes difíciles, o sea, aquellos hábitos que van en contra de la corriente que genera la gravitación opresora del yo de cada uno sobre las decisiones y actitudes de los demás y sobre la marcha de la sociedad y del mundo.
Esa corriente, que dejada a su propio peso tiene resultados destructores, se manifiesta resumidamente en la satisfacción directa de las pasiones primarias como son la ambición de dominio sobre los demás, el ejercicio de la sexualidad sin medida ni dirección, y la inclinación a instrumentalizarlo todo, apropiarse de todo y de someter a todos a las exigencias de la propia curiosidad y conveniencia, sin guardar ninguna consideración con nadie. Para los cristianos se trata de lo que San Juan Evangelista llama la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Contradecir estas corrientes requiere entre otras cosas un esfuerzo consciente, racional. Por eso precisamente, el término lucha –referido a la formación activa de la conciencia propia y al señorío sobre la propia conducta- está inserto en la práctica de las religiones, bien que en diversa medida.
En el Antiguo Testamento, el libro de Job compara la vida a una milicia en la que el sacrificio propio y el esfuerzo están siempre presentes. En el Nuevo Testamento, es el propio Jesús quien destaca la necesidad de lucha: “quien no se hace fuerza a sí mismo, no entrará en el reino de los cielos”.Y la propia vida de cada uno da razón a estos asertos, porque en la biografía de cualquier hombre o mujer se encuentran momentos en los cuales, con indiferencia de la intensidad y profundidad de su fe religiosa o de la falta de ella, se impone la exigencia de una virtud heroica que se concreta en forzarse a sí mismo de una manera o de otra. El cristiano sabe que lo hace en homenaje a Dios y a favor de lo que en el Evangelio se llama nuestro prójimo Y esta virtud heroicamente ejercida con vencimiento de las propias inclinaciones es a la vez camino y prueba de esa búsqueda de la “perfección” que se propone al cristiano y que éste ha de procurar alcanzar con la ayuda de Dios.
El mahometismo tiene también su lucha, su yihad, que se configura como lucha ascética, pero también como lucha bélica y ésta no solo en términos puramente defensivos, sino también como guerra para la expansión del Islam. En efecto, fueron guerras de expansión las que sirvieron a los musulmanes para abrirse paso desde la lejana Arabia hasta el extremo Occidental del Mediterráneo, apoderarse de la Hispania Tingitana, pasar el estrecho que todavía lleva el nombre del jefe de los invasores -Gebel Tarek o roca de Tarek- y conquistar la España peninsular en una vertiginosa carrera en la cual el impulso guerrero recibía el estímulo de la fe.
Lo que el mundo, aún sin declararlo taxativamente, necesita del Islam, es que llegue a distinguir la lucha específicamente ascética y religiosa que se ejerce para alcanzar la perfección interior, respecto a aquella violencia externa que se ejerce contra las personas e intereses ajenos apoyándose en una explicación que solo de forma adventicia puede calificarse de religiosa.
Y aquí conviene recordar que en tiempos coincidentes con el reinado de Juan II de Castilla y León, cuando el emperador de Bizancio Manuel II, de la dinastía de los Paleólogos dialoga con el embajador del Imperio Persa y le indica que la imposición de la fe por la fuerza constituye ya en aquella época, una involución –precisamente la escena evocada por Benedicto XVI en su ya célebre Conferencia de Ratisbona- el Islam acababa de salir de su período más brillante que fue precisamente aquél en el cual se acometió, y se frustró, el intento de insertar la filosofía griega en el tronco de la fe islámica. En efecto, el Islam tuvo en Averroes el más grande comentador de Aristóteles, y de su sabiduría bebió ese gigante de la filosofía de Occidente que fue Tomás de Aquino.
No se está, pues, imaginando quimeras cuando se formula el deseo de un acercamiento de la fe islámica a la razón. En el fondo, ese acercamiento equivaldría a un retorno al momento estelar del averroísmo en su búsqueda de la armonización entre fe islámica y el pensamiento filosófico.
En el momento actual este acercamiento se revela como la única vía posible por la cual la fe islámica se podría liberar de la ataraxia fundamentalista que la mantiene atada a una visión homicida de la yihad. Pero al mismo tiempo es el único modo de abrir una vía de comprensión y entendimiento con el cristianismo. Y también con el mundo Occidental en la medida de que este último, pese a su laicismo militante y a su ateísmo práctico sobrevive, como naufrago que se empeña en ignorar su condición, sobre una tablazón de vigencias que flotan a la deriva pero que tienen su origen en el cristianismo. Origen remoto si se quiere y menospreciado, pero, de todas formas, insobornablemente cristiano si se lo considera en sí mismo y beneficiosamente fecundo y activo si Europa emprendiese la tarea de reconciliarse con sus más luminosas profundidades.
Si alguna corriente de pensamiento dentro del islamismo fuese capaz de dar continuidad hoy al puente que Averroes comenzó hace siglos a tender entre la razón y la fe islámica, se abriría una hermosa perspectiva de esperanza en la actual vela de armas. El foro de Doha, como los musulmanes europeos cultos me imagino, tienen mucho que decir al respecto.
Fuera de ésta, la única perspectiva sería enfrentarse hasta el agotamiento en luchas impías respecto a Dios –aunque invoquen su nombre- y despiadadas con el hombre, su criatura. Entonces veríamos triunfar, en el frente del Terror, la interpretación feral de la yihad, enarbolando junto al nombre de Alá, los explosivos, el suicidio-asesinato y los atentados biológicos nucleares o químicos. Y frente a esto, el lento desgarramiento intestino de una Europa imposibilitada de acudir al recurso de cerrar la puerta a quienes ya la hostigan intramuros, e impidiéndose ella misma fecundar la nueva realidad latente al renunciar a las raíces espirituales que han hecho de la presencia europea, pese a todos los pesares- una aportación preciosa para el desarrollo espiritual y material de la humanidad.
martes, 27 de marzo de 2007
sábado, 17 de marzo de 2007
Reflexiones al Hilo de una Amenaza
Aunque solapada en la amenaza que Al Qaeda ha formulado recientemente contra Alemania y Austria, España cobra de nuevo importancia como posible blanco del terrorismo islamista. Esta amenaza viene a coincidir con la celebración del proceso por medio del cual la Justicia trata de dilucidar participaciones y culpabilidades en los actos terroristas que ensangrentaron la Villa de Madrid el 11 de Marzo de 2004.
En aquella ocasión, los terroristas, según parece pertenecientes al “Grupo Islámico Combatiente Marroquí”, creado al modo del “Grupo Salafista de Predicación y Combate”, trataban de provocar la retirada de las tropas españolas destinadas en Irak. También intentaban dividir a los aliados occidentales, y de aprovechar el momento de las elecciones para intervenir decisivamente en la marcha de la política interior de un país como el nuestro que está, desde el comienzo, en el centro de los planes para la recuperación del poder y del prestigio histórico del Islam. Mucha tela que cortar para un grupo secundario cuyos componentes se suicidaron o fueros suicidados. Pero ¡En fin! dejemos de practicar la sospecha sistemática y coincidamos en que los dos primeros objetivos fueron plenamente logrados. En cuanto al tercero, lo conseguido rebasó muy ampliamente las expectativas más halagüeñas de los partidarios de la causa muslím.
En efecto ¡problemas de las manifestaciones! la enorme multitud que se manifestó por las calles de Madrid vino, paradójicamente, a equivaler a una expresión de temor y de replegamiento colectivo que quizás sea la más palmaria que se ha dado en Europa. En aquella ocasión, sin intentar quitar o poner ninguna ficha en el tablero, expresé que este Reino de las Diecisiete Repúblicas había revelado claramente la pervivencia del espíritu mozárabe que no es otro que el de no provocar al vencedor musulmán.
Cumplido el tercer aniversario de la matanza de Madrid, el objetivo de la nueva amenaza es conseguir que se retiren, esta vez del Afganistán, los alemanes, los austríacos y los españoles. Se insta a los dos países germánicos a no contentarse con hacer las cosas a medias, advirtiéndoles que no deben proceder como el gobierno socialista de España, que retiró sus tropas de Irak, pero envía más soldados a Afganistán exponiéndose de nuevo a la acción de los vengadores del Islam. Se trata ahora de poner obstáculos a la estrategia de los Estados Unidos con el pretexto de los errores tácticos cometidos por Busch, y de preparar las condiciones para que se produzca un conflicto de mayor escala en el cual pueda ser posible la aniquilación del Estado de Israel. Sería ingenuo que la diplomacia española tuviera en mente otro horizonte que el descrito.
De intento, este futuro conflicto abarcaría toda la región conocida como Oriente Medio y lo que es la zona Sur del Asia Central. Pero cabe hacerse una pregunta: ¿podrá Europa permanecer al margen teniendo en cuenta su conocida dependencia energética y el muy probable y ya próximo estallido de un nuevo conflicto en el Kosovo? Todo esto sin contar los posibles atentados y los motines que se producirán en el seno de la población musulmana de los países europeos, población no necesariamente cómplice o partidaria activa del terrorismo, pero sí objetivamente congruente con la causa y la propaganda islamista.
Respecto a España, no deja de ser altamente significativo para el observador que lo único que está realmente concluído tras los tres años que nos separan de los atentados de Atocha, sea el monumento a las víctimas, de cuyo número es lo único de lo que se puede estar seguro en relación con aquél luctuoso acontecimiento. De la claridad del número de víctimas, a las claridades del Monumento de Cristal, igual que la flor del girasol que gira para acomodarse el sol que más calienta. Todo lo demás es la oscuridad de la expresión política partidista, la niebla desconcertante de los servicios de inteligencia que no la han puesto totalmente en juego, y la perplejidad de quien sabe de dónde vinieron los “tiros” pero está lejos de sospechar los entresijos que presidieron la organización del mitote.
Pero vayamos a lo que importa en este momento: la posición central de España en los planes islamistas de recuperación del poder y del prestigio histórico del Islam. En efecto, la caída del Al Andalus juntamente con la necesidad de defender los territorios de población musulmana de los Balcanes para que en nuestra época no se llegue a producir nada parecido a lo que se produjo en la Granada del siglo XVI, estaba ya presente en el Manifiesto de Ben Laden con ocasión del atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, aunque la lectura yanki haya simplificado las cosas al extremo de pasar la alusión andalusí desapercibida en medio del guirigay informativo.
El plan de Al Qaeda se encamina a la creación de un Califato universal. No es, pues, por pura casualidad que la advertencia hecha recientemente a Alemania, Austria y a la España socialista, haya sido presentada a través de un canal de Internet La voz del Califato, que es una criatura de Al Qaeda.
Y quiero llamar la atención que ese ideal del Califato Universal se hace presente a veces de forma dispersa y amorfa a través de indicios que surgen aquí y allá del modo más inesperado. Por ejemplo. En la reciente petición dirigida a Obispado de Córdoba de emplear la Catedral de aquella ciudad – la antigua mezquita erigida a su vez sobre una primitiva iglesia cristiana-, como centro de culto musulmán; o en la anunciada construcción de una monumental mezquita y escuela coránica en la ciudad de Sevilla. O en la vieja y conocida reclamación sobre la España musulmana hecha por el hoy escarmentado Gadafi. O, por fin, en un episodio un tanto extraño que, en el momento en que se produjo, las postrimerías del franquismo, nadie se encargó de divulgar en todo su significado y que expongo a continuación para dar por concluídas con él estas reflexiones.
Sadam Hussein, Vicepresidente del Consejo de la Revolución, vino a España en el año de 1974 y quiso visitar Granada. En aquella ocasión, el líder irakí, que era acompañado por el entonces segundo Introductor de Embajadores, don Emilio Pan de Soraluce, fue homenajeado por las autoridades en los comedores del Parador Nacional de Turismo. El discurso que a los postres pronunció el que cinco años más tarde llegaría a ser Secretario Gral. del Partido Baaz (renacimiento), Jefe de Estado de Irak y Jefe del Consejo de la Revolución, fue, casi en su totalidad, vertido al castellano por los traductores simultáneos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y digo “casi”, porque un fragmento importante del discurso fue omitida por los traductores. Esta omisión permitió ocultar la reivindicación que Sadam Hussein hizo del territorio del antiguo reino nazarí. Si aún existe grabación del original después de tantos “oportunos” cambios que han sufrido los archivos, aún podrá probarse este hecho que revela que la restitución de Al Andalus, que figura claramente en las aspiraciones de Al Qaeda, es una aspiración generalizada entre los árabes y entre muchos musulmanes no árabes. ¿Que deparará el futuro? Es la pregunta del millón.
En aquella ocasión, los terroristas, según parece pertenecientes al “Grupo Islámico Combatiente Marroquí”, creado al modo del “Grupo Salafista de Predicación y Combate”, trataban de provocar la retirada de las tropas españolas destinadas en Irak. También intentaban dividir a los aliados occidentales, y de aprovechar el momento de las elecciones para intervenir decisivamente en la marcha de la política interior de un país como el nuestro que está, desde el comienzo, en el centro de los planes para la recuperación del poder y del prestigio histórico del Islam. Mucha tela que cortar para un grupo secundario cuyos componentes se suicidaron o fueros suicidados. Pero ¡En fin! dejemos de practicar la sospecha sistemática y coincidamos en que los dos primeros objetivos fueron plenamente logrados. En cuanto al tercero, lo conseguido rebasó muy ampliamente las expectativas más halagüeñas de los partidarios de la causa muslím.
En efecto ¡problemas de las manifestaciones! la enorme multitud que se manifestó por las calles de Madrid vino, paradójicamente, a equivaler a una expresión de temor y de replegamiento colectivo que quizás sea la más palmaria que se ha dado en Europa. En aquella ocasión, sin intentar quitar o poner ninguna ficha en el tablero, expresé que este Reino de las Diecisiete Repúblicas había revelado claramente la pervivencia del espíritu mozárabe que no es otro que el de no provocar al vencedor musulmán.
Cumplido el tercer aniversario de la matanza de Madrid, el objetivo de la nueva amenaza es conseguir que se retiren, esta vez del Afganistán, los alemanes, los austríacos y los españoles. Se insta a los dos países germánicos a no contentarse con hacer las cosas a medias, advirtiéndoles que no deben proceder como el gobierno socialista de España, que retiró sus tropas de Irak, pero envía más soldados a Afganistán exponiéndose de nuevo a la acción de los vengadores del Islam. Se trata ahora de poner obstáculos a la estrategia de los Estados Unidos con el pretexto de los errores tácticos cometidos por Busch, y de preparar las condiciones para que se produzca un conflicto de mayor escala en el cual pueda ser posible la aniquilación del Estado de Israel. Sería ingenuo que la diplomacia española tuviera en mente otro horizonte que el descrito.
De intento, este futuro conflicto abarcaría toda la región conocida como Oriente Medio y lo que es la zona Sur del Asia Central. Pero cabe hacerse una pregunta: ¿podrá Europa permanecer al margen teniendo en cuenta su conocida dependencia energética y el muy probable y ya próximo estallido de un nuevo conflicto en el Kosovo? Todo esto sin contar los posibles atentados y los motines que se producirán en el seno de la población musulmana de los países europeos, población no necesariamente cómplice o partidaria activa del terrorismo, pero sí objetivamente congruente con la causa y la propaganda islamista.
Respecto a España, no deja de ser altamente significativo para el observador que lo único que está realmente concluído tras los tres años que nos separan de los atentados de Atocha, sea el monumento a las víctimas, de cuyo número es lo único de lo que se puede estar seguro en relación con aquél luctuoso acontecimiento. De la claridad del número de víctimas, a las claridades del Monumento de Cristal, igual que la flor del girasol que gira para acomodarse el sol que más calienta. Todo lo demás es la oscuridad de la expresión política partidista, la niebla desconcertante de los servicios de inteligencia que no la han puesto totalmente en juego, y la perplejidad de quien sabe de dónde vinieron los “tiros” pero está lejos de sospechar los entresijos que presidieron la organización del mitote.
Pero vayamos a lo que importa en este momento: la posición central de España en los planes islamistas de recuperación del poder y del prestigio histórico del Islam. En efecto, la caída del Al Andalus juntamente con la necesidad de defender los territorios de población musulmana de los Balcanes para que en nuestra época no se llegue a producir nada parecido a lo que se produjo en la Granada del siglo XVI, estaba ya presente en el Manifiesto de Ben Laden con ocasión del atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, aunque la lectura yanki haya simplificado las cosas al extremo de pasar la alusión andalusí desapercibida en medio del guirigay informativo.
El plan de Al Qaeda se encamina a la creación de un Califato universal. No es, pues, por pura casualidad que la advertencia hecha recientemente a Alemania, Austria y a la España socialista, haya sido presentada a través de un canal de Internet La voz del Califato, que es una criatura de Al Qaeda.
Y quiero llamar la atención que ese ideal del Califato Universal se hace presente a veces de forma dispersa y amorfa a través de indicios que surgen aquí y allá del modo más inesperado. Por ejemplo. En la reciente petición dirigida a Obispado de Córdoba de emplear la Catedral de aquella ciudad – la antigua mezquita erigida a su vez sobre una primitiva iglesia cristiana-, como centro de culto musulmán; o en la anunciada construcción de una monumental mezquita y escuela coránica en la ciudad de Sevilla. O en la vieja y conocida reclamación sobre la España musulmana hecha por el hoy escarmentado Gadafi. O, por fin, en un episodio un tanto extraño que, en el momento en que se produjo, las postrimerías del franquismo, nadie se encargó de divulgar en todo su significado y que expongo a continuación para dar por concluídas con él estas reflexiones.
Sadam Hussein, Vicepresidente del Consejo de la Revolución, vino a España en el año de 1974 y quiso visitar Granada. En aquella ocasión, el líder irakí, que era acompañado por el entonces segundo Introductor de Embajadores, don Emilio Pan de Soraluce, fue homenajeado por las autoridades en los comedores del Parador Nacional de Turismo. El discurso que a los postres pronunció el que cinco años más tarde llegaría a ser Secretario Gral. del Partido Baaz (renacimiento), Jefe de Estado de Irak y Jefe del Consejo de la Revolución, fue, casi en su totalidad, vertido al castellano por los traductores simultáneos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y digo “casi”, porque un fragmento importante del discurso fue omitida por los traductores. Esta omisión permitió ocultar la reivindicación que Sadam Hussein hizo del territorio del antiguo reino nazarí. Si aún existe grabación del original después de tantos “oportunos” cambios que han sufrido los archivos, aún podrá probarse este hecho que revela que la restitución de Al Andalus, que figura claramente en las aspiraciones de Al Qaeda, es una aspiración generalizada entre los árabes y entre muchos musulmanes no árabes. ¿Que deparará el futuro? Es la pregunta del millón.
lunes, 5 de marzo de 2007
Dos Puntualizaciones y una Interrogación
El laicismo, diferente de la laicidad, y entendido como ideología que pugna por la supresión de la religión o su extrema reducción a la esfera privada negándole todo derecho a manifestarse públicamente, fue útil al Estado Moderno en su lucha contra la Iglesia. Y no solamente para desalojar a ésta de los nichos que había ocupado desde la antigüedad al tener que llenar los vacíos de poder dejados por el hundimiento de las instituciones del Imperio Romano, sino también para despojar a la misma Iglesia de toda influencia social e incluso para desplazarla en lo que, grosso modo podríamos llamar la formación o la orientación de las conciencias. Estas son cosas que se supone sabidas. Pero hay en medio dos datos menospreciados sobre los cuales me permito llamar la atención.
El primero de éstos datos es que el proceso de laicización como fenómeno social, y el laicismo, como ideología, son fenómenos que se presentan exclusivamente en Europa y en su más inmediata esfera de influencis que es el mundo americano, y que dichos fenómenos, reducidos al área culturalmente cristiana, influída, por lo tanto, por el principio proclamado por Jesús de “dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”, no tiene paralelo en las demás regiones del mundo.
Al decir que el laicismo es un fenómeno exclusivamente europeo, se quiere recalcar con la mayor precisión posible, que tiene su raíz primera en este continente y que no es posible encontrar nada parecidamente originario en el mundo musulmán, entonces casi exclusivamente concentrado en el Imperio Turco; ni tampoco en el Imperio Chino ni en el Imperio Japonés, únicos lugares fuera de Europa donde el poder político había alcanzado consistencia institucional, durabilidad temporal y extensión territorial suficientes para constituir verdaderos Estados.
Recalcando más la singularidad del fenómeno, observemos que quedan, por consiguiente libres de toda posibilidad de comparación, aquellos lugares como Oceanía y el Africa negra, donde en períodos históricos no ha florecido poder político autóctono digno de tal nombre. En cuanto a las Américas, su temprana incorporación al mundo cultural europeo en el Norte de influencia inglesa, con su particular evolución religiosa, y el proceso de transculturación y de mestizaje operado en las zonas de influencia ibérica, convierten al Nuevo Continente en trasunto de las respectivas metrópolis en cuanto a los fenómenos religiosos y a la tensión entre Iglesia oficial – o confesiones dominantes en angloamérica-, y tendencias laicistas.
El otro dato menospreciado acerca del cual querría llamar la atención, es la violencia con que el laicismo se ha impuesto. Ciertamente, la violencia o fuerza es inseparable de los fenómenos humanos colectivos cuando éstos alcanzan cierta intensidad y, por consiguiente, su presencia no tendría especial relevancia de no ser por la insistencia machacona con que los partidarios del laicismo se empeñan en presentar ésta ideología como un remanso –quizá el único en el mare magnun de la Historia-, en el cual reinan la armonía, la tolerancia, el diálogo y la racionalidad y donde no sería dable encontrar la menor mancha de violencia o de fanatismo.
Pues bien, creo que en este aspecto concreto, cabe hacer también una puntualización. Porque, si bien el laicismo como hijo del pensamiento Iluminado encontró su primer origen en salones intelectuales, gabinetes filosóficos y tenidas políticas del siglo XVIII, la eliminación de la presencia secular de la Iglesia fue llevada a cabo con singular violencia en ocasiones. Tal violencia no siempre fue fácilmente discernible de la originada en otras motivaciones de índole puramente social y político, pero la persecución religiosa, la intención de acabar con la religión y con los que la sustentaban con su apoyo, estuvo presente tanto en el exterminio de los vandeanos en Francia, como en las guerras carlistas, en las desamortizaciones españolas o en la sangrienta persecución contra el campesinado cristero en el México de la Revolución.
Y que conste que con todo esto no se trata de rememorar agravios, sino de recalcar, con una brevísima alusión que evita ofender a nadie, y soslaya ejemplos que todavía arden, que el laicismo en su implantación actual no es la ideología exenta de sangre que presume ser; y que la combinación de ideología y fuerza bruta se reveló en manos de los laicistas tan enormemente eficaz en la consecución del cometido antirreligioso que se habían propuesto como lo fuera en manos de cualquier otra ideología que no presume tanto de inocencia.
Una vez formuladas estas dos observaciones, a saber, una: que el laicismo es un fenómeno que tiene su origen exclusivo en el ámbito de la cultura europea y en su esfera de influencia americana. Y dos: que el laicismo no es el remanso de pura racionalidad exenta de sangre y de fanatismo que presume ser, solo queda plantearse la pregunta acerca del papel que el laicismo, instalado en el poder como está ahora, desempeñará frente a los nuevos poderes religiosos que –quieras o no-, están surgiendo en los países ex-cristianos que son los europeos.
Al hacer esta pregunta no me estoy refiriendo a las resurrecciones del cristianismo representadas por los numerosos movimientos de espiritualidad renovada y de organización que supongo están en las mentes de las personas bien informadas sean de la ideología que fueren, sino a los nuevos núcleos de poder y presencia religiosa que nacen de fidelidades y credos de nueva implantación y muy especialmente del Islam. ¿Cómo ideología de poder, conservará el laicismo ante esos nuevos poderes la antigua eficacia que le sirvió para desterrar el catolicismo, y en otra medida, al protestantismo no sólo de la vida pública, sino de la influencia sobre las conciencias?
El primero de éstos datos es que el proceso de laicización como fenómeno social, y el laicismo, como ideología, son fenómenos que se presentan exclusivamente en Europa y en su más inmediata esfera de influencis que es el mundo americano, y que dichos fenómenos, reducidos al área culturalmente cristiana, influída, por lo tanto, por el principio proclamado por Jesús de “dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”, no tiene paralelo en las demás regiones del mundo.
Al decir que el laicismo es un fenómeno exclusivamente europeo, se quiere recalcar con la mayor precisión posible, que tiene su raíz primera en este continente y que no es posible encontrar nada parecidamente originario en el mundo musulmán, entonces casi exclusivamente concentrado en el Imperio Turco; ni tampoco en el Imperio Chino ni en el Imperio Japonés, únicos lugares fuera de Europa donde el poder político había alcanzado consistencia institucional, durabilidad temporal y extensión territorial suficientes para constituir verdaderos Estados.
Recalcando más la singularidad del fenómeno, observemos que quedan, por consiguiente libres de toda posibilidad de comparación, aquellos lugares como Oceanía y el Africa negra, donde en períodos históricos no ha florecido poder político autóctono digno de tal nombre. En cuanto a las Américas, su temprana incorporación al mundo cultural europeo en el Norte de influencia inglesa, con su particular evolución religiosa, y el proceso de transculturación y de mestizaje operado en las zonas de influencia ibérica, convierten al Nuevo Continente en trasunto de las respectivas metrópolis en cuanto a los fenómenos religiosos y a la tensión entre Iglesia oficial – o confesiones dominantes en angloamérica-, y tendencias laicistas.
El otro dato menospreciado acerca del cual querría llamar la atención, es la violencia con que el laicismo se ha impuesto. Ciertamente, la violencia o fuerza es inseparable de los fenómenos humanos colectivos cuando éstos alcanzan cierta intensidad y, por consiguiente, su presencia no tendría especial relevancia de no ser por la insistencia machacona con que los partidarios del laicismo se empeñan en presentar ésta ideología como un remanso –quizá el único en el mare magnun de la Historia-, en el cual reinan la armonía, la tolerancia, el diálogo y la racionalidad y donde no sería dable encontrar la menor mancha de violencia o de fanatismo.
Pues bien, creo que en este aspecto concreto, cabe hacer también una puntualización. Porque, si bien el laicismo como hijo del pensamiento Iluminado encontró su primer origen en salones intelectuales, gabinetes filosóficos y tenidas políticas del siglo XVIII, la eliminación de la presencia secular de la Iglesia fue llevada a cabo con singular violencia en ocasiones. Tal violencia no siempre fue fácilmente discernible de la originada en otras motivaciones de índole puramente social y político, pero la persecución religiosa, la intención de acabar con la religión y con los que la sustentaban con su apoyo, estuvo presente tanto en el exterminio de los vandeanos en Francia, como en las guerras carlistas, en las desamortizaciones españolas o en la sangrienta persecución contra el campesinado cristero en el México de la Revolución.
Y que conste que con todo esto no se trata de rememorar agravios, sino de recalcar, con una brevísima alusión que evita ofender a nadie, y soslaya ejemplos que todavía arden, que el laicismo en su implantación actual no es la ideología exenta de sangre que presume ser; y que la combinación de ideología y fuerza bruta se reveló en manos de los laicistas tan enormemente eficaz en la consecución del cometido antirreligioso que se habían propuesto como lo fuera en manos de cualquier otra ideología que no presume tanto de inocencia.
Una vez formuladas estas dos observaciones, a saber, una: que el laicismo es un fenómeno que tiene su origen exclusivo en el ámbito de la cultura europea y en su esfera de influencia americana. Y dos: que el laicismo no es el remanso de pura racionalidad exenta de sangre y de fanatismo que presume ser, solo queda plantearse la pregunta acerca del papel que el laicismo, instalado en el poder como está ahora, desempeñará frente a los nuevos poderes religiosos que –quieras o no-, están surgiendo en los países ex-cristianos que son los europeos.
Al hacer esta pregunta no me estoy refiriendo a las resurrecciones del cristianismo representadas por los numerosos movimientos de espiritualidad renovada y de organización que supongo están en las mentes de las personas bien informadas sean de la ideología que fueren, sino a los nuevos núcleos de poder y presencia religiosa que nacen de fidelidades y credos de nueva implantación y muy especialmente del Islam. ¿Cómo ideología de poder, conservará el laicismo ante esos nuevos poderes la antigua eficacia que le sirvió para desterrar el catolicismo, y en otra medida, al protestantismo no sólo de la vida pública, sino de la influencia sobre las conciencias?
viernes, 2 de marzo de 2007
Palabras Preventivas
En español la palabra atención equivale a cortesía o demostración de urbanidad, consideración o respeto que se tiene con otra persona: “quiero tener una atención con tu madre que tan bien se ha portado conmigo”, decía un yerno agradecido. Y no es broma.
Pero, aparte de esto, atención es también locución preventiva que recalca la necesidad de poner especial cuidado en lo que se va a hacer, emprender o afrontar: ¡Atención, paso a nivel! ¡Atención, salida de camiones! ¡Atención, perro suelto! y, en los países donde eso es posible:¡Atención, vigilancia armada¡
Y es lógico que el aviso de poner la debida atención anteceda a la advertencia de tener cuidado. Al fin y a la postre, si no hay atención previa, todo cuidado posterior es imposible.
Sin embargo, en el uso práctico y cotidiano del lenguaje, no se suele llegar a distinguir con claridad lo que es poner atención de lo que es tener cuidado.
Por eso, una y otra palabra han adquirido el mismo sentido de advertencia. Por eso se suele decir: ¡Cuidado, suelo resbaladizo! ¡Cuidado, firme deslizante! ¡Cuidado con el perro! ¡Cuidado con lo que dices! En éste como en otros aspectos, parece que a los hispanohablantes nos da lo mismo ¡Arre! que ¡So! No acertamos a distinguir una cosa de la otra.
Y esto tiene su importancia negativa, porque el pensar que el antecedente es lo mismo que la consecuencia, revela un cierto grado de insensatez y ligereza. No es de ningún modo recomendable esta igualación chapucera entre dos términos que, no obstante su proximidad, tienen significados diferentes.
Pero dejemos la atención y el cuidado y vayamos ahora a las “alertas” de cualquier clase e intensidad. En el sistema casi obsesivo de “paz y seguridad” en el cual está inmerso este mundo violento que gusta pasar por pacifista, nos hemos acostumbrado a expresiones como “alerta ámbar”, “alerta roja”, “alerta temprana”, “alerta precoz” o “alerta avanzada”, que se emplean en cuestiones militares y de protección civil. Alerta se nos antoja por eso un vocablo conectado con las altas tecnologías y la gran estrategia, como si estuviéramos en la guerra de las galaxias o aguardando a que pase el cometa que arrastra contra la Tierra una lluvia de meteoritos y lo único que importara fuera el tiempo útil que nos queda para repeler con eficacia fulminante el peligro que está a punto de sobrevenir.
Pero alerta, en sus orígenes, fue un término cinegético que pasó al español procedente del italiano. En este idioma, erta vale tanto como en castellano cuesta o pendiente. Stare all´erta, es estar atento a la pendiente como cuando se está a la caza de la liebre y se espera que la pieza en fuga se dirija, como es habitual en tales criaturas, allí donde es más difícil que le den alcance los cazadores o la acosen los perros y donde el relieve del terreno le facilita la tarea de escabullirse engañando a sus perseguidores.
Es explicable que, de grito de cazadores, alerta haya pasado a ser aviso para no dejarse sorprender, para estar vigilantes, para permanecer con todos los sentidos despiertos. Estar alerta, o estar en alerta, vino a valer tanto como estar preparados ante cualquier eventualidad. Y así, de punto en punto, desde el ámbito campestre de la caza menor, alerta prosperó hasta adquirir el significado general que hoy detenta y que parece de lo más apto para ser incluído en el gran diccionario tecnotrónico de Houston y de la NASA.
En contraste con alerta, la palabra alarma tiene origen por entero militar y significa lo que a través de la palabra se trasluce: ¡tomad las armas, aprestaos, con ellas, al ataque o a la defensa! El inglés, el italiano, el francés y el alemán tienen vocablos semejantes para cubrir el mismo objetivo semántico: alarm, allarme, alarme, alarm., como que todas estas palabras derivan de la española alarma.
En lengua inglesa, en la cual arma se dice weapon o gun, y arm sirve para designar la extremidad anatómica superior a la que nosotros llamamos brazo, el fonema alarm se encuentra como huérfano de proximidades apropiadas dentro de la panoplia de los términos militares. Quizá por eso ha derivado irremediablemente a la sonajería del reloj despertador, a los pitidos de advertencia que salen de ollas, lavaplatos, secadoras y hasta de los telefoninos de bolsillo. Pero aún en lengua francesa, donde la Marsellesa recuerda el origen militar de la palabra en la estrofa que canta aquello de aux armes citoyens, el verbo “alarmer” ha tomado su propio derrotero y hoy anda escorado hacia la significación de asustar o meter miedo. Esto último no deja de ser llamativo, digo yo, si se considera que a las armas de defensa personal más comunes se las llama “quitamiedos” en algunos países de nuestra lengua donde la gente está mas avezada al empleo libre de las armas, a diferencia de aquí donde hay más acostumbre de disparar a quemarropa sobre víctimas que carecen de posibilidades de defenderse y responder al fuego. El mote de “quitamiedos”, con ser popular, tiene su fundamento en la idiosincrasia humana, pues está demostrado que el simple gesto de empuñar un arma fortalece el ánimo y eleva el sentimiento de seguridad en quien lo hace. ¡Cosas!
Hay una palabra menos empleada que las anteriores y que discurre también por el cauce semántico de poner el ánimo y los sentidos a la espera atenta de lo que venga. Es la palabra caución. En inglés “caution” es lo mismo que cuidado. Empleada en expresiones como “crédito y caución”, en nuestra lengua equivale a garantía, fianza o cautela legal encaminada a asegurar el cumplimiento de una condición o sentencia. Caución, antecedida de pre, tiene el significado de prevención o cuidado anticipado.
No faltan, pues, en los diccionarios palabras que sirvan para advertirnos y mantenernos en vela. Otra cosa distinta sucede en la vida de la comunidad, donde el mañana nos lo están dibujando proyectistas que actúan como al descuido y sin precauciones, pero contando con las temerarias y narcotizantes seguridades de la propaganda que a todos llega y en todas partes nace. Ante tanto guirigay el peligro en ciernes no deja huellas perceptibles. ¿Y a quién le puede importar? ¡Todo irá bien!
Detrás del telón de palabras extraviadas, los gallos afilan sus espolones mientras aguardan que surja el alba incendiada en mil colores. ¡Kikirikí! Me viene a la memoria, no sé por qué, una copla que parece no decir nada: Tres veces me has querido * tres me has negado * ¡Qué buen San Pedro has hecho¡ * mas no has llorado * Pero aunque callo * puede ser que algún día * te cante el gallo. Versos veredes que no leyeres, lector amigo.
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