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martes, 27 de marzo de 2007

Islam, Cristianismo y Pensamiento

¿Sería posible encontrar un terreno en el cual se pudiera trazar una vía de concordia entre el Islam y Occidente sin que el primero tuviera que perder su sustancia religiosa y sin que la Cultura Occidental tuviese que hacer mutis en el escenario de la Historia?

Esta pregunta no está inspirada en la retórica pacifista impuesta por la moda, sino en las exigencias de un momento histórico marcado por dos signos completamente comprobables. El primero de estos signos es el auge del fundamentalismo islamista que se expresa a través de un terrorismo de acción universal. El segundo está constituido por el hecho de sobrellevar Europa un proceso de repoblación con gentes de fe o, al menos, de cultura islámica. Este fenómeno se beneficia, además, del efecto sinérgico producido por la marejada antinatalista que consume vitalmente a los países de Europa. El Reino de las Diecisiete Repúblicas, por ejemplo, creo que celebra en estos días el millón de abortos legales.

Europa, en conjunto, cree necesitar de los países islámicos solamente lo que ya obtiene de éstos: mano de obra barata y energía también barata. Pero ninguna presencia humana es puramente material o económica. Hay que decir, pues, que la inmigración musulmana obliga a pensar en una demanda, encubierta por ahora, pero que es mucho más importante que la que afecta a los factores de producción. Lo que Occidente y el mundo sin saberlo necesitan del Islam es una profunda reflexión teológica que busque hacer compatible la fe islámica con la razón. Al fin y al cabo ésta hay que considerarla como un don que Dios Creador entrega al hombre para que se oriente sobre la realidad en que vive.

Veamos. Más allá de las conveniencias superficiales y de los enfoques pragmáticos que la asimilan a los recursos de auto-ayuda, lo que la religión propone es mejorar al hombre desde su conciencia y acercarlo a Dios. Dentro del desempeño religioso, lo que en realidad está en juego es dilucidar si es posible al ser humano la práctica de lo que podríamos llamar las virtudes difíciles, o sea, aquellos hábitos que van en contra de la corriente que genera la gravitación opresora del yo de cada uno sobre las decisiones y actitudes de los demás y sobre la marcha de la sociedad y del mundo.

Esa corriente, que dejada a su propio peso tiene resultados destructores, se manifiesta resumidamente en la satisfacción directa de las pasiones primarias como son la ambición de dominio sobre los demás, el ejercicio de la sexualidad sin medida ni dirección, y la inclinación a instrumentalizarlo todo, apropiarse de todo y de someter a todos a las exigencias de la propia curiosidad y conveniencia, sin guardar ninguna consideración con nadie. Para los cristianos se trata de lo que San Juan Evangelista llama la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Contradecir estas corrientes requiere entre otras cosas un esfuerzo consciente, racional. Por eso precisamente, el término lucha –referido a la formación activa de la conciencia propia y al señorío sobre la propia conducta- está inserto en la práctica de las religiones, bien que en diversa medida.

En el Antiguo Testamento, el libro de Job compara la vida a una milicia en la que el sacrificio propio y el esfuerzo están siempre presentes. En el Nuevo Testamento, es el propio Jesús quien destaca la necesidad de lucha: “quien no se hace fuerza a sí mismo, no entrará en el reino de los cielos”.Y la propia vida de cada uno da razón a estos asertos, porque en la biografía de cualquier hombre o mujer se encuentran momentos en los cuales, con indiferencia de la intensidad y profundidad de su fe religiosa o de la falta de ella, se impone la exigencia de una virtud heroica que se concreta en forzarse a sí mismo de una manera o de otra. El cristiano sabe que lo hace en homenaje a Dios y a favor de lo que en el Evangelio se llama nuestro prójimo Y esta virtud heroicamente ejercida con vencimiento de las propias inclinaciones es a la vez camino y prueba de esa búsqueda de la “perfección” que se propone al cristiano y que éste ha de procurar alcanzar con la ayuda de Dios.

El mahometismo tiene también su lucha, su yihad, que se configura como lucha ascética, pero también como lucha bélica y ésta no solo en términos puramente defensivos, sino también como guerra para la expansión del Islam. En efecto, fueron guerras de expansión las que sirvieron a los musulmanes para abrirse paso desde la lejana Arabia hasta el extremo Occidental del Mediterráneo, apoderarse de la Hispania Tingitana, pasar el estrecho que todavía lleva el nombre del jefe de los invasores -Gebel Tarek o roca de Tarek- y conquistar la España peninsular en una vertiginosa carrera en la cual el impulso guerrero recibía el estímulo de la fe.

Lo que el mundo, aún sin declararlo taxativamente, necesita del Islam, es que llegue a distinguir la lucha específicamente ascética y religiosa que se ejerce para alcanzar la perfección interior, respecto a aquella violencia externa que se ejerce contra las personas e intereses ajenos apoyándose en una explicación que solo de forma adventicia puede calificarse de religiosa.

Y aquí conviene recordar que en tiempos coincidentes con el reinado de Juan II de Castilla y León, cuando el emperador de Bizancio Manuel II, de la dinastía de los Paleólogos dialoga con el embajador del Imperio Persa y le indica que la imposición de la fe por la fuerza constituye ya en aquella época, una involución –precisamente la escena evocada por Benedicto XVI en su ya célebre Conferencia de Ratisbona- el Islam acababa de salir de su período más brillante que fue precisamente aquél en el cual se acometió, y se frustró, el intento de insertar la filosofía griega en el tronco de la fe islámica. En efecto, el Islam tuvo en Averroes el más grande comentador de Aristóteles, y de su sabiduría bebió ese gigante de la filosofía de Occidente que fue Tomás de Aquino.

No se está, pues, imaginando quimeras cuando se formula el deseo de un acercamiento de la fe islámica a la razón. En el fondo, ese acercamiento equivaldría a un retorno al momento estelar del averroísmo en su búsqueda de la armonización entre fe islámica y el pensamiento filosófico.

En el momento actual este acercamiento se revela como la única vía posible por la cual la fe islámica se podría liberar de la ataraxia fundamentalista que la mantiene atada a una visión homicida de la yihad. Pero al mismo tiempo es el único modo de abrir una vía de comprensión y entendimiento con el cristianismo. Y también con el mundo Occidental en la medida de que este último, pese a su laicismo militante y a su ateísmo práctico sobrevive, como naufrago que se empeña en ignorar su condición, sobre una tablazón de vigencias que flotan a la deriva pero que tienen su origen en el cristianismo. Origen remoto si se quiere y menospreciado, pero, de todas formas, insobornablemente cristiano si se lo considera en sí mismo y beneficiosamente fecundo y activo si Europa emprendiese la tarea de reconciliarse con sus más luminosas profundidades.

Si alguna corriente de pensamiento dentro del islamismo fuese capaz de dar continuidad hoy al puente que Averroes comenzó hace siglos a tender entre la razón y la fe islámica, se abriría una hermosa perspectiva de esperanza en la actual vela de armas. El foro de Doha, como los musulmanes europeos cultos me imagino, tienen mucho que decir al respecto.

Fuera de ésta, la única perspectiva sería enfrentarse hasta el agotamiento en luchas impías respecto a Dios –aunque invoquen su nombre- y despiadadas con el hombre, su criatura. Entonces veríamos triunfar, en el frente del Terror, la interpretación feral de la yihad, enarbolando junto al nombre de Alá, los explosivos, el suicidio-asesinato y los atentados biológicos nucleares o químicos. Y frente a esto, el lento desgarramiento intestino de una Europa imposibilitada de acudir al recurso de cerrar la puerta a quienes ya la hostigan intramuros, e impidiéndose ella misma fecundar la nueva realidad latente al renunciar a las raíces espirituales que han hecho de la presencia europea, pese a todos los pesares- una aportación preciosa para el desarrollo espiritual y material de la humanidad.

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