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sábado, 7 de abril de 2007

La Tenaza Sobre Irán

En esto de la política mundial, que tiene sus tintes geoestratégicos, uno no sabe en ciertos casos a qué quedarse, de tal forma que expresiones aparentemente claras como “State of Denial” traducida al castellano por “negación de la evidencia”, puesta en circulación por Woodward -el periodista que rebeló el escándalo Watergate y que sigue viviendo de aquella revelación- resultan verdaderamente confusas. Sencillamente, se carece de elementos para saber si la evidencia negada se refiere a lo principal del asunto controvertido o se descuelga -como suele pasar más de una vez- por lo accesorio, en cuyo caso no hay por qué darle la importancia que se le atribuye. Pudiera ser, incluso, que, detrás de esa tan mentada “negación de la evidencia” que se echa en cara a Busch viniera a quedar oculta una afirmación de lo principal y un correcto entendimiento del meollo del asunto, lo cual querría decir que la denunciada negación no suponía en el fondo ni una pérdida ni ningún error. El asunto es, pues, ¿cuál es la evidencia que se niega? O, referido en otros términos ¿a qué se refiere lo que se llama evidencia en cada caso?

Me viene todo esto a las mientes con ocasión de los comentarios que a diario suscita en todo el mundo Occidental la presencia de tropas euroamericanas en esos dos territorios clave del Oriente Medio y del Asia Central que son respectivamente Irak y el Afganistán. Se repite que el presidente Busch –ese condenado Cowboy- habría cometido un error inexcusable al ordenar la intervención militar en Irak. Se suele alegar que esa decisión se basó en dos datos erróneos suministrados por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos: que el Gobierno de Sadan-Hussein poseía armas de destrucción masiva y que dicho déspota estaba también comprometido en la amenaza terrorista representada por la organización Al-Qaeda.

Pese a estas inculpaciones que son de origen previo al resultado de la acción interventora, y que parecen invocar motivos éticos, el dictamen inapelable contra Bush se hace en realidad a la vista de los efectos inmediatos, mas bien desastrosos, que se han derivado de aquella, lo cual arguye que lo que en el fondo importa son motivos puramente pragmáticos y, más concretamente, aquellos que más facilidades ofrecen para su difusión mediática. Allí están se dice, la eclosión de la beligerancia terrorista entre la comunidad chiíta y la comunidad sunnita, la inestabilidad del régimen digamos democrático que ha surgido de las elecciones, la insurgencia irregular e imprevisible que hace cada vez más difícil la tarea pacificadora y organizadora de las fuerzas de intervención. Y como oportunísimo colofón que nadie aplaude abiertamente porque eso todavía da un poco de vergüenza pero que, en el fondo, causa regocijo en los medios de la España mozárabe, el aumento de las bajas angloamericanas que vienen que ni pintadas para tildar a Busch de asesino, aunque poco importen aquí los rubios muchachos de Topeka o los jóvenes mulatos de Kalamazo que perecen en mucha menor proporción que los miembros de las tropas españolas, diezmadas por los accidentes. A todo esto yo añadiría algo más, aunque nadie lo lamente: el recrudecimiento de las afirmaciones de identidad islámica que dirigen su agresivo clamor, cada vez más enfurecido, contra las pequeñas comunidades cristianas que ya estaban allí cuando los discípulos de Mahoma se apoderaron del país. Y aún habría que contar con el aumento de la xenofobia que sitúa en la diana mortal a los cooperantes y a los técnicos occidentales por el mero hecho de serlo, sin que le importe a los perseguidores lo que las víctimas habían aportado a la reconstrucción del Irak.

Pero volvamos al inspirador principio que se cifraba en la proposición siguiente: la evidencia negada ¿se refiere al meollo del asunto? Y, en todo caso, cuál es el meollo del asunto en la intervención en Irak?

Es aquí donde adquiere su papel aclarador la geopolítica, elemento invariante de la acción internacional por encima de las urgencias de la difusión mediática, de las declaraciones electoralmente interesadas de la política partidista e, incluso, de los planteamientos financieros propios de la gran industria del armamento tecnotrónico por lo que se refiere a los Estados Unidos, Inglaterra, China y Rusia.

Tome un mapa el lector. Mírelo con detenimiento y podrá observar cómo el territorio irakí es imprescindible para el control del Golfo Pérsico, donde residen los cada vez más frágiles pseudos-monarquías arábigas, en realidad regímenes teocráticos, amigas nominalmente de Occidente en cuyos intereses económicos están involucrados los grandes jeques, pero cada vez más expuestas a los ataques del extremismo islamista y a la reacción que las reformas, todavía posibles, puedan provocar en sus países a la hora de que alguno de ellos se atreva a emprenderlas desde el trono. Pues bien, en gran medida Europa depende de los suministros petroleros de esa región. ¿Y qué es el mercado europeo si carece de suministros de energía? Por otra parte, es evidente que el territorio irakí, mientras esté ocupado por los euroamericanos, es una pica inserta en el costado Oeste del amenazante Irán

Si Irak amaga sobre el flanco Oeste, Afganistán es la pieza que amenaza el costado Este del país de los Ayatollahs, el cual queda así encerrado dentro de los brazos de una tenaza montada por los Estados Unidos y sus amigos de confianza que son los ingleses. Dichos alicates están destinados a demostrar toda su importancia en caso de un conflicto bélico con Irán o si se decide una intervención armada para derribar el régimen de los Ayatollahs que hasta el momento parece insensible a toda acción diplomática.

Particularizando ahora el papel del Afganistán, consulte el lector el mapa para comprobar el papel de contención que el territorio afgano puede desempeñar en el caso de un viraje islamista en el Pakistán, país nacido de la arbitraria división de la India y fuente de inestabilidad para la región entera. Idéntico papel de contención desempeñará el territorio afgano en el caso de una conflagración generalizada que, afectando a toda la zona hiciera posible el aniquilamiento del estado de Israel, “desideratum” genérico de la causa árabe que en esto coincide con el sector islamista más radical. Los norteamericanos y los europeos están obligados a prever esta situación si no quieren suscribir una política suicida que haga a los amos del petróleo dueños también de la vía de Suez y del Mediterráneo oriental amenazando a un miembro de la OTAN, Turquía, cuya mayoría musulmana la hace lábil ante una arremetida propagandística que venga avalada por algún triunfo con visos de decisivo.

Así que por múltiples razones, todas ellas de naturaleza geopolítica, puede resultar que la evidencia negada por la política de Bush y que supuestamente la descalifica, no es la principal, sino un menudillo de motivos de oportunidad ninguno de los cuales tiene carácter resolutorio. Aunque Sadan-Hussein no haya guardado en su arsenal armas de destrucción masiva, aunque no haya sido aliado del extremismo islamista, el verdadero problema subsiste en la región: la presencia de Al-Qaeda, la inestabilidad política de la zona, la amenaza proveniente de los planes de desarrollo del potencial atómico del Irán, heredado, por cierto, de los tiempos del Sha. Este es el meollo del asunto. Este es el que define los intereses de los Estados Unidos y de Europa. Este es el fondo del problema que invita a una expectativa estratégica invariante en cuanto a sus trazos generales. Estados Unidos tiene intereses no, estrictamente, amigos. Pero la tenaza es suya. ¿y Europa?

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