Las vías de hecho son actuaciones públicas colectivas que patentizan, y a su manera demuestran o manifiestan un poder subyacente. Pueden surgir como reacción espontánea y anónima ante una situación o ser directamente producto de la maquinación de grupos organizadores. En ambos casos pueden cursar o no con daños a las cosas y a las personas.
Lo que caracteriza a las vías de hecho es su impredectibilidad, o sea la imposibilidad de predecirlas no solo en su producción sino en sus alcances. Esto las hace temibles para quienes tienen sobre sí la responsabilidad y la autoridad de resguardar el orden establecido.
Los tumultos de toda clase, los motines, las sentadas, las ocupaciones de locales, los encierros, las retenciones de personas, las concentraciones callejeras tanto las estáticas como las que conllevan desplazamiento de masas, el bloqueo del tráfico rodado, las intervenciones destructivas contra la propiedad privada o pública, sea cual fuere la cuantía del daño ocasionado, y aunque no hubiera daño, son vías de hecho.
En toda vía de hecho se perciben dos notas distintivas: lo que tienen de amenaza o de reto y lo que tienen de alarde; en otras palabras, lo que llevan consigo de afirmación amenazadora “yo puedo contigo”, y lo que llevan de un jactancioso, o no, “estos son mis poderes”
Las concentraciones callejeras con desplazamiento de masas son, con mucho, las vías de hecho más conocidas e importantes. En castellano y en las demás lenguas romances, al reclamar un nombre que las distinga de otras vías de hecho, se ha mirado sobre todo a lo que tienen de revelación de un poder oculto o solapado que, precisamente a través de esa actuación, se manifiesta al exterior. En inglés y en las lenguas germánicas, la denominación escogida acentúa lo que dichas actuaciones tienen de prueba o demostración de que ese poder subyacente existe en realidad. Es cuestión de matiz: Así, los que hablan lenguas romances ven en ellas “manifestaciones” de ese poder, mientras que los que hablan lenguas de entronque germánico ven “demonstrations” o pruebas de ese poder.
Como se ha dicho anteriormente, de las múltiples vías de hecho que es posible practicar, unas son originadas por el hervor espontáneo de las tensiones sociales no controladas, mientras que otras son efecto de la maquinación de grupos organizadores. Por supuesto, ni unas ni otras pueden, sin más, ser asumidas por el orden legal; por eso, las vías de hecho están prohibidas por los ordenamientos jurídicos.
Las manifestaciones son la excepción a esta regla: En efecto, su ejercicio es posible dentro de la legalidad, bien que supeditado al requisito de la autorización administrativa. Para cumplir con el léxico políticamente correcto, este placet o autorización se presenta como simple “comunicación previa a las autoridades”. Así lo hace la Constitución de 1978 en el acápite segundo de su artículo veintiuno. Pero esta respetuosa corrección del lenguaje, no quita al hecho su contenido intrínseco ya que, en efecto, dicha “comunicación” permite conocer, y determinar con antelación el espacio en que se desarrollará una manifestación y el tiempo que durará, marcando, pues, unos límites y permitiendo a las autoridades ejercer una vigilancia relativamente eficaz sobre un acontecimiento que ha dejado de ser imprevisible gracias, precisamente, a esa “comunicación”. Con la imposición de ese requisito, la administración busca despojar a las manifestaciones de su característica más temible: la impredictibilidad. No se olvide que las manifestaciones son, en definitiva, vías de hecho que el orden establecido tolera sub conditionen.
Con lo dicho quedan en claro implícitamente dos cosas. La primera, que el objetivo factual que se persigue al dar autorización legal a una manifestación es el de proporcionar una vía de salida a tensiones opositoras que, se supone, pudieran llegar a ser insostenibles si se reprimiera totalmente su expresión. La manifestación es, pues, un mal menor desde el punto de los intereses del orden establecido. La segunda es que, al incluir dentro del derecho de reunión que corresponde al ciudadano, la posibilidad de convocar manifestaciones que sólo está al alcance de los partidos políticos, se está disimulando el hecho de que son éstos, y no los ciudadanos en particular quienes de ordinario están en condiciones de ejercer plenamente aquél derecho.
En efecto ¿Qué puede hacer el ciudadano corriente más allá de concurrir o no a la manifestación que se le ofrece? Desde este punto de vista, el derecho de manifestación es estrictamente un derecho de adherirse el ciudadano a lo que los partidos le proponen.
El lenguaje, pese a las manipulaciones de que es objeto, revela a veces el núcleo semántico de los significados que se trata de ocultar. Así, la expresión más frecuente relacionada con ese derecho de manifestación ha venido a ser precisamente la de tener o no tener poder de convocatoria. A través de dicha expresión se trasluce el aspecto factual del fenómeno. En efecto, tener “poder de convocatoria,” equivale a poseer la base organizativa o económica necesaria para movilizar eficazmente a las masas, o estar incluido dentro de alguno de los corralillos mediáticos en los que, de hecho, viene a concretarse la tan traída y llevada libertad de expresión. Fuera de esto, no hay manifestación legal que sea posible.
Lógicamente, habría que pensar que el derecho a manifestarse es algo que el orden establecido pone al alcance de la oposición legal para darle la oportunidad de emplear de modo inocuo una vía de hecho.
Pero ¿qué sucede cuando este poder lo ejercen los gobiernos? ¿Qué objetivos persigue este cambio de papeles? Los expertos opinan que tiene fundamentalmente dos objetivos, táctico el uno, estratégico el otro. El objetivo táctico consiste en privar a la oposición de una concreta oportunidad de manifestar la eficacia de su poder de convocatoria. El objetivo estratégico consiste en coadyuvar al triunfo de una política que conviene al Estado o, en el caso de España, a alguno de sus organismos territoriales. Se trata de opciones legales que, no obstante, son equívocas porque actúan sesgando de cierta forma el sentido de las instituciones democráticas. Lo cual a mi modesto juicio no deja de producir alguna duda acerca de la factibilidad de la misma en el mundo moderno.
Para el observador imparcial, no es tampoco despreciable otro aspecto del uso de las manifestaciones desde instancias oficiales. Se trata del reconocimiento implícito de que los poderes legalmente establecidos no son los únicos que mandan y que hay otros poderes ante los cuales, en definitiva, incluso los representantes de los poderes constituidos se ven obligados a presentar reclamaciones, a elevar peticiones y a demostrar de alguna forma que ellos pueden tomar la calle para infundir cierto respeto, aunque estas actitudes vengan disimuladas por la costumbre de plantear las peticiones como una exigencia.
Pero, además ¿no se trata de una actitud invasiva, por parte del poder público, de la esfera de las libertades individuales? ¿No es una forma de ocupar los órganos del Estado – y la autonomías lo son - el terreno propio de las actividades colectivas?
Coda: habrá que añadir que las manifestaciones no son un terreno seguro para nadie, mucho menos para los gobiernos. Sobre esto volveremos.
miércoles, 31 de enero de 2007
miércoles, 24 de enero de 2007
El Armagedón de las Hormigas
¿Qué pueden significar en el momento actual las presencias de cuatro sedicentes “poderes latinoamericanos” frente a los Estados Unidos? Se pudiera, y sería comprensible, intentar despachar esta pregunta a punta de desplantes:
¿Qué puede hacer un anciano dictador “español” que gobierna a la fuerza un país de mulatos? Me decía, refiriéndose a Cuba, un norteamericano, pariente sin duda del que hace cincuenta años manifestaba ante el escritor José Luis Castillo Puche que a España no le beneficiaba nada tener como hijas suyas tantas naciones mestizas.
¿Qué puede hacer el “Trompudo” Ortega en su nueva fase en el poder? Me decía un nicaragüense exiliado, con frase que por sí misma revelaba hacia el comandante sandinista un desprecio que va sin duda más allá del terreno estrictamente político.
¿Qué puede hacer el ignorante de Evo Morales al frente de un país nacido de la pura egolatría de Bolivar, llamado el Libertador?
¿Qué puede hacer el contradictorio Cháves, supuesto y propuesto jefe de este grupo real pero informal, iniciando su segundo mandato al grito de “Patria, socialismo o muerte”? se preguntarán a esta hora los inversores de todo el mundo que han apostado por Venezuela.
Hace poco más de cuatro décadas, cuando el argentino Comandante Ernesto Guevara Lynch portaba la tea de la revolución destinada a incendiar todo el Sur del Rio Grande, desde la Sierra Madre a los Andes, la contestación habría sido obvia y feroz: “hay que provocar en el continente mil Vietnams para dar al traste con el imperialismo norteamericano”. La existencia de la llamada Guerra Fría entre los bloques permitía no solamente la formulación de propósitos semejantes, sino también la puesta en práctica de las acciones encaminadas a hacerlos realidad.
Pero, pensemos un poquito. De hecho, esos “mil Vietnams” que según el Ché Guevara debían incendiar el continente, significaban una guerra entre la América de habla española y la de habla inglesa. Ciertamente no se trataba de una guerra convencional y única, sino de un conflicto bélico irregular y fraccionado en esas mil guerrillas o frentes que el argentino asimilaba a “mil Vietnams” pero que, en definitiva, sumadas unas con otras iban a constituir una sola guerra, tanto si se miraba a la identidad de los que habían sido convocados a librarlas, como si se contemplaba el hecho de que con ellas se perseguía un único objetivo: la ruina de los Estados Unidos.
El camino a seguir para llegar a esa especie de Armagedón continental provocado por el nidal de hormigas guerreadoras en que ha venido a parar la hueste orgullosa que en días más preclaros permitía a Rubén Darío afirmar que había “mil cachorros sueltos del león español”, quedaba claramente trazado en la terrible y amenazadora frase del Ché: “Patria, socialismo o muerte”. Esa frase que Cháves se ha permitido repetir en Caracas el día 10 del mes de enero del año en curso, durante la ceremonia de investidura que inauguraba su segundo mandato presidencial.
Pero ¿qué significado puede tener a los comienzos del siglo XXI el viejo grito castrista? Sobre todo ¿Para quiénes está reservada la muerte que por fijación mental perfectamente explicable cierta izquierda hace siempre figurar junto a la “Patria y al “Socialismo”?
Hoy en día la situación del mundo es muy diferente de aquella en la cual se acuñó la frase La política de bloques que facilitaba el planteamiento de guerras vicarias ha dejado de existir. El mundo es regido por un poder hegemónico, que lo es no solo en el aspecto militar y el industrial, sino también en el terreno de la inventiva, del espíritu emprendedor, de las tecnologías avanzadas, y de la capacidad y energía a la hora de decidir y actuar. No es que cante una loa, es que las cosas son así; por eso los Estados Unidos son capaces todavía de encajar las consecuencias de sus propios errores.
Frente al poder norteamericano que ejerce la hegemonía, no existe hoy un poder rival que le haga sombra. La China, por ejemplo, gigantesco poder en crecimiento, no está en condiciones de combatir con éxito a los Estados Unidos que con el presidente Nixon comenzó a abrirle al gran Estado asiático un hueco en el seno de la comunidad internacional, ni mucho menos de sustituir con éxito al gigante americano en todas sus funciones o desempeños globales.
El marxismo planteó casi con el atractivo de un mito, la posibilidad de un conflicto intercapitalista. Este anunciado rival del capitalismo dentro del capitalismo ¿puede ser Europa Unida? No, desde luego; y las razones para la negativa son muchas, comenzando por la crónica dependencia energética que padece Europa y terminando por la burocracia que, como tejido adiposo, va invadiendo su organismo en la medida que se ensancha hacia el Este.
El único ente que se yergue en el mundo de hoy combatiendo a los Estados Unidos, es el islamismo, cuyas raíces ortodoxas y tradicionales no logran diferenciarse del todo, aún ahora, de las versiones radicales que son las que han iniciado el asalto a Occidente. Las actuaciones islamistas son diversivas, sangrientas, desconcertantes y, a su modo, eficaces. Pero el islamismo no es un poder, sino un contrapoder simple y retardatario que hasta ahora no ha podido superar la prueba de organizarse constructivamente en el complejo mundo de hoy. El islamismo radical, con su inextricable mezcla de sistema político y de credo religioso omnicomprensivo, es un enemigo, pero no un poder rival. Su triunfo implicaría una verdadera involución para el mundo entero, comenzando para los propios árabes. Por grande que sea el esfuerzo de los líderes nativistas de Iberoamérica por apartar a ésta del Mundo Occidental, es difícil pensar que cometan el error de cerrar filas junto a los países y organizaciones del islamismo radical.
En este panorama ¿Qué papel desempeñarán los dispersos poderes iberoamericanos?
Deshecha por su mismo autor, Cháves, la mascarada bolivariana que no tenía salida, lo que hay que esperar en Venezuela es un creciente desarrollo hacia un tipo de socialismo dadivoso que desembocará en nuevas demagogias sin duda gratificantes para muchos individuos en aquél país y en aquél continente, pero que no añadirá nada a la pequeña estatura política de Chávez ni a la modesta posición que Venezuela ocupa a escala mundial. Con ese socialismo de dádiva Cháves no sólo habrá echado en saco roto gran parte de los dólares ganados con el auge de los precios del petróleo, sino que habrá malbaratado la oportunidad que la Historia ha puesto en sus manos para rectificar los errores, omisiones y corruptelas de la inepta democracia venezolana.
La sufrida Nicaragua, con los sandinistas que vuelven al poder ¿podrá hacer algo más que Venezuela cuando depende del petróleo subvencionado por ésta? En manos de Ortega está, paradójicamente si quereis, pero está de todas formas, el doble reto que supone llevar al país por los caminos de la reconciliación y a adoptar políticas que eviten convertir su gobierno en un nuevo despotismo marxistoide.
La Cuba castrista, con los antiguos comandantes de Sierra Maestra y sus inmediatos seguidores convertidos en perpetuos detentadores del poder ¿será capaz de sucederse pacíficamente a sí misma? La transición en paz es la única salida racional que a Cuba le queda y para ello tendría que luchar contra los fanáticos del comunismo interior y contra los maximalistas mas o menos demócratas del exilio de Miami. Pero ¿habrá alguien capaz de asumir la tarea?
¿Y Bolivia, el Antiguo Alto Perú? Votos hago porque el honrado y sencillo Evo Morales consiga establecer una política realista de reformas que extiendan a toda la población el acceso a la propiedad y para que las oligarquías, curadas de sus miedos seculares, se sumen a la gran tarea que todavía está por hacer: dar verdadera cohesión social a un Estado que existe por la egolatría de Bolivar y por el miedo de éste y de los argentinos a ver un Perú independiente, grande y poderoso.
Si fracasan en la consecución de los objetivos que son los suyos y están a su alcance, el sino de estos gobiernos es el de mantener la población de sus países congelada en un determinado nivel de pobreza y el de difundir en las clases privilegiadas por la fortuna y la educación un sentimiento de temor e incertidumbre que les impedirá sumarse a la construcción material de sus respectivos países. Lo que en mis tiempos juveniles era la excepción, hoy es la normalidad: Miami, Dallas, Foth Worth, por citar sólo puntos bien conocidos, acogen las inversiones preventivas de los ricos de esos países y de los países vecinos, así como sirven de sede para sus segundas viviendas. Es uno de los efectos de desbordamiento acerca de los cuales nos extenderemos cuando haya mejor oportunidad.
Sin embargo, los tentadores y la ocasión destructiva no han de faltar para los nuevos mandatarios, sobre todo en los países más cercanos al canal interoceánico. De tener poder efectivo, Cuba, Nicaragua y Venezuela, formarían una tenaza sobre el punto crucial de las comunicaciones marítimas que es Panamá. Pero no tienen poder, ni de lejos, para eso. Esta carencia es la mitad de su seguro de vida. La otra mitad está formada por los restos de sentido común que se supone les ha de quedar a los mandatarios para comprender, hasta sus últimas consecuencias, la situación geopolítica de sus países. Y para no secundar aventuras islamistas que comprometan el canal de Panamá y pongan en un terrible brete al comercio del mundo.
¿Qué puede hacer un anciano dictador “español” que gobierna a la fuerza un país de mulatos? Me decía, refiriéndose a Cuba, un norteamericano, pariente sin duda del que hace cincuenta años manifestaba ante el escritor José Luis Castillo Puche que a España no le beneficiaba nada tener como hijas suyas tantas naciones mestizas.
¿Qué puede hacer el “Trompudo” Ortega en su nueva fase en el poder? Me decía un nicaragüense exiliado, con frase que por sí misma revelaba hacia el comandante sandinista un desprecio que va sin duda más allá del terreno estrictamente político.
¿Qué puede hacer el ignorante de Evo Morales al frente de un país nacido de la pura egolatría de Bolivar, llamado el Libertador?
¿Qué puede hacer el contradictorio Cháves, supuesto y propuesto jefe de este grupo real pero informal, iniciando su segundo mandato al grito de “Patria, socialismo o muerte”? se preguntarán a esta hora los inversores de todo el mundo que han apostado por Venezuela.
Hace poco más de cuatro décadas, cuando el argentino Comandante Ernesto Guevara Lynch portaba la tea de la revolución destinada a incendiar todo el Sur del Rio Grande, desde la Sierra Madre a los Andes, la contestación habría sido obvia y feroz: “hay que provocar en el continente mil Vietnams para dar al traste con el imperialismo norteamericano”. La existencia de la llamada Guerra Fría entre los bloques permitía no solamente la formulación de propósitos semejantes, sino también la puesta en práctica de las acciones encaminadas a hacerlos realidad.
Pero, pensemos un poquito. De hecho, esos “mil Vietnams” que según el Ché Guevara debían incendiar el continente, significaban una guerra entre la América de habla española y la de habla inglesa. Ciertamente no se trataba de una guerra convencional y única, sino de un conflicto bélico irregular y fraccionado en esas mil guerrillas o frentes que el argentino asimilaba a “mil Vietnams” pero que, en definitiva, sumadas unas con otras iban a constituir una sola guerra, tanto si se miraba a la identidad de los que habían sido convocados a librarlas, como si se contemplaba el hecho de que con ellas se perseguía un único objetivo: la ruina de los Estados Unidos.
El camino a seguir para llegar a esa especie de Armagedón continental provocado por el nidal de hormigas guerreadoras en que ha venido a parar la hueste orgullosa que en días más preclaros permitía a Rubén Darío afirmar que había “mil cachorros sueltos del león español”, quedaba claramente trazado en la terrible y amenazadora frase del Ché: “Patria, socialismo o muerte”. Esa frase que Cháves se ha permitido repetir en Caracas el día 10 del mes de enero del año en curso, durante la ceremonia de investidura que inauguraba su segundo mandato presidencial.
Pero ¿qué significado puede tener a los comienzos del siglo XXI el viejo grito castrista? Sobre todo ¿Para quiénes está reservada la muerte que por fijación mental perfectamente explicable cierta izquierda hace siempre figurar junto a la “Patria y al “Socialismo”?
Hoy en día la situación del mundo es muy diferente de aquella en la cual se acuñó la frase La política de bloques que facilitaba el planteamiento de guerras vicarias ha dejado de existir. El mundo es regido por un poder hegemónico, que lo es no solo en el aspecto militar y el industrial, sino también en el terreno de la inventiva, del espíritu emprendedor, de las tecnologías avanzadas, y de la capacidad y energía a la hora de decidir y actuar. No es que cante una loa, es que las cosas son así; por eso los Estados Unidos son capaces todavía de encajar las consecuencias de sus propios errores.
Frente al poder norteamericano que ejerce la hegemonía, no existe hoy un poder rival que le haga sombra. La China, por ejemplo, gigantesco poder en crecimiento, no está en condiciones de combatir con éxito a los Estados Unidos que con el presidente Nixon comenzó a abrirle al gran Estado asiático un hueco en el seno de la comunidad internacional, ni mucho menos de sustituir con éxito al gigante americano en todas sus funciones o desempeños globales.
El marxismo planteó casi con el atractivo de un mito, la posibilidad de un conflicto intercapitalista. Este anunciado rival del capitalismo dentro del capitalismo ¿puede ser Europa Unida? No, desde luego; y las razones para la negativa son muchas, comenzando por la crónica dependencia energética que padece Europa y terminando por la burocracia que, como tejido adiposo, va invadiendo su organismo en la medida que se ensancha hacia el Este.
El único ente que se yergue en el mundo de hoy combatiendo a los Estados Unidos, es el islamismo, cuyas raíces ortodoxas y tradicionales no logran diferenciarse del todo, aún ahora, de las versiones radicales que son las que han iniciado el asalto a Occidente. Las actuaciones islamistas son diversivas, sangrientas, desconcertantes y, a su modo, eficaces. Pero el islamismo no es un poder, sino un contrapoder simple y retardatario que hasta ahora no ha podido superar la prueba de organizarse constructivamente en el complejo mundo de hoy. El islamismo radical, con su inextricable mezcla de sistema político y de credo religioso omnicomprensivo, es un enemigo, pero no un poder rival. Su triunfo implicaría una verdadera involución para el mundo entero, comenzando para los propios árabes. Por grande que sea el esfuerzo de los líderes nativistas de Iberoamérica por apartar a ésta del Mundo Occidental, es difícil pensar que cometan el error de cerrar filas junto a los países y organizaciones del islamismo radical.
En este panorama ¿Qué papel desempeñarán los dispersos poderes iberoamericanos?
Deshecha por su mismo autor, Cháves, la mascarada bolivariana que no tenía salida, lo que hay que esperar en Venezuela es un creciente desarrollo hacia un tipo de socialismo dadivoso que desembocará en nuevas demagogias sin duda gratificantes para muchos individuos en aquél país y en aquél continente, pero que no añadirá nada a la pequeña estatura política de Chávez ni a la modesta posición que Venezuela ocupa a escala mundial. Con ese socialismo de dádiva Cháves no sólo habrá echado en saco roto gran parte de los dólares ganados con el auge de los precios del petróleo, sino que habrá malbaratado la oportunidad que la Historia ha puesto en sus manos para rectificar los errores, omisiones y corruptelas de la inepta democracia venezolana.
La sufrida Nicaragua, con los sandinistas que vuelven al poder ¿podrá hacer algo más que Venezuela cuando depende del petróleo subvencionado por ésta? En manos de Ortega está, paradójicamente si quereis, pero está de todas formas, el doble reto que supone llevar al país por los caminos de la reconciliación y a adoptar políticas que eviten convertir su gobierno en un nuevo despotismo marxistoide.
La Cuba castrista, con los antiguos comandantes de Sierra Maestra y sus inmediatos seguidores convertidos en perpetuos detentadores del poder ¿será capaz de sucederse pacíficamente a sí misma? La transición en paz es la única salida racional que a Cuba le queda y para ello tendría que luchar contra los fanáticos del comunismo interior y contra los maximalistas mas o menos demócratas del exilio de Miami. Pero ¿habrá alguien capaz de asumir la tarea?
¿Y Bolivia, el Antiguo Alto Perú? Votos hago porque el honrado y sencillo Evo Morales consiga establecer una política realista de reformas que extiendan a toda la población el acceso a la propiedad y para que las oligarquías, curadas de sus miedos seculares, se sumen a la gran tarea que todavía está por hacer: dar verdadera cohesión social a un Estado que existe por la egolatría de Bolivar y por el miedo de éste y de los argentinos a ver un Perú independiente, grande y poderoso.
Si fracasan en la consecución de los objetivos que son los suyos y están a su alcance, el sino de estos gobiernos es el de mantener la población de sus países congelada en un determinado nivel de pobreza y el de difundir en las clases privilegiadas por la fortuna y la educación un sentimiento de temor e incertidumbre que les impedirá sumarse a la construcción material de sus respectivos países. Lo que en mis tiempos juveniles era la excepción, hoy es la normalidad: Miami, Dallas, Foth Worth, por citar sólo puntos bien conocidos, acogen las inversiones preventivas de los ricos de esos países y de los países vecinos, así como sirven de sede para sus segundas viviendas. Es uno de los efectos de desbordamiento acerca de los cuales nos extenderemos cuando haya mejor oportunidad.
Sin embargo, los tentadores y la ocasión destructiva no han de faltar para los nuevos mandatarios, sobre todo en los países más cercanos al canal interoceánico. De tener poder efectivo, Cuba, Nicaragua y Venezuela, formarían una tenaza sobre el punto crucial de las comunicaciones marítimas que es Panamá. Pero no tienen poder, ni de lejos, para eso. Esta carencia es la mitad de su seguro de vida. La otra mitad está formada por los restos de sentido común que se supone les ha de quedar a los mandatarios para comprender, hasta sus últimas consecuencias, la situación geopolítica de sus países. Y para no secundar aventuras islamistas que comprometan el canal de Panamá y pongan en un terrible brete al comercio del mundo.
lunes, 15 de enero de 2007
El Año de las Lenguas
El 2007 será en Europa el año de las lenguas. Comenzando la enumeración por los compañeros del propio patio, en el curso de este año serán puestos en marcha los acuerdos de 2006 para que tres lenguas ibéricas, el catalán, el gallego y el euskera, pasen a ser efectivamente utilizados ante los organismos de la Unión. Pero además, el primero de enero, Rumanía y Bulgaria han pasado a ostentar la categoría de miembros con la consecuencia, de que, desde esa fecha el rumano y el búlgaro han adquirido la condición de lenguas oficiales de la Europa Unida.
También el primero de enero ha comenzado el empleo del gaélico como lengua oficial y de trabajo de la Unión. El gaélico es la lengua hablada por el 9 % de los irlandeses que, si calculamos los habitantes de Irlanda en cuatro millones doscientos mil, hace un total de trescientos setenta y ocho mil gaélico-parlantes. El gaélico –con las lógicas variantes- es también la lengua primitiva de Escocia y de la isla de Man.
La Europa ampliada tendrá así 23 lenguas oficiales y seguramente no será este el número definitivo. Europa es una gran reserva de lenguas casi desconocidas que en algún momento llegarán a adquirir el status de lenguas oficiales. Esta profusión provoca la queja de los que consideran que a Europa le están creciendo los enanos, como si el plurilingüismo fuese un fenómeno de reciente aparición en este continente. En cambio, sería propio preguntarse cómo afectará esta nueva situación a las lenguas principales.
Creo que para contestar esta sencilla pregunta, habría que hacer un primer distingo entre las lenguas de arraigo mundial como son el inglés, el español, el portugués y el francés, y las demás lenguas “principales” de Europa, si tomamos como tales las oficiales de cada uno de los Estados.
Las cuatro grandes lenguas primeramente citadas no sufrirán ningún menoscabo, puesto que su destacada situación no depende de las ventajas que se les reconozcan en el seno de la Unión , sino que se originan en factores históricos muy consolidados ya, y cuyos efectos son difíciles de borrar o desconocer.
El español o castellano, por ejemplo, lengua franca de los españoles desde hace siglos, cuando no existía todavía el concepto de lengua oficial, seguirá siendo con toda probabilidad la lengua que los españoles, y los expañoles en su caso, emplearán para comunicarse con sus convecinos de los diferentes territorios, no importa que grado de fraccionamiento lingüístico y político experimente la península en el futuro. Por otra parte, la permanencia de la lengua española en el mundo no depende ya de lo que suceda en Europa, sino de lo que hagan los países iberoamericanos. Y si, como es muy probable, el español llegara a consolidarse como la segunda lengua de los Estados Unidos, esto contribuirá también a afianzar su posición y prestigio como lengua internacional.
Otra de las más difundidas lenguas europeas, el francés, merced a una política ejercida sin intermisión desde el siglo XVIII, había venido ejerciendo el papel de “lengua de la cultura y de la diplomacia”. Ese puesto lo perdió a raíz de la II Guerra Mundial, pero la lengua de Molière, Henry Landru y Pierre Laval permanecerá como lengua extendida en Bélgica, Suiza y Luxemburgo, y como vínculo de unión entre los países francófonos del Africa Negra, del Caribe y de la Oceanía. Además , su presencia en el Canadá le asegura una prestigiosa vecindad con el inglés dentro del seno de la hegemonía axial angloamericana, a la cual nos referiremos más adelante.
El portugués es una lengua que se ha extendido a importantes regiones del Africa, a Macao, Timor y a la totalidad del Brasil. Y poco importa que se quiera restar valor al peso que pueda adquirir la gran nación luso-americana. El crecimiento del Brasil es irregular pero imparable, un verdadero desbordamiento de la Historia que nada tiene que ver con los efectos de una política concientemente aplicada.
¿Y qué decir del inglés? Su reinado es indiscutible hoy y continuará siéndolo durante un futuro al cual todavía no se le presiente el fin. El inglés es la única de las lenguas universales europeas que tiene continuadores plenamente conscientes de lo que hacen. El eje cultural y político USA, UK, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, es ya una realidad que pesa aunque pocos la ponderan debidamente. De hecho, al “european trip” de los escolares americanos se añade desde hace años la estancia en Canadá para familiarizarse con el vecino más afín; y el viaje o la estadía en Australia, para conocer la proyección oceánica de la cultura anglo. Todo eso sin contar con que el inglés es la segunda lengua de países tan populosos como la India , Pakistán y Bangladesh, y con que posee una presencia decisiva en los países más importantes del África negra: Africa del Sur, Kenya y Zimbawue, siendo, además la segunda lengua de uso generalizado en países como Noruega, Suecia Dinamarca y Holanda y, en general, en los países menores de Europa
Hay que comprender que el inglés es lengua imperial no por ser impuesta, sino porque se expande mundialmente por las ventajas que supone, por el prestigio que brinda y por las puertas que abre sobre todo en materia de trabajo cualificado y de estudios al máximo nivel. No es sólo cuestión de armas y de electrónica, sino también de dinero y de talento bien invertidos en investigación y desarrollo que comprende, además de las ciencias y la tecnología, las humanidades y la Historia ; también las del resto del mundo. Un ejemplo: los archivos españoles poseen una ingente riqueza documental en lo que se refiere a la exploración, conquista, fundaciones y establecimientos en las tres Américas. Pero no es España ni ningún país de habla española quienes están explotando esa riqueza cultural insustituible, sino los Estados Unidos.
En cuanto al resto de las lenguas “principales” de Europa, la distancia que hay entre ellas es enorme. Piénsese en el italiano o el alemán, sostenidos por una poderosa demografía, en comparación con el rumano o con el búlgaro que ni siquiera son hablados por la totalidad de los habitantes de sus respectivos países. Las lenguas poco divulgadas que son consideradas “principales” sólo por ser las oficiales en sus respectivos Estados, se verán abocadas no solo a convivir cada vez más estrechamente con lenguas vernáculas de arraigo popular que terminarán accediendo a la consideración de lenguas de la Unión Europea , sino a ceder terreno ante el inglés, especialmente en la educación superior. Al fin y al cabo, la Unión Europea es un gigante que tiene como lengua dominante el inglés, que es por principio la lengua propia del eje anglo.
Entre las lenguas vernáculas de Europa, las que más intención expansiva demuestran son las de España, especialmente el Euskera y el catalán. El Euskera, con la propuesta de unión política que afectaría a territorios españoles y franceses y es un reto a España y Francia como Estados. El catalán, con una especie de unión indefinible entre “els Països Catalans”, en los que se incluye, además de la Comunidad Autónoma de Cataluña, el “País Valencià, Illes Balears, Principat d´Andorra, l´Alguer”,o sea Alghero, comarca y ciudad de Italia, en Cerdeña; “Catalunya Nord” , o sea el Rosellón; además de “ la Franja de Ponent”, que comprende las comarcas aragonesas del Bajo Cinca, de La Litera , de Matarraña y la Ribagorza. Pero , al parecer, las ambiciones catalanas se concretan en que en dichos lugares “no poden continuar ignorant l´existència de la llengua catalana a l´hora de fer l´etiquetatge dels seus productes ni en qualsevol altra forma de comunicació comercial.”
En suma, voluntarismo mercantil sin cortesías. Yo vendo, tú compras. Cosas veredes, Sancho amigo, pero, si me apuran, prefiero que genio y figura lo sean hasta la factura y el albarán, y no hasta la sepultura, como quieren y practican otros.
Ojalá que la política lingüística europea, que nos retrotrae paradójicamente hasta épocas del Antiguo Régimen, cuando las diferencias no eran vistas ni utilizadas como signos de enemistad, sirva para afianzar la idea de Europa como casa común donde todos los europeos se sientan cómodos a la sombra de su pequeña Babel.
También el primero de enero ha comenzado el empleo del gaélico como lengua oficial y de trabajo de la Unión. El gaélico es la lengua hablada por el 9 % de los irlandeses que, si calculamos los habitantes de Irlanda en cuatro millones doscientos mil, hace un total de trescientos setenta y ocho mil gaélico-parlantes. El gaélico –con las lógicas variantes- es también la lengua primitiva de Escocia y de la isla de Man.
La Europa ampliada tendrá así 23 lenguas oficiales y seguramente no será este el número definitivo. Europa es una gran reserva de lenguas casi desconocidas que en algún momento llegarán a adquirir el status de lenguas oficiales. Esta profusión provoca la queja de los que consideran que a Europa le están creciendo los enanos, como si el plurilingüismo fuese un fenómeno de reciente aparición en este continente. En cambio, sería propio preguntarse cómo afectará esta nueva situación a las lenguas principales.
Creo que para contestar esta sencilla pregunta, habría que hacer un primer distingo entre las lenguas de arraigo mundial como son el inglés, el español, el portugués y el francés, y las demás lenguas “principales” de Europa, si tomamos como tales las oficiales de cada uno de los Estados.
Las cuatro grandes lenguas primeramente citadas no sufrirán ningún menoscabo, puesto que su destacada situación no depende de las ventajas que se les reconozcan en el seno de la Unión , sino que se originan en factores históricos muy consolidados ya, y cuyos efectos son difíciles de borrar o desconocer.
El español o castellano, por ejemplo, lengua franca de los españoles desde hace siglos, cuando no existía todavía el concepto de lengua oficial, seguirá siendo con toda probabilidad la lengua que los españoles, y los expañoles en su caso, emplearán para comunicarse con sus convecinos de los diferentes territorios, no importa que grado de fraccionamiento lingüístico y político experimente la península en el futuro. Por otra parte, la permanencia de la lengua española en el mundo no depende ya de lo que suceda en Europa, sino de lo que hagan los países iberoamericanos. Y si, como es muy probable, el español llegara a consolidarse como la segunda lengua de los Estados Unidos, esto contribuirá también a afianzar su posición y prestigio como lengua internacional.
Otra de las más difundidas lenguas europeas, el francés, merced a una política ejercida sin intermisión desde el siglo XVIII, había venido ejerciendo el papel de “lengua de la cultura y de la diplomacia”. Ese puesto lo perdió a raíz de la II Guerra Mundial, pero la lengua de Molière, Henry Landru y Pierre Laval permanecerá como lengua extendida en Bélgica, Suiza y Luxemburgo, y como vínculo de unión entre los países francófonos del Africa Negra, del Caribe y de la Oceanía. Además , su presencia en el Canadá le asegura una prestigiosa vecindad con el inglés dentro del seno de la hegemonía axial angloamericana, a la cual nos referiremos más adelante.
El portugués es una lengua que se ha extendido a importantes regiones del Africa, a Macao, Timor y a la totalidad del Brasil. Y poco importa que se quiera restar valor al peso que pueda adquirir la gran nación luso-americana. El crecimiento del Brasil es irregular pero imparable, un verdadero desbordamiento de la Historia que nada tiene que ver con los efectos de una política concientemente aplicada.
¿Y qué decir del inglés? Su reinado es indiscutible hoy y continuará siéndolo durante un futuro al cual todavía no se le presiente el fin. El inglés es la única de las lenguas universales europeas que tiene continuadores plenamente conscientes de lo que hacen. El eje cultural y político USA, UK, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, es ya una realidad que pesa aunque pocos la ponderan debidamente. De hecho, al “european trip” de los escolares americanos se añade desde hace años la estancia en Canadá para familiarizarse con el vecino más afín; y el viaje o la estadía en Australia, para conocer la proyección oceánica de la cultura anglo. Todo eso sin contar con que el inglés es la segunda lengua de países tan populosos como la India , Pakistán y Bangladesh, y con que posee una presencia decisiva en los países más importantes del África negra: Africa del Sur, Kenya y Zimbawue, siendo, además la segunda lengua de uso generalizado en países como Noruega, Suecia Dinamarca y Holanda y, en general, en los países menores de Europa
Hay que comprender que el inglés es lengua imperial no por ser impuesta, sino porque se expande mundialmente por las ventajas que supone, por el prestigio que brinda y por las puertas que abre sobre todo en materia de trabajo cualificado y de estudios al máximo nivel. No es sólo cuestión de armas y de electrónica, sino también de dinero y de talento bien invertidos en investigación y desarrollo que comprende, además de las ciencias y la tecnología, las humanidades y la Historia ; también las del resto del mundo. Un ejemplo: los archivos españoles poseen una ingente riqueza documental en lo que se refiere a la exploración, conquista, fundaciones y establecimientos en las tres Américas. Pero no es España ni ningún país de habla española quienes están explotando esa riqueza cultural insustituible, sino los Estados Unidos.
En cuanto al resto de las lenguas “principales” de Europa, la distancia que hay entre ellas es enorme. Piénsese en el italiano o el alemán, sostenidos por una poderosa demografía, en comparación con el rumano o con el búlgaro que ni siquiera son hablados por la totalidad de los habitantes de sus respectivos países. Las lenguas poco divulgadas que son consideradas “principales” sólo por ser las oficiales en sus respectivos Estados, se verán abocadas no solo a convivir cada vez más estrechamente con lenguas vernáculas de arraigo popular que terminarán accediendo a la consideración de lenguas de la Unión Europea , sino a ceder terreno ante el inglés, especialmente en la educación superior. Al fin y al cabo, la Unión Europea es un gigante que tiene como lengua dominante el inglés, que es por principio la lengua propia del eje anglo.
Entre las lenguas vernáculas de Europa, las que más intención expansiva demuestran son las de España, especialmente el Euskera y el catalán. El Euskera, con la propuesta de unión política que afectaría a territorios españoles y franceses y es un reto a España y Francia como Estados. El catalán, con una especie de unión indefinible entre “els Països Catalans”, en los que se incluye, además de la Comunidad Autónoma de Cataluña, el “País Valencià, Illes Balears, Principat d´Andorra, l´Alguer”,o sea Alghero, comarca y ciudad de Italia, en Cerdeña; “Catalunya Nord” , o sea el Rosellón; además de “ la Franja de Ponent”, que comprende las comarcas aragonesas del Bajo Cinca, de La Litera , de Matarraña y la Ribagorza. Pero , al parecer, las ambiciones catalanas se concretan en que en dichos lugares “no poden continuar ignorant l´existència de la llengua catalana a l´hora de fer l´etiquetatge dels seus productes ni en qualsevol altra forma de comunicació comercial.”
En suma, voluntarismo mercantil sin cortesías. Yo vendo, tú compras. Cosas veredes, Sancho amigo, pero, si me apuran, prefiero que genio y figura lo sean hasta la factura y el albarán, y no hasta la sepultura, como quieren y practican otros.
Ojalá que la política lingüística europea, que nos retrotrae paradójicamente hasta épocas del Antiguo Régimen, cuando las diferencias no eran vistas ni utilizadas como signos de enemistad, sirva para afianzar la idea de Europa como casa común donde todos los europeos se sientan cómodos a la sombra de su pequeña Babel.
jueves, 4 de enero de 2007
Suposiciones Calculadas para una Incógnita*
Una fracción de la población del País Vasco electoralmente significativa percibe su propia identidad como incompatible con la española. Dicha fracción se aglutina en torno al ideario nacionalista, el cual se manifiesta en un plexo que es, recordémoslo, un conjunto que tiene capacidad para dar cabida dentro de sus diferentes teselas tanto a los formatos propios de la derecha tradicional como a los de la derecha laicista; a la social democracia propiamente dicha, como a formaciones revolucionarias de inspiración originariamente maoísta.
Con toda su complejidad, el problema, si lo hubiera, no está en la existencia del plexo, reflejo local e inevitablemente idiosincrásico de la complejidad –complexidad- de las sociedades modernas, sino en esa fracción del plexo nacionalista que se puede catalogar sin ninguna dificultad como izquierda revolucionaria.
Visualizada esta desde el punto de vista del análisis marxista –único válido, a mi modesto juicio, para enfocar el problema sin recurrir a las demagógicas atribuciones de “fascismo” o a las simplificaciones que apuntan a una “degradación moral colectiva”-, se debe tener en cuenta que en esta fracción coexisten dos tensiones distintas y opuestas.
Dichas tensiones son las que sostienen en pie a esa fracción, al mismo tiempo que son señal de su eventual debilidad.
Por una parte está la tensión internacionalista, propio de la izquierda revolucionaria desconocedora de las patrias y que no puede, sin traicionarse a sí misma, dejar de hacerse eco del estribillo “proletarios - explotados, oprimidos- del mundo, uníos”;
Y, por otra, la tensión producida por los sentimientos de ufanía y de identidad colectiva étnica y cultural propia del nacionalismo, sentimientos que están más, menos o casi nada, escorados hacia lo excluyente según la mundanología personal y la educación de quienes los sustentan.
Así las cosas, no se debe perder de vista que el momento por el que pasa el mundo – y se supone que España y las Expañas habitan todavía en él- está dominado hoy por los vientos de la reacomodación y aún de la remodelación de todas las plantillas e instrumentos de asalto al poder, que tienen que adaptarse a un nuevo escenario que viene delimitado por los parámetros siguientes:
1) la mundialización extrema de la producción industrial y del comercio, o sea la globalización, en cuanto que afecta a la polarización de la riqueza y de la pobreza; a la ubicación de la población y a la composición étnica de la misma; igual que a la futura configuración cultural y al perfil que han de adoptar las ufanías que tanta fuerza política detentan en el Reino de las Diecisiete Repúblicas.
2) la existencia de un poder hegemónico axialmente anglosajón USA, UK, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, países que se consideran recíprocamente “de confianza”, núcleo activo que ha desplazado en aspectos decisivos a una Europa “aliada” que no termina de encontrar un sitio de responsabilidad más allá de su destacado puesto en el Mercado Mundial.
3) las formaciones de izquierda revolucionaria tienen, además, que aguantar el tirón de dos hechos que las afectan de manera específica. El primero de éstos es la caída del comunismo en la Unión Soviética con la consiguiente desaparición de los núcleos de poder vicario de sus más activos países satélites; y el segundo, el ascenso de la Gran China, hacia las sumidades e inflorescencias capitalistas de la expansión mercantil, abandonando de momento la raíz del apoyo directo a las organizaciones antisistema y subversivas en cuyo cultivo se especializaron los chinos.
No es probable, a mi modesto juicio, que las formaciones de la izquierda revolucionaria -sea cual fuere el espejismo de enganche utilizado para captar la fidelidad de la población congruente- se puedan sustraer totalmente al influjo de esa singular orfandad en que han caído.
Por otra parte, esos parámetros antedichos quedarían incompletos si no se mencionase otro fenómeno de incalculable importancia: la emergencia del Islam, -de momento visible sobre todo a través de las acciones más radicales del terrorismo- y cuyas fronteras humanas son imposibles de delimitar en una Europa que está inmersa en una corriente de poblamiento acelerado con elementos de esa procedencia y que aseguran a plazo medio una trasformación cultural y étnica sin precedente en los países occidentales, cosa que terminará afectando a los nacionalismos y a las ufanías locales o regionales, compañeras inseparables de éstos.
En esta coyuntura general de megafuerzas actuando por propia resolución o por simple desbordamiento, el llamado pomposamente “Proceso de Paz” fue solo un epifenómeno local que, pese a ser una enorme pifia, puede volver a repetirse.
Per¿Podrá ETA permanecer invulnerable a la marcha general del mundo hacia la remodelación de las plantillas y de los instrumentos de asalto al poder? La constestación es: no, si carece del apoyo decidido de alguna de las megafuerzas. Los poderes gigantes del mundo actual están dichos : el poderoso eje anglo liderado por Estados Unidos y el Reino Unido, la Gran China, el creciente islámico.
En este ámbito de las megafuerzas no valen los sucedáneos. Ni una diáspora vasca favorable, ni la ayuda más o menos solapada de las nuevos núcleos “antigringo” surgidos en Iberoamérica, pueden sustituir el apoyo de cualquiera de esos grandes poderes. Con esto se habrá dado cuenta el lector que parto de un planteamiento de “escala”, según el cual el País Vasco -aún suponiendo a toda su población y a todos sus recursos económicos en condiciones de congruencia con ETA, que es suponer demasiado– solo ocupa en el panorama mundial un puesto mas bien modesto que no lo posibilita para constituirse él mismo como fuente originaria de poder.
Solo el tiempo con su capacidad resolutorio podrá decir si la ETA pasará a la Historia graduada de fracción revolucionaria que se supo servir del nacionalismo vasco como de un eficaz espejismo de enganche, logrando pervivir a pleno rendimiento en el seno de una democracia formalmente homologada, para pasar con armas y bagaje a constituirse en la hipoteca occidental sobre la Europa Unida igual que los Balkanes lo son ya en la franja de Levante. O, si, por el contrario se ha tratado de una formación revolucionaria hábilmente instrumentalizada por un nacionalismo supermaquiavélico que la habría convocado para llevar a término el trabajo sucio que las teselas burguesas del plexo no estaban dispuestas a asumir directamente.
Si continuara la acción terrorista como hasta ahora, habría que dar por descontados dos hechos. Primero, que tal actividad no será posible a la larga sin el apoyo de alguna de las megafuerzas. Segundo, que la nueva versión de la beligerancia de siempre estará más escorada hacia la lucha antisistema, que es el nuevo aspecto que toma la lucha social revolucionaria.
* A Assad Beruch, en reconocimiento por su aportación.
Con toda su complejidad, el problema, si lo hubiera, no está en la existencia del plexo, reflejo local e inevitablemente idiosincrásico de la complejidad –complexidad- de las sociedades modernas, sino en esa fracción del plexo nacionalista que se puede catalogar sin ninguna dificultad como izquierda revolucionaria.
Visualizada esta desde el punto de vista del análisis marxista –único válido, a mi modesto juicio, para enfocar el problema sin recurrir a las demagógicas atribuciones de “fascismo” o a las simplificaciones que apuntan a una “degradación moral colectiva”-, se debe tener en cuenta que en esta fracción coexisten dos tensiones distintas y opuestas.
Dichas tensiones son las que sostienen en pie a esa fracción, al mismo tiempo que son señal de su eventual debilidad.
Por una parte está la tensión internacionalista, propio de la izquierda revolucionaria desconocedora de las patrias y que no puede, sin traicionarse a sí misma, dejar de hacerse eco del estribillo “proletarios - explotados, oprimidos- del mundo, uníos”;
Y, por otra, la tensión producida por los sentimientos de ufanía y de identidad colectiva étnica y cultural propia del nacionalismo, sentimientos que están más, menos o casi nada, escorados hacia lo excluyente según la mundanología personal y la educación de quienes los sustentan.
Así las cosas, no se debe perder de vista que el momento por el que pasa el mundo – y se supone que España y las Expañas habitan todavía en él- está dominado hoy por los vientos de la reacomodación y aún de la remodelación de todas las plantillas e instrumentos de asalto al poder, que tienen que adaptarse a un nuevo escenario que viene delimitado por los parámetros siguientes:
1) la mundialización extrema de la producción industrial y del comercio, o sea la globalización, en cuanto que afecta a la polarización de la riqueza y de la pobreza; a la ubicación de la población y a la composición étnica de la misma; igual que a la futura configuración cultural y al perfil que han de adoptar las ufanías que tanta fuerza política detentan en el Reino de las Diecisiete Repúblicas.
2) la existencia de un poder hegemónico axialmente anglosajón USA, UK, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, países que se consideran recíprocamente “de confianza”, núcleo activo que ha desplazado en aspectos decisivos a una Europa “aliada” que no termina de encontrar un sitio de responsabilidad más allá de su destacado puesto en el Mercado Mundial.
3) las formaciones de izquierda revolucionaria tienen, además, que aguantar el tirón de dos hechos que las afectan de manera específica. El primero de éstos es la caída del comunismo en la Unión Soviética con la consiguiente desaparición de los núcleos de poder vicario de sus más activos países satélites; y el segundo, el ascenso de la Gran China, hacia las sumidades e inflorescencias capitalistas de la expansión mercantil, abandonando de momento la raíz del apoyo directo a las organizaciones antisistema y subversivas en cuyo cultivo se especializaron los chinos.
No es probable, a mi modesto juicio, que las formaciones de la izquierda revolucionaria -sea cual fuere el espejismo de enganche utilizado para captar la fidelidad de la población congruente- se puedan sustraer totalmente al influjo de esa singular orfandad en que han caído.
Por otra parte, esos parámetros antedichos quedarían incompletos si no se mencionase otro fenómeno de incalculable importancia: la emergencia del Islam, -de momento visible sobre todo a través de las acciones más radicales del terrorismo- y cuyas fronteras humanas son imposibles de delimitar en una Europa que está inmersa en una corriente de poblamiento acelerado con elementos de esa procedencia y que aseguran a plazo medio una trasformación cultural y étnica sin precedente en los países occidentales, cosa que terminará afectando a los nacionalismos y a las ufanías locales o regionales, compañeras inseparables de éstos.
En esta coyuntura general de megafuerzas actuando por propia resolución o por simple desbordamiento, el llamado pomposamente “Proceso de Paz” fue solo un epifenómeno local que, pese a ser una enorme pifia, puede volver a repetirse.
Per¿Podrá ETA permanecer invulnerable a la marcha general del mundo hacia la remodelación de las plantillas y de los instrumentos de asalto al poder? La constestación es: no, si carece del apoyo decidido de alguna de las megafuerzas. Los poderes gigantes del mundo actual están dichos : el poderoso eje anglo liderado por Estados Unidos y el Reino Unido, la Gran China, el creciente islámico.
En este ámbito de las megafuerzas no valen los sucedáneos. Ni una diáspora vasca favorable, ni la ayuda más o menos solapada de las nuevos núcleos “antigringo” surgidos en Iberoamérica, pueden sustituir el apoyo de cualquiera de esos grandes poderes. Con esto se habrá dado cuenta el lector que parto de un planteamiento de “escala”, según el cual el País Vasco -aún suponiendo a toda su población y a todos sus recursos económicos en condiciones de congruencia con ETA, que es suponer demasiado– solo ocupa en el panorama mundial un puesto mas bien modesto que no lo posibilita para constituirse él mismo como fuente originaria de poder.
Solo el tiempo con su capacidad resolutorio podrá decir si la ETA pasará a la Historia graduada de fracción revolucionaria que se supo servir del nacionalismo vasco como de un eficaz espejismo de enganche, logrando pervivir a pleno rendimiento en el seno de una democracia formalmente homologada, para pasar con armas y bagaje a constituirse en la hipoteca occidental sobre la Europa Unida igual que los Balkanes lo son ya en la franja de Levante. O, si, por el contrario se ha tratado de una formación revolucionaria hábilmente instrumentalizada por un nacionalismo supermaquiavélico que la habría convocado para llevar a término el trabajo sucio que las teselas burguesas del plexo no estaban dispuestas a asumir directamente.
Si continuara la acción terrorista como hasta ahora, habría que dar por descontados dos hechos. Primero, que tal actividad no será posible a la larga sin el apoyo de alguna de las megafuerzas. Segundo, que la nueva versión de la beligerancia de siempre estará más escorada hacia la lucha antisistema, que es el nuevo aspecto que toma la lucha social revolucionaria.
* A Assad Beruch, en reconocimiento por su aportación.
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