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martes, 29 de abril de 2008

Piratas y Piraterías

En español, pirata es bandido del mar. Aunque, a veces en nuestro romance los nombres de las profesiones que llevan consigo el ejercicio de la rapiña se convierten, según y cómo, en apelativos cariñosos. Así, las palabras pirata y ladrón adquieren en español regional el sentido no siempre antipático de ladrón de afectos o de pirata de corazones.

Pero aparte de esto, el sustantivo pirata se conserva igual en sentido, en escritura y en fonética, desde los tiempos más antiguos. Piratas, exactamente así, llamaban los romanos a los ladrones del mar; piratas eran los que ejercían ese oficio en la Edad Media y piratas son hoy sin paliativos los que roban, asaltan o ejercen el pillaje en la mar.

Pero hay que señalar una particularidad. Desde el punto de vista léxico, a la palabra pirata le comenzaron a salir sinónimos y equivalentes en español a partir del descubrimiento de América. El teatro de esa proliferación léxica no fue el Almirantazgo sino el Mar de las Antillas convertido en frontera imperial cuando en sus aguas entraron a la rebatiña las ambiciones de los países atlánticos de Europa.

Allí, en el Mar de las Antillas, se dieron cita, por un lado, la piratería apátrida, que se nutría de renegados y delincuentes -verdadera carne de patíbulo, como se decía entonces- huidos de todos las países de Europa y aún del Oriente Próximo; y por otro, la piratería de bandera, formada por barcos mercantes pertrechados para la guerra, cuyos armadores, dotados de licencia – la “patente de corso”- se beneficiaban de ciertos gajes como el llamado derecho de saqueo y presura cuyos frutos debían compartir con la Corona.

Del uso de la “patente de corso” se originó pronto la palabra “corsario”, que era quien ejercía esa forma de piratería oficial y legalizada.

Al lado del término corsario surgieron otros que servían para designar las variedades de piratería que en la práctica se daban.

Así, el término pichilingues, de origen desconocido y connotación despectiva, se aplicaba a los piratas de poca monta, es decir, la gentucilla que en barcos de escasos toneles como las jábegas, ejercían de descuideros de la mar, alternando, por disimulo, el ejercicio de la pesca con las labores propias de su condición de ladrones y asesinos.

En contraste, la palabra “bucanero”, más que al tipo de embarcación o a las incidencias propias de la dedicación piratesca, aludía a ciertas labores anexas a su ejercicio, como era la necesidad de abastecerse las tripulaciones de tasajo de ahumado y seco que recibía el nombre de bucán. Bucanear era ahumar carne de vacuno. Los propios piratas elaboraban el bucán con la carne de las reses robadas en las haciendas o hatos cercanos a la costa. Era ya pues, ese extendido y persistente delito de las Américas, el “abigeo” o robo de ganado, sólo que ejercido por ladrones de la mar y no por cuadrillas montadas como se practicaba hasta mediados del siglo pasado, o con grandes furgones en connivencia con quienes vigilan el tráfico por carretera, como se hace el día de hoy.

Otro término que apareció en el español de América y que concierne a la piratería es el de “filibustero”. Se dice que procede del neerlandés, frijbuiter. Pero parece más lógico que se derive del término jergal “finibusterre” con el cual se designaba jocosamente a la horca que en los navíos de su majestad se podía improvisar fácilmente con una verga y una sondaleza. Decir filibustero era referirse a alguien que merecía ser colgado por el cuello hasta expirar y llegar así al “finibusterre” cuyo sentido en latín macarrónico no se le escapará al lector.

Desde su inicial sentido de pirata o ladrón de la mar, el término filibustero ha experimentado una complicada evolución. Así, en el siglo XIX pasó a designar en América Central y en el Caribe a los aventureros europeos o norteamericanos que participaban en calidad de mercenarios en las guerras civiles del momento. También se llamó filibusteros a los miembros de expediciones que, más o menos encubiertamente fomentados por los Estados esclavistas del Sur de los Estados Unidos, buscaban la anexión de algún territorio vecino, como aconteció en México con Sonora, y en el istmo centroamericano con Nicaragua, país donde el filibustero William Walker llegó a proclamarse Presidente de la República. Las pretendidas anexiones estaban encaminadas a alterar el equilibrio de Estados esclavistas y no esclavistas que había establecido la “Transacción de Missouri”. Con el auge del marxismo en el siglo XX, filibustero comenzó a aplicarse a todos los que se oponían con las armas a los regímenes prosoviéticos, promaoistas o procastristas que surgieron en América.

¿En qué categoría encajar a los piratas que acaban de asaltar al pesquero español “Playa de Bakio”? Sin duda en el de los pichilingues, si no fuera término en desuso. Son descuideros de la mar que actúan a mansalva en los estrechos, en las cercanías de las costas y seguramente contando con la vista gorda de las autoridades locales, si en aquellos lugares hubiera alguna cosa parecida a lo que aquí llamamos autoridad.

El armamento de estos pichilingues de ahora es de procedencia soviética: 1) el fusil de asalto AK-47, del calibre 7,62 X 39 mm., punto de mira elevado, cargador curvo y guardamanos y culatín de madera; 2) el PKM, ametrallador del mismo calibre que el AK-47, y que, como éste, tiene también el punto de mira elevado; va provisto de bípode, de asa de transporte y de culata de madera que, al tener una forma muy característica, se distingue con facilidad incluso en las fotografías que nos llegan. Otra de las armas portadas por los piratas es el lanza-cohetes RPG-7, calibre 40 mm., que es manejado por un hombre solo y va provisto de dos empuñaduras de tipo pistolete. El RPG-7 tiene un alcance efectivo de 100 a 300 metros y se carga, como se puede apreciar en las fotografías, por la boca de fuego.

Todas estas armas fueron repartidas generosamente por los soviéticos entre sus amigos africanos durante los últimos años de la guerra fría y son las que tienen las distintas “fuerzas armadas” de Somalia. Saque el lector, si le da la gana, las consecuencias del caso.

Los norteamericanos quieren convocar una conferencia internacional del mar que permita proceder eficazmente contra la piratería. Pero los problemas de ese espacio sin leyes que es el mar, son tan grandes y tan complejos, que una conferencia internacional equivaldría a aplazar la solución a la esperpéntica semana de los siete jueves. Como el asunto es complejo, y hay formaciones islamistas al acecho en el Cuerno de Africa y China parece -entre sonrisa y sonrisa- dispuesta a asumir la generosa tarea de repartir armas a los negritos –como se ha comprobado en muy recientes alijos destinados a Zimbawe- al final tendrán los americanos que ejercer de gendarme de las aguas, barco a barco y patera a patera. Ya lo hicieron, recién ganada su independencia de Inglaterra, con los piratas berberiscos cuando estos asaltaban a los barcos que arbolaban la entonces desconocida bandera de las barras y estrellas. Por eso pueden sus infantes de marina proclamar en su himno que se han batido desde “ el pórtico de Moctezuma hasta los arenales de Argel.”

¿Qué remedio hay frente a la piratería? De momento, descartados los cañonazos, no hay otro que pagar el rescate y pagar el pato. Lo que se acostumbra en casos parecidos Y aún diremos que el pescado es caro.

viernes, 18 de abril de 2008

¿Qué Defensa?

El nombramiento de una joven dama para ocupar el cargo de Ministro de Defensa pone a las Fuerzas Armadas en el punto de mira de la curiosidad pública en momentos de especial significación. Pues, si por una parte, la intervención militar en misiones internacionales de riesgo y compromiso constituye hoy por hoy la constancia más clara de que España existe en el concierto de las naciones y de que aún se alinea en las filas de Occidente, por otra parte, los ejércitos tienen que cumplir dicha tarea con personal escaso, ajustándose a un presupuesto raquítico, empleando un material insuficiente y, encima, ubicándose en un lugar de menor prestigio y significación dentro de la Administración Pública. Las causas de esta situación son complejas de examinar y comprometidas de enjuiciar Pero conviene intentarlo aún sabiendo que, por la materia misma, habrá aspectos que caen fuera de las posibilidades de información al público, entre el cual me cuento de buen grado.

La primera dificultad para enjuiciar con serenidad el papel de las fuerzas armadas deriva paradójicamente del hecho de que ya no existe el servicio militar obligatorio. Esta circunstancia es interpretada como un logro de la izquierda, que se habría empeñado en la extinción de dicho servicio exonerando al pueblo de esa especie de impuesto personal, mientras que la derecha habría empleado sus energías en favorecer a las grandes fortunas aliviándolas, en parte, del peso de los impuestos. De hecho, esta fue la posición sostenida por los partidos que hoy se acogen a la Izquierda mas que todo como denominación de origen, si bien, la decisión de abolir el servicio militar obligatorio la tomó precisamente un gobierno conservador, lo cual, como se verá a continuación, es perfectamente coherente con esa ideología.

Porque, mirando el tema con más profundidad, nos encontramos con que el servicio militar obligatorio nació de la praxis revolucionaria y no de las rutinas conservadoras. El grito de “Aux armes citoyens” no es sólo una estrofa retórica de La Marsellesa, sino una imposición de la Revolución Francesa. Tampoco fue mero recurso retórico la formación de los “soviets” de soldados y obreros de la revolución bolchevique. Ni en la revolución china fue mera casualidad que la completa identificación entre el pueblo y el Ejército, preconizada por Mao Zedong y sus seguidores de todo el mundo, se basara en un servicio militar obligatorio que ponía especial cuidado en el encuadramiento ideológico de los reclutas. Durante todo el siglo XX, no hubo revolución sin servicio militar obligatorio, ni en Kampuchea o Vietnam, ni en Cuba o Nicaragua.

Vayamos ahora a las distancias cortas. Consideremos el golpe antimonárquico de diciembre de 1930, organizado por los republicanos que participaron en el Pacto de San Sebastián. No hay porqué olvidar en este momento de reanimación de memorias históricas, que los republicanos encontraron en esa ocasión apoyo en el Ejército. La razón es muy sencilla: con un ejército basado en el servicio militar obligatorio, es fácil dar verosimilitud a la interesada especie de que detrás de los jefes y mandos insurrectos se agazapa siempre la figura rugiente y reivindicativa del pueblo en armas. Es bajo esta lente que se debe leer el bando publicado en Jaca en apoyo de la revolución republicana que los capitanes Galán y García Hernández habían hecho triunfar encabezando la guarnición de Jaca : “Como delegado del Comité Revolucionario Nacional, a todos los habitantes de esta ciudad y demarcación, hago saber. Artículo Único: Aquél que se oponga de palabra o por escrito, que conspire o haga armas contra la República naciente será fusilado sin formación de causa. Dado en Jaca a 12 de diciembre de 1930. Firmado: Fermín Galán.

Mirando el tapiz por el envés: ¿acaso quiere esto decir que el profesionalizar la milicia ha traído consigo la vuelta a posturas propias del antiguo régimen? Simplificando el análisis, cabría decir que sí, bien que en un punto concreto. Pero los siglos no pasan en vano y no en vanos mudan las vigencias, las necesidades y la manera de enfocar la paz y la guerra. Habrá, pues, que añadir matices a la paleta histórica que quiere pintar el lienzo de la Historia siguiendo el diseño de dos esbozos simplistas: 1) El ejército nutrido por reclutas es ya en esbozo del ejército de las repúblicas populares. 2) Los ejércitos profesionales preludian el dominio de los pretorianos.

El temor a esos hipotéticos pretorianos es lo que podría impulsar hoy a fomentar indirectamente cierto grado de indisciplina y desilusión en la tropa, cierto grado de burocratización en los mandos, cierto grado de rivalidad entre los oficiales de academia militar y los oficiales de complemento, cierto grado de desabastecimiento en lo que se refiere al material, cierto grado de aislamiento en lo que se refiere al contacto con el pueblo, cierto grado de infidencia en los servicios de inteligencia, esperando que estas deficiencias –buscadas, pero contenidas en sus límites- no sobrepasen el nivel a partir del cual los ejércitos modernos comienzan a ser perfectamente ineficaces. Un “ten, contén” parecido a lo que pasa con las rabias, también “contenidas”, que cubren la apariencia de clamar por la paz y la justicia, pero sin ofender a los que están en condiciones de tomar venganza.

Pero hay que ir a la realidad, no a las ensoñaciones. Y la realidad nos habla de la necesidad de la presencia militar en misiones internacionales, desde Afganistán hasta Cabo Verde, desde Haití al Kosovo. Nos habla también de la necesidad de que los ejércitos puedan responder a ataques terroristas de inspiración internacional. Nos habla de la urgencia de que las fuerzas armadas puedan hacer frente a la eventualidad de un conflicto irregular con bajas masivas y nos habla también de la posibilidad de magnicidios múltiples que pongan al Estado patas arriba y a los ciudadanos patas abajo.

Mas por encima de todo, una sola cosa permanece igual: la necesidad de plantear la defensa de acuerdo a supuestos geoestratégicos invariantes.Y en este sentido la península Ibérica es ahora lo que siempre ha sido por sus coordenadas geográficas: baluarte sur-occidental del continente europeo y, en consecuencia, posible teatro para una guerra nunca imposible; y, quieras que no, covigilante junto con Inglaterra, con Marruecos y con la OTAN-Estados Unidos, de la derrota Norte-Sur a través del Atlántico y de la derrota Este-Oeste a través del estrecho de Gibraltar y del Mediterráneo, en un momento en que las grandes potencias marítimas preparan sus armadas para guerras de litoral.

Miro la foto de la señora ministra pasando revista a las tropas en formación. La comparo con otra foto de mi archivo datada en 1922: una dama, título con grandeza, donostiarra por cierto, visita en Marruecos el cuartel general de la Legión. Luce tacones altos, sombrero al estilo de la época y traje de alta costura. Detrás de ella, a caballo, la figura inconfundible, tétrica, grandiosa, del General Millán Astray. Las tropas, formadas, presentan armas ante la dama visitante, a la cual rinden homenaje por su condición de Grande de España. Era el protocolo. El rey era entonces también el jefe supremo de las fuerzas armadas, pero las cosas han cambiado. La foto de hoy se me antoja una greguería de enorme e inesperado sentido: una mujer encinta revisando las tropas en un país abortista donde, a cuento de hacer diecisiete países o los que salgan del retranqueo, se favorece la disminución de su población nativa, sean vascos o maquetos, catalanes o charnegos. Ojalá viéramos algún día que la mano que se atreva a llegar a mover la cuna llegue también a mover el mundo. De momento, cabe esperar que se dote a los ejércitos del material moderno que necesitan para dejar de ser “un punto de referencia” a la hora de hablar de accidentes y de precariedad de medios.

jueves, 3 de abril de 2008

Diálogo Chinfónico de la Mamacita Muerta

Preguntón.- ¿No le incomodan los rigores de la religión católica, su propensión a inventar pecados y a regalarnos con horribles infiernos?

Respondón.-No demasiado, la verdad. Hobbes dijo que el hombre es un lobo para el hombre y Sartre que el infierno son los otros. O sea, que hay quien pone el infierno más cerca de lo que la Iglesia ha dicho. Para mí, el llamado rigorismo de la Iglesia, viene compensado por la práctica sacramental del perdón o de la reconciliación. Contando con éste, cabría decir que la católica es una religión de manga ancha. Y le voy a poner un ejemplo fácil de entender.

Preguntón.- Pues Vuestra Merced dirá.

Respondón.- Supongamos que Ud., ha dado muerte a la madre que lo parió.

Preguntón.- escandalizado-: Pero ¿qué dice Vuestra Merced?

Respondón.- Digo que vamos a suponer que Ud. ha matado a su mamacita que lo dio a luz. Y haga el favor de no poner objeciones a este ejemplo, porque tal como están las cosas, no se puede descartar sin más el parricidio, y con un poco de suerte y la publicidad institucional conveniente, puede incluso que de aquí a unos años sea admisible para la sociedad en concepto de nueva práctica humanitaria que venga a recortar, aunque sea un poco, la cuantiosa suma que la seguridad social gasta en atender a esos millares de viejos y viejas, que están más para la trituradora que para cualquier otra cosa y que llenan las aceras de nuestras ciudades estorbando el ágil pedaleo de los ciclistas.

Supongamos, digo, que Ud. ha matado a su señora madre y la policía, en un momento de suerte que también le toca a ella de vez en cuando, ha conseguido trincarlo y llevarlo ante los tribunales. Supongamos que encima, en un golpe de mala suerte para Ud., en vez de absolverlo por falta de pruebas, va y lo condenan a prisión.

Supongamos, para remate, que a Ud., buen hombre, no le resultan convincentes ni sus propias razones justificadoras, que de haberlas haylas para cualquier cosa, ni las que le suministra el Psicólogo o la Psicóloga. Ya sabe: que si su señora madre era una mujer muy pesada. Que si su madre lo tuvo a Ud. cuando ella tenía más de 35 años de edad, o sea, cuando Ud. más valía para el aborto que para el nacimiento. Que si a ella le crecía en el mentón el llamado “pelo de la bruja” que le pinchaba cuando, siendo Ud. un pequeñuelo indefenso, le besaba ella en la cara; y que esto le vino a crear a Ud., cuando todavía era un bebé, un resentimiento tal que, fermentando en la jícara de su cabeza, ha llegado a provocarle un cacao mental de tal categoría que le ha inducido a buscar su desenlace final en el asesinato de su progenitora. Que si en el fondo la pobre mujer se merecía la muerte porque lo había arrojado a Ud. a este matorral que es la vida sin consultarle primero, demostrando el abismo de irresponsabilidad en que puede caer una mujer, víctima a su vez de una educación machista que la obligaba a asumir papeles estereotipados de madre abnegada y besucona, como si estas actividades tan molestas y cargantes fueran inherentes a la supuesta ternura del “género” femenino. Que si en definitiva le dió Ud. muerte a su señora madre en un acto que fue la mar de generoso y desinteresado, pues hubiera podido sacar rendimiento económico al cadáver poniéndolo a fermentar en la tina de compostaje que como buen ecologista tenía instalada en su casa, y sin embargo no lo hizo. Y que, al fin y al cabo, si la mató por la espalda, fue con el nobilísimo propósito de ahorrarle a la cuitada la terrible desilusión de saberse asesinada por su propio hijo, que según ideas tradicionales -dichosamente superadas para la mayoría progresista- puede llegar a resultar muy desagradable.

Supongamos, pues, que ud. está lo suficientemente chapado a la antigua y estragado por la enseñanza religiosa de los tiempos de la Dictadura como para no atreverse a hacer callar la voz de su conciencia que le grita a todas horas: “¡Has matado a tu madre, grandísimo cabrón!” “¡Has matado a tu madre, malvado hideputa!” Y conducido por esta voz, que ya le resulta obsesiva, decide acudir a la confesión sacramental.

Supongamos que por una de esas casualidades que solemos llamar felices, se pone a su alcance algún curilla despistado que, más que nada por amistad hacia Ud., se muestra dispuesto a administrarle un sacramento que hoy resulta antipático a muchos clérigos.

Supongamos que Ud., decidido a llevar a cabo su propósito de confesarse bien, entra en profunda y sincera introspección que, encima, no le resultará muy cara, quiero decir expendiosa, porque para hacerla no tendrá que desplazarse a Katmandú o al gran monasterio shinto, en Kobe; ni a la Multiversity Osho que hay instalada cerca de Bombay, o a los arenales místicos del desierto de Mohave, ni al Paralelo 33 en el Uruguay o al punto Rosacruz, en San José de California, ni siquiera a las instalaciones lamaístas de la Sierra Nevada.

Y suponiendo que superada la recta final del examen de conciencia decide Ud., buen hombre, expresar el arrepentimiento que lo embarga, y cae de rodillas soltando de una vez aquello de “Me acuso de haber matado a mi madre y pido perdón y penitencia.”

¿Qué cree que le podrá decir el despavorido curilla ante esa declaración de Ud.? Y perdone que por una vez me haya convertido en preguntón, pero comprenderá que es una interrogación puramente dialéctica que no ha sido formulada para exigirle una respuesta, sino para situarlo ante la obligación de ejercitar la funesta manía de pensar. Estoy seguro, digo, que el cura no le preguntará que cuántas veces lo ha hecho, porque es sabido que madre sólo hay una y, en consecuencia, sólo se le puede dar muerte una vez, muy al contrario de los fetos que los muy tontos admiten la simple interrupción, como lo ha demostrado la praxis científico-médica expañola que por eso es admirada en todo el mundo. A lo sumo, si el clérigo es de los que aspiran a enterarse de lo que tiene que absolver en nombre y en la persona de Cristo, le preguntará a Ud. -y creo que más que todo para buscarle un atenuante o un eximente según las costumbres del lugar- si la mató por motivaciones políticas o por ser concejala de un partido no del todo normalizable; o si se trataba de la madre biológica o de sangre, o tan sólo de la buena mujer que hizo de portamaletas del feto por unos eurillos de ayuda de costos, así que el feo asunto se zanjará con una sentencia de perdón, del estilo de “arrepiéntete de tus pecados y reza tres padrenuestros y tres avemarías,” o -si la cosa lingüística va incluída en el lote- con un “apréndete el Padre Nuestro en euskera ¿bai? o, coloquialmente y sin el menor cuidado por el lenguaje académico: errezaezazu errosariobat eta joan zaitez Arantzazura peregrinazioa egitera” y herejías por el estilo. Y encima de tanta facilidad, si el cura además de serlo, fuere hombre devoto y creyente -lo de practicante es externidad que se le ha de suponer sin más averiguaciones- asumirá para sí la tarea de encomendar al Señor que mira en lo secreto la sinceridad del arrepentimiento y la firmeza del propósito de enmienda, y orará porque su confesión sea de veras ocasión de encuentro alegre y pacificador con el Padre de Bondad y Misericordia. Amén.

Preguntón.- Perplejo- : ¿Y?

Respondón.- Así que no me venga ahora con durezas cristianas ni zarandajas por el estilo. A esto le llamaría, ya lo dije, manga ancha o ancha manga, y manga con premio.

Preguntón.- ¿Mangas? ¿Los dibujos japoneses de Tachiro Sobaku, premiados en la sexagésima Novena edición del Certamen de Takaoka, en Honshu?

Respondón.- Calle, por su vida, calle, que nos oirán de la calle, que diría Quevedo.

Preguntón.- Con aire de quien no está dispuesto a “dejarla pasar”- : ¿Callar yo? ¿Por un casual se llama Vuestra Merced Aitor Amordazabal?