En español, pirata es bandido del mar. Aunque, a veces en nuestro romance los nombres de las profesiones que llevan consigo el ejercicio de la rapiña se convierten, según y cómo, en apelativos cariñosos. Así, las palabras pirata y ladrón adquieren en español regional el sentido no siempre antipático de ladrón de afectos o de pirata de corazones.
Pero aparte de esto, el sustantivo pirata se conserva igual en sentido, en escritura y en fonética, desde los tiempos más antiguos. Piratas, exactamente así, llamaban los romanos a los ladrones del mar; piratas eran los que ejercían ese oficio en
Pero hay que señalar una particularidad. Desde el punto de vista léxico, a la palabra pirata le comenzaron a salir sinónimos y equivalentes en español a partir del descubrimiento de América. El teatro de esa proliferación léxica no fue el Almirantazgo sino el Mar de las Antillas convertido en frontera imperial cuando en sus aguas entraron a la rebatiña las ambiciones de los países atlánticos de Europa.
Allí, en el Mar de las Antillas, se dieron cita, por un lado, la piratería apátrida, que se nutría de renegados y delincuentes -verdadera carne de patíbulo, como se decía entonces- huidos de todos las países de Europa y aún del Oriente Próximo; y por otro, la piratería de bandera, formada por barcos mercantes pertrechados para la guerra, cuyos armadores, dotados de licencia – la “patente de corso”- se beneficiaban de ciertos gajes como el llamado derecho de saqueo y presura cuyos frutos debían compartir con
Del uso de la “patente de corso” se originó pronto la palabra “corsario”, que era quien ejercía esa forma de piratería oficial y legalizada.
Al lado del término corsario surgieron otros que servían para designar las variedades de piratería que en la práctica se daban.
Así, el término pichilingues, de origen desconocido y connotación despectiva, se aplicaba a los piratas de poca monta, es decir, la gentucilla que en barcos de escasos toneles como las jábegas, ejercían de descuideros de la mar, alternando, por disimulo, el ejercicio de la pesca con las labores propias de su condición de ladrones y asesinos.
En contraste, la palabra “bucanero”, más que al tipo de embarcación o a las incidencias propias de la dedicación piratesca, aludía a ciertas labores anexas a su ejercicio, como era la necesidad de abastecerse las tripulaciones de tasajo de ahumado y seco que recibía el nombre de bucán. Bucanear era ahumar carne de vacuno. Los propios piratas elaboraban el bucán con la carne de las reses robadas en las haciendas o hatos cercanos a la costa. Era ya pues, ese extendido y persistente delito de las Américas, el “abigeo” o robo de ganado, sólo que ejercido por ladrones de la mar y no por cuadrillas montadas como se practicaba hasta mediados del siglo pasado, o con grandes furgones en connivencia con quienes vigilan el tráfico por carretera, como se hace el día de hoy.
Otro término que apareció en el español de América y que concierne a la piratería es el de “filibustero”. Se dice que procede del neerlandés, frijbuiter. Pero parece más lógico que se derive del término jergal “finibusterre” con el cual se designaba jocosamente a la horca que en los navíos de su majestad se podía improvisar fácilmente con una verga y una sondaleza. Decir filibustero era referirse a alguien que merecía ser colgado por el cuello hasta expirar y llegar así al “finibusterre” cuyo sentido en latín macarrónico no se le escapará al lector.
Desde su inicial sentido de pirata o ladrón de la mar, el término filibustero ha experimentado una complicada evolución. Así, en el siglo XIX pasó a designar en América Central y en el Caribe a los aventureros europeos o norteamericanos que participaban en calidad de mercenarios en las guerras civiles del momento. También se llamó filibusteros a los miembros de expediciones que, más o menos encubiertamente fomentados por los Estados esclavistas del Sur de los Estados Unidos, buscaban la anexión de algún territorio vecino, como aconteció en México con Sonora, y en el istmo centroamericano con Nicaragua, país donde el filibustero William Walker llegó a proclamarse Presidente de
¿En qué categoría encajar a los piratas que acaban de asaltar al pesquero español “Playa de Bakio”? Sin duda en el de los pichilingues, si no fuera término en desuso. Son descuideros de la mar que actúan a mansalva en los estrechos, en las cercanías de las costas y seguramente contando con la vista gorda de las autoridades locales, si en aquellos lugares hubiera alguna cosa parecida a lo que aquí llamamos autoridad.
El armamento de estos pichilingues de ahora es de procedencia soviética: 1) el fusil de asalto AK-47, del calibre 7,62 X
Todas estas armas fueron repartidas generosamente por los soviéticos entre sus amigos africanos durante los últimos años de la guerra fría y son las que tienen las distintas “fuerzas armadas” de Somalia. Saque el lector, si le da la gana, las consecuencias del caso.
Los norteamericanos quieren convocar una conferencia internacional del mar que permita proceder eficazmente contra la piratería. Pero los problemas de ese espacio sin leyes que es el mar, son tan grandes y tan complejos, que una conferencia internacional equivaldría a aplazar la solución a la esperpéntica semana de los siete jueves. Como el asunto es complejo, y hay formaciones islamistas al acecho en el Cuerno de Africa y China parece -entre sonrisa y sonrisa- dispuesta a asumir la generosa tarea de repartir armas a los negritos –como se ha comprobado en muy recientes alijos destinados a Zimbawe- al final tendrán los americanos que ejercer de gendarme de las aguas, barco a barco y patera a patera. Ya lo hicieron, recién ganada su independencia de Inglaterra, con los piratas berberiscos cuando estos asaltaban a los barcos que arbolaban la entonces desconocida bandera de las barras y estrellas. Por eso pueden sus infantes de marina proclamar en su himno que se han batido desde “ el pórtico de Moctezuma hasta los arenales de Argel.”
¿Qué remedio hay frente a la piratería? De momento, descartados los cañonazos, no hay otro que pagar el rescate y pagar el pato. Lo que se acostumbra en casos parecidos Y aún diremos que el pescado es caro.