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jueves, 3 de abril de 2008

Diálogo Chinfónico de la Mamacita Muerta

Preguntón.- ¿No le incomodan los rigores de la religión católica, su propensión a inventar pecados y a regalarnos con horribles infiernos?

Respondón.-No demasiado, la verdad. Hobbes dijo que el hombre es un lobo para el hombre y Sartre que el infierno son los otros. O sea, que hay quien pone el infierno más cerca de lo que la Iglesia ha dicho. Para mí, el llamado rigorismo de la Iglesia, viene compensado por la práctica sacramental del perdón o de la reconciliación. Contando con éste, cabría decir que la católica es una religión de manga ancha. Y le voy a poner un ejemplo fácil de entender.

Preguntón.- Pues Vuestra Merced dirá.

Respondón.- Supongamos que Ud., ha dado muerte a la madre que lo parió.

Preguntón.- escandalizado-: Pero ¿qué dice Vuestra Merced?

Respondón.- Digo que vamos a suponer que Ud. ha matado a su mamacita que lo dio a luz. Y haga el favor de no poner objeciones a este ejemplo, porque tal como están las cosas, no se puede descartar sin más el parricidio, y con un poco de suerte y la publicidad institucional conveniente, puede incluso que de aquí a unos años sea admisible para la sociedad en concepto de nueva práctica humanitaria que venga a recortar, aunque sea un poco, la cuantiosa suma que la seguridad social gasta en atender a esos millares de viejos y viejas, que están más para la trituradora que para cualquier otra cosa y que llenan las aceras de nuestras ciudades estorbando el ágil pedaleo de los ciclistas.

Supongamos, digo, que Ud. ha matado a su señora madre y la policía, en un momento de suerte que también le toca a ella de vez en cuando, ha conseguido trincarlo y llevarlo ante los tribunales. Supongamos que encima, en un golpe de mala suerte para Ud., en vez de absolverlo por falta de pruebas, va y lo condenan a prisión.

Supongamos, para remate, que a Ud., buen hombre, no le resultan convincentes ni sus propias razones justificadoras, que de haberlas haylas para cualquier cosa, ni las que le suministra el Psicólogo o la Psicóloga. Ya sabe: que si su señora madre era una mujer muy pesada. Que si su madre lo tuvo a Ud. cuando ella tenía más de 35 años de edad, o sea, cuando Ud. más valía para el aborto que para el nacimiento. Que si a ella le crecía en el mentón el llamado “pelo de la bruja” que le pinchaba cuando, siendo Ud. un pequeñuelo indefenso, le besaba ella en la cara; y que esto le vino a crear a Ud., cuando todavía era un bebé, un resentimiento tal que, fermentando en la jícara de su cabeza, ha llegado a provocarle un cacao mental de tal categoría que le ha inducido a buscar su desenlace final en el asesinato de su progenitora. Que si en el fondo la pobre mujer se merecía la muerte porque lo había arrojado a Ud. a este matorral que es la vida sin consultarle primero, demostrando el abismo de irresponsabilidad en que puede caer una mujer, víctima a su vez de una educación machista que la obligaba a asumir papeles estereotipados de madre abnegada y besucona, como si estas actividades tan molestas y cargantes fueran inherentes a la supuesta ternura del “género” femenino. Que si en definitiva le dió Ud. muerte a su señora madre en un acto que fue la mar de generoso y desinteresado, pues hubiera podido sacar rendimiento económico al cadáver poniéndolo a fermentar en la tina de compostaje que como buen ecologista tenía instalada en su casa, y sin embargo no lo hizo. Y que, al fin y al cabo, si la mató por la espalda, fue con el nobilísimo propósito de ahorrarle a la cuitada la terrible desilusión de saberse asesinada por su propio hijo, que según ideas tradicionales -dichosamente superadas para la mayoría progresista- puede llegar a resultar muy desagradable.

Supongamos, pues, que ud. está lo suficientemente chapado a la antigua y estragado por la enseñanza religiosa de los tiempos de la Dictadura como para no atreverse a hacer callar la voz de su conciencia que le grita a todas horas: “¡Has matado a tu madre, grandísimo cabrón!” “¡Has matado a tu madre, malvado hideputa!” Y conducido por esta voz, que ya le resulta obsesiva, decide acudir a la confesión sacramental.

Supongamos que por una de esas casualidades que solemos llamar felices, se pone a su alcance algún curilla despistado que, más que nada por amistad hacia Ud., se muestra dispuesto a administrarle un sacramento que hoy resulta antipático a muchos clérigos.

Supongamos que Ud., decidido a llevar a cabo su propósito de confesarse bien, entra en profunda y sincera introspección que, encima, no le resultará muy cara, quiero decir expendiosa, porque para hacerla no tendrá que desplazarse a Katmandú o al gran monasterio shinto, en Kobe; ni a la Multiversity Osho que hay instalada cerca de Bombay, o a los arenales místicos del desierto de Mohave, ni al Paralelo 33 en el Uruguay o al punto Rosacruz, en San José de California, ni siquiera a las instalaciones lamaístas de la Sierra Nevada.

Y suponiendo que superada la recta final del examen de conciencia decide Ud., buen hombre, expresar el arrepentimiento que lo embarga, y cae de rodillas soltando de una vez aquello de “Me acuso de haber matado a mi madre y pido perdón y penitencia.”

¿Qué cree que le podrá decir el despavorido curilla ante esa declaración de Ud.? Y perdone que por una vez me haya convertido en preguntón, pero comprenderá que es una interrogación puramente dialéctica que no ha sido formulada para exigirle una respuesta, sino para situarlo ante la obligación de ejercitar la funesta manía de pensar. Estoy seguro, digo, que el cura no le preguntará que cuántas veces lo ha hecho, porque es sabido que madre sólo hay una y, en consecuencia, sólo se le puede dar muerte una vez, muy al contrario de los fetos que los muy tontos admiten la simple interrupción, como lo ha demostrado la praxis científico-médica expañola que por eso es admirada en todo el mundo. A lo sumo, si el clérigo es de los que aspiran a enterarse de lo que tiene que absolver en nombre y en la persona de Cristo, le preguntará a Ud. -y creo que más que todo para buscarle un atenuante o un eximente según las costumbres del lugar- si la mató por motivaciones políticas o por ser concejala de un partido no del todo normalizable; o si se trataba de la madre biológica o de sangre, o tan sólo de la buena mujer que hizo de portamaletas del feto por unos eurillos de ayuda de costos, así que el feo asunto se zanjará con una sentencia de perdón, del estilo de “arrepiéntete de tus pecados y reza tres padrenuestros y tres avemarías,” o -si la cosa lingüística va incluída en el lote- con un “apréndete el Padre Nuestro en euskera ¿bai? o, coloquialmente y sin el menor cuidado por el lenguaje académico: errezaezazu errosariobat eta joan zaitez Arantzazura peregrinazioa egitera” y herejías por el estilo. Y encima de tanta facilidad, si el cura además de serlo, fuere hombre devoto y creyente -lo de practicante es externidad que se le ha de suponer sin más averiguaciones- asumirá para sí la tarea de encomendar al Señor que mira en lo secreto la sinceridad del arrepentimiento y la firmeza del propósito de enmienda, y orará porque su confesión sea de veras ocasión de encuentro alegre y pacificador con el Padre de Bondad y Misericordia. Amén.

Preguntón.- Perplejo- : ¿Y?

Respondón.- Así que no me venga ahora con durezas cristianas ni zarandajas por el estilo. A esto le llamaría, ya lo dije, manga ancha o ancha manga, y manga con premio.

Preguntón.- ¿Mangas? ¿Los dibujos japoneses de Tachiro Sobaku, premiados en la sexagésima Novena edición del Certamen de Takaoka, en Honshu?

Respondón.- Calle, por su vida, calle, que nos oirán de la calle, que diría Quevedo.

Preguntón.- Con aire de quien no está dispuesto a “dejarla pasar”- : ¿Callar yo? ¿Por un casual se llama Vuestra Merced Aitor Amordazabal?

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