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jueves, 14 de mayo de 2009

Gracias a la Crisis

A la crisis global hay que agradecerle el que haya servido para restaurar el valor de las gentes en las distancias cortas: del prójimo, ese colectivo que tenemos al lado aunque no necesariamente esté de nuestro lado.

Porque, a la hora de la verdad, resulta que no es lo mismo que una mercancía se produzca en un razonable “aquí”, que en cualquier extremo del mundo. Ni tampoco es igual que aquellos a los cuales la crisis va arrojando a la cuneta caigan precisamente a nuestro lado, o lo hagan sobre horizontes lejanos y ajenos que ya tienen sus propios responsables.

La crisis nos ha recordado también que los bancos, y ya no digamos las cajas, están llamadas a cumplir su cometido en función del bien social y no sólo con miras al provecho capitalista. La crisis hace resaltar la verdad: todos navegamos en el mismo barco.

Pero sería ingenuo creerse aquello de que todos sufren la crisis por igual. La sociedad interclasista ha alterado el sistema de clases, pero no sin incluir en el nuevo diseño diferencias que pueden en ocasiones llegar a ser muy acentuadas. La crisis nos hace el grandísimo favor de poner este extremo en evidencia.

Nuestra sociedad ha fomentado en los individuos el mal hábito de rehuir las propias responsabilidades para atribuirlas a la Administración Pública, derivando todo el poder ciudadano a los políticos, que lo usufructúan por medio de los votos y de las promesas halagüeñas. A la crisis debemos la fácil comprobación de que la mentira no consigue engañar a todos.

También se ha fomentado un sistema legal permisivo que suelta al chorizo, ignora al reincidente, y permite al poderoso y al desalmado capaz de amedrantamiento y de soborno esquivar las consecuencias de sus actos punibles. En cambio presume de jurisdicciones “donde no se pone sol” para que jueces estrella juzguen delitos que en realidad se escapan a su conocimiento y competencia. A la crisis, debemos que los ciudadanos hayan comenzado a percibir que hacer justicia es algo más que montar espectáculos circenses.

A la crisis debemos, en fin, el ponernos sobre aviso de que aún se está a tiempo de evitar el peor de los errores como sería dejar morir, por desgaste y abandono, lo que todavía queda del sentido de equidad social, base a su vez de la solidaridad activa y de la cohesión ciudadana por encima de partidos políticos y de partidas contables.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Los Bollos de Obama


Logre o no el presidente Obama el éxito en la gestión de la crisis internacional a la que su país se enfrenta como potencia rectora en lo político y en lo económico, al final, la importancia de su mandato sólo se medirá por el feliz remate de una tarea de régimen interno: completar la integración social y humana de leucodermos y melanodermos en la sociedad norteamericana.

No será tarea fácil ni breve. Quienes no hayan vivido en países plurirraciales no tendrán nunca noción cabal de los recelos que se plantean entre iguales jurídicos a los cuales el color, la morfología corporal y en parte las costumbres proclaman diferentes. La raza constituye un uniforme del cual no se puede prescindir.

La sociedad “negra” americana es hoy un conglomerado donde se manifiestan todas las clases sociales. Pero hasta ahora, la separación, inexistente en las leyes, ha dominado sin decretos en los hábitos generales de convivencia. Cada uno, negro o blanco, ha estado acostumbrado a buscar su propio ambiente, a acomodarse con los suyos, sobre todo en materia de ocio y diversiones. Pero la subida de Obama al sillón presidencial –que allí es símbolo de meta final y perfecta– ha provocado una reacción que para muchos resulta extraña: los negros burgueses buscan ahora la compañía de sus iguales sociales. Negros ricos y educados, con blancos ricos y educados. La transversalidad social muestra amagos de querer funcionar a plenitud. Los restaurantes caros y los “malls” lujosos, hasta hace nada cotos no definidos de los blancos, son hoy frecuentados también por la población negra de equivalente categoría o posición social.

Este hecho, que incluso la prensa sensacionalista vive con pudor que hay que suponer hijo de la prudencia, es asequible a la observación inteligente que no dejará, por cierto, de consignar también un fenómeno paralelo: desde el triunfo de Obama, la venta de armas entre los blancos ha crecido en una medida comparable al “subidón” armamentístico que se produjo  como consecuencia del ataque a las Torres Gemelas. Entonces compraban armas por si acaso había que defender el patio frente a “muslims” agresivos, ahora lo hacen por si acaso el bullir de los “negros” en los nuevos ambientes donde quieren empezar a sentirse cómodos, obedece a una conspiración de los agitadores “niggers”. Nadie lo declara así, pero muchos lo piensan. A la igualdad lograda le falta todavía naturalidad cotidiana. Conseguir ésta es cuestión de tiempo, si, pero también de corazones. ¿Está el horno listo para  cocer esos bollos?



sábado, 2 de mayo de 2009

Fundamentalistas

Fundamento, como dice el sentido común, es aquello que sirve de base, inicio, cimiento o sostén de una estructura material, de una construcción  ideológica, de una constelación argumental, de un sistema de conocimiento o de una visión trascendental.

Partiendo de aquí es fácil colegir el significado de otros términos derivados de  aquella  misma palabra clave.

Así,  fundamental será todo lo atinente a esa base, a esos cimientos que hemos convenido en llamar fundamentos.

Como cabría propiamente calificar de fundamentalismo a toda tendencia, movimiento o partido que se apoya principalmente, como no podría ser menos, en  los principios que sirven de base, cimiento o sostén a los contenidos que esa tendencia, movimiento o partido trata de apoyar o defender.

Continuando en esta línea, fundamentalista sería, con toda lógica, la persona que no ahorra esfuerzos en profundizar hasta dar con las bases en que se sostiene la causa que defiende, la ideología a la que se adhiere o el credo que suscribe..

O sea, que, en definitiva, fundamentalista sería el que se toma las cosas en serio.

¿Pero, es realmente así como se entiende la palabra?

Hay razones más que suficientes para hacerse esa pregunta. Porque resulta que si se examina con la debida atención el lenguaje de todos los días –y no cabe distinción entre la palabra escrita y la hablada- se podrá comprobar que se llama fundamentalistas  a aquellos movimientos, tendencias o personas a las que el oficioso calificador  considera sospechosos de confundir lo que es fundamental con lo que es puramente secundario o adventicio.

Así, se adjudica la calificación de fundamentalismo islámico por razón de la obligatoriedad del velo, y no por la implantación del califato universal que es el fundamento de la cuestión.

Como se adjudica la calificación de fundamentalismo católico escudándose en un supuesto derecho de la mujer a deshacerse del hijo y no por razón de la defensa de los vástagos humanos que es la cuestión de fondo, quiero decir de fundamento.

Pero esa actitud equívoca de los calificadores omniscientes ¿contribuye a clarificar el horizonte mental de la colectividad, o forma parte de lo que se llama la ceremonia de la confusión?

Esta impresión de desvío semántico, perceptible en el habla individual, es fácilmente confirmada  también en el uso antojadizo que del término fundamentalista hacen los medios de comunicación de masas, tanto orales, como escritos o audiovisuales, tanto en algunos medios privados como en todos los financiados con dineros públicos.

Pero si el calificativo de fundamentalistas se aplica de una forma errática y antojadiza. ¿Quien podría entonces ser tomado realmente en serio?