A la crisis global hay que agradecerle el que haya servido para restaurar el valor de las gentes en las distancias cortas: del prójimo, ese colectivo que tenemos al lado aunque no necesariamente esté de nuestro lado.
Porque, a la hora de la verdad, resulta que no es lo mismo que una mercancía se produzca en un razonable “aquí”, que en cualquier extremo del mundo. Ni tampoco es igual que aquellos a los cuales la crisis va arrojando a la cuneta caigan precisamente a nuestro lado, o lo hagan sobre horizontes lejanos y ajenos que ya tienen sus propios responsables.
La crisis nos ha recordado también que los bancos, y ya no digamos las cajas, están llamadas a cumplir su cometido en función del bien social y no sólo con miras al provecho capitalista. La crisis hace resaltar la verdad: todos navegamos en el mismo barco.
Pero sería ingenuo creerse aquello de que todos sufren la crisis por igual. La sociedad interclasista ha alterado el sistema de clases, pero no sin incluir en el nuevo diseño diferencias que pueden en ocasiones llegar a ser muy acentuadas. La crisis nos hace el grandísimo favor de poner este extremo en evidencia.
Nuestra sociedad ha fomentado en los individuos el mal hábito de rehuir las propias responsabilidades para atribuirlas a la Administración Pública, derivando todo el poder ciudadano a los políticos, que lo usufructúan por medio de los votos y de las promesas halagüeñas. A la crisis debemos la fácil comprobación de que la mentira no consigue engañar a todos.
También se ha fomentado un sistema legal permisivo que suelta al chorizo, ignora al reincidente, y permite al poderoso y al desalmado capaz de amedrantamiento y de soborno esquivar las consecuencias de sus actos punibles. En cambio presume de jurisdicciones “donde no se pone sol” para que jueces estrella juzguen delitos que en realidad se escapan a su conocimiento y competencia. A la crisis, debemos que los ciudadanos hayan comenzado a percibir que hacer justicia es algo más que montar espectáculos circenses.
A la crisis debemos, en fin, el ponernos sobre aviso de que aún se está a tiempo de evitar el peor de los errores como sería dejar morir, por desgaste y abandono, lo que todavía queda del sentido de equidad social, base a su vez de la solidaridad activa y de la cohesión ciudadana por encima de partidos políticos y de partidas contables.
Porque, a la hora de la verdad, resulta que no es lo mismo que una mercancía se produzca en un razonable “aquí”, que en cualquier extremo del mundo. Ni tampoco es igual que aquellos a los cuales la crisis va arrojando a la cuneta caigan precisamente a nuestro lado, o lo hagan sobre horizontes lejanos y ajenos que ya tienen sus propios responsables.
La crisis nos ha recordado también que los bancos, y ya no digamos las cajas, están llamadas a cumplir su cometido en función del bien social y no sólo con miras al provecho capitalista. La crisis hace resaltar la verdad: todos navegamos en el mismo barco.
Pero sería ingenuo creerse aquello de que todos sufren la crisis por igual. La sociedad interclasista ha alterado el sistema de clases, pero no sin incluir en el nuevo diseño diferencias que pueden en ocasiones llegar a ser muy acentuadas. La crisis nos hace el grandísimo favor de poner este extremo en evidencia.
Nuestra sociedad ha fomentado en los individuos el mal hábito de rehuir las propias responsabilidades para atribuirlas a la Administración Pública, derivando todo el poder ciudadano a los políticos, que lo usufructúan por medio de los votos y de las promesas halagüeñas. A la crisis debemos la fácil comprobación de que la mentira no consigue engañar a todos.
También se ha fomentado un sistema legal permisivo que suelta al chorizo, ignora al reincidente, y permite al poderoso y al desalmado capaz de amedrantamiento y de soborno esquivar las consecuencias de sus actos punibles. En cambio presume de jurisdicciones “donde no se pone sol” para que jueces estrella juzguen delitos que en realidad se escapan a su conocimiento y competencia. A la crisis, debemos que los ciudadanos hayan comenzado a percibir que hacer justicia es algo más que montar espectáculos circenses.
A la crisis debemos, en fin, el ponernos sobre aviso de que aún se está a tiempo de evitar el peor de los errores como sería dejar morir, por desgaste y abandono, lo que todavía queda del sentido de equidad social, base a su vez de la solidaridad activa y de la cohesión ciudadana por encima de partidos políticos y de partidas contables.
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