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martes, 23 de junio de 2009

Poder y Familia

El poder, base de la soberanía,  es un fenómeno universal en el tiempo y en el espacio. Cruza transversalmente todas las instituciones, comenzando por la familia hasta llegar a las organizaciones políticas territoriales que en un momento de la Historia reclamaron para sí la exclusiva de la soberanía: la monarquía, el Imperio, el Estado, los partidos políticos.

Antes que los Imperios, antes que los Estados, antes que la Naciones, fue la familia. La familia fue incluso antes que las Monarquías,  porque éstas se fundamenta sobre el principio dinástico que no es ni más ni menos que un sistema de prevalencia familiar.

El uso útil que cada familia dio al territorio sobre el cual vivía, constituyó la expresión  primera de la ocupación territorial que mucho más tarde iba a figurar como uno de los atributos de la soberanía política.   Además de todo lo dicho, la familia es el gozne que articula la relación entre la vida social propiamente dicha –la que traspasa los límites del grupo familiar- y la que puede desarrollar el individuo considerado aisladamente.

Por todas estas razones, los poderes secundarios, inorgánicos y más complejos que se fueron formando a lo largo del tiempo, incluidos los partidos políticos, se han alimentado de esa fuente de poder primigenio que es la familia, a la cual se ha llegado a  considerar como rival que ha de ser abatido. Así se explican las luchas de banderías   que traslucían la pugna de familias poderosas que rivalizaban entre sí en los momentos oscuros de la formación de Europa.. Así se explica también que las monarquías nacionales, una vez implantadas, hayan procurado el desguace de la institución familiar, ya reduciendo a la condición de cortesanas o áulicas a las familias de la nobleza territorial, ya recortando las posibilidades de las entidades territoriales menores –vecindarios, ayuntamientos, ciudades con voto- que por estar más orgánicamente pegadas a la tierra y a las familias se beneficiaban del apoyo y de la cohesión que brinda la proximidad parental. Ya, en fin, llevando a cabo una paciente labor de demolición consistente en disminuir la potestad de los progenitores valiéndose para esto de un ariete  sumamente eficaz: la rebaja de los límites de la mayoría de edad de los varones que pasó de los veinticinco a los veintitrés años, de los  veintitrés a los veintiuno y de los veintiuno a los dieciocho. Pensad en esta táctica “liberadora” cuando a propósito del proclamado derecho al aborto de las menores de dieciséis años se comienza a vaciar de contenido la mayoría de edad legal para las mujeres que, como la de los hombres, la Constitución  establece a los dieciocho años. El cebo en el anzuelo será en todo caso la Libertad. ¿Alguien se acuerda de la dama revolucionaria que dijo aquello de Libertad, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre?

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