Dan pánico. Meten miedo. Causan pavor Por eso se emiten reglamentos que les prohíben entrar en los bares, reforzando con esa formalidad legal el impedimento que ya de por sí suponen los precios prohibitivos. Y se les impide – esgrimiendo cualquier pretexto municipal, vecinal o ciudadano- que encuentren consuelo en el botellón, añadiendo, si es preciso, razones morales que desprecian los mismos que se valen interesadamente de ellas.
Se les dificulta, en beneficio de los especuladores y logristas, la adquisición de cuatro paredes y un techo que podrían ser la sede de un hogar, y se decide aumentar aún más su vulnerabilidad y dependencia ofreciéndoles pisos cuyos alquileres se gestionarán desde instancias oficiales.
En cambio, se les facilita la entrada en la cochiquera de las simplificaciones que sustituyen a los argumentos, de las mentiras que usurpan el papel de la verdad, de las apariencias que reemplazan a la realidad y de las diversiones que dispersan el ánimo y embrutecen el entendimiento.
Se les entrega a empresas de subcontratación laboral y se les ofrecen trabajos temporales –es lo que hay, se dice- para ponerlos con facilidad de patitas en la calle. Pero legisladores y gobernantes, de ordinario tan permisivos y garantistas, se vuelven duros y represivos a la hora de impedirles que tomen la calle, de la que, por otra parte, se harían los dueños sin mayor esfuerzo.
La publicidad comercial, la propaganda política y la acción concertada de medios mediatizados y mediatizadores se ocupan de administrarles anestesia general para bloquearles el acceso al sentido crítico. Todo para que cada partido, cada facción, cada parzonería territorial consiga mantener la paz de sus respectivas palomas. Esa paz empantanada que permite imponer las reglas del actuar, reportar las ganancias y repartir los sillones y los millones.
Meten miedo. Causan pavura. Por eso, se les prohíbe casi todo, menos abortar y llevar encima drogas para su consumo personal, como buscando debilitarles la voluntad y conseguir que no se reproduzca la raza maldita de los que todavía no tienen arrugas en la cara. En tiempos mejores, a la riqueza que tienen los perseguidos se le llamó “divino tesoro” y se suponía que ese tesoro, si se iba, era para no volver. ¿Quiénes serán, serán? Adivina adivinanza.
Se les dificulta, en beneficio de los especuladores y logristas, la adquisición de cuatro paredes y un techo que podrían ser la sede de un hogar, y se decide aumentar aún más su vulnerabilidad y dependencia ofreciéndoles pisos cuyos alquileres se gestionarán desde instancias oficiales.
En cambio, se les facilita la entrada en la cochiquera de las simplificaciones que sustituyen a los argumentos, de las mentiras que usurpan el papel de la verdad, de las apariencias que reemplazan a la realidad y de las diversiones que dispersan el ánimo y embrutecen el entendimiento.
Se les entrega a empresas de subcontratación laboral y se les ofrecen trabajos temporales –es lo que hay, se dice- para ponerlos con facilidad de patitas en la calle. Pero legisladores y gobernantes, de ordinario tan permisivos y garantistas, se vuelven duros y represivos a la hora de impedirles que tomen la calle, de la que, por otra parte, se harían los dueños sin mayor esfuerzo.
La publicidad comercial, la propaganda política y la acción concertada de medios mediatizados y mediatizadores se ocupan de administrarles anestesia general para bloquearles el acceso al sentido crítico. Todo para que cada partido, cada facción, cada parzonería territorial consiga mantener la paz de sus respectivas palomas. Esa paz empantanada que permite imponer las reglas del actuar, reportar las ganancias y repartir los sillones y los millones.
Meten miedo. Causan pavura. Por eso, se les prohíbe casi todo, menos abortar y llevar encima drogas para su consumo personal, como buscando debilitarles la voluntad y conseguir que no se reproduzca la raza maldita de los que todavía no tienen arrugas en la cara. En tiempos mejores, a la riqueza que tienen los perseguidos se le llamó “divino tesoro” y se suponía que ese tesoro, si se iba, era para no volver. ¿Quiénes serán, serán? Adivina adivinanza.