En Belén de Judá, el pueblo donde nació Cristo, casi no quedan cristianos, obligados a emigrar ante la falta de perspectivas vitales y la amenaza de ser barridos de una tierra de nadie delimitada por el terrorismo de los hijos de Agar y la represión de los hijos de Sara. Pero Belén será, mientras el mundo exista, el lugar donde nació Cristo.
En Belén de Judá, cuna del rey David, donde fue enterrada Raquel, donde ocurrió la historia de fe, lealtad y amor entre Booz y Ruth, casi no quedan judíos. La hostilidad de fanáticos y exasperados, financiados por los plutócratas de Arabia no los quiere allí. Pero Belén seguirá siendo, después de diez mil intifadas, Belén de Judá.
Belén se oculta ahora detrás de sendos muros de cemento y de corazones de plomo. Pero eso no impedirá que este año 2009 de la era cristiana, y el 5769 de la creación del mundo según los judíos, Belén de Judá se haga presente en todo el mundo como un símbolo que se hubiese fragmentado en millares de diminutas versiones de juguete para recordar un nacimiento que es único y una promesa que es única aunque sean dos los Testamentos. Belenes, llamamos aquí a esas versiones diminutas; en otros lugares reciben el nombre de pesebres o nacimientos o portales de Belén, así, en plural festivo, como cuando nos referimos a un regocijo público y hablamos de los sanfermines, o de las navidades o de los sanmarciales.
Belén es el símbolo de la promesa de Dios y el símbolo del misterio del hombre y de la historia; pero los diseñadores de futuros idealizados y los vectores de la opinión prefabricada aborrecen a Dios, perciben el misterio como una amenaza y no creen en promesas de ninguna clase.
¿Qué alegría, según los supuestos de hoy, puede haber en el nacimiento de un niño semejante a los que desviceramos a diario en los molinos aborteros? ¿Qué esperanza se puede sostener sobre la frágil base de esa existencia que terminará perdiendo su lozanía y siendo presa de la muerte, igual que nosotros, igual que sus progenitores? ¿Y de un NiñoDios? ¡No me haga Usted reir! ¿Cómo creer en la inocencia de Dios cuando toda la realidad es cochina, como sucia y opaca es la verdad, como vana es la esperanza ? Por eso la visión de la inocencia no conmueve, ni el encuentro con la verdad ennoblece a nadie, ni el descubrimiento de la belleza deja tras de sí una huella de arrobamiento. Por eso se explota a los niños, se abusa del inocente, se exalta a las mujeres al tiempo que se las maltrata y se subraya la venalidad de su sexo en los anuncios a lo cerdazo que publica la prensa burguesa.
Tengo para mí que fueron hombres de fe los que llamaron mundo al circulo enorme de las cosas y de los seres creados. Tiempo hubo en el cual la palabra mundo decía tanto como elegante, armonioso, ordenado, limpio. Puede que la impiedad reinante esté trocando el mundo en inmundo y lleve a la humanidad a revolcarse en la inmundicia. Ciertamente son cosas del pasado, pero si se pierden hoy, mañana lo sentirá la humanidad entera.
En Belén de Judá, cuna del rey David, donde fue enterrada Raquel, donde ocurrió la historia de fe, lealtad y amor entre Booz y Ruth, casi no quedan judíos. La hostilidad de fanáticos y exasperados, financiados por los plutócratas de Arabia no los quiere allí. Pero Belén seguirá siendo, después de diez mil intifadas, Belén de Judá.
Belén se oculta ahora detrás de sendos muros de cemento y de corazones de plomo. Pero eso no impedirá que este año 2009 de la era cristiana, y el 5769 de la creación del mundo según los judíos, Belén de Judá se haga presente en todo el mundo como un símbolo que se hubiese fragmentado en millares de diminutas versiones de juguete para recordar un nacimiento que es único y una promesa que es única aunque sean dos los Testamentos. Belenes, llamamos aquí a esas versiones diminutas; en otros lugares reciben el nombre de pesebres o nacimientos o portales de Belén, así, en plural festivo, como cuando nos referimos a un regocijo público y hablamos de los sanfermines, o de las navidades o de los sanmarciales.
Belén es el símbolo de la promesa de Dios y el símbolo del misterio del hombre y de la historia; pero los diseñadores de futuros idealizados y los vectores de la opinión prefabricada aborrecen a Dios, perciben el misterio como una amenaza y no creen en promesas de ninguna clase.
¿Qué alegría, según los supuestos de hoy, puede haber en el nacimiento de un niño semejante a los que desviceramos a diario en los molinos aborteros? ¿Qué esperanza se puede sostener sobre la frágil base de esa existencia que terminará perdiendo su lozanía y siendo presa de la muerte, igual que nosotros, igual que sus progenitores? ¿Y de un NiñoDios? ¡No me haga Usted reir! ¿Cómo creer en la inocencia de Dios cuando toda la realidad es cochina, como sucia y opaca es la verdad, como vana es la esperanza ? Por eso la visión de la inocencia no conmueve, ni el encuentro con la verdad ennoblece a nadie, ni el descubrimiento de la belleza deja tras de sí una huella de arrobamiento. Por eso se explota a los niños, se abusa del inocente, se exalta a las mujeres al tiempo que se las maltrata y se subraya la venalidad de su sexo en los anuncios a lo cerdazo que publica la prensa burguesa.
Tengo para mí que fueron hombres de fe los que llamaron mundo al circulo enorme de las cosas y de los seres creados. Tiempo hubo en el cual la palabra mundo decía tanto como elegante, armonioso, ordenado, limpio. Puede que la impiedad reinante esté trocando el mundo en inmundo y lleve a la humanidad a revolcarse en la inmundicia. Ciertamente son cosas del pasado, pero si se pierden hoy, mañana lo sentirá la humanidad entera.
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