La necesidad de encarnar las enseñanzas de Cristo ha provocado centenares de interrogantes a las que el cristianismo ha tenido que dar respuesta. Muchas de éstas terminaron por ser incorporadas al acerbo de lo que, por renuncia a referencias más altas que las de los puntos cardinales, se ha dado en llamar Civilización Occidental. Así sucede con el principio de la igualdad de naturaleza de todos los hombres.
La idea de la igualdad de naturaleza de los seres humanos como criaturas del Creador presidió la primera expansión europea que fue la llevada a cabo por las coronas de España y Portugal, consiguiendo restar ferocidad al choque de civilizaciones dispares y al empuje avasallador de los intereses comerciales a que dio lugar el descubrimiento y exploración del continente americano y favoreciendo el inicio del mayor proceso de transculturación y de mestización llevado a cabo en tiempos históricos.
El principio de la igualdad de los hombres como hijos de Dios, quedó reflejada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “all men are created equal, that they are endowed by their creador whith certain inalienable Rights…” Pero, paradójicamente, vino a quedar en entredicho ante las nuevas propuestas de las ciencias naturales de la Ilustración.
En efecto, en el primer intento taxonómico llevado a cabo por la Ilustración, ni el salvaje -homo ferus- ni el pigmeo -homo nanus- pertenecían a la especie homo sapiens Fueron así excluidos de la condición humana por salvajes, los indios selváticos y los indios pampeanos de Suramérica, los Pieles Rojas de Norteamérica y los negros africanos. Igualmente quedaron fuera de la condición humana, por el hecho de ser enanos, los indios “chiquitos” de Suramérica, los bosquimanos retacos del continente negro y los pigmeos del sureste asiático
Y fue la mentalidad científica Ilustrada, con su corolario de desigualdades innatas, la que presidió la Conquista del Oeste, el sometimiento de Africa, la guerra de exterminio de los “positivistas” mexicanos contra los indios de la pimería y de los gauchos y el gobierno argentino contra los nómadas de las Pampas.
Porque va y resulta que, al contrario de lo que se dice, la ciencia no es por sí misma inocente, ni ha favorecido el comportamiento inocente de los hombres que hicieron de la Razón su guía exclusiva. Pareciera que, para que el hombre racionalista se comporte malévolamente, basta que se le dé una doctrina científica que lo justifique y lo impulse a ello. Ni la ciencia ni el racionalismo están excluídas, per se, de obrar el mal.
La idea de la igualdad de naturaleza de los seres humanos como criaturas del Creador presidió la primera expansión europea que fue la llevada a cabo por las coronas de España y Portugal, consiguiendo restar ferocidad al choque de civilizaciones dispares y al empuje avasallador de los intereses comerciales a que dio lugar el descubrimiento y exploración del continente americano y favoreciendo el inicio del mayor proceso de transculturación y de mestización llevado a cabo en tiempos históricos.
El principio de la igualdad de los hombres como hijos de Dios, quedó reflejada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “all men are created equal, that they are endowed by their creador whith certain inalienable Rights…” Pero, paradójicamente, vino a quedar en entredicho ante las nuevas propuestas de las ciencias naturales de la Ilustración.
En efecto, en el primer intento taxonómico llevado a cabo por la Ilustración, ni el salvaje -homo ferus- ni el pigmeo -homo nanus- pertenecían a la especie homo sapiens Fueron así excluidos de la condición humana por salvajes, los indios selváticos y los indios pampeanos de Suramérica, los Pieles Rojas de Norteamérica y los negros africanos. Igualmente quedaron fuera de la condición humana, por el hecho de ser enanos, los indios “chiquitos” de Suramérica, los bosquimanos retacos del continente negro y los pigmeos del sureste asiático
Y fue la mentalidad científica Ilustrada, con su corolario de desigualdades innatas, la que presidió la Conquista del Oeste, el sometimiento de Africa, la guerra de exterminio de los “positivistas” mexicanos contra los indios de la pimería y de los gauchos y el gobierno argentino contra los nómadas de las Pampas.
Porque va y resulta que, al contrario de lo que se dice, la ciencia no es por sí misma inocente, ni ha favorecido el comportamiento inocente de los hombres que hicieron de la Razón su guía exclusiva. Pareciera que, para que el hombre racionalista se comporte malévolamente, basta que se le dé una doctrina científica que lo justifique y lo impulse a ello. Ni la ciencia ni el racionalismo están excluídas, per se, de obrar el mal.
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