Páginas

martes, 30 de noviembre de 2010

Apuntes al Margen

El desgaste de la familia institucional en beneficio y provecho del Estado no comenzó con las ideologías totalitarias del siglo XX, nacional-socialista y comunista, a las que se suele atribuir la hazaña, sino con la Francia del Antiguo Régimen. Y consistió en reducir la autoridad familiar a una mera potestad atribuyendo el valor moral en exclusiva a las instituciones públicas que aspiraban a suplantar a la familia con el bello pretexto de tutelarla. Así fue que comenzaron a gozar de la consideración de autoridades los que ejercían el poder político y administrativo en calidad de delegados del monarca mientras los padres de familia quedaban reducidos a la tenencia de una mera potestad dentro de los límites del hogar, con proyección leve en lo jurídico y nula en la vida política y social. Esto, en lo concerniente a los estratos bajos de la población. En cuanto a los aristócratas, fue preciso dorarles la píldora con mil privilegios para hacerlos pasar del estado hereditario de nobleza funcional, cargada de deberes y de obligaciones -“noblesse oblige”- a la condición ostentosa y parasitaria de cortesanos en París y de dueños en perpetua ausencia de los dominios territoriales vinculados a sus títulos.

La revolución francesa y sus epígonos percibieron la ventaja que esta situación suponía para rebajar el límite de la edad de emancipación de los varones, que se hizo pasar de los 25 a los 23, de los 23 a los 20 y de estos a los 18 años. Esto explica que ya los ejércitos de la revolución francesa llegaran a contar con cerca de dos millones de reclutas. Mientras que, por ejemplo, el ejército prusiano, sin duda el mejor de la Europa del Antiguo Régimen, sólo mantenía en filas a noventa mil hombres.

Sería curioso destacar el paralelismo entre este aumento del caudal humano de varones en condiciones legales para ser incorporados forzosamente a filas, el perfeccionamiento de la eficacia mortífera del armamento, la dureza de las campañas planeadas para invadir y ocupar tierras lejanas y la penuria de la vida en el vivac, para contrastar si no se desató en la Historia una primera ola de maltrato -no social, sino gubernativo- que sólo afectó a los varones y que se llevó a cabo al amparo del gran espejismo de enganche de la civilización Occidental: el prestigio de la libertad y de la emancipación individual. El mismo tándem ideológico que sirve hoy para emancipar a las mujeres de toda influencia del varón, y para desprestigiar o “interrumpir” ciertas manifestaciones fisiológicas – catamenia, preñez, maternidad- que la revolución de género considera impedientes para el progreso social y político de las féminas. ¿O no?

jueves, 18 de noviembre de 2010

Abandonos

La palabra abandono con sus derivados y conexos viene de la voz germánica “bann”, a la cual los godos daban el significado de proscripción, destierro o castigo, situaciones que abarcan todas ellas la idea de exclusión activa, decidida y sin contemplaciones.

En nuestro romance el verbo abandonar es tanto como  suspender una acción, cesar de frecuentar un lugar, dejarse dominar por pasiones o vicios, descuidar los deberes o intereses propios o despreocuparse del propio aseo, compostura y decoro. En contraste con lo que dicta el origen germánico de la palabra, estos significados sugieren la idea de dejación, vencimiento, rendición o flojera; suponen una actitud pasiva.

Y eso fue lo que España demostró cuando entregó la provincia de Sahara y sus habitantes al Sultán de Marruecos sin exigir garantías ni plantear contrapartida alguna. Las consecuencias humanas del abandono del Sahara todavía resuenan como pepitas sueltas dentro de la calabaza hueca que es la política internacional de este Reino de las Diecisiete Repúblicas. Loas repercusiones geopolíticas se verán más tarde.

Pero la historia de España abunda en abandonos menos conocidos. Uno de los tres que me propongo recordar aquí es el de la antigua Capitanía general de Guatemala, que comprendía lo que son hoy Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, además de los territorios de Chiapas y Soconusco. ¡Con lo que se habla de ellos! Aquél  abandono quedó documentado en el Acta de los Nublados, llamada así porque se declara vigente “mientras duren los nublados del día”. Ocurrió en 1821. Años después aún se produjeron en Puerto Trujillo (Honduras) y en Cartago, (Costa Rica)  sendas intentonas para forzar la historia a retornar a su cauce. Agradezco a los mayores de mi familia que osaran conservar, en pliegues de veneración incomprendida, la vieja “bandera del Rey”.

Los otros dos abandonos los sufrió Santo Domingo. Sucedió que los dominicanos derrotaron ellos solos a los ocupantes franceses. La restitución  de la isla a España fue confirmada por el tratado de París de 1814; pero la metrópolis abandonó en 1821. Tras cuarenta años de forzosa independencia bajo la amenaza constante de Haití, Santo Domingo retornó -en 1861 y de su grado-  al seno de España. Un lustro más tarde, Narváez ordenó el abandono definitivo de la isla.

Agua pasada no mueve molino, y tampoco impide interrogar al futuro: ¿Qué molinos están destinados a quedar inmóviles? ¿Ceuta? ¿Melilla? Y ¿qué pasará con Canarias? La dejadez y la ineptitud se dan hoy la mano para incubar los problemas del futuro.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Las Piedras y el Camino

El Camino es el de Santiago el Mayor, el de Jacob apodado Boanerges o “Hijo del Trueno”, que es tanto como llamarse lluvia, figura de la gracia fluida y abundante que del cielo cae como un regalo. Las piedras son esas que, convertidas  en Basílica, han acertado a labrar en Barcelona reuniendo durante un siglo las aportaciones  de los cristianos dispuestos a  hacer realidad el sueño grandioso de Gaudí.

Piedras en vertical y camino horizontal conducen en este caso a lo más Alto. Porque  alturas a lo divino existen, aunque a veces se opte por ignorarlas o no se llegue  siquiera a hacer distinción con ellas. Y es lógico que así sea, porque tales alturas sólo son visibles para quien se atreve a caminar  o para quien se arriesga a construir, que son dos formas de hacer visible la esperanza. Y nuestro siglo anda escaso de esperanza.

¿Y el Camino? No se precisan largas peregrinaciones para dar con Dios, que se hace el encontradizo. En cambio, hay que echarse al camino para librarse de la cadena utilitaria con que están atados nuestros días, para descubrir la faz generosa del propio albedrío y para abrir la cancela a los replanteamientos interiores. Esos que permiten encontrar sentido a todo quehacer y a todo contemplar que vayan surgiendo al paso de la vida.

Tampoco sería preciso edificar templos si se parte de que Dios quiere ser adorado en espíritu y en verdad. Pero los templos son necesarios para los cristianos que han aprendido que para vivir la Unidad a que están llamados tienen que congregarse en el espacio y en el tiempo, referentes primarios de la existencia terrena.

La Basílica de la Sagrada Familia renueva en el siglo XXI  la  tradición de las catedrales de la cristiandad que eran  catequesis sin miedo, sin tacha, sin recortes ni recriminaciones. Y lo hace ajustándose al triple magisterio de la Naturaleza, de las Escrituras y de la Liturgia. Comprendió Gaudí que en la Naturaleza se comunica el Creador a través del velo de lo creado; que en la Escritura Dios invita al hombre a aproximarse; y en la Liturgia se recrea y se recuerda la invitación contenida en la  Escritura e insinuada en la Naturaleza.

¿Y la belleza, trasunto de la Verdad? Gaudí tiende un puente entre  la belleza de las cosas y Dios como la Belleza y la Verdad Suprema. Y al sacar al exterior los bellos retablos, exhibe ante los ojos de la Ciudad  el esplendoroso misterio del Dios revelado.