El desgaste de la familia institucional en beneficio y provecho del Estado no comenzó con las ideologías totalitarias del siglo XX, nacional-socialista y comunista, a las que se suele atribuir la hazaña, sino con la Francia del Antiguo Régimen. Y consistió en reducir la autoridad familiar a una mera potestad atribuyendo el valor moral en exclusiva a las instituciones públicas que aspiraban a suplantar a la familia con el bello pretexto de tutelarla. Así fue que comenzaron a gozar de la consideración de autoridades los que ejercían el poder político y administrativo en calidad de delegados del monarca mientras los padres de familia quedaban reducidos a la tenencia de una mera potestad dentro de los límites del hogar, con proyección leve en lo jurídico y nula en la vida política y social. Esto, en lo concerniente a los estratos bajos de la población. En cuanto a los aristócratas, fue preciso dorarles la píldora con mil privilegios para hacerlos pasar del estado hereditario de nobleza funcional, cargada de deberes y de obligaciones -“noblesse oblige”- a la condición ostentosa y parasitaria de cortesanos en París y de dueños en perpetua ausencia de los dominios territoriales vinculados a sus títulos.
La revolución francesa y sus epígonos percibieron la ventaja que esta situación suponía para rebajar el límite de la edad de emancipación de los varones, que se hizo pasar de los 25 a los 23, de los 23 a los 20 y de estos a los 18 años. Esto explica que ya los ejércitos de la revolución francesa llegaran a contar con cerca de dos millones de reclutas. Mientras que, por ejemplo, el ejército prusiano, sin duda el mejor de la Europa del Antiguo Régimen, sólo mantenía en filas a noventa mil hombres.
Sería curioso destacar el paralelismo entre este aumento del caudal humano de varones en condiciones legales para ser incorporados forzosamente a filas, el perfeccionamiento de la eficacia mortífera del armamento, la dureza de las campañas planeadas para invadir y ocupar tierras lejanas y la penuria de la vida en el vivac, para contrastar si no se desató en la Historia una primera ola de maltrato -no social, sino gubernativo- que sólo afectó a los varones y que se llevó a cabo al amparo del gran espejismo de enganche de la civilización Occidental: el prestigio de la libertad y de la emancipación individual. El mismo tándem ideológico que sirve hoy para emancipar a las mujeres de toda influencia del varón, y para desprestigiar o “interrumpir” ciertas manifestaciones fisiológicas – catamenia, preñez, maternidad- que la revolución de género considera impedientes para el progreso social y político de las féminas. ¿O no?
La revolución francesa y sus epígonos percibieron la ventaja que esta situación suponía para rebajar el límite de la edad de emancipación de los varones, que se hizo pasar de los 25 a los 23, de los 23 a los 20 y de estos a los 18 años. Esto explica que ya los ejércitos de la revolución francesa llegaran a contar con cerca de dos millones de reclutas. Mientras que, por ejemplo, el ejército prusiano, sin duda el mejor de la Europa del Antiguo Régimen, sólo mantenía en filas a noventa mil hombres.
Sería curioso destacar el paralelismo entre este aumento del caudal humano de varones en condiciones legales para ser incorporados forzosamente a filas, el perfeccionamiento de la eficacia mortífera del armamento, la dureza de las campañas planeadas para invadir y ocupar tierras lejanas y la penuria de la vida en el vivac, para contrastar si no se desató en la Historia una primera ola de maltrato -no social, sino gubernativo- que sólo afectó a los varones y que se llevó a cabo al amparo del gran espejismo de enganche de la civilización Occidental: el prestigio de la libertad y de la emancipación individual. El mismo tándem ideológico que sirve hoy para emancipar a las mujeres de toda influencia del varón, y para desprestigiar o “interrumpir” ciertas manifestaciones fisiológicas – catamenia, preñez, maternidad- que la revolución de género considera impedientes para el progreso social y político de las féminas. ¿O no?