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jueves, 18 de noviembre de 2010

Abandonos

La palabra abandono con sus derivados y conexos viene de la voz germánica “bann”, a la cual los godos daban el significado de proscripción, destierro o castigo, situaciones que abarcan todas ellas la idea de exclusión activa, decidida y sin contemplaciones.

En nuestro romance el verbo abandonar es tanto como  suspender una acción, cesar de frecuentar un lugar, dejarse dominar por pasiones o vicios, descuidar los deberes o intereses propios o despreocuparse del propio aseo, compostura y decoro. En contraste con lo que dicta el origen germánico de la palabra, estos significados sugieren la idea de dejación, vencimiento, rendición o flojera; suponen una actitud pasiva.

Y eso fue lo que España demostró cuando entregó la provincia de Sahara y sus habitantes al Sultán de Marruecos sin exigir garantías ni plantear contrapartida alguna. Las consecuencias humanas del abandono del Sahara todavía resuenan como pepitas sueltas dentro de la calabaza hueca que es la política internacional de este Reino de las Diecisiete Repúblicas. Loas repercusiones geopolíticas se verán más tarde.

Pero la historia de España abunda en abandonos menos conocidos. Uno de los tres que me propongo recordar aquí es el de la antigua Capitanía general de Guatemala, que comprendía lo que son hoy Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, además de los territorios de Chiapas y Soconusco. ¡Con lo que se habla de ellos! Aquél  abandono quedó documentado en el Acta de los Nublados, llamada así porque se declara vigente “mientras duren los nublados del día”. Ocurrió en 1821. Años después aún se produjeron en Puerto Trujillo (Honduras) y en Cartago, (Costa Rica)  sendas intentonas para forzar la historia a retornar a su cauce. Agradezco a los mayores de mi familia que osaran conservar, en pliegues de veneración incomprendida, la vieja “bandera del Rey”.

Los otros dos abandonos los sufrió Santo Domingo. Sucedió que los dominicanos derrotaron ellos solos a los ocupantes franceses. La restitución  de la isla a España fue confirmada por el tratado de París de 1814; pero la metrópolis abandonó en 1821. Tras cuarenta años de forzosa independencia bajo la amenaza constante de Haití, Santo Domingo retornó -en 1861 y de su grado-  al seno de España. Un lustro más tarde, Narváez ordenó el abandono definitivo de la isla.

Agua pasada no mueve molino, y tampoco impide interrogar al futuro: ¿Qué molinos están destinados a quedar inmóviles? ¿Ceuta? ¿Melilla? Y ¿qué pasará con Canarias? La dejadez y la ineptitud se dan hoy la mano para incubar los problemas del futuro.

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