El Camino es el de Santiago el Mayor, el de Jacob apodado Boanerges o “Hijo del Trueno”, que es tanto como llamarse lluvia, figura de la gracia fluida y abundante que del cielo cae como un regalo. Las piedras son esas que, convertidas en Basílica, han acertado a labrar en Barcelona reuniendo durante un siglo las aportaciones de los cristianos dispuestos a hacer realidad el sueño grandioso de Gaudí.
Piedras en vertical y camino horizontal conducen en este caso a lo más Alto. Porque alturas a lo divino existen, aunque a veces se opte por ignorarlas o no se llegue siquiera a hacer distinción con ellas. Y es lógico que así sea, porque tales alturas sólo son visibles para quien se atreve a caminar o para quien se arriesga a construir, que son dos formas de hacer visible la esperanza. Y nuestro siglo anda escaso de esperanza.
¿Y el Camino? No se precisan largas peregrinaciones para dar con Dios, que se hace el encontradizo. En cambio, hay que echarse al camino para librarse de la cadena utilitaria con que están atados nuestros días, para descubrir la faz generosa del propio albedrío y para abrir la cancela a los replanteamientos interiores. Esos que permiten encontrar sentido a todo quehacer y a todo contemplar que vayan surgiendo al paso de la vida.
Tampoco sería preciso edificar templos si se parte de que Dios quiere ser adorado en espíritu y en verdad. Pero los templos son necesarios para los cristianos que han aprendido que para vivir la Unidad a que están llamados tienen que congregarse en el espacio y en el tiempo, referentes primarios de la existencia terrena.
La Basílica de la Sagrada Familia renueva en el siglo XXI la tradición de las catedrales de la cristiandad que eran catequesis sin miedo, sin tacha, sin recortes ni recriminaciones. Y lo hace ajustándose al triple magisterio de la Naturaleza, de las Escrituras y de la Liturgia. Comprendió Gaudí que en la Naturaleza se comunica el Creador a través del velo de lo creado; que en la Escritura Dios invita al hombre a aproximarse; y en la Liturgia se recrea y se recuerda la invitación contenida en la Escritura e insinuada en la Naturaleza.
¿Y la belleza, trasunto de la Verdad? Gaudí tiende un puente entre la belleza de las cosas y Dios como la Belleza y la Verdad Suprema. Y al sacar al exterior los bellos retablos, exhibe ante los ojos de la Ciudad el esplendoroso misterio del Dios revelado.
Piedras en vertical y camino horizontal conducen en este caso a lo más Alto. Porque alturas a lo divino existen, aunque a veces se opte por ignorarlas o no se llegue siquiera a hacer distinción con ellas. Y es lógico que así sea, porque tales alturas sólo son visibles para quien se atreve a caminar o para quien se arriesga a construir, que son dos formas de hacer visible la esperanza. Y nuestro siglo anda escaso de esperanza.
¿Y el Camino? No se precisan largas peregrinaciones para dar con Dios, que se hace el encontradizo. En cambio, hay que echarse al camino para librarse de la cadena utilitaria con que están atados nuestros días, para descubrir la faz generosa del propio albedrío y para abrir la cancela a los replanteamientos interiores. Esos que permiten encontrar sentido a todo quehacer y a todo contemplar que vayan surgiendo al paso de la vida.
Tampoco sería preciso edificar templos si se parte de que Dios quiere ser adorado en espíritu y en verdad. Pero los templos son necesarios para los cristianos que han aprendido que para vivir la Unidad a que están llamados tienen que congregarse en el espacio y en el tiempo, referentes primarios de la existencia terrena.
La Basílica de la Sagrada Familia renueva en el siglo XXI la tradición de las catedrales de la cristiandad que eran catequesis sin miedo, sin tacha, sin recortes ni recriminaciones. Y lo hace ajustándose al triple magisterio de la Naturaleza, de las Escrituras y de la Liturgia. Comprendió Gaudí que en la Naturaleza se comunica el Creador a través del velo de lo creado; que en la Escritura Dios invita al hombre a aproximarse; y en la Liturgia se recrea y se recuerda la invitación contenida en la Escritura e insinuada en la Naturaleza.
¿Y la belleza, trasunto de la Verdad? Gaudí tiende un puente entre la belleza de las cosas y Dios como la Belleza y la Verdad Suprema. Y al sacar al exterior los bellos retablos, exhibe ante los ojos de la Ciudad el esplendoroso misterio del Dios revelado.
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