Si Tareq Aziz –antiguo Vice Primer Ministro Adjunto de Saddan Hussein- muere en la horca, será una arbitrariedad triplemente anunciada. El aviso más reciente lo dio el propio Tareq cuando dijo que la retirada de las tropas americanas equivaldría a entregar el Irak a una manada de lobos. Sabía que la manada vendría a por él.
Otra advertencia fueron los preparativos que en las leyes y en el gobierno del Irak ocupado transparentaban la intención americana de ceder a sus colaboradores nativos la aplicación de las medidas de atrición destinadas a destruir la estructura constitutivamente despótica de la sociedad iraquí como paso previo para su conversión a la democracia. ¡We can do it!
Pero el aviso decisivo consiste en que el actual presidente iraquí, Nuri Al-Maliki, intentó asesinar a Tareq Aziz el año de 1989, y el fracaso le supuso la condena a muerte “in ausentia”. Los rencores se cultivan con encono en esa parte del mundo ¿Y quien es el ingenuo que cree que el tribunal, shií como el mismo Al-Maliki, actuó con independencia al agravar la condena de Tareq? Este ya había sido juzgado en marzo de 2009 y sentenciado a quince años de prisión por colaborar con Saddan Hussein. Con la nueva sentencia apañada por Maliki, la intangibilidad de la cosa juzgada se ha ido al cuerno. Y que éste sea el de la luna creciente musulmana no resta gravedad al asunto.
A veces lo anecdótico ilumina el trasfondo de lo acontecido mejor que las grandes parrafadas, por eso pido al lector que tome nota de la longitud de los nombres irakíes. Por ejemplo: el nombre completo del antiguo Jefe de Estado de Iraq, ya debidamente ahorcado era Saddam Husein Al-Tikriti, en el cual Al-Tikriti es la referencia tribal. Pero ¿en que medida la mentalidad tribal, orgánica y compleja, es compatible con el sistema democrático que vive de abstracciones? En contraste, Tareq Aziz se llama en realidad Mikhail Yuhanna. Por conveniencia, Mikhail, un católico de rito caldeo, adoptó el nombre de Tarek, uno de los caudillos musulmanes que invadió la España visigótica. El nombre de Tareq les resultará familiar a vuestras mercedes si recuerdan que al Sur del Reino de las Diecisiete Republicas está un peñón llamado en árabe Gebel-tarek, o Monte de Tarek, más conocido por Gibraltar. Eso si que es memoria histórica. Hoy, la Europa hipocritona que armó y dio alas a Saddam; y el Vaticano, que no quiere que la jauría se dé por azuzada, procuran, mirando a la galería la primera y con medios discretos el segundo, que a Tareq le sea conmutada la pena de muerte. Ojalá, quiera Alá, que puedan conseguirlo.
Otra advertencia fueron los preparativos que en las leyes y en el gobierno del Irak ocupado transparentaban la intención americana de ceder a sus colaboradores nativos la aplicación de las medidas de atrición destinadas a destruir la estructura constitutivamente despótica de la sociedad iraquí como paso previo para su conversión a la democracia. ¡We can do it!
Pero el aviso decisivo consiste en que el actual presidente iraquí, Nuri Al-Maliki, intentó asesinar a Tareq Aziz el año de 1989, y el fracaso le supuso la condena a muerte “in ausentia”. Los rencores se cultivan con encono en esa parte del mundo ¿Y quien es el ingenuo que cree que el tribunal, shií como el mismo Al-Maliki, actuó con independencia al agravar la condena de Tareq? Este ya había sido juzgado en marzo de 2009 y sentenciado a quince años de prisión por colaborar con Saddan Hussein. Con la nueva sentencia apañada por Maliki, la intangibilidad de la cosa juzgada se ha ido al cuerno. Y que éste sea el de la luna creciente musulmana no resta gravedad al asunto.
A veces lo anecdótico ilumina el trasfondo de lo acontecido mejor que las grandes parrafadas, por eso pido al lector que tome nota de la longitud de los nombres irakíes. Por ejemplo: el nombre completo del antiguo Jefe de Estado de Iraq, ya debidamente ahorcado era Saddam Husein Al-Tikriti, en el cual Al-Tikriti es la referencia tribal. Pero ¿en que medida la mentalidad tribal, orgánica y compleja, es compatible con el sistema democrático que vive de abstracciones? En contraste, Tareq Aziz se llama en realidad Mikhail Yuhanna. Por conveniencia, Mikhail, un católico de rito caldeo, adoptó el nombre de Tarek, uno de los caudillos musulmanes que invadió la España visigótica. El nombre de Tareq les resultará familiar a vuestras mercedes si recuerdan que al Sur del Reino de las Diecisiete Republicas está un peñón llamado en árabe Gebel-tarek, o Monte de Tarek, más conocido por Gibraltar. Eso si que es memoria histórica. Hoy, la Europa hipocritona que armó y dio alas a Saddam; y el Vaticano, que no quiere que la jauría se dé por azuzada, procuran, mirando a la galería la primera y con medios discretos el segundo, que a Tareq le sea conmutada la pena de muerte. Ojalá, quiera Alá, que puedan conseguirlo.
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