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sábado, 2 de octubre de 2010

¿Corregir, qué?

Cirugía plástica, correción bioquímica o cosmética de mínimos defectos que muchas veces no son tales. Ya lo he comentado otras veces: es  cómo si de lo más profundo de la condición femenina saliera un toque de rebato ante la decadencia que amenaza a la mujer como a todos los organismos vivos. Pero ese estremecimiento, que se refleja de forma tan manifiesta en el mercado de la cirugía y de los tratamientos estéticos  no se puede interpretar simplistamente como una adhesión exagerada y borreguil a un canon de belleza más que nunca cambiante y caprichoso. Tampoco se puede identificar como una reacción ante los accidentes en el trabajo, en el hogar y en la carretera, con su secuela de lesiones e incapacidades.

Cabría pensar en la lenta erosión de la esperanza como actitud vital. Pero este soterrado achaque que en romance llamamos desesperanza y en lenguaje de médicos diselpidia,  se cierne como una amenaza tanto sobre los varones como sobre las féminas.

Habrá pues que indagar más profundamente en que meandros de sus propios espíritus deambulan las mujeres que con tanta facilidad someten su físico a correcciones tantas veces injustificadas. La “Barbie Justiciera” parece darnos una pista al afirmar –aunque en otro contexto- que las mujeres de ahora se han hecho adictas a …“Querer ser queridas, apreciadas, estimadas, admiradas […] simplemente no nos quieren como somos, no nos aprecian, no nos estiman como nos gustaría, no nos admiran como deberían, y todo eso mata” ¿Pero no sería esto  un reconocimiento espontáneo de que la mujer de hoy está rozando el mismo ridículo donde solía situarla la literatura antifemenina de todos los tiempos -que de haberla hayla- y cuya máxima representación en castellano es el libro titulado “El Corbacho”? Porque ridículo es ese ahínco en corregir el propio cuerpo por temor a no ser querida precisamente en la época de la máxima exaltación de la autoestima femenina.

Me cuento entre los que sospechan que esta tendencia de la mujer de hoy a rectificar su físico tiene mucho que ver con la aberrante perspectiva que, partiendo de cierta concepción puramente tecnológica de la medicina, comienza por contemplar el período catamenial y la preñez –las dos manifestaciones fisiológicas más claras de la potencia femenina-  como entidades nosológicas, como enfermedades, es decir, como no-firmezas, como in-firmidades que hay que corregir o curar a toda costa.

Partiendo de allí, va de suyo que la mujer entera tiene que ser sometida…digamos… a una enmienda  a la totalidad. ¡Pues vaya ocurrencia infeliz!                  

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