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lunes, 25 de octubre de 2010

Canción Triste en Zarauz

Son muchos los  que hubieran podido matar a Chaid Aisa, la niña que encontraron muerta en la playa de Zarauz: Abandono, Maltrato,  Despecho,  Miedo, Asco. Quizá sólo les haya faltado tiempo.

Pero Chaid Aisa podría haber muerto cuando iba en busca de aventuras al encuentro del mar. En las mentes infantiles las realidades abrazan a los sueños Tienen las gentes menudas corazones valientes, ánimos intrépidos, confianza sin límites que se confunde con la más pura audacia. Los niños se atreven con todo. ¿Acaso no hubo uno que levantó la piel del mar? Fue en Port Lligat, creo, en mejores horas para Cataluña. Salvador Dalí, al que apodaban Avida Dolar por su interesada visión de las cosas,  supo captar, pese a todo, la maravilla del instante y le sobró tiempo para pintar sus propios bigotes en la cara del niño trazando sobre el lienzo un poema de infancia difícil de igualar. ¿Y el niño aquél que trataba de sumir el mar entero en el hoyo que había hecho en la arena? Lo vio Agustín de Hipona  y sacó de eso una lección cristiana.

¿Que los niños no andan sueltos a la hora que murió Chaid Aisa? Eso va en depende, señores padres, señoras madres, señores del jurado. Seguro que la niña no tenía todavía el espíritu cubierto de sajaduras. Ni el ánimo perforado por los miedos adultos. No  estaba programada  para andar sobre el camino trazado, ni era experta en pintar  rayajos que no rebasaran las cuadrículas del cuaderno, habilidades limitadoras que están incluidas en el programa de condicionamiento post burgués que hoy ostenta el nombre de enseñanza. Tampoco había  sido amaestrada  para ir de paseo cogidita de una cuerda con otros niños mientras sus madres se dedican a cosas más importantes y sus padres cobran el paro si les llega. Y veo emerger de la memoria, un bultito que con una mano sujeta la pequeña pala para remover la arena, y en la otra sostiene por el asa un balde de juguete lleno de agua de mar: yace en el fondo, solitaria, una estrella; y en la superficie el oro del sol se multiplica en olas pequeñas que se arremolinan en el brocal del cubo. Surgida del recuerdo esta imagen puede ser la mía propia o la de cualquiera de  vuestras mercedes.

Lleguen adonde llegaren los resultados de la pesquisa policial y el informe del médico forense. Voceen lo que fuere las instituciones públicas que se arrogan lindamente el papel del pópulo en el ejercicio de la  “acción popular”. Una certidumbre hay: Chaid Aisa murió de incivilización contemporánea: padre sin trabajo, madre ausente,  ambos paupérrimos e ignorantes, intentando sin medios y sin puntos de referencia  por reunir la arena que se les escapa por el harnero de sus existencias desestructuradas. Ocurrió el jueves 8 de octubre en la playa de Zarauz. Pudo ser en cualquier otro sitio.

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