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viernes, 27 de julio de 2007

Glosa Maleva de la Banana

Banana, me lo dice el mapa que tengo ante mi, es un río mas bien cenagoso que desemboca en el estuario del río Congo, en la República del mismo nombre. Como hay dos repúblicas que se han llamado así, tengo que aclarar que se trata del Congo-Brazzaville, que fue el antiguo Congo Francés, formado con los territorios del reyezuelo Makoko, descubiertos y recorridos por el viajero y, por supuesto, explorador, Pierre Saborgnan de Brazza, con denominación de origen italiano que los franceses galicanizaron llamándole monsiur Brassá.

Existen fotos de Monsieur Piero Saborgnano di Brazza, nacido en Castel Gandolfo, cubierta la cabeza con elevado salakot que le come la barbada imagen, con talante de avezado cazador de leones y en actitud de proclamar su atinada puntería como portador de un espléndido fusil de alma rayada, de esos que los americanos llamaron, para siempre, rifles. Pero como en las fotos no aparece ninguna fiera ni viva ni convertida en trofeo, hay que pensar que fue un montaje grandilocuente que se le ocurrió al fotógrafo.

Aparte de puerto fluvial en el Congo, banana es también el nombre de la fruta del banano o bananero, planta monocotiledónea, es decir, de un solo cotiledón en contraposición a las plantas bicotiledoneas que tienen dos de ellos. Por asociación muy fácil de explicar, a mi se me ocurría, de muchacho y en las clases de Ciencias Naturales del Instituto Pedagógico de Varones, que monocotiledón era en el reino vegetal el equivalente a chiclán en el mundo animal: individuo macho dotado de un solo testículo. En contraste con los mansos o capones, que reciben la veneración de sus congéneres enterizos, en los corrales, el chiclán no es bien recibido. Esta forma de comportarse contrasta con la actitud de los humanos entre los cuales el chiclán puede ascender a los puestos más cimeros. El chiclán más famoso del siglo XX fue alemán y se llamó Adolf Hitler. En cuanto a Winston Churchil no consta fehacientemente su condición de tal. Y respecto a Fidel Castro se tiene por cierto que ha sido una invención de la Central Inteligente Agency, que no se corta ante calumnias semejantes cuando se trata de defender la democracia.

La banana es una de las numerosas especies del género musa, que deriva su denominación del nombre común a las deidades olímpicas que repartían la inspiración artística. A partir del siglo XVIII se comenzó a dar por cierto que comida esa fruta con regularidad daba pábulo a la eclosión de los más hermosos y fecundos pensamientos. Dicen que por esto, en la India prebritánica, se reservaba su comida a los miembros de la casta de los brahmanes. Algo puede haber de verdad porque los filamentos extraídos del blando pellejo de la banana, una vez que se han secado al sol, tiene efectos psicotrópicos dignos de nota. No doy fe de esto, pero tampoco lo niego; no estoy dispuesto a dar pistas y tampoco me resigno a no darlas.

La banana fue la primera fruta tropical comercializada a gran escala en los países fríos y templados. El secreto de su éxito se basaba y se basa en siete poderosas razones.

La primera de ellas es que es una fruta muy fácil de pelar lo cual ahorra trabajo al ama de casa, a los amitos de su casa y a los mozos de cocina.

La segunda, que puede ser comida “a lo simio” ya que no exige valerse de ningún instrumento, con la ventaja que esto significa para meriendas improvisadas o excursiones campestres.

La tercera, que su pulpa es muy digerible, lo cual supone una ventaja para los niños chicos, los viejos y las personas de estómagos delicados.

La cuarta, que carece de hueso, cuesco o semilla dura, lo cual la hace apta para los descuidados, los impacientes y los tragaldabas.

La cuarta, que su pulpa es ligeramente astringente, por lo cual se recomienda a los que andan flojos del esfínter, padecen diarreas o tienen intestinos que hacen gala de tendencias libertarias.

La quinta, es una fruta blanda lo cual la hace muy apropiada para los niños en primera dentición, viejos sin dientes, menores y mayores sometidos a trabajos de ortodoncia y otros remiendos bucales, y para deportistas y atletas con las fauces averiadas temporalmente por accidentes y otros imprevistos.

La sexta, que su piel puede ser empleada directamente para la alimentación animal, especialmente la porcina, formando parte del revoltillo (compost) de sobras (nutrientes) llamado en cristiano cherrijana, lo cual es muestra de un alto grado de reciclabilidad que favorece el progreso sostenible y constituye una manera insoslayable de hacer país, proteger a la naturaleza y utilizar correctamente los recursos renovables.

La séptima, que puede ser cortada estando todavía verde, lo cual facilita mucho su conservación en buen estado durante los prolongados períodos de transporte y distribución desde los países tropicales en que se cultiva.

Los barcos que transportan las bananas se llaman, cómo no, barcos bananeros, y son un alarde ingenieril de cubiertas falsas y de ventilación, necesarias para que la fruta llegue en buenas condiciones a sus lejanos destinos europeos y nortemericanos, japoneses y rusos. La flota bananera más famosa ha sido la de la United Fruit, con sus barcos pintaditos de blanco y sus bananitas dentro.

Pese a sus esfuerzos, los países productores de bananas no han conseguido reunirse en una O.P.P.B, o sea, Organización de Países Productores de Banana; ni tampoco han llegado a formar la A.M.P.CYEDBYS, o sea la Asamblea Mundial Permanente para el Cultivo, Expotación y Difusión de la Banana y Similares, ni tampoco el C.B.M. o Congreso Bananero Mundial, razón por la cual no solo están desprotegidos, sino que tienen que sufrir la continua afrenta de ser llamados países bananeros o repúblicas bananeras que es expresión despectiva de gran lujo. Con lo bonito y digno que sería ser llamados países productores de banana.

El término banana tiene un sentido equívoco en el diccionario de las palabras malsonantes. Una vez, en la ciudad de Málaga, patria, como se sabe, de Antonio Banderas y de Pepa Flores, durante un concurso radiofónico, el animador propuso una pregunta tonta: ¿qué parte del cuerpo humano lleva nombre de fruta? La concursante contestó que el plátano, pero, observando la expresión preocupada del locutor –entonces la gente procuraba ser decente- que apuntaba “la..la”, queriendo adelantarle que la respuesta correcta era “la Nuez de Adán,” quiso rectificar y exclamó con decisión: ¡la banana! convirtiendo en chiste el sucedido.

martes, 17 de julio de 2007

Reflexiones Iconográficas

Se me hace que en cualquier partido político o formación con pretensiones de tal naturaleza, hay que considerar, como en los computadores, un software que mira a la mente y al pensamiento; y una parte de hardware, que consiste en los medios materiales, financieros, institucionales y organizativos.

La parte correspondiente al software está compuesto por una ideología que se expresa en los programas institucionales o “idearios” que sirven para dar sentido a la acción partidaria. A la ideología hay que acudir para averiguar qué pretende de veras un partido.

Pero esto no siempre resulta fácil para el observador. En el bregar de las campañas electorales, la expresión de la ideológica queda supeditada a la coyuntura propagandística; y en el quehacer cotidiano de los partidos, con frecuencia se enmascara tras los apremios de la lucha por el poder en rivalidad con los demás partidos, o se disimula en la puja entre los cabecillas o barones de una misma formación ansiosos por desbancarse los unos a los otros. Puestos a inventarse nombres para esta parte cambiante del cuerpo de los partidos, habría que llamarla liquidware, dada la fluidez de sus contenidos.

Como anexo de la ideología está la iconografía. Es a través de ésta que se pone de manifiesto la primera, y más en países como este Reino de las Diecisiete Repúblicas en las que el debate racional brilla por su ausencia. En este sentido, la iconografía política es una forma de alejar al ciudadano de la funesta manía de pensar.

La iconografía partidista debe reunir las cualidades siguientes: 1) sencillez en su trazo. 2) claridad de su simbolismo.3) Fuerza empática suficiente para afectar el ánimo.

La sencillez del trazado iconográfico asegura la posibilidad de que la tarea de dibujarlo en las paredes pueda ser asumida por cualquiera que cuente con instrumental mínimo. Es fácil comprobar, por ejemplo, que cualquier muchacho provisto de espray o de rotuladores puede dibujar los trazos del hacha y la serpiente, o los de la crucífera nacionalista, de forma perfectamente identificable. En cambio, hay que ser al menos mediano dibujante para bosquejar con cierta corrección el escudo de Navarra con su corona real, sus cadenas y sus cabujones.

La claridad del simbolismo lo hace apto para comunicar una versión elemental del contenido ideológico del partido o la formación de que se trate. Volviendo a los ejemplos procedentes del habitat político cercano, es claro el simbolismo del hacha y la serpiente. Es claro el simbolismo de la bandera euskaditana: el blanco de la paz, el rojo de los vínculos de sangre y el verde que es al mismo tiempo el color de la esperanza y del paisaje. En cambio, es poco claro el simbolismo de las gaviotas en vuelo del Partido Popular, sin contar que estas aves, que antes “iban volando hacia la inmensidad”, como decía una canción de mi infancia, son ahora oportunistas visitantes de los vertederos.

La fuerza empática hace al icono capaz de suscitar sentimientos individuales encaminados a la acción, pero dentro de un sentido colectivo, de modo que pueda conducir a actuar conjuntamente con otros acostumbrados a reaccionar de la misma guisa. El emblema de la ETA apela, con el hacha, a la agresión, e insta a saber esperar como lo hace la serpiente que, mordiendo el polvo, aguarda su ocasión. La rosa del socialismo, empuñada como si fuese un arma blanca, sugiere que la lucha obrera se ha transformado pero no ha desaparecido con la aceptación de los mecanismos democráticos; y el símbolo basta para que nadie se pregunta por las ganancias de la banca durante su admón….

Conviene advertir que la condición compleja de los factores ideológicos es compatible con la sencillez del trazado, la claridad simbólica y la fuerza empática de los contenidos icónicos. Dejando las distancias cortas examinemos, al efecto, las tres formaciones ideológicamente más elaboradas del siglo pasado, cuyas estelas cursamos todavía. Tales fueron, por orden de aparición en el mundo, el socialismo marxista, el fascismo y el nacional-socialismo. Los tres se basan en posiciones decantadas de las ciencias naturales y de las escuelas filosóficas de aquél momento.

El marxismo aplica las ideas del materialismo científico sobre la marcha de la Historia. Se trata de acelerar la deriva de ésta hacia un dominio del proletariado que hará posible el perfeccionamiento definitivo del ser humano y de las relaciones sociales mediante la eliminación de la explotación del hombre por el hombre.

El fascismo, partiendo del idealismo hegeliano, considera que el Estado, en tanto que institución integradora de las diferencias, es la máxima creación del hombre como ser destinado a vivir en sociedad. Porque es a través del Estado que llega a ser posible alcanzar todos los bienes y realizaciones que son capaces de crear las comunidades humanas organizadas.

El nacional-socialismo aplicaba al perfeccionamiento de la sociedad alemana y europea los principios científicos de la selección de las especies y la eliminación de los débiles. Se buscaba la mejora radical de la raza blanca a partir del perfeccionamiento de su patrimonio genético. El nacional-socialismo también desarrolló hasta sus últimas consecuencias las ideas de la Ilustración alemana acerca del “volk” o pueblo alemán como entidad cultural y étnica dotada de espíritu propio. Y llevó a la práctica la “moral de señores”, que Nietzsche preconizara como superación de “la moral de los débiles”, de raíces cristianas y judaicas. A éste armazón cultural y científico se sobremontó el propósito de exterminar físicamente a los hebreos, finalidad apocalíptica en la cual la filósofa Edith Stein, ahora santa de la Iglesia, veía un intento sacrílego de borrar del mundo incluso los rasgos físicos del Ungido o Mesias.

Pues bien, estas complejas ideologías, se exteriorizan a través de una iconografía sumamente sencilla y poderosa.

Reparemos, para comenzar, en la hoz y el martillo, símbolo fácil de captar y fácil de trazar. En tiempos de lucha, el simple dibujo de esas herramientas que se identifican con las labores del peonaje agrícola y del peonaje de la industria, equivalía a toda una proclamación de principios, o a una amenaza para los enemigos de la clase proletaria. El martillo golpea y la hoz hiere y degüella.

La cruz gamada, que sintetizó la iconografía del nacionalsocialismo, es un símbolo solar -en un comienzo era levógiro, pero por razones estéticas se hizo girar hacia la derecha- que tiene su origen en una antigua runa germánica. Su carácter de cruz deforme refuerza su sentido conscientemente pagano. El etnicismo, que en la Europa de fines del siglo XIX había popularizado los signos reales o supuestos de los antiguos germanos, contribuyó a la propagación entre los pueblos del Norte de Europa de las runas germánicas como símbolos de una posible identidad colectiva.

En cuanto al fascismo, el “fascio”, haz o manojo de varas de acebuche amarrados en torno a un hacha, como los que hay en el puente donostiarra del Kursaal, símbolo de la potentia punitiva de la autoritas romana y emblema de unidad, de justicia y de orden, era archiconocido por los italianos, familiarizados desde siempre con la simbología presente en los monumentales vestigios de la Roma antigua. En cuanto a la camisa negra del uniforme fascista, no era, ni más ni menos que la camisa de los campesinos de la Romaña que las preferían de ese color que disimulaba la suciedad que originan las tareas agrícolas.

La iconografía política es la ideología administrada en comprimidos, pero hay que saber leerla.

lunes, 9 de julio de 2007

Regalos Hay

Hay regalos, tan básicos, tan abarcantes, tan ricos, tan profundos y elementales que casi dejan de parecerlo y termina por antojársenos que son algo que se nos adeuda, que tienen una pincelada de inevitables y fatídicos y que incluso pueden llegar a ser considerados como enojosos. El principal de estos regalos, de los cuales se suele tener una noción degradada, es la vida; que, sin embargo, constituye el regalo-válvula, que regula todos lo demás; el portón de los regalos, que da acceso a cuantos vienen después; el don de dones sin el cual nadie está en condiciones de recibir ningún otro.

De la vida es frecuente tener un concepto rebajado, y opresor como un castigo. Algo parecido pasa con la inteligencia, a la que se minusvalora; y con el don de la paz, que circula por allí confundido con cualquier cosa.

Pero voy referirme hoy a otros regalos que nunca, ni siquiera en nuestra apreciación subjetiva, pueden perder el carácter de tales.

Porque, en contraste con la vida, que tiene que ser andada paso a paso sobre un camino que hay que descubrir; y labrada surco a surco como un campo cuya extensión no se conoce, o forjada golpe a golpe como una espada cuyo temple no podemos calcular; o en comparación con el don de la paz, que tenemos que buscar con inquietud y poseer siempre en precario, pues cada uno sólo va en procura de la paz de su paloma, como la Historia fácilmente demuestra; o en parangón con el regalo de la inteligencia, a la que hoy se considera incapaz de alcanzar la verdad, los regalos a los que voy a aludir nos han sido entregados, como si dijéramos, de golpe y porrazo, y su propia repentinidad hace que su carácter gratuito resulte siempre evidente.

La posesión que sobre estos regalos pueda ejercer el agraciado es tan efímera y sutil, que sólo aciertan a dejar una huella leve que encuentra fácil y humilde posada en el sentimiento y en la memoria. Pero esa huella no es un trazo cualquiera, sino una huella con sentido.

Me he permitido hacer el inventario de los regalos de esta clase que he recibido a lo largo de mi vida. He contado cinco, y son los siguientes según sus épocas y circunstancias.

El primero de todos lo recibí por sorpresa tras una tarde clara, nítida, sin nubes, frente al océano en calma, en la costa cercana a una tropical Corinto. El cuarto Angel de los Colores surgió, repentino, del horizonte, para tomar posesión del mundo. Fue una irrupción sin anuncios ni espera, súbita, bella, fulgurante. Todo, ante mi, se trocó de pronto en esmeralda viva. Duró un instante sólo. Esa noche mi padre me aclaró que había tenido la suerte de haber visto el rayo verde.

El segundo regalo merecería figurar en el cuento de Juan Sin Miedo, o en la balada de aquél “Juan valiente, que donde quiera que pisa deja la tierra caliente,” que cantaba Cafrune, el cantautor argentino con alma de gaucho que recibió la muerte, junto con su caballo, atropellados por el vehículo de un hombre que había vendido el alma al diablo de la prisa. Una noche, de duermevela en una casa donde era fama que había aparecidos, pude ver las luces que llamaban “de los muertos.” Ni busqué ni quise la experiencia, pero la tuve. Unas perlas grandes, fosforescentes, que surgían del suelo, ascendían lentas, majestuosas, en línea recta, hasta una altura como de dos varas y luego bajaban por donde habían subido dejando tras de sí un rastro como de vahos luminosos. Tenía catorce años y a esa altura de mi vida de escolar, ya sabía que se trataba de un fenómeno químico, pero su vista fue para mí un regalo que otros muchos buscaron y no recibieron.

El tercer regalo vino cuando ya había cruzado el umbral de los treinta, “nel mezzo cammino della vita.” Habíamos despegado hacía media hora de un aeropuerto local. Era un oscuro día de invierno. Volábamos sobre el Pirineo nevado. De pronto, por la ventanilla, pude ver, suspendido en el aire como un milagro de luz que casi pedía ser contemplado de rodillas y conteniendo la respiración, el halo gigantesco del Iris, una perfecta corona de siete colores entre el cielo fosco y las montañas blancas.

El cuarto don, el único que he podido repetir, lo recibí un día ya lejano en el cual me enteré que, privilegiado entre millares, poseía la capacidad de percibir el tenue, tímido, sosegante y menino aroma que las orquídeas regalan por las tardes y por las mañanas cuando el tempero se muestra propicio a tamaña generosidad.

Todos los dones arrastran un sentido. La visión del rayo verde sembró en mí la semilla de una intuición: que la belleza es un don capaz de transfigurarlo todo.

Las “luces de los muertos”, luces al fin, me hicieron entender que la vida se muda pero no se pierde, incluso en el plano químico; y que la Belleza, cuando se esconde tras lo feo o lo tétrico, se aviene a mostrar su faz a quienes no albergan temores en su corazón.

El halo o corona del Iris me reveló que la Belleza es perfección y que con ella se completa el círculo del Bien y de la Verdad, esa Trinidad que aduna los sentidos, la voluntad y la inteligencia.

Cuando descubrí mi destreza para sentir el sutil perfume de la orquídea percibí que la belleza se complace con los enamorados pacientes y que ciertos privilegios no pueden ser compartidos aunque queramos. Hemos de conformarnos con agradecerlos. Supongo que eso invita a la humildad.

-Bueno, maese, pero vuestra merced habló de cinco dones y se ha dejado el quinto en el tintero.

Es verdad, el quinto es haber alcanzado a leer, en la edad de la inocencia, “Cantos de Vida y Esperanza”, de Rubén Darío. La esperanza es vida y mientras hay vida hay esperanza. Cada día tiene su propio afán y cada época su esperanza propia.

Eso mientras no te tengas que dar con un canto en los dientes.