Banana, me lo dice el mapa que tengo ante mi, es un río mas bien cenagoso que desemboca en el estuario del río Congo, en la República del mismo nombre. Como hay dos repúblicas que se han llamado así, tengo que aclarar que se trata del Congo-Brazzaville, que fue el antiguo Congo Francés, formado con los territorios del reyezuelo Makoko, descubiertos y recorridos por el viajero y, por supuesto, explorador, Pierre Saborgnan de Brazza, con denominación de origen italiano que los franceses galicanizaron llamándole monsiur Brassá.
Existen fotos de Monsieur Piero Saborgnano di Brazza, nacido en Castel Gandolfo, cubierta la cabeza con elevado salakot que le come la barbada imagen, con talante de avezado cazador de leones y en actitud de proclamar su atinada puntería como portador de un espléndido fusil de alma rayada, de esos que los americanos llamaron, para siempre, rifles. Pero como en las fotos no aparece ninguna fiera ni viva ni convertida en trofeo, hay que pensar que fue un montaje grandilocuente que se le ocurrió al fotógrafo.
Aparte de puerto fluvial en el Congo, banana es también el nombre de la fruta del banano o bananero, planta monocotiledónea, es decir, de un solo cotiledón en contraposición a las plantas bicotiledoneas que tienen dos de ellos. Por asociación muy fácil de explicar, a mi se me ocurría, de muchacho y en las clases de Ciencias Naturales del Instituto Pedagógico de Varones, que monocotiledón era en el reino vegetal el equivalente a chiclán en el mundo animal: individuo macho dotado de un solo testículo. En contraste con los mansos o capones, que reciben la veneración de sus congéneres enterizos, en los corrales, el chiclán no es bien recibido. Esta forma de comportarse contrasta con la actitud de los humanos entre los cuales el chiclán puede ascender a los puestos más cimeros. El chiclán más famoso del siglo XX fue alemán y se llamó Adolf Hitler. En cuanto a Winston Churchil no consta fehacientemente su condición de tal. Y respecto a Fidel Castro se tiene por cierto que ha sido una invención de la Central Inteligente Agency, que no se corta ante calumnias semejantes cuando se trata de defender la democracia.
La banana es una de las numerosas especies del género musa, que deriva su denominación del nombre común a las deidades olímpicas que repartían la inspiración artística. A partir del siglo XVIII se comenzó a dar por cierto que comida esa fruta con regularidad daba pábulo a la eclosión de los más hermosos y fecundos pensamientos. Dicen que por esto, en la India prebritánica, se reservaba su comida a los miembros de la casta de los brahmanes. Algo puede haber de verdad porque los filamentos extraídos del blando pellejo de la banana, una vez que se han secado al sol, tiene efectos psicotrópicos dignos de nota. No doy fe de esto, pero tampoco lo niego; no estoy dispuesto a dar pistas y tampoco me resigno a no darlas.
La banana fue la primera fruta tropical comercializada a gran escala en los países fríos y templados. El secreto de su éxito se basaba y se basa en siete poderosas razones.
La primera de ellas es que es una fruta muy fácil de pelar lo cual ahorra trabajo al ama de casa, a los amitos de su casa y a los mozos de cocina.
La segunda, que puede ser comida “a lo simio” ya que no exige valerse de ningún instrumento, con la ventaja que esto significa para meriendas improvisadas o excursiones campestres.
La tercera, que su pulpa es muy digerible, lo cual supone una ventaja para los niños chicos, los viejos y las personas de estómagos delicados.
La cuarta, que carece de hueso, cuesco o semilla dura, lo cual la hace apta para los descuidados, los impacientes y los tragaldabas.
La cuarta, que su pulpa es ligeramente astringente, por lo cual se recomienda a los que andan flojos del esfínter, padecen diarreas o tienen intestinos que hacen gala de tendencias libertarias.
La quinta, es una fruta blanda lo cual la hace muy apropiada para los niños en primera dentición, viejos sin dientes, menores y mayores sometidos a trabajos de ortodoncia y otros remiendos bucales, y para deportistas y atletas con las fauces averiadas temporalmente por accidentes y otros imprevistos.
La sexta, que su piel puede ser empleada directamente para la alimentación animal, especialmente la porcina, formando parte del revoltillo (compost) de sobras (nutrientes) llamado en cristiano cherrijana, lo cual es muestra de un alto grado de reciclabilidad que favorece el progreso sostenible y constituye una manera insoslayable de hacer país, proteger a la naturaleza y utilizar correctamente los recursos renovables.
La séptima, que puede ser cortada estando todavía verde, lo cual facilita mucho su conservación en buen estado durante los prolongados períodos de transporte y distribución desde los países tropicales en que se cultiva.
Los barcos que transportan las bananas se llaman, cómo no, barcos bananeros, y son un alarde ingenieril de cubiertas falsas y de ventilación, necesarias para que la fruta llegue en buenas condiciones a sus lejanos destinos europeos y nortemericanos, japoneses y rusos. La flota bananera más famosa ha sido la de la United Fruit, con sus barcos pintaditos de blanco y sus bananitas dentro.
Pese a sus esfuerzos, los países productores de bananas no han conseguido reunirse en una O.P.P.B, o sea, Organización de Países Productores de Banana; ni tampoco han llegado a formar la A.M.P.CYEDBYS, o sea la Asamblea Mundial Permanente para el Cultivo, Expotación y Difusión de la Banana y Similares, ni tampoco el C.B.M. o Congreso Bananero Mundial, razón por la cual no solo están desprotegidos, sino que tienen que sufrir la continua afrenta de ser llamados países bananeros o repúblicas bananeras que es expresión despectiva de gran lujo. Con lo bonito y digno que sería ser llamados países productores de banana.
El término banana tiene un sentido equívoco en el diccionario de las palabras malsonantes. Una vez, en la ciudad de Málaga, patria, como se sabe, de Antonio Banderas y de Pepa Flores, durante un concurso radiofónico, el animador propuso una pregunta tonta: ¿qué parte del cuerpo humano lleva nombre de fruta? La concursante contestó que el plátano, pero, observando la expresión preocupada del locutor –entonces la gente procuraba ser decente- que apuntaba “la..la”, queriendo adelantarle que la respuesta correcta era “la Nuez de Adán,” quiso rectificar y exclamó con decisión: ¡la banana! convirtiendo en chiste el sucedido.
Existen fotos de Monsieur Piero Saborgnano di Brazza, nacido en Castel Gandolfo, cubierta la cabeza con elevado salakot que le come la barbada imagen, con talante de avezado cazador de leones y en actitud de proclamar su atinada puntería como portador de un espléndido fusil de alma rayada, de esos que los americanos llamaron, para siempre, rifles. Pero como en las fotos no aparece ninguna fiera ni viva ni convertida en trofeo, hay que pensar que fue un montaje grandilocuente que se le ocurrió al fotógrafo.
Aparte de puerto fluvial en el Congo, banana es también el nombre de la fruta del banano o bananero, planta monocotiledónea, es decir, de un solo cotiledón en contraposición a las plantas bicotiledoneas que tienen dos de ellos. Por asociación muy fácil de explicar, a mi se me ocurría, de muchacho y en las clases de Ciencias Naturales del Instituto Pedagógico de Varones, que monocotiledón era en el reino vegetal el equivalente a chiclán en el mundo animal: individuo macho dotado de un solo testículo. En contraste con los mansos o capones, que reciben la veneración de sus congéneres enterizos, en los corrales, el chiclán no es bien recibido. Esta forma de comportarse contrasta con la actitud de los humanos entre los cuales el chiclán puede ascender a los puestos más cimeros. El chiclán más famoso del siglo XX fue alemán y se llamó Adolf Hitler. En cuanto a Winston Churchil no consta fehacientemente su condición de tal. Y respecto a Fidel Castro se tiene por cierto que ha sido una invención de la Central Inteligente Agency, que no se corta ante calumnias semejantes cuando se trata de defender la democracia.
La banana es una de las numerosas especies del género musa, que deriva su denominación del nombre común a las deidades olímpicas que repartían la inspiración artística. A partir del siglo XVIII se comenzó a dar por cierto que comida esa fruta con regularidad daba pábulo a la eclosión de los más hermosos y fecundos pensamientos. Dicen que por esto, en la India prebritánica, se reservaba su comida a los miembros de la casta de los brahmanes. Algo puede haber de verdad porque los filamentos extraídos del blando pellejo de la banana, una vez que se han secado al sol, tiene efectos psicotrópicos dignos de nota. No doy fe de esto, pero tampoco lo niego; no estoy dispuesto a dar pistas y tampoco me resigno a no darlas.
La banana fue la primera fruta tropical comercializada a gran escala en los países fríos y templados. El secreto de su éxito se basaba y se basa en siete poderosas razones.
La primera de ellas es que es una fruta muy fácil de pelar lo cual ahorra trabajo al ama de casa, a los amitos de su casa y a los mozos de cocina.
La segunda, que puede ser comida “a lo simio” ya que no exige valerse de ningún instrumento, con la ventaja que esto significa para meriendas improvisadas o excursiones campestres.
La tercera, que su pulpa es muy digerible, lo cual supone una ventaja para los niños chicos, los viejos y las personas de estómagos delicados.
La cuarta, que carece de hueso, cuesco o semilla dura, lo cual la hace apta para los descuidados, los impacientes y los tragaldabas.
La cuarta, que su pulpa es ligeramente astringente, por lo cual se recomienda a los que andan flojos del esfínter, padecen diarreas o tienen intestinos que hacen gala de tendencias libertarias.
La quinta, es una fruta blanda lo cual la hace muy apropiada para los niños en primera dentición, viejos sin dientes, menores y mayores sometidos a trabajos de ortodoncia y otros remiendos bucales, y para deportistas y atletas con las fauces averiadas temporalmente por accidentes y otros imprevistos.
La sexta, que su piel puede ser empleada directamente para la alimentación animal, especialmente la porcina, formando parte del revoltillo (compost) de sobras (nutrientes) llamado en cristiano cherrijana, lo cual es muestra de un alto grado de reciclabilidad que favorece el progreso sostenible y constituye una manera insoslayable de hacer país, proteger a la naturaleza y utilizar correctamente los recursos renovables.
La séptima, que puede ser cortada estando todavía verde, lo cual facilita mucho su conservación en buen estado durante los prolongados períodos de transporte y distribución desde los países tropicales en que se cultiva.
Los barcos que transportan las bananas se llaman, cómo no, barcos bananeros, y son un alarde ingenieril de cubiertas falsas y de ventilación, necesarias para que la fruta llegue en buenas condiciones a sus lejanos destinos europeos y nortemericanos, japoneses y rusos. La flota bananera más famosa ha sido la de la United Fruit, con sus barcos pintaditos de blanco y sus bananitas dentro.
Pese a sus esfuerzos, los países productores de bananas no han conseguido reunirse en una O.P.P.B, o sea, Organización de Países Productores de Banana; ni tampoco han llegado a formar la A.M.P.CYEDBYS, o sea la Asamblea Mundial Permanente para el Cultivo, Expotación y Difusión de la Banana y Similares, ni tampoco el C.B.M. o Congreso Bananero Mundial, razón por la cual no solo están desprotegidos, sino que tienen que sufrir la continua afrenta de ser llamados países bananeros o repúblicas bananeras que es expresión despectiva de gran lujo. Con lo bonito y digno que sería ser llamados países productores de banana.
El término banana tiene un sentido equívoco en el diccionario de las palabras malsonantes. Una vez, en la ciudad de Málaga, patria, como se sabe, de Antonio Banderas y de Pepa Flores, durante un concurso radiofónico, el animador propuso una pregunta tonta: ¿qué parte del cuerpo humano lleva nombre de fruta? La concursante contestó que el plátano, pero, observando la expresión preocupada del locutor –entonces la gente procuraba ser decente- que apuntaba “la..la”, queriendo adelantarle que la respuesta correcta era “la Nuez de Adán,” quiso rectificar y exclamó con decisión: ¡la banana! convirtiendo en chiste el sucedido.