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lunes, 9 de julio de 2007

Regalos Hay

Hay regalos, tan básicos, tan abarcantes, tan ricos, tan profundos y elementales que casi dejan de parecerlo y termina por antojársenos que son algo que se nos adeuda, que tienen una pincelada de inevitables y fatídicos y que incluso pueden llegar a ser considerados como enojosos. El principal de estos regalos, de los cuales se suele tener una noción degradada, es la vida; que, sin embargo, constituye el regalo-válvula, que regula todos lo demás; el portón de los regalos, que da acceso a cuantos vienen después; el don de dones sin el cual nadie está en condiciones de recibir ningún otro.

De la vida es frecuente tener un concepto rebajado, y opresor como un castigo. Algo parecido pasa con la inteligencia, a la que se minusvalora; y con el don de la paz, que circula por allí confundido con cualquier cosa.

Pero voy referirme hoy a otros regalos que nunca, ni siquiera en nuestra apreciación subjetiva, pueden perder el carácter de tales.

Porque, en contraste con la vida, que tiene que ser andada paso a paso sobre un camino que hay que descubrir; y labrada surco a surco como un campo cuya extensión no se conoce, o forjada golpe a golpe como una espada cuyo temple no podemos calcular; o en comparación con el don de la paz, que tenemos que buscar con inquietud y poseer siempre en precario, pues cada uno sólo va en procura de la paz de su paloma, como la Historia fácilmente demuestra; o en parangón con el regalo de la inteligencia, a la que hoy se considera incapaz de alcanzar la verdad, los regalos a los que voy a aludir nos han sido entregados, como si dijéramos, de golpe y porrazo, y su propia repentinidad hace que su carácter gratuito resulte siempre evidente.

La posesión que sobre estos regalos pueda ejercer el agraciado es tan efímera y sutil, que sólo aciertan a dejar una huella leve que encuentra fácil y humilde posada en el sentimiento y en la memoria. Pero esa huella no es un trazo cualquiera, sino una huella con sentido.

Me he permitido hacer el inventario de los regalos de esta clase que he recibido a lo largo de mi vida. He contado cinco, y son los siguientes según sus épocas y circunstancias.

El primero de todos lo recibí por sorpresa tras una tarde clara, nítida, sin nubes, frente al océano en calma, en la costa cercana a una tropical Corinto. El cuarto Angel de los Colores surgió, repentino, del horizonte, para tomar posesión del mundo. Fue una irrupción sin anuncios ni espera, súbita, bella, fulgurante. Todo, ante mi, se trocó de pronto en esmeralda viva. Duró un instante sólo. Esa noche mi padre me aclaró que había tenido la suerte de haber visto el rayo verde.

El segundo regalo merecería figurar en el cuento de Juan Sin Miedo, o en la balada de aquél “Juan valiente, que donde quiera que pisa deja la tierra caliente,” que cantaba Cafrune, el cantautor argentino con alma de gaucho que recibió la muerte, junto con su caballo, atropellados por el vehículo de un hombre que había vendido el alma al diablo de la prisa. Una noche, de duermevela en una casa donde era fama que había aparecidos, pude ver las luces que llamaban “de los muertos.” Ni busqué ni quise la experiencia, pero la tuve. Unas perlas grandes, fosforescentes, que surgían del suelo, ascendían lentas, majestuosas, en línea recta, hasta una altura como de dos varas y luego bajaban por donde habían subido dejando tras de sí un rastro como de vahos luminosos. Tenía catorce años y a esa altura de mi vida de escolar, ya sabía que se trataba de un fenómeno químico, pero su vista fue para mí un regalo que otros muchos buscaron y no recibieron.

El tercer regalo vino cuando ya había cruzado el umbral de los treinta, “nel mezzo cammino della vita.” Habíamos despegado hacía media hora de un aeropuerto local. Era un oscuro día de invierno. Volábamos sobre el Pirineo nevado. De pronto, por la ventanilla, pude ver, suspendido en el aire como un milagro de luz que casi pedía ser contemplado de rodillas y conteniendo la respiración, el halo gigantesco del Iris, una perfecta corona de siete colores entre el cielo fosco y las montañas blancas.

El cuarto don, el único que he podido repetir, lo recibí un día ya lejano en el cual me enteré que, privilegiado entre millares, poseía la capacidad de percibir el tenue, tímido, sosegante y menino aroma que las orquídeas regalan por las tardes y por las mañanas cuando el tempero se muestra propicio a tamaña generosidad.

Todos los dones arrastran un sentido. La visión del rayo verde sembró en mí la semilla de una intuición: que la belleza es un don capaz de transfigurarlo todo.

Las “luces de los muertos”, luces al fin, me hicieron entender que la vida se muda pero no se pierde, incluso en el plano químico; y que la Belleza, cuando se esconde tras lo feo o lo tétrico, se aviene a mostrar su faz a quienes no albergan temores en su corazón.

El halo o corona del Iris me reveló que la Belleza es perfección y que con ella se completa el círculo del Bien y de la Verdad, esa Trinidad que aduna los sentidos, la voluntad y la inteligencia.

Cuando descubrí mi destreza para sentir el sutil perfume de la orquídea percibí que la belleza se complace con los enamorados pacientes y que ciertos privilegios no pueden ser compartidos aunque queramos. Hemos de conformarnos con agradecerlos. Supongo que eso invita a la humildad.

-Bueno, maese, pero vuestra merced habló de cinco dones y se ha dejado el quinto en el tintero.

Es verdad, el quinto es haber alcanzado a leer, en la edad de la inocencia, “Cantos de Vida y Esperanza”, de Rubén Darío. La esperanza es vida y mientras hay vida hay esperanza. Cada día tiene su propio afán y cada época su esperanza propia.

Eso mientras no te tengas que dar con un canto en los dientes.

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