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martes, 17 de julio de 2007

Reflexiones Iconográficas

Se me hace que en cualquier partido político o formación con pretensiones de tal naturaleza, hay que considerar, como en los computadores, un software que mira a la mente y al pensamiento; y una parte de hardware, que consiste en los medios materiales, financieros, institucionales y organizativos.

La parte correspondiente al software está compuesto por una ideología que se expresa en los programas institucionales o “idearios” que sirven para dar sentido a la acción partidaria. A la ideología hay que acudir para averiguar qué pretende de veras un partido.

Pero esto no siempre resulta fácil para el observador. En el bregar de las campañas electorales, la expresión de la ideológica queda supeditada a la coyuntura propagandística; y en el quehacer cotidiano de los partidos, con frecuencia se enmascara tras los apremios de la lucha por el poder en rivalidad con los demás partidos, o se disimula en la puja entre los cabecillas o barones de una misma formación ansiosos por desbancarse los unos a los otros. Puestos a inventarse nombres para esta parte cambiante del cuerpo de los partidos, habría que llamarla liquidware, dada la fluidez de sus contenidos.

Como anexo de la ideología está la iconografía. Es a través de ésta que se pone de manifiesto la primera, y más en países como este Reino de las Diecisiete Repúblicas en las que el debate racional brilla por su ausencia. En este sentido, la iconografía política es una forma de alejar al ciudadano de la funesta manía de pensar.

La iconografía partidista debe reunir las cualidades siguientes: 1) sencillez en su trazo. 2) claridad de su simbolismo.3) Fuerza empática suficiente para afectar el ánimo.

La sencillez del trazado iconográfico asegura la posibilidad de que la tarea de dibujarlo en las paredes pueda ser asumida por cualquiera que cuente con instrumental mínimo. Es fácil comprobar, por ejemplo, que cualquier muchacho provisto de espray o de rotuladores puede dibujar los trazos del hacha y la serpiente, o los de la crucífera nacionalista, de forma perfectamente identificable. En cambio, hay que ser al menos mediano dibujante para bosquejar con cierta corrección el escudo de Navarra con su corona real, sus cadenas y sus cabujones.

La claridad del simbolismo lo hace apto para comunicar una versión elemental del contenido ideológico del partido o la formación de que se trate. Volviendo a los ejemplos procedentes del habitat político cercano, es claro el simbolismo del hacha y la serpiente. Es claro el simbolismo de la bandera euskaditana: el blanco de la paz, el rojo de los vínculos de sangre y el verde que es al mismo tiempo el color de la esperanza y del paisaje. En cambio, es poco claro el simbolismo de las gaviotas en vuelo del Partido Popular, sin contar que estas aves, que antes “iban volando hacia la inmensidad”, como decía una canción de mi infancia, son ahora oportunistas visitantes de los vertederos.

La fuerza empática hace al icono capaz de suscitar sentimientos individuales encaminados a la acción, pero dentro de un sentido colectivo, de modo que pueda conducir a actuar conjuntamente con otros acostumbrados a reaccionar de la misma guisa. El emblema de la ETA apela, con el hacha, a la agresión, e insta a saber esperar como lo hace la serpiente que, mordiendo el polvo, aguarda su ocasión. La rosa del socialismo, empuñada como si fuese un arma blanca, sugiere que la lucha obrera se ha transformado pero no ha desaparecido con la aceptación de los mecanismos democráticos; y el símbolo basta para que nadie se pregunta por las ganancias de la banca durante su admón….

Conviene advertir que la condición compleja de los factores ideológicos es compatible con la sencillez del trazado, la claridad simbólica y la fuerza empática de los contenidos icónicos. Dejando las distancias cortas examinemos, al efecto, las tres formaciones ideológicamente más elaboradas del siglo pasado, cuyas estelas cursamos todavía. Tales fueron, por orden de aparición en el mundo, el socialismo marxista, el fascismo y el nacional-socialismo. Los tres se basan en posiciones decantadas de las ciencias naturales y de las escuelas filosóficas de aquél momento.

El marxismo aplica las ideas del materialismo científico sobre la marcha de la Historia. Se trata de acelerar la deriva de ésta hacia un dominio del proletariado que hará posible el perfeccionamiento definitivo del ser humano y de las relaciones sociales mediante la eliminación de la explotación del hombre por el hombre.

El fascismo, partiendo del idealismo hegeliano, considera que el Estado, en tanto que institución integradora de las diferencias, es la máxima creación del hombre como ser destinado a vivir en sociedad. Porque es a través del Estado que llega a ser posible alcanzar todos los bienes y realizaciones que son capaces de crear las comunidades humanas organizadas.

El nacional-socialismo aplicaba al perfeccionamiento de la sociedad alemana y europea los principios científicos de la selección de las especies y la eliminación de los débiles. Se buscaba la mejora radical de la raza blanca a partir del perfeccionamiento de su patrimonio genético. El nacional-socialismo también desarrolló hasta sus últimas consecuencias las ideas de la Ilustración alemana acerca del “volk” o pueblo alemán como entidad cultural y étnica dotada de espíritu propio. Y llevó a la práctica la “moral de señores”, que Nietzsche preconizara como superación de “la moral de los débiles”, de raíces cristianas y judaicas. A éste armazón cultural y científico se sobremontó el propósito de exterminar físicamente a los hebreos, finalidad apocalíptica en la cual la filósofa Edith Stein, ahora santa de la Iglesia, veía un intento sacrílego de borrar del mundo incluso los rasgos físicos del Ungido o Mesias.

Pues bien, estas complejas ideologías, se exteriorizan a través de una iconografía sumamente sencilla y poderosa.

Reparemos, para comenzar, en la hoz y el martillo, símbolo fácil de captar y fácil de trazar. En tiempos de lucha, el simple dibujo de esas herramientas que se identifican con las labores del peonaje agrícola y del peonaje de la industria, equivalía a toda una proclamación de principios, o a una amenaza para los enemigos de la clase proletaria. El martillo golpea y la hoz hiere y degüella.

La cruz gamada, que sintetizó la iconografía del nacionalsocialismo, es un símbolo solar -en un comienzo era levógiro, pero por razones estéticas se hizo girar hacia la derecha- que tiene su origen en una antigua runa germánica. Su carácter de cruz deforme refuerza su sentido conscientemente pagano. El etnicismo, que en la Europa de fines del siglo XIX había popularizado los signos reales o supuestos de los antiguos germanos, contribuyó a la propagación entre los pueblos del Norte de Europa de las runas germánicas como símbolos de una posible identidad colectiva.

En cuanto al fascismo, el “fascio”, haz o manojo de varas de acebuche amarrados en torno a un hacha, como los que hay en el puente donostiarra del Kursaal, símbolo de la potentia punitiva de la autoritas romana y emblema de unidad, de justicia y de orden, era archiconocido por los italianos, familiarizados desde siempre con la simbología presente en los monumentales vestigios de la Roma antigua. En cuanto a la camisa negra del uniforme fascista, no era, ni más ni menos que la camisa de los campesinos de la Romaña que las preferían de ese color que disimulaba la suciedad que originan las tareas agrícolas.

La iconografía política es la ideología administrada en comprimidos, pero hay que saber leerla.

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