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miércoles, 25 de enero de 2006

Diccionario de la Nueva Era

A tiempos vacíos de conceptos corresponden palabras bizarras, sorprendentes, sonoras, palabras que diviertan, intriguen y entretengan

AITOR/ Acrónimo formado por las siglas de Asociación Internacional de Trabajadores Organizados para la Revolución, asociación secreta utópica que, según expertos que sueñan pesadillas entrará en acción cuando los sindicatos dejen de ser entidades subvencionadas por los poderes públicos.

Cacerola/ Dícese de la compañera sentimental del cacerolo.

Cacerolo/ Dícese del compañero sentimental de la cacerola.

Chorizonte/ Es injerto de las palabras chorizo y horizonte. Dícese del conjunto de posibilidades de negocios turbios, opacos o negros que ofrece una coyuntura económica determinada en relación con las posibilidades de decisión anejas a los cargos públicos. Es voz de origen popular que nació en la costa andaluza y que poco a poco se extiende por el anchuroso mundo de las diecisiete Repúblicas del Reino.

Desvergoñología/ Neologismo necesario para designar una realidad nueva: el arte y la ciencia de convertir a otros, u otras, en sinvergüenzas, que, aunque parece tarea fácil tiene tal intríngulis que necesita estudios superiores. Es palabra compuesta de la partícula des, con significado privativo, vergoña voz del antiguo castellano y del actual catalán, con significado de vergüenza, y logía, del griego logos, por tratado o ciencia. Las principales universidades del país, cada una dentro de su florido pensil autonómico, pugnan por ser las primeras en cultivar la nueva disciplina e incluirla como un Master en su cuadro de estudios.

Desvergoñólogo/ Dícese del diplomado en Desvergoñología.

Educir/ verbo de la tercera conjugación. Tiene el significado de encontrar nuevos efectos, hacer nuevas combinaciones o producir cosas nuevas a partir de causas o materias preexistentes. Es un vocablo que se hace necesario para distinguir lo que hacen los seres simplemente humanos respecto a las obras de los diseñadores de ropa interior, los peluqueros y los modistos que son llamados “creadores”por los medios de difusión..

Evaporulización/ Dícese en lugar de evaporación cuando esta palabra resulta insoportablemente corta para el usuario. La inventó en la clase de Química de 3º mi compañero Pedrito Sarabia que no se había estudiado la lección y se vio obligado a improvisarlo todo ante la repentina y artera pregunta del Profesor acerca del estado gaseoso. Es vocablo en vías de aceptación por la Academia Española de la Lengua que se muestra favorable a aplicarle el procedimiento de urgencia a fin de evitar que retardos injustificables en nuestra época tecnotrónica y tecnobiológica impidan el progreso de nuestro léxico científico tan necesitado de ampliación ante el reto de las nuevas tecnologías en un mundo democrático, pluralista y globalizado.

Exclusonables/ Dicese de los que deben ser excluidos, es decir de los incursos en la exclusoneidad y, por lo tanto miembros actuales o potenciales del exclusonado.

Exclusonado/ Es el conjunto formado por las personas o entidades excluídas de los procesos sociales por motivos políticos e ideológicos. El exclusonado es un grupo muy proclive a la protesta inútil.

Exclusoneidad/ Es la condición en que incurren las personas o entidades que, por los motivos expuestos en la voz Exclusonado, se ha decidido que no deben ser tomadas en cuenta dentro de la sociedad.

El grado de exclusoneidad en que está incurso un sujeto es directamente proporcional al desinterés que tenga por él la persona, entidad o partido llamado a hacer la exclusión.

La exclusoneidad es de primer grado cuando la exclusión se hace para bien del excluido, como cuando no se deja a alguien tomar la palabra para que no se líe diciendo cosas que pueden perjudicar sus buenas relaciones con el grupo que posee el poder de excluir. Es de segundo grado, cuando la exclusión se hace al mismo tiempo para bien del excluido y del grupo dominante, como sucede cuando se impide a alguien tomar la palabra para que no se líe él mismo ni comprometa con su intervención al grupo, persona o entidad que hace el papel de exclusor; y es de tercer grado, cuando la exclusión sólo tiene por objeto salvaguardar el interés de los exclusores.

Exclusor/ Dícese de la persona, organización, tribunal o partido que tiene por objeto definir o aplicar la exclusoneidad o determinar su alcance.

Isofilia/ Sustantivo con el cual se designa la simpatía, el amor, la inclinación o la afición desmesurada a lo propio. Los especialistas discuten en qué medida la isofilia está ligada con el desprecio a los demás y a la valoración negativa de las diferencias. No se debe confundir con la simple ufanía

Isófilo/ Dícese de quien profesa amor desmesurado a lo propio y a lo que se le presenta como tal. El isófilo no debe ser confundido con el individuo simplemente ufano.

Moquillo/ nombre vulgar que se daba en algunos países a la que hoy se llama peste aviar. Como se calculó que podría resultar muy deprimente para los futuros afectados tener que morir como pacientes de una entidad nosológica que en su versión moderna trata con la misma desconsideración al ser humano que a los pollos y a las gallinas, y peor si son de ponedero industrial, la Organización Mundial de la Salud le ha puesto a esta lamentable enfermedad el mote de peste aviar, cuyo primer miembro –peste- invita a imaginar azotes epidémicos dignos de la Edad Media; en tanto que el segundo miembro –aviar- sugiere un parentesco indefinido pero que se sospecha cercano, con la ciencia y la tecnología de la Aviónica, lo cual viste mucho.

Palomología/ Ciencia y arte de construir la paz mediante el acuerdo y la composición de modo que cada cual busque y encuentre la paz de su paloma. Es palabra construida al estilo de Polemología –del griego polemos,lucha- que es la ciencia que estudia los conflictos. La Palomología no debe ser confundida con la Columbofilia.

Palomólogo/ Especialista en Palomología. Por extensión dícese de quienes buscan la paz de su paloma aunque no sean especialistas en tan comprometida tarea. El Palomólogo no debe ser confundido con el Columbófilo.

Reinsercionología/ La ciencia y el arte de reintegrar a la sociedad a los individuos que de ella fueron apartados por haber cometido algún delito. Es un conocimiento multidisciplinar que participa de las Ciencias de la Educación, de la Psicología, de la Criminología, y de la Sexología.

Los detractores de la Reinsercionología arguyen que la reincidencia en el delito de los presuntos reinsertados, sugiere la falsedad ontológica de los planteamientos y el fracaso operativo de dicha disciplina. Sin embargo, hay quien opina que las recaídas en el delito demuestran precisamente el éxito de la reinserción. En efecto, el reinsidente, lo único que hace una vez que se encuentra fuera de la cárcel en condición de reinsertado, es reemprender con toda naturalidad lo que para él era parte rutinaria de la vida en libertad y que la sociedad y los antiguos códigos se empeñan en llamar delito.¿O es que por el simple hecho de haber sido condenado pierde el individuo el uso y disfrute de sus inclinaciones y tendencias subjetivas por muy discutibles que éstas sean?

Reinsercionólogo/ Dícese del experto en Reinsercionología.

SRMD, o Síndrome de Rascadura Múltiple Dermocefálica / Dícese de las dispares señales erosivas que deja en el cuero cabelludo la acción del rascado, sea cual sea la etiología de éste, incluída la chinche, el piojo, la invasión masiva de ladillas, la sarna o al exceso de materia saponificable que por el desaseo prolongado se acumula sobre la piel de los que no se lavan, ni se duchan ni se bañan, incluidos los que dejan de hacerlo por motivos conservacionistas

viernes, 20 de enero de 2006

¿De qué viste Evo?

Evo no va vestido de sí mismo. Los que tal hacen suelen ser intelectuales o artistas que quieren resaltar en la indumentaria el carácter único de su inspiración o de su talento personales.

En Barcelona un conocidísimo poeta acostumbraba ir de bufanda y de abrigo todo el año, aun en los meses de calor africano que el calendario de la ciudad ofrece. Y a Fernando Arrabal que vive, y no mal, de su teatro y de sus libelos, se le ha visto, repanchingada su breve humanidad en el sofá de un hotel madrileño, descalzo y más desaliñado que una mala ensalada haciendo como que se rascaba los pies, igual que un monillo sarnoso. Porque a veces, con hacer este tipo de rarezas basta para sorprender a los burgueses y representar ante los periodistas la parábola viva de la propia originalidad.

Pero entre los políticos la cosa funciona de otra manera. Es lógico que así sea. No voy a ser yo quien se lo eche en cara. Hay que pensar que quien a los votos se debe, a sus votantes ha de compensar aunque sea con payasadas que en su mayor parte resultan inofensivas. No hay cosa entre las muchas que puede decir, hacer o vestir un político, que no obedezca a una sencilla y esperanzada regla que puede enunciarse así:“de mis votantes vengo, a más votantes tengo que ir”. Antes que mostrarse original, un político ha de saber decir lo que sea con gran seguridad y mostrar amable condescendencia con las cosas que, no siendo usuales para él, no lleguen sin embargo a perjudicar su imagen. Las externidades de la política son en buena parte puro juego de espejismos.

Apoyados en esta confianza, los políticos se muestran propicios, cuando están en campaña electoral o cursan visita a algún pueblo de sentimientos étnicos muy arraigados, a ponerse encima cualquier cosa que el público les pida y a calarse los cubrecabezas más inverosímiles, siempre que haya público suficiente que les aplauda la gracejada.

Pero, sobre todo, los políticos prefieren desvestirse de algo. Nada de importancia, por supuesto. Por lo regular se trata de una prenda como la chaqueta o de un complemento como la corbata, que para la gente sencilla están preñados de intensidad simbólica. Cuando yo era pequeño había una versión popular de “La Internacional” que decía “arriba los de la cuchara, abajo los del tenedor”. Por lo visto, en esa época el tenedor era un lujo de ricos y el comer con la cuchara cualquier vianda, y no solo la sopa, era una muestra de bien hacer proletario. La cuchara ha perdido hoy su calidad de símbolo clasista, pero la corbata y la chaqueta lo conservan entero. Y despojarse de ellas, también.

De los días eufóricos de la primera transición a la democracia guardo en la retina la imagen de aquél atildado caballero, don Landelino Lavilla, despojándose de su chaqueta con cara de estar rompiendo un plato ante los demócratas recién conversos que vibraban de entusiasmo, enardecidos por el gesto. Y a don Adolfo Suárez, mas tarde duque de sí mismo, bailando la jota en mangas de camisa. ¿Y qué decir del hoy diseñador de joyas don Felipe González? Lo veo comiendo en el restaurante “El Escuadrón” con traje de pana y sin corbata, desempeñando a conciencia su papel de héroe del proletariado a punto de dejarse convencer para dejar de serlo, mientras el maestro Guerrero Torroba y sus amigos del buen yantar los observaban desde la proximidad con ojos que no supe dilucidar si eran de curiosidad o de inmisericordia atemperada por la sordina de la buena educación. Eran los días en que el sevillano era la promesa del socialismo interior frente al del exilio, cuando la Embajada de los Estados Unidos, junto con Dieter Koniecki al frente de la delegación madrileña de la fundación Evers de la social democracia alemana, se afanaban por ser los monitores que ayudaran al PSOE a aliviarse de su sobrepeso marxista. Los tiempos también en que el País Vasco se llenaba de jóvenes trilingües -en inglés, castellano y euskera-, deseosos de profundizar en la idiosincrasia de este pueblo pintoresco que baila al pie del Pirineo, y de ayudar con sus observaciones a que los poderes del mundo decidieran el papel que la independencia vasca pudiera jugar en el caso de que la España grande se desviara del papel previsto para ella y las circunstancias aconsejaran poner en práctica un plan de emergencia que le revolviera el tablero.

Pero Evo Morales no es un político sino de rebote. Los partidos políticos y sus líderes han quedado, de momento, rebasados en Bolivia; pero siguen detentando la pericia en la manipulación democrática y dominando el intrincado mapa de las telas de araña y de los nidos de víboras de los intereses y coimas.

Conclusión primera: Evo tiene que guardarse de los partidos, si no los partidos terminarán dando buena cuenta de él. Evo es ante todo, un líder popular. Y no de cualquier pópulo, sino de uno organizado en sindicato, que es pópulo preparado para la lucha clasista. Si este líder subió al poder fue por efecto de una marejada social. Esto en un país donde las marejadas sociales son frecuentes, pero donde la sociedad, o no ha contado o ha contado pero de forma incoherente. Evo ocupa ahora la cúspide de una pirámide de sillares mal colocados y, por tanto, inestables. Y las cúspides se vienen abajo por remoción de la base.

Conclusión segunda: Evo debe cuidar que las bases no se revuelvan contra sí mismas en un movimiento estéril que derribe la pirámide. Sólo así conseguirá ser presidente de Bolivia y no un simple tribuno de la plebe que advenga al final en víctima de la propia plebe. Debe, además, tener en cuenta que Bolivia tuvo ya una época en que fue regida por los “caudillos bárbaros”. Tan bárbaros como dañinos. Y creo que el envite no debe repetirse ahora, cuando todavía estamos pisando el umbral del recién estrenado siglo.

Evo, en fin, no está solo. Está inmerso en la constelación de los Estados Americanos. Y, en razón de la riqueza minera, del petróleo y del gas de su país, captado en la vorágine de los intereses mundiales Su más cercano abrigo, sin embargo, lo forman Fidel Castro, ese anciano déspota blanco que mantiene dentro del socialismo a un país de mulatos, y Hugo Cháves, un militar todavía joven que trata de resucitar con demagogia los modales políticos de Simón Bolivar.

Cháves es, étnicamente un zambo-ladino, Evo Morales es un ladino, aunque presuma de indio. Está en su mano apuntarse a la revolución indígena y tribal. Pero si lo hace significaría tomar billete seguro hacia el fracaso. Huascar y Atahualpa enterrados están.

Con su chompa Evo no va vestido de sí mismo como hacen los intelectuales, ni se ha despojado antes de ninguna otra prenda o complemento, como acostumbran los políticos. Va vestido de lo que representa: el subsuelo orgánico de la política, que abarca lo vecinal, lo vernáculo, lo étnico, los vínculos de compañerismo y de trabajo. La chompa no responde a la abstracción inorgánica del voto que se sobremonta a la realidad y la esquematiza para hacerla, al par que inteligible, manejable, como quiere Occidente. Desde otro punto de vista representa la chompa un estereotipo que los medios aceptan, divulgan y aplauden. Y es, hasta cierto punto, un mensaje en clave para el mundo: ¡somos de Occidente, pero no del todo!. ¡Dejadnos nuestra originalidad!

Y para que la originalidad no asuste a nadie, se tiñe de pintoresquismo. Pero a pesar de este pintoresquismo, al fin y al cabo devaluador, las reformas que Evo tiene por delante serían suficientes para dar trabajo a toda una dinastía de monarcas superdotados asistidos por los ministros más expertos y por los consejeros más sabios. No obstante, la democracia lo obligará a solucionarlo todo o a dar todo por fracasado en el período de una sola administración presidencial. ¿Es esta una labor posible?.

martes, 10 de enero de 2006

Moda y Vestido

Si calificamos de segunda piel los vestidos que llevamos puestos, no tendremos más remedio que reconocer que éstos son mucho más eficaces que nuestro propio pellejo.

Y me refiero a la específica materia de protegernos frente a la intemperie, porque en la función de señalar el límite de nuestro cuerpo, el propio pellejo sigue siendo único.

El motivo es muy sencillo. A los seres humanos no nos crece la lana como a las ovejas en invierno, ni perdemos pelo como ciertos animales cuando llega el verano. No mudamos de librea como las culebras, ni cambiamos de color para estar a tono con el fondo como los camaleones. Para conseguir todo eso y mucho más, hemos tenido que ingeniárnoslas recurriendo a la imaginación de los diseñadores, a la destreza de los cortadores, a la habilidad de los costureros y a la maestría de sastres y modistas.

La moda se nos presenta, pues, como el medio idóneo que nos permite beneficiarnos de los cambios estacionales que la naturaleza impone pero no soluciona, de los cambios circunstanciales y de ocasión que la sociedad y la convivencia nos exigen y de las diferencias que, como individuos que somos, nos sentimos inclinados a destacar en nuestro atuendo.

La moda, con sus tejidos y sus cortes; con sus frunces, con sus altos y sus bajos; con sus bordados y aplicaciones, con sus solapas y bolsillos, con sus cuellos y cintillas, con sus holguras y con sus ceñidos, con sus colores, sus perifollos, sus lentejuelas y sus calados; con sus lujos y austeridades, con sus principales y complementos, sirve ampliamente para cubrir nuestros cuerpos frente a la intemperie como una segunda piel, supliendo con creces todas las deficiencias naturales que parecen adscritas a nuestro propio pellejo, si lo juzgamos como superficie defensiva frente a las inclemencias de fuera.

Pero, al mismo tiempo, es la moda la que permite que la piel adquiera todo su esplendor en el cumplimiento de la función física y metafísica de demarcar las fronteras exteriores de nuestro ser.

Así que el lector no podrá encontrar sorprendente que le diga que, un día de éstos, al pensar en los cambios de la moda que en los escaparates ya anticipan el paso de invierno a primavera, cobrara de repente especial significado para mí la escena inspirada en el Génesis que figura en una arqueta medieval de madera cubierta de Plata custodiada en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León y que, reproducida por el Departamento de Arte Medieval de una Universidad Americana, conservo cerca de mi escritorio.

En dicha escena, el Creador en persona procede a vestir a nuestros primeros padres. Y lo hace como sólo saben hacerlo las madres con sus hijos pequeños. Y allí está Adán con los brazos en alto y las piernas pudorosamente cruzadas como para evitar la exhibición de sus vergüenzas mientras el Padre Eterno trata de enfundarle pacientemente la túnica por la cabeza, como a un bebé que no da facilidades. En tanto, Eva, que ya ha pasado la experiencia de ser vestida por la mano de Dios, se mira a sí misma no se sabe bien si contemplando con admiración su nueva silueta entunicada o añorando para sus adentros el desnudo inocente que ha poco ella y su marido habían perdido por la inobediencia.

Y tiene sobrada razón en su ingenuidad el platero que en dicha arqueta decidió representar el vestido como un directo regalo del Cielo: Porque entre la innumerable cantidad de animales que han pululado, pululan y pulularán sobre la faz de la tierra, entre las ondas del mar y en las turbulencias del aire, desde el megaterio y el diplodocus a la mosca del vinagre y el macaco, tan sólo el ser humano necesita del vestido, lo mismo que solo el ser humano es capaz de dotar de significación al desnudo.

Pero quiero insistir aquí en que el vestido, al asumir, con ventaja de todos conocida, el papel de proteger al organismo humano frente a los elementos exteriores, permite que la piel pueda ser considerada en la radicalidad de su papel demarcador de nuestro yo material.

Así que el Creador, representado en la arqueta en el momento en que asume la tarea de vestir personalmente a Adán y Eva, cumple, de una divina tacada, con un doble fin. Por un lado, libra de la indefensión y de la uniformidad de su desnudez a la estirpe humana. Por otro, exonera a la piel de toda tarea que no sea la de señalar al sujeto humano los límites físicos de su propio ser individual.

Por la piel, que lo cubre por entero como un forro vivo, el hombre conoce directamente cuál es el ámbito de sí mismo. Es como si cada uno pudiera decir: todo lo que está dentro de mi pellejo, soy yo. Lo que no me cabe en el saco de mi cuerpo, pertenece al mundo exterior. ¡Así de fácil! La piel es la frontera clara y bien señalada de nuestra intimidad física.

Y no solo física, sino también intimidad moral. Porque, al ser la piel un delicado órgano de expresión a través del cual se trasluce el preludio de las emociones más escondidas, el vestido, que sobrecubre al cuerpo, sirve también para celarlo de las miradas ociosas, inoportunas o agresivas, en definitiva profanadoras, de una intimidad –íntimo es en latín el supino de interior- que solo el ser humano entre todas las criaturas es capaz de percibir y de cultivar. ¿No se habla de la palidez del miedo, del la lividez de la envidia; de la congestión de la ira; de la piel de gallina del pánico; del rubor de la vergüenza, del velo rosado del pudor, que se reflejan en la piel? ¿O es que no sabemos del espeluzno de la pasión, de los estremecimientos epidérmicos precursores del deseo que son observables por los ojos atentos?

Pero el vestido, conducido por la moda, sirve para muchos otros propósitos, como dejé dicho al principio de estas líneas. Uno de estos propósitos es servir de corroborante del status social. Esto tiene a veces efectos sorprendentes y, según se mire, lastimosamente cómicos. En la América colonial, por ejemplo, los negros esclavos consideraban un avance en su mísero status el hecho de usar calzoncillos bajo sus calzones de faena. Aún hoy en día, en esos países, se conserva el término despectivo“cañambuco”, de origen africano, para designar a quienes hipotéticamente se atribuye, con ánimo de ofenderlos, la costumbre de prescindir de esa prenda.

Y que conste que con la ropa no solo se afirma el status, sino las mismas carnes que con el tiempo –y basta con poco-, tienden por sí mismas no solo a decaer desde el punto de vista biológico, como sabe todo el mundo, sino en venirse hacia abajo y descolocarse, como saben las biutifuleces profesionales y los especialistas que se encargan de la reparación de los estropicio en un remedo quirúrgico de la Resurrección de la carne.

En efecto, la Ley de Newton resulta fatal para las firmezas musculares y las turgencias carnales. Y no lo digo por malicia y por dármelas de jocoso, sino porque he presenciado, entre pueblos de vida silvestre donde hombres y mujeres usan los días de fiesta o los días de regla el mismo tipo de sucinto taparrabo, la diferencia abismal entre los floridos quince años y los fláccidos y colgantes veinticinco de las mujeres que habitualmente van in puribus. No digo que la desnudez sea causa única, pero sí que contribuye en gran medida al decaimiento de las carnes. Y no cuento más porque con lo dicho basta.

miércoles, 4 de enero de 2006

Prosas Chinfónicas

Con esto de la inmigración en masa el pópulo anda más liado que sandalia de romano en procesión de Semana Santa Resulta que se pega la misma etiqueta de extranjero a todos los que vienen por aquí. Y esto en un país que recibe los cuarenta millones de turistas al año. Y cuando se quiere concretar más, no se recurre a términos que verdaderamente circunscriban y delimiten el significado, sino a palabrejas como subsahariano, magrebí y sudaca o a expresiones como “emigrantes del Este”que no aclaran nada pero que suenan guay si se resigna uno a los cursis criterios de la postmodernidad.

-¿Y a que atribuye vuestra merced este fenómeno lingüístico tan interesante?

Vayamos por partes. El español de a pie, y no me ha dado tiempo a comprobar si también el de a caballo, emplea muy a gusto el término “magrebí” por una de estas dos razones a cual más poderosas: porque teme a los moros y no quiere darles el menor pretexto para que se sientan ofendidos; o porque los aborrece tanto que no quiere ni nombrarlos.

Magrebí funciona, pues, como eufemismo para evitar la palabra moro. Así que, sin pensárselo dos veces, se opta por meter en el gran saco semántico a los marroquíes, junto con los argelinos y los tunecinos. Y como se sospecha que aún puede quedar en el costal algún rincón vacío, no se duda un instante en incluir a los saharahuis y a los mauritanos, e incluso a los libios y a los egipcios que nada tienen que ver con el Magreb.

Una simplificación por el estilo se usa con los emigrantes que provienen de los países excomunistas de la Europa Oriental. Todos estos caben hoy en la denominación geográfica de “emigrantes del Este”, quedando revueltos en la misma tortilla gentes que portan una media docena de pasaportes distintos y hablan lenguas tan dispares como el rumano, el magyar, el búlgaro, el ruteno, el eslovaco, el esloveno, el checo, sin contar las variedades de la lengua rumí o gitana y sus múltiples injertos.

-Pero, y ¿los rusos? ¿dónde están los rusos?

Amigo, con comunismo o sin él, los rusos son una nación de señores. Los encontrará entre los grandes inversionistas, en las urbanizaciones suntuosas, en los hoteles de gran lujo y en los SPA que pasan más caras facturas a quienes buscan la sanitas per aqua..

-¿Y que acontece con los negros del Africa?

Pues sucede que el hombre de a pie y la mujer de su casa no dejan de sentir cierto desasosiego cuando oye a los políticos afirmar, cada uno en su rincón, que los catalanes y los charnegos, los madrileños y los gallegos, o los vascos y vascas o los simplemente euskaditanos del mañana, están ya ¡que alegría! naciendo en Benin, en Nigeria, en Costa del Marfil, en Botswana y quizá en otros lugares más, y ¡qué estupendo, oiga! ¡que es mucha la dicha que depara la multiculturalidad y esto es sólo el comienzo!

Y ante semejantes perspectivas, el español, tanto como el expañol de cualquier camiseta, sospechan que se la quieren dar con leche condensada en este momento en que cada político reclama para su parroquia el honor de pertenecer a una nación territorial distinta de las de sus vecinos, mientras las naciones nacidas de la sangre, las que se apoyan como primera instancia en la crudité de las preñeces seguidas de parto –sin los cuales, oiga, no hay nación que valga-, corren el riesgo de desaparecer a consecuencia de la creciente incompetencia reproductiva de los pueblos ibéricos y ante la avalancha desordenada que viene del exterior y que, según se dice, es necesaria para que crezca el dios Mercado.

-Se refiere vuestra merced a ese mismo Mercado que no se corta un pelo en provocar deslocalizaciones y descoloques?

Sí, a ese mismo que, aunque anda más cojo que derecho en eso de cubrir las necesidades laborales de los que pura y simplemente son de aquí, presume de poder dar trabajo a todos lo que arriban de allén atraídos por la piedra imán del efecto llamada, favorecidos por la negligencia consular y animados por la práctica del internacionalismo de acogida.

A diferencia de lo que ocurre con los moros, españoles y expañoles no temen a los negros. A lo que temen es a las aguerridas ongs dispuestas a lanzar acusaciones de racismo al menor descuido semántico del interlocutor que disiente. Así que todo el mundo, sin entrar en más averiguaciones, se ha plegado a llamar subsaharianos a los inmigrantes melanodermos procedentes del Africa Tropical, esa Africa de donde venía antes el cacao del colacao.

-¿Y el negrito de Casa Paulista?

No hombre, el negrito de Casa Paulista es brasileño, no africano. Y lo de paulista no es por los padres paules misioneros, sino por Sao Paulo, que es una ciudad del Brasil.

-¿Va vuestra merced contra el uso de eufemismos?

No. Pero ¡tate! A veces los eufemismos cumplen mal, o no cumplen para nada, la función para la que fueron inventados. Para mí, ese prefijo sub estampillado en la palabra subsahariano, está denunciando que en el fondo quien lo inventó no era capaz de concebir al negro mas que como subordinado aunque sea respecto a una imprecisa y mal delimitada zona geográfica. Y esto pasa para evitar llamarlos negros, olvidando que esta palabra en español es el nombre de un color antes que la denominación despectiva de una raza. Justo lo contrario de la lengua inglesa, en la cual black en el nombre de un color y negro –léase nigro-, el nombre de una raza tradicionalmente despreciada hasta que don Martín Lutero King, pastor evangelista, rescató para ellos, y solo respecto a los Estados Unidos, los derechos que les correspondían como ciudadanos de aquél país. Y no digo nada de Mandela. Don Nelson, porque éste se ocupó de africanos en Africa.

¿Y qué pasa con lo miembros de lo que la Constitución llama nuestra comunidad de Naciones?

A los inmigrantes que provienen de países de nuestra parla se les aprieta y apelmaza dentro de la denominación de sudamericanos. Se quiere que quepan todos bajo ese rótulo aunque muchos de ellos hayan nacido en el hemisferio Norte o en alguna isla del Arco de las Antillas. Salvo si son jefes o capos reconocidos –ya me entiende-, o cuando ejercen la matonería al pormenor y detall como porteros de noche o como sicarios de banda, a los sudamericanos no se les tiene temor alguno, lo que en la práctica significa que tampoco se les guarda especial respeto. En consecuencia, a los sudamericanos no se les aplica ningún eufemismo y se les llama, simplificando, “sudacas”, denominación que, según se mire, puede ser ligeramente despectiva o amablemente burlesca, lo que no está mal del todo para los vientos que soplan.

Pero hay pormenores que conviene divulgar. A la mayoría de los sudacas de todos los puntos cardinales, al venir a la Madre Patria, en el fondo les gustaría oirse llamar aquí iberoamericanos o hispanoameicanos, e incluso indohispanos. Llamarlos con cualquiera de esos nombres, sería una forma de reconocer el vínculo de parientes, pobres, sí; pero parientes al fin, que los une con los españoles. Se podrá decir que es una minucia, pero un minucia ya es algo y “con algo se hace el hidalgo”como dice el refrán.

Pero como resulta que los términos de hispano o ibero, sin que nadie los haya prohibido, están de hecho proscritos en el Reino de las Diecisiete Repúblicas, los “sudacas” han terminado por llamarse a sí mismos “latinos” que es el nombre que se les daba en los Estados Unidos antes de que los gringos descubriesen que lo políticamente correcto es llamarlos “hispanics” y considerarlos un “grupo de grupos” es decir, según se mire, ni negros ni blancos, ni indios, ni mulatos, ni zambos ni chinegros, ni blancos ni tintos, como el vino que tiene Asunción,.es decir, un poco de todo o todo a la vez. Paradojas. Alguien los llamó la Raza Cósmica; pero eso fue antes de la Guerra de las Galaxias.