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martes, 10 de enero de 2006

Moda y Vestido

Si calificamos de segunda piel los vestidos que llevamos puestos, no tendremos más remedio que reconocer que éstos son mucho más eficaces que nuestro propio pellejo.

Y me refiero a la específica materia de protegernos frente a la intemperie, porque en la función de señalar el límite de nuestro cuerpo, el propio pellejo sigue siendo único.

El motivo es muy sencillo. A los seres humanos no nos crece la lana como a las ovejas en invierno, ni perdemos pelo como ciertos animales cuando llega el verano. No mudamos de librea como las culebras, ni cambiamos de color para estar a tono con el fondo como los camaleones. Para conseguir todo eso y mucho más, hemos tenido que ingeniárnoslas recurriendo a la imaginación de los diseñadores, a la destreza de los cortadores, a la habilidad de los costureros y a la maestría de sastres y modistas.

La moda se nos presenta, pues, como el medio idóneo que nos permite beneficiarnos de los cambios estacionales que la naturaleza impone pero no soluciona, de los cambios circunstanciales y de ocasión que la sociedad y la convivencia nos exigen y de las diferencias que, como individuos que somos, nos sentimos inclinados a destacar en nuestro atuendo.

La moda, con sus tejidos y sus cortes; con sus frunces, con sus altos y sus bajos; con sus bordados y aplicaciones, con sus solapas y bolsillos, con sus cuellos y cintillas, con sus holguras y con sus ceñidos, con sus colores, sus perifollos, sus lentejuelas y sus calados; con sus lujos y austeridades, con sus principales y complementos, sirve ampliamente para cubrir nuestros cuerpos frente a la intemperie como una segunda piel, supliendo con creces todas las deficiencias naturales que parecen adscritas a nuestro propio pellejo, si lo juzgamos como superficie defensiva frente a las inclemencias de fuera.

Pero, al mismo tiempo, es la moda la que permite que la piel adquiera todo su esplendor en el cumplimiento de la función física y metafísica de demarcar las fronteras exteriores de nuestro ser.

Así que el lector no podrá encontrar sorprendente que le diga que, un día de éstos, al pensar en los cambios de la moda que en los escaparates ya anticipan el paso de invierno a primavera, cobrara de repente especial significado para mí la escena inspirada en el Génesis que figura en una arqueta medieval de madera cubierta de Plata custodiada en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León y que, reproducida por el Departamento de Arte Medieval de una Universidad Americana, conservo cerca de mi escritorio.

En dicha escena, el Creador en persona procede a vestir a nuestros primeros padres. Y lo hace como sólo saben hacerlo las madres con sus hijos pequeños. Y allí está Adán con los brazos en alto y las piernas pudorosamente cruzadas como para evitar la exhibición de sus vergüenzas mientras el Padre Eterno trata de enfundarle pacientemente la túnica por la cabeza, como a un bebé que no da facilidades. En tanto, Eva, que ya ha pasado la experiencia de ser vestida por la mano de Dios, se mira a sí misma no se sabe bien si contemplando con admiración su nueva silueta entunicada o añorando para sus adentros el desnudo inocente que ha poco ella y su marido habían perdido por la inobediencia.

Y tiene sobrada razón en su ingenuidad el platero que en dicha arqueta decidió representar el vestido como un directo regalo del Cielo: Porque entre la innumerable cantidad de animales que han pululado, pululan y pulularán sobre la faz de la tierra, entre las ondas del mar y en las turbulencias del aire, desde el megaterio y el diplodocus a la mosca del vinagre y el macaco, tan sólo el ser humano necesita del vestido, lo mismo que solo el ser humano es capaz de dotar de significación al desnudo.

Pero quiero insistir aquí en que el vestido, al asumir, con ventaja de todos conocida, el papel de proteger al organismo humano frente a los elementos exteriores, permite que la piel pueda ser considerada en la radicalidad de su papel demarcador de nuestro yo material.

Así que el Creador, representado en la arqueta en el momento en que asume la tarea de vestir personalmente a Adán y Eva, cumple, de una divina tacada, con un doble fin. Por un lado, libra de la indefensión y de la uniformidad de su desnudez a la estirpe humana. Por otro, exonera a la piel de toda tarea que no sea la de señalar al sujeto humano los límites físicos de su propio ser individual.

Por la piel, que lo cubre por entero como un forro vivo, el hombre conoce directamente cuál es el ámbito de sí mismo. Es como si cada uno pudiera decir: todo lo que está dentro de mi pellejo, soy yo. Lo que no me cabe en el saco de mi cuerpo, pertenece al mundo exterior. ¡Así de fácil! La piel es la frontera clara y bien señalada de nuestra intimidad física.

Y no solo física, sino también intimidad moral. Porque, al ser la piel un delicado órgano de expresión a través del cual se trasluce el preludio de las emociones más escondidas, el vestido, que sobrecubre al cuerpo, sirve también para celarlo de las miradas ociosas, inoportunas o agresivas, en definitiva profanadoras, de una intimidad –íntimo es en latín el supino de interior- que solo el ser humano entre todas las criaturas es capaz de percibir y de cultivar. ¿No se habla de la palidez del miedo, del la lividez de la envidia; de la congestión de la ira; de la piel de gallina del pánico; del rubor de la vergüenza, del velo rosado del pudor, que se reflejan en la piel? ¿O es que no sabemos del espeluzno de la pasión, de los estremecimientos epidérmicos precursores del deseo que son observables por los ojos atentos?

Pero el vestido, conducido por la moda, sirve para muchos otros propósitos, como dejé dicho al principio de estas líneas. Uno de estos propósitos es servir de corroborante del status social. Esto tiene a veces efectos sorprendentes y, según se mire, lastimosamente cómicos. En la América colonial, por ejemplo, los negros esclavos consideraban un avance en su mísero status el hecho de usar calzoncillos bajo sus calzones de faena. Aún hoy en día, en esos países, se conserva el término despectivo“cañambuco”, de origen africano, para designar a quienes hipotéticamente se atribuye, con ánimo de ofenderlos, la costumbre de prescindir de esa prenda.

Y que conste que con la ropa no solo se afirma el status, sino las mismas carnes que con el tiempo –y basta con poco-, tienden por sí mismas no solo a decaer desde el punto de vista biológico, como sabe todo el mundo, sino en venirse hacia abajo y descolocarse, como saben las biutifuleces profesionales y los especialistas que se encargan de la reparación de los estropicio en un remedo quirúrgico de la Resurrección de la carne.

En efecto, la Ley de Newton resulta fatal para las firmezas musculares y las turgencias carnales. Y no lo digo por malicia y por dármelas de jocoso, sino porque he presenciado, entre pueblos de vida silvestre donde hombres y mujeres usan los días de fiesta o los días de regla el mismo tipo de sucinto taparrabo, la diferencia abismal entre los floridos quince años y los fláccidos y colgantes veinticinco de las mujeres que habitualmente van in puribus. No digo que la desnudez sea causa única, pero sí que contribuye en gran medida al decaimiento de las carnes. Y no cuento más porque con lo dicho basta.

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