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miércoles, 4 de enero de 2006

Prosas Chinfónicas

Con esto de la inmigración en masa el pópulo anda más liado que sandalia de romano en procesión de Semana Santa Resulta que se pega la misma etiqueta de extranjero a todos los que vienen por aquí. Y esto en un país que recibe los cuarenta millones de turistas al año. Y cuando se quiere concretar más, no se recurre a términos que verdaderamente circunscriban y delimiten el significado, sino a palabrejas como subsahariano, magrebí y sudaca o a expresiones como “emigrantes del Este”que no aclaran nada pero que suenan guay si se resigna uno a los cursis criterios de la postmodernidad.

-¿Y a que atribuye vuestra merced este fenómeno lingüístico tan interesante?

Vayamos por partes. El español de a pie, y no me ha dado tiempo a comprobar si también el de a caballo, emplea muy a gusto el término “magrebí” por una de estas dos razones a cual más poderosas: porque teme a los moros y no quiere darles el menor pretexto para que se sientan ofendidos; o porque los aborrece tanto que no quiere ni nombrarlos.

Magrebí funciona, pues, como eufemismo para evitar la palabra moro. Así que, sin pensárselo dos veces, se opta por meter en el gran saco semántico a los marroquíes, junto con los argelinos y los tunecinos. Y como se sospecha que aún puede quedar en el costal algún rincón vacío, no se duda un instante en incluir a los saharahuis y a los mauritanos, e incluso a los libios y a los egipcios que nada tienen que ver con el Magreb.

Una simplificación por el estilo se usa con los emigrantes que provienen de los países excomunistas de la Europa Oriental. Todos estos caben hoy en la denominación geográfica de “emigrantes del Este”, quedando revueltos en la misma tortilla gentes que portan una media docena de pasaportes distintos y hablan lenguas tan dispares como el rumano, el magyar, el búlgaro, el ruteno, el eslovaco, el esloveno, el checo, sin contar las variedades de la lengua rumí o gitana y sus múltiples injertos.

-Pero, y ¿los rusos? ¿dónde están los rusos?

Amigo, con comunismo o sin él, los rusos son una nación de señores. Los encontrará entre los grandes inversionistas, en las urbanizaciones suntuosas, en los hoteles de gran lujo y en los SPA que pasan más caras facturas a quienes buscan la sanitas per aqua..

-¿Y que acontece con los negros del Africa?

Pues sucede que el hombre de a pie y la mujer de su casa no dejan de sentir cierto desasosiego cuando oye a los políticos afirmar, cada uno en su rincón, que los catalanes y los charnegos, los madrileños y los gallegos, o los vascos y vascas o los simplemente euskaditanos del mañana, están ya ¡que alegría! naciendo en Benin, en Nigeria, en Costa del Marfil, en Botswana y quizá en otros lugares más, y ¡qué estupendo, oiga! ¡que es mucha la dicha que depara la multiculturalidad y esto es sólo el comienzo!

Y ante semejantes perspectivas, el español, tanto como el expañol de cualquier camiseta, sospechan que se la quieren dar con leche condensada en este momento en que cada político reclama para su parroquia el honor de pertenecer a una nación territorial distinta de las de sus vecinos, mientras las naciones nacidas de la sangre, las que se apoyan como primera instancia en la crudité de las preñeces seguidas de parto –sin los cuales, oiga, no hay nación que valga-, corren el riesgo de desaparecer a consecuencia de la creciente incompetencia reproductiva de los pueblos ibéricos y ante la avalancha desordenada que viene del exterior y que, según se dice, es necesaria para que crezca el dios Mercado.

-Se refiere vuestra merced a ese mismo Mercado que no se corta un pelo en provocar deslocalizaciones y descoloques?

Sí, a ese mismo que, aunque anda más cojo que derecho en eso de cubrir las necesidades laborales de los que pura y simplemente son de aquí, presume de poder dar trabajo a todos lo que arriban de allén atraídos por la piedra imán del efecto llamada, favorecidos por la negligencia consular y animados por la práctica del internacionalismo de acogida.

A diferencia de lo que ocurre con los moros, españoles y expañoles no temen a los negros. A lo que temen es a las aguerridas ongs dispuestas a lanzar acusaciones de racismo al menor descuido semántico del interlocutor que disiente. Así que todo el mundo, sin entrar en más averiguaciones, se ha plegado a llamar subsaharianos a los inmigrantes melanodermos procedentes del Africa Tropical, esa Africa de donde venía antes el cacao del colacao.

-¿Y el negrito de Casa Paulista?

No hombre, el negrito de Casa Paulista es brasileño, no africano. Y lo de paulista no es por los padres paules misioneros, sino por Sao Paulo, que es una ciudad del Brasil.

-¿Va vuestra merced contra el uso de eufemismos?

No. Pero ¡tate! A veces los eufemismos cumplen mal, o no cumplen para nada, la función para la que fueron inventados. Para mí, ese prefijo sub estampillado en la palabra subsahariano, está denunciando que en el fondo quien lo inventó no era capaz de concebir al negro mas que como subordinado aunque sea respecto a una imprecisa y mal delimitada zona geográfica. Y esto pasa para evitar llamarlos negros, olvidando que esta palabra en español es el nombre de un color antes que la denominación despectiva de una raza. Justo lo contrario de la lengua inglesa, en la cual black en el nombre de un color y negro –léase nigro-, el nombre de una raza tradicionalmente despreciada hasta que don Martín Lutero King, pastor evangelista, rescató para ellos, y solo respecto a los Estados Unidos, los derechos que les correspondían como ciudadanos de aquél país. Y no digo nada de Mandela. Don Nelson, porque éste se ocupó de africanos en Africa.

¿Y qué pasa con lo miembros de lo que la Constitución llama nuestra comunidad de Naciones?

A los inmigrantes que provienen de países de nuestra parla se les aprieta y apelmaza dentro de la denominación de sudamericanos. Se quiere que quepan todos bajo ese rótulo aunque muchos de ellos hayan nacido en el hemisferio Norte o en alguna isla del Arco de las Antillas. Salvo si son jefes o capos reconocidos –ya me entiende-, o cuando ejercen la matonería al pormenor y detall como porteros de noche o como sicarios de banda, a los sudamericanos no se les tiene temor alguno, lo que en la práctica significa que tampoco se les guarda especial respeto. En consecuencia, a los sudamericanos no se les aplica ningún eufemismo y se les llama, simplificando, “sudacas”, denominación que, según se mire, puede ser ligeramente despectiva o amablemente burlesca, lo que no está mal del todo para los vientos que soplan.

Pero hay pormenores que conviene divulgar. A la mayoría de los sudacas de todos los puntos cardinales, al venir a la Madre Patria, en el fondo les gustaría oirse llamar aquí iberoamericanos o hispanoameicanos, e incluso indohispanos. Llamarlos con cualquiera de esos nombres, sería una forma de reconocer el vínculo de parientes, pobres, sí; pero parientes al fin, que los une con los españoles. Se podrá decir que es una minucia, pero un minucia ya es algo y “con algo se hace el hidalgo”como dice el refrán.

Pero como resulta que los términos de hispano o ibero, sin que nadie los haya prohibido, están de hecho proscritos en el Reino de las Diecisiete Repúblicas, los “sudacas” han terminado por llamarse a sí mismos “latinos” que es el nombre que se les daba en los Estados Unidos antes de que los gringos descubriesen que lo políticamente correcto es llamarlos “hispanics” y considerarlos un “grupo de grupos” es decir, según se mire, ni negros ni blancos, ni indios, ni mulatos, ni zambos ni chinegros, ni blancos ni tintos, como el vino que tiene Asunción,.es decir, un poco de todo o todo a la vez. Paradojas. Alguien los llamó la Raza Cósmica; pero eso fue antes de la Guerra de las Galaxias.

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