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jueves, 30 de agosto de 2007

Glosa Maleva de la Higa


La higa no es la mujer del higo, ni mucho menos su compañera sentimental; nunca lo ha sido ni nunca ha pretendido serlo. Tampoco debe la higa confundirse con la breva, esa que proverbialmente decimos que no caerá.

“De higos a brevas” es expresión que indica algo que sucede de tarde en tarde; pero, la verdad, esta observación no viene mucho al caso, porque estamos tratando de la higa y no de las brevas ni de los higos. No obstante, a la hora de hacer distingos, quizá valga recordar que los higos, igual que las brevas, son producto de la madre naturaleza, mientras que la higa es algo que cada uno puede hacer por su cuenta. Casi, casi, podríamos decir que la higa es un producto manufacturado, porque precisamente se hace con la mano. Con una de ellas o con las dos al mismo tiempo, que tanto da.

Según antiquísimas observaciones llevadas a cabo por las comadronas, los más entendidos en eso de hacer la higa son los recién nacidos que, ya sea por instinto o por ciencia infusa, lo traen aprendido ya desde la misma sección de embalaje.

¿Qué cómo hacen los recién nacidos esa higa que podría ser llamada primordial? Pues cerrando el puño y sacando la punta del pulgar por entre el dedo índice y el cordial. Es un gesto tan sencillo y espontáneo como los reflejos de succión y de aprehensión que tanto valoran los perinatólogos como signo de la normalidad del neonato.

Muchos siglos antes de que Churchill, don Winston, enseñase al mundo la forma de celebrar las victorias anglosajones con los dedos de la mano plegados, salvo el índice y el cordial que permanecen extendidos y formando una V, la cultura mediterránea sabía que los recién nacidos, apenas cruzado con éxito el puente de la vida, hacían la higa como señal de triunfo ante los peligros pasados.

Esto es como si los bebitos, aferrándose a sus propios puños antes incluso que a los pechos nutricios, quisiesen decir con ese gesto lo que no podían expresar todavía con palabras: “aquí estoy porque he venido, y he venido aquí para quedarme. ¡A ver quién es el osado, médico o arrancatripas que trata de expulsarme de este pícaro mundo después de la ordalía que he tenido que pasar para plantarme en él! Y antes de que nadie se atreva a darme un empujón con intención de hacerme retroceder, me adelanto yo para retarlo: ¡Toma, hideputa, si puedes, de esta higa!” Y entonces el pequeñuelo sacaba el pulgarcito por entre el dedito de señalar y el dedito del corazón y ponía las cosas en su sitio. ¡Imagínenselo no más!

Los judíos, que creían que el hombre nace de voluntad de varón, y los griegos que veían en el falo el signo de la vida igual que ciertos hindúes de ahora en el lingam, pensaron con toda sencillez que la higa que hacían los recién nacidos era ni más ni menos que la representación del órgano de la masculinidad en toda la magnificencia de sus dos sobrios badajos y de su ambiciosas elevaciones, tan en contraste de cooperación y ensamblaje con todos esos “entrantes, salientes, agujeros y endijones,” que gentes tan señaladas como los de Utebo cantan del cuerpo femenino, cuando en la jota alusiva lo comparan a un costal de melones.

Así que el gesto triunfal del neonato fue ante todo interpretado como un rotundo, retador y amenazante gesto masculino. Y que nadie me venga con melindres ni escrúpulos, diciendo como solía Chiquito de la Calzada que son “porquerías sesuales” o que son una muestra del peor de los machismos, porque esa higa primigenia ha pasado incluso a la literatura ascética a través de la recomendación de santa Teresa de Avila que, si nunca se paró en barras, tampoco iba a pararse en higas cuando hubiera que mandar al mismísimo Diablo a freír espárragos, que es lo que debía mantenerlo ocupado en su zahúrda en vez de ir por allí sembrando las tentaciones, las mociones, las obsesiones y las posesiones de que se vale para destruir en el hombre la imagen de Dios.

De ser gesto manual que simbolizaba la emergente fuerza de la vida, la higa pasó a ser objeto protector que, juntamente con medallitas y cascabeles, se ponía en una cadena sobre el hombro derecho o a la cintura de los niños que comenzaban a andar. Se puede ver esto en muchos cuadros infantiles que se exhiben en las paredes de los museos y de las casas de quienes se pueden todavía dar el lujo sublime de coleccionar cosas bellas.

Con el correr de los siglos, el varón fue perdiendo prestigio y con esta pérdida la higa entró también en franca decadencia, de modo que se vino a convertir en la medida del poco valor en expresiones como “no vale una higa” o “no doy una higa” o “me importa una higa.”

Y así, pasito a pasito, se ha venido a parar a la situación actual donde, desaparecida del habla popular la palabra higa y olvidados los antiguos y honrosos nombre de virote, varón, vara, viril, baqueta, e incluso cipote, el honrado órgano masculino ha venido a ser el blanco preferido de nombres irrisorios como “pito”, “pitillo” y hasta “pitilín”, que quizá correspondan a nuevas y menguadas realidades pero que, repetidos insistentemente a los niños desde su más tierna infancia, y de labios de sus propias madres, minan para siempre la moral del varoncillo que, para llegar a empinarse necesitará de los más crudos y brutales estímulos y se verá, con el tiempo y la repetida coña, empujado, como es notorio, a cambiar de acera cuanto antes o a optar por la violencia compensatoria de la cual ya no podrá escapar sino a través de ese tipo de crimen que los cursis de última generación llaman “de género”

En los siglos en los cuales la corona española tuvo grandes contactos con Italia, arribó a nuestras costas, de mano de los soldados con licencia, la costumbre de hacer la higa “al itálico modo”, o sea, extendiendo el dedo medio y encogiendo los demás. Es ésta una versión grandilocuente, fachenta y pseudo-culta del conocido gesto que, no obstante, ha logrado prevalecer hasta ahora en el uso social amparándose en la tendencia panhispánica a parecer extranjeros.

La higa primigenia, como símbolo de la buena suerte o como imprecisa expresión de deseos ocultos, se puede ver todavía colgada de collares y pulseras como pequeña figura labrada en azabache, en coral o en ámbar. También las hay de cristal de roca y de ébano. Las mejores higas de España son de azabache, las hacen en Santiago de Compostela y las venden a los turistas curiosos y a los fervientes adeptos en las tiendas de la Plaza de la Azabachería. La próxima vez que vaya a Galicia me traeré una higa.

lunes, 27 de agosto de 2007

Reyes, Monarquía y Soberanía

La inviolabilidad que corresponde a quien ejerce las funciones de jefe de Estado es un resto del carácter absoluto de los monarcas en cuya persona se concretaba el desempeño de esas funciones.

En efecto, en su más ceñido sentido etimológico, la palabra absoluto significa que aquél de quien se predica tal condición carece de ataduras que lo sujeten, de vinculaciones que lo obliguen. En otras palabras, que anda suelto, libre de normas que determinen sus decisiones o de límites que cortapisen su conducta. Sólo quién así puede actuar merece llamarse soberano y la prerrogativa misma en la cual consiste este actuar es lo que comúnmente llamamos soberanía.

Así entendida, la inviolabilidad, atributo de la soberanía, no es otra cosa que la pervivencia jurídica de una materialidad factual: la superioridad operativa que ostenta sin sombras ni claudicaciones quien de veras no tiene rivales en cuestiones de poder y, por consiguiente, carece también de instancias que le puedan exigir responsabilidades derivadas del ejercicio del mismo. En ese sentido, la soberanía es la impronta jurídica que permanece como rastro del desnudo poder tal como ha sido realmente ejercido a lo largo de la Historia.

En las culturas del Oriente, de la Antigüedad Mediterránea y de los pueblos de la América Precolombina, la soberanía dio lugar al despotismo puro y simple. Pero, aún así, cabría hacer distingos, pues, por muy absoluta que sea la potestad de un déspota, es casi imposible que se sustraiga del todo a la influencia de su “consejo de capitanes”, si la base de su poderío se concentra en la guerra; o de su “consejo de ancianos”, si se apoya en la eficaz regiduría de los asuntos comunes; o en los “consejos de notables o primates” si precisa concentrar en torno suyo la representación de los intereses sociales de casta, clase o estamento, por muy elemental que parezca para nosotros el entramado social que sometemos a análisis.

En la antigüedad clásica, en la América precolombina, y en el Oriente casi hasta nuestros días –como aconteció en el Japón hasta 1945- los súbditos divinizaban a los reyes o eran estos mismos los que se constituían en dioses o exigían ser venerados como héroes divinos.

En el Occidente, y en el Oriente europeo cristiano, donde se reconoce que “todo poder viene de Dios”, no existe la divinización del soberano, pero en Francia –precisamente en Francia- la acentuación del origen divino de la potestad real llega a adquirir un grado tal que en base a ella se pueden explicar los abusos subsecuentes a la Revolución que, partiendo del laicismo más absoluto, exigirá, no obstante, al clero el juramento a la Constitución e instaurará un culto a la Diosa Razón en la propia catedral de París, imitando las solemnidades del culto divino.

Si en los países Occidentales no llegó a tener el soberano el carácter netamente despótico que tomó en Oriente, fue debido a que, en definitiva, el monarca llamado absoluto lo era en realidad sólo respecto a los poderes humanos, pero no se consideraba exento de la obediencia a la ley de Dios representada en los Diez Mandamientos y en los preceptos de la Iglesia. Esta situación estuvo en vigencia hasta el momento de la reforma protestante, cuando la instancia universal de la Iglesia quedó reducida a fragmentos nacionales concordantes con el trazado territorial de los dominios de los soberanos temporales, quedando así, en manos de éstos las llaves de la potestad espiritual.

Por otra parte, y siguiendo con el tema principal, en muchos casos tampoco el soberano estaba exento de la obligación de tomar en cuenta los derechos adquiridos o los privilegios otorgados o reconocidos con anterioridad a su reinado. Esto se manifestaba muchas veces en la expresión de respeto a las “antiguas leyes”, siquiera estas tuvieran un cariz más estamentario –sobre todo del estamento nobiliario- que propiamente territorial o incluso étnico, tal como se quiere hacer creer hoy en día por los nacionalismos de segmentación. De hecho, esos privilegios estamentarios sólo pueden considerarse “territoriales” en cuanto no existe la menor posibilidad de que ninguna actividad humana pueda ejercerse fuera de un ámbito espacial concreto que, en definitiva, se puede reducir a una superficie sobre el suelo, es decir, sobre eso que llamamos territorio y al que terminará otorgándose un status político privilegiado.

La ausencia factual de instancias materiales que pudieran imponerse a la voluntad del soberano, que de hecho convertía en imposible el exigirle responsabilidades, pronto será interpretada como una condición jurídica privilegiada que recibirá el nombre de inviolabilidad: El soberano no debe ser sometido a juicio, ni castigado, ni ser objeto de venganza legal -antiguamente la venganza era una posibilidad legal- por razón de su actuar. Así, el “nadie puede” exigir responsabilidades al soberano, quedó convertido en “nadie debe”. La actual Constitución Española recoge este principio de forma muy particular: “La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”, expresa el Arto.56, nº3. La disposición 2ª del mismo artículo declara obligatorio el refrendo de los actos del rey y determina la no validez de los mismos si se prescindiera de dicho refrendo. A su vez, este refrendo, que se considera como necesario, viene pormenorizado en el Arto. 64 que, además, declara en su acápite 2 que, “de los actos del rey son responsables las personas que los refrenden”.

Pero la inviolabilidad no está constituída por un bloque monolítico como una piedra de levantar, sino por teselas sueltas imbricadas unas con otras como en el cubo de Rubrick. La Historia, las relaciones de poder y de sumisión, aceptadas o rechazadas durante siglos; los intereses sociales en -dominancias indiscutidas o en pugna abierta-; los equilibrios internos y externos; la idiosincrasia misma de los pueblos, han configurado esas teselas. Por lo tanto, el respeto, el miramiento, el protocolo mismo –que en la monarquía española, por cierto, están reducidos al mínimo- que se rinden al monarca-jefe de Estado no son los mismos que se tributan a los miembros distinguidos de la sociedad, ni tampoco los que se deben a todo ser humano por el mero hecho de serlo. Hay en todo lo que rodea la monarquía un plus de importancia colectiva que se sostiene sobre una concreción personal y un núcleo familiar, y esto es lo que hace que sean especialmente delicados y únicos el respeto, el miramiento, o el protocolo que se urden en torno al rey y a la realeza de una monarquía como la que preside a España, que, caso único en el mundo, logró retornar renovada del derrocamiento a manos de Napoleón y los afrancesados, del derribo por la revolución de Septiembre de 1868, que probó suerte con una nueva dinastía y, por último mas no por eso menos importante, de unas elecciones municipales que condujeron, por extrapolación fáctica y hundimiento del poder, a la II República, en 1931.

Y que no sirva para desvalorizar lo que aquí se dice el hecho de que estamos en presencia de meras convenciones y símbolos. De símbolos, de convenciones, y de ficciones también, está en gran parte construido el Derecho, y el Derecho, ¿no lo sabíamos? es esa delgada línea de tinta y de principios que separa la civilización de lo que antes se llamaba simplemente barbarie.

El hecho de que la monarquía española no tenga una corte ni genere propiamente un mundo áulico, contribuye a reforzar la necesidad de observar las convenciones que subsisten en torno al rey-jefe de Estado y su familia, y esto va también con las manifestaciones desgarradas de los que, arrogándose la posición de los antiguos bufones contribuyen a que la libertad de información vaya convirtiéndose en uno de los valores falsos del sistema.

jueves, 16 de agosto de 2007

El Islam y el Mundo

¿Qué regalo necesita el mundo recibir hoy, ahora, del Islam? O, lo que es lo mismo ¿Qué puede el Islam ofrecer al mundo? La respuesta, es una sola: hacer compatible su fé mahometana con la razón.

Las religiones, más allá del enfoque de conveniencia que unas veces niega que existan diferencias entre ellas, y otras acentúan al máximo la disparidad de su contenidos, tienen todas una exigencia en común: cada religión propiamente tal, propone, a su manera, la práctica de alguna o de algunas virtudes difíciles.

Llamo virtudes difíciles a aquellas buenas prácticas habituales que van más allá de las conveniencias personales o de grupo, de los propios intereses y del placer que exige satisfacción inmediata. La adquisición de estas virtudes cuesta un grande y consciente esfuerzo de fondo y, llegado el momento de la actuación concreta del acto virtuoso, se supone que el individuo tendrá que vérselas con la necesidad de vencer la instintiva resistencia a tomar una decisión que parece ir en contra de él mismo; tal es el caso del mártir, que opta por entregar su vida sin recurrir a la legítima defensa y purgando, además, su corazón de todo resabio de odio o resentimiento. Mas no es de ninguna manera el caso del suicida que con su propia muerte busca la muerte de inocentes. La condición de virtud no radica en la dificultad de la acción, sino en la bondad intrínseca de la actitud y del hecho virtuoso. Es cierto que la perfección personal no reside tan solo en las virtudes que más cuestan, aunque sin ellas no sea posible ninguna perfección personal. Cierto también que la buena andanza del mundo no se apoya sólo en las virtudes difíciles, pero, en ausencia total de éstas, el mundo se convierte en una cochiquera y los seres humanos en unos cerdos o, en una manada de lobos. Y como esas virtudes de difícil adquisición y de difícil ejercicio no se obtienen sin la base de un esfuerzo sostenido, es inevitable que en la literatura religiosa esté muy presente el término “lucha” para designar analógicamente esa tensión que es propiamente una tensión ascética.

En el cristianismo, la lucha ascética está refrendada por las propias palabras de Cristo: “quien no se hace fuerza a sí mismo, no entrará en el reino de los cielos.” Esta advertencia viene inscrita en una exigente recomendación: “sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.”

Este planteamiento podrá gustar o no, pero el hecho es que, a poco que observemos el curso de nuestras vidas y de las vidas de los que nos rodean, los acontecimientos terminan por dar la razón a exigencias de tal fuste. Porque, en algún momento de su existencia, a todo ser humano, hombre o mujer, se le plantea el tener que decidirse por un comportamiento que en definitiva implica la puesta en práctica de una virtud en grado heroico, o lo que es lo mismo, se le ofrece la posibilidad de optar por el bien aún a costa de su propio placer, de su propio gusto y de sus propios intereses. Para usar un lenguaje tradicional, lo que se le pide a la persona en esos momentos estelares, es comportarse como un santo.

El mahometismo tiene a su vez su lucha, la yihad, que se configura doblemente como lucha ascética por el propio perfeccionamiento y como lucha con las armas para extender el Islam.Y, esto último, no como una mundaneidad asumida, sino como un mandamiento.

Lo que la humanidad necesita y pide de los musulmanes no es la renuncia a la lucha ascética personal, ni, por supuesto, a la lucha que en sentido figurado o analógico entraña la actitud de llevar a la sociedad los principios de su religión. Lo que se les pide y lo que de ellos se necesita, es un esfuerzo para conseguir deslindar de la lucha ascética la otra lucha que lleva a emplear la violencia para extender el Islam y eliminar a sus enemigos, modalidades que en la situación actual se presentan revueltas en un todo indiscernible. En definitiva, deben conseguir que esa fe que en tanto estiman, pueda estar de nuevo vinculada a la razón sin que ese hecho sea considerado como infidelidad ni los esfuerzos en ese sentido sean interpretados como muestra de debilidad o de traición.

Este cambio no es algo que se pueda considerar imposible. Recordemos que, desde el punto de vista filosófico, obrar contra la recta razón es contradecir la misma naturaleza de Dios. De hecho, la filosofía griega está íntimamente relacionada con la fe veterotestamentaria y con la fe evangélica, abarcando a judíos y a cristianos. Y la razón es parte integrante de la fe cristiana, porque Dios es Logos para ella.

Y aquí podemos recordar que el Islam tuvo en Averroes, el primero y más grande comentador de Aristóteles, del cual bebió Tomás de Aquino, el gigante de la Teología y de la Filosofía occidental.

No se está, pues, solicitando del Islam la realización de un imposible. Un viraje hacia la síntesis entre fe y razón es la única vía posible por la cual la interpretación coránica se podrïa liberar de la hemiplejia espiritual y filosófica que la mantiene sujeta a una versión obsesiva, malvada y agresiva de la yihad. Y esa liberación es la que podría abrir las puertas a un diálogo profundo y esclarecedor entre el mundo cristiano y el mundo islámico.

Un giro de esta naturaleza, no sería en el Islam una ruptura, o una desviación o un desvarío, sino la reapertura de un antiguo camino abandonado que permitiría que toda esa inteligencia, toda la fantasía, el empuje y la creatividad de esa cultura que conquistó al mundo antiguo, se incorpore sin conflictos insuperables al mundo de hoy.

martes, 7 de agosto de 2007

El Rayo de Thor

El vacío que deja el declive social de la religión toma a veces un sesgo singular: la afirmación pública, festiva y triunfal del mal, expresada a través de signos que sólo han sido parcialmente descontextualizados respecto a sus orígenes cristianos o judaicos.

Dentro de esta extraña arreligiosidad, que parece dispuesta a renunciar a todo menos al “misterio de la iniquidad”, hay manifestaciones ya muy conocidas. Nadie se extraña de que los “Rolling Stones” se complazcan en hacerse llamar Sus Satánicas Majestades; ni de que la carrera triunfal de “Madonna” restalle en sucesivos espectáculos de inspiración formalmente sacrílega que las sociedades excristianas aceptan y aplauden; o de que el más célebre “hit” del grupo “Iron Maiden,” sea un LP que lleva el título de “666 the number of the Beast.”

Pero existen demostraciones mucho más complejas de esa inclinación hacia lo tenebroso, siquiera pueda servir para rebajar su contenido el hecho de que se presentan en el contexto de la universal almoneda creada por la llamada globalización del mercado. También la música experimenta las consecuencias de esa mercadización.

No es muy visible a primera vista la presencia del satanismo en una palabra como KISS, nombre de un conjunto de músicos que goza de fama internacional.

KISS equivale literalmente a beso, pero en este caso es en realidad acrónimo de “Knights In Satan Service”, nombre completo de ese conjunto en inglés. La traducción es obvia: se trata de los “Caballeros al servicio de Satán”. La doble letra ese con que termina la palabra ki(ss), refuerza –ya veremos de qué manera- el significado de la denominación.

Tan oscura y encriptada como la anterior es la alusión contenida en el logotipo del conocido grupo AC/DC. Una versión, que quiere ser apta para todos, traduce: Corriente Alterna/ Corriente Directa. Pero en realidad el logotipo corresponde al binomio expresivo Antichrist/Devil Child, que en romance dice tanto como Anticristo/Hijo del Diablo. Además, en el diseño del AC/DC, el lugar de la barra lo ocupa ostensiblemente el signo del “rayo de Thor”.Y este pormenor, al parecer insignificante, pide una aclaración.

En su versión actual, el “rayo de Thor”, está compuesto por dos letras eses (SS) de trazo angular. Junto con la “Totenkopf” o calavera, el rayo del dios nórdico de la guerra sirvió de insignia a la Schutz Staffel nacional-socialista, más conocidas por sus iniciales SS.

El “rayo de Thor” lleva consigo una densa carga simbólica. Originado históricamente en las antiguas “runas” o caracteres de la escritura de los pueblos escandinavos, está vinculado al desarrollo alfanumérico de una matriz de once segmentos o “trama”, valiéndose de la cual se puede representar cualquier número del uno hasta el 2047, según afirman los heraldistas. Pues bien, la doble SS angulada que representa el “rayo de Thor” coincide con la versión homotética de la cifra 666 conseguida a partir de la matriz gráfica antedicha.

Se preguntará el lector por qué cuando se desea representar gráficamente este número, o a Satán, o a la Bestia, se elige la forma del rayo entre las muchas que son en realidad posibles. Puede que la razón de esta preferencia estribe en lo que está escrito en el Evangelio de San Lucas, que en su capítulo 10, versículo18, alude a Satanás que cae del cielo como un rayo. ¡Es curioso! Desde el punto de vista arreligioso, se despoja al Evangelio de su contexto salvífico, pero se conserva lo que se refiere al Maligno.

Quizás el nacional-socialista Einrich Himmler, el cerebro organizador, aunque no fundador, de la (S)chutz (S)taffel, eligiera conscientemente ese signo: no se trataba de un hombre simplemente arreligioso, sino de alguien que creía positivamente en el poder del Mal y de la Muerte como factores para organizar la sociedad y el mundo. De que al menos eso se intentó de veras, y en qué medida se consiguió, nos da pruebas la Historia del siglo XX.

Pero ¿Y los otros casos aquí citados? Quizá, estemos ante una muestra más de las cotas que han alcanzado las técnicas de comercialización. Con todo, da que pensar la acogida jubilosa que reciben dichas técnicas entre el sector de la juventud aficionada al consumo de productos alucinógenos y psicotrópicos y sometida a la obsesiva presión de la sexualidad autista y la embriaguez del alcohol barato. El satanismo vende y atrae. Fascina y encandila. Adormece y exalta ¡Gora Basajaun! proclamaba una pintada que tuve la oportunidad de leer hace poco en medio rural. De alguna manera, la opción preferente a favor del mal es algo vivo entre nosotros, aunque de momento sólo se esté dispuesto a asumir sus consecuencias placenteras.

Parecería, pues, que en el ambiente falsamente despreocupado y hedonista de la gran fiesta global flotan los velos de una sed elemental y difusa que quiere saciarse con recortes de las peores postrimerías: la de la muerte y la de la final perdición.

Y que conste que no me refiero ni de lejos a la tendencia juguetona a pasar miedo, una forma de ensayar las emociones que nos llevaba, de niños a escuchar con grandísimo interés cuentos de aparecidos o de trasgos; y, ya de mayores, a no despreciar las buenas películas de terror. En estos ensayos lúdicos, no hay propiamente pavura, pero se hace presente, por lo menos, el escalofrío. Al contrario, en el satanismo, por muy burdo que sea, lo que hay es sólo un estar fuera de sí, un loco arrebato, algo muy parecido a una exaltación orgiástico y fuera de razón.

Para situarme en el otro lado de la cuerda, me pongo a escuchar al grupo musical “Blind Boys of Alabama” que entonan, con su peculiar estilo, un Gospel titulado “Atom Bomb”. Los chicos ciegos saludan, muy al estilo de cierto protestantismo a la norteamericana, la segunda venida de Cristo: “Everybody´s worried about that atom bomb/No one seems worried about the day My Lord shall come/Set your house in order/He may be coming soon”. Traduzco libremente: “La bomba atómica tiene a todos preocupados/ y el Día del Señor nos trae sin cuidado/Poned la casa en orden/ que Él pronto llegará”

Marana tha. Ven Señor Jesús.

Lo dicho.

jueves, 2 de agosto de 2007

Religión, Poder y Ciencia

Ante las tensiones, y confusiones, que en este Reino de las Diecisiete Repúblicas se están creando entre la Iglesia y el Estado, me pregunto: ¿Está destinada la religión a enclaustrarse en las interioridades de la conciencia? O dicho de otra manera ¿Hay razones políticas o científicas o de cualquier naturaleza para borrar, con pretendido disimulo o sin él, la huella que la religión ha dejado en la Sociedad y en la Historia? No, desde luego, y la razón estriba en que el individuo humano, lejos de ser una mónada aislada en el tiempo y en el espacio, es un ser social e histórico. Es precisamente a través del individuo, al cual corresponden los derechos que se sabe y se proclama, que la religión se hace presente en el conjunto de la sociedad y deja su huella en la Historia.

La actitud religiosa se manifiesta y confirma en el individuo por medio de las interrogaciones últimas y universales que toda criatura racional –digo racional- se plantea por el mero hecho de existir: Ya que no me he hecho a mí mismo y las causas segundas no me dan cumplida respuesta ¿Quién me hizo a mí? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el papel que debo desempeñar en el mundo? ¿Qué sentido tiene mi presencia entre los demás hombres? ¿Es posible actuar bien, portarme bien, hacer ese bien que mi conciencia vislumbra? ¿Qué debo hacer para ser bueno? ¿O debo servir al mal que con tanta fuerza parece actuar sobre el mundo y tanta capacidad de engaño y seducción despliega, incluso en mí mismo?

Todas estas preguntas están en el núcleo de la actividad indagatoria inseparable del hombre y tienden a conformar la raíz del ser y del sentir. Todas ellas inquieren acerca de lo que hoy llamamos trascendencia y antiguamente constituía el ámbito de lo sublime, es decir, lo que superaba los límites del mundo susceptible de ser directamente conocido por los sentidos y recursos de la mente humana. Las respuestas que a estas preguntas se den, constituyen –sin sumirse en mayores profundidades ni elevarse a mayores alturas, que las hay- la materia de la religión considerada estrictamente en su calidad de fenómeno.

Junto a esas preguntas últimas, trascendentes y universales propias de la religación o religión, hay también otras a las que podemos llamar “preguntas válvula”, cuyas correspondientes respuestas han dado paso a realidades importantísimas como son la Política, en que se resuelve el desnudo poder que lleva al dominio del hombre sobre el hombre, y la Ciencia, que conducen al dominio del hombre sobre la Naturaleza.

¿Cómo hacer que los demás seres humanos que me rodean estén a mi servicio o por lo menos no actúen en contra mía? ¿Cómo evitar que las tensiones e incluso las enemistades e inquinas dentro de un grupo den al traste, como es tan frecuente, con el buen resultado de los esfuerzos comunes? Los intentos del hombre en dar respuesta adecuada en cada momento a esta “pregunta válvula” aquí doblemente formulada, han dado lugar a la lenta construcción de las estructuras de poder; al costoso afianzamiento colectivo de los vínculos de adhesión, sumisión y cooperación, tres actitudes al parecer muy diferentes pero que están estrechamente enlazadas; al establecimiento del Derecho como sistema de normas destinadas a regir coercitiva e inexorablemente los sectores intersubjetivos más importantes de la vida colectiva; al reconocimiento de unos principios de gobierno y de mando, y en definitiva -¿por qué omitirlos?- al arte de la propaganda, de la retórica y de la actuación dialéctica como medios de adquirir poder o conservarlo, teniendo en cuenta, eso sí, en mayor o menor grado los intereses o el halago y adormecimiento de quienes están sujetos al mismo.

Otras de las “preguntas válvula” miran al dominio del hombre sobre su entorno natural. Así, la que plantea cómo poner a su servicio los elementos –a partir de los primitivamente reconocibles: aire, fuego, tierra y agua - de modo que sirvan directamente a los designios humanos. Tal planteamiento ha conducido finalmente al hallazgo de las Ciencias Naturales y de la Tecnología tras de un largo rodeo por los terrenos de la magia.

Porque la ciencia, la tecnología y la magia tienen un fin común que es el de domesticar, amansar, manipular a la Naturaleza. Por eso, me permito apuntar la opinión de que el actual resurgir de la magia en los países occidentales se debe atribuir más a la dificultad de las grandes masas semiletradas para entender los complejos y variados principios de la ciencia de hoy, a la que admiran y ambicionan, que a la discutible añoranza de los consuelos de una religión que desprecian y odian o que, sencillamente, ignoran porque nadie se la predica.

El lento y compendioso paso de la magia a la ciencia sólo se comenzó a vislumbrar dónde y cuándo el entendimiento humano pisó el terreno seguro del pensamiento racional. La mente humana tuvo así un instrumento apto para llegar a conocer, mediante el estudio, las particelas de verdad repartidas en la realidad externa. Esta se hizo asequible al análisis porque, con siglos de por medio, Aristóteles y Tomás de Aquino la hicieron perfectamente discernible de las apariencias oníricas o de la teurgia panteísta. Esta es la gracia original que yace en la raíz del pensamiento occidental frente a las sabidurías sapienciales –no filosóficas- del Extremo Oriente, que confunden el yo, la sociedad y el cosmos en un Todo grandioso e indiscernible en el que el mundo de los hombres y de las cosas carece de entidad propia.

Y aquél vislumbre comenzó, de modo que nunca deja de parecer admirable, en la antigua Grecia. Testigos elocuentes de esa eclosión son muchos términos que están en plena vigencia como Política, Demagogia, Oligarquía, Democracia, Aristocracia; o como Física, Metafísica, átomo, Filosofía, análisis. Palabras todas ellas heredadas directamente del griego antiguo por la poderosa razón de que en ese idioma fueron pensadas por primera vez.

Poder, ciencia y religión inciden sobre el hombre, y de los tres necesita éste. Del poder, porque es el medio que se necesita primariamente para hacer de la sociedad un ámbito convivencial, comenzando por la presencia elemental del orden y de la justicia como valores político-jurídicos. De la ciencia, porque proporciona la vía de construir para el provecho humano un espacio hóspito en la Naturaleza que tan hostil es capaz de mostrarse a veces.

De la religión, porque el hombre no renunciará nunca a encontrar una explicación última de sí mismo y del mundo, más allá de las causas segundas que la ciencia investiga y por encima de los moldes que la sociedad le impone, y porque es en la religión donde es dable encontrar la más profunda y firme fundamentación de los valores que se albergarán más tarde en la ética de los ordenamientos y de las instituciones.