Ante las tensiones, y confusiones, que en este Reino de las Diecisiete Repúblicas se están creando entre la Iglesia y el Estado, me pregunto: ¿Está destinada la religión a enclaustrarse en las interioridades de la conciencia? O dicho de otra manera ¿Hay razones políticas o científicas o de cualquier naturaleza para borrar, con pretendido disimulo o sin él, la huella que la religión ha dejado en la Sociedad y en la Historia? No, desde luego, y la razón estriba en que el individuo humano, lejos de ser una mónada aislada en el tiempo y en el espacio, es un ser social e histórico. Es precisamente a través del individuo, al cual corresponden los derechos que se sabe y se proclama, que la religión se hace presente en el conjunto de la sociedad y deja su huella en la Historia.
La actitud religiosa se manifiesta y confirma en el individuo por medio de las interrogaciones últimas y universales que toda criatura racional –digo racional- se plantea por el mero hecho de existir: Ya que no me he hecho a mí mismo y las causas segundas no me dan cumplida respuesta ¿Quién me hizo a mí? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el papel que debo desempeñar en el mundo? ¿Qué sentido tiene mi presencia entre los demás hombres? ¿Es posible actuar bien, portarme bien, hacer ese bien que mi conciencia vislumbra? ¿Qué debo hacer para ser bueno? ¿O debo servir al mal que con tanta fuerza parece actuar sobre el mundo y tanta capacidad de engaño y seducción despliega, incluso en mí mismo?
Todas estas preguntas están en el núcleo de la actividad indagatoria inseparable del hombre y tienden a conformar la raíz del ser y del sentir. Todas ellas inquieren acerca de lo que hoy llamamos trascendencia y antiguamente constituía el ámbito de lo sublime, es decir, lo que superaba los límites del mundo susceptible de ser directamente conocido por los sentidos y recursos de la mente humana. Las respuestas que a estas preguntas se den, constituyen –sin sumirse en mayores profundidades ni elevarse a mayores alturas, que las hay- la materia de la religión considerada estrictamente en su calidad de fenómeno.
Junto a esas preguntas últimas, trascendentes y universales propias de la religación o religión, hay también otras a las que podemos llamar “preguntas válvula”, cuyas correspondientes respuestas han dado paso a realidades importantísimas como son la Política, en que se resuelve el desnudo poder que lleva al dominio del hombre sobre el hombre, y la Ciencia, que conducen al dominio del hombre sobre la Naturaleza.
¿Cómo hacer que los demás seres humanos que me rodean estén a mi servicio o por lo menos no actúen en contra mía? ¿Cómo evitar que las tensiones e incluso las enemistades e inquinas dentro de un grupo den al traste, como es tan frecuente, con el buen resultado de los esfuerzos comunes? Los intentos del hombre en dar respuesta adecuada en cada momento a esta “pregunta válvula” aquí doblemente formulada, han dado lugar a la lenta construcción de las estructuras de poder; al costoso afianzamiento colectivo de los vínculos de adhesión, sumisión y cooperación, tres actitudes al parecer muy diferentes pero que están estrechamente enlazadas; al establecimiento del Derecho como sistema de normas destinadas a regir coercitiva e inexorablemente los sectores intersubjetivos más importantes de la vida colectiva; al reconocimiento de unos principios de gobierno y de mando, y en definitiva -¿por qué omitirlos?- al arte de la propaganda, de la retórica y de la actuación dialéctica como medios de adquirir poder o conservarlo, teniendo en cuenta, eso sí, en mayor o menor grado los intereses o el halago y adormecimiento de quienes están sujetos al mismo.
Otras de las “preguntas válvula” miran al dominio del hombre sobre su entorno natural. Así, la que plantea cómo poner a su servicio los elementos –a partir de los primitivamente reconocibles: aire, fuego, tierra y agua - de modo que sirvan directamente a los designios humanos. Tal planteamiento ha conducido finalmente al hallazgo de las Ciencias Naturales y de la Tecnología tras de un largo rodeo por los terrenos de la magia.
Porque la ciencia, la tecnología y la magia tienen un fin común que es el de domesticar, amansar, manipular a la Naturaleza. Por eso, me permito apuntar la opinión de que el actual resurgir de la magia en los países occidentales se debe atribuir más a la dificultad de las grandes masas semiletradas para entender los complejos y variados principios de la ciencia de hoy, a la que admiran y ambicionan, que a la discutible añoranza de los consuelos de una religión que desprecian y odian o que, sencillamente, ignoran porque nadie se la predica.
El lento y compendioso paso de la magia a la ciencia sólo se comenzó a vislumbrar dónde y cuándo el entendimiento humano pisó el terreno seguro del pensamiento racional. La mente humana tuvo así un instrumento apto para llegar a conocer, mediante el estudio, las particelas de verdad repartidas en la realidad externa. Esta se hizo asequible al análisis porque, con siglos de por medio, Aristóteles y Tomás de Aquino la hicieron perfectamente discernible de las apariencias oníricas o de la teurgia panteísta. Esta es la gracia original que yace en la raíz del pensamiento occidental frente a las sabidurías sapienciales –no filosóficas- del Extremo Oriente, que confunden el yo, la sociedad y el cosmos en un Todo grandioso e indiscernible en el que el mundo de los hombres y de las cosas carece de entidad propia.
Y aquél vislumbre comenzó, de modo que nunca deja de parecer admirable, en la antigua Grecia. Testigos elocuentes de esa eclosión son muchos términos que están en plena vigencia como Política, Demagogia, Oligarquía, Democracia, Aristocracia; o como Física, Metafísica, átomo, Filosofía, análisis. Palabras todas ellas heredadas directamente del griego antiguo por la poderosa razón de que en ese idioma fueron pensadas por primera vez.
Poder, ciencia y religión inciden sobre el hombre, y de los tres necesita éste. Del poder, porque es el medio que se necesita primariamente para hacer de la sociedad un ámbito convivencial, comenzando por la presencia elemental del orden y de la justicia como valores político-jurídicos. De la ciencia, porque proporciona la vía de construir para el provecho humano un espacio hóspito en la Naturaleza que tan hostil es capaz de mostrarse a veces.
De la religión, porque el hombre no renunciará nunca a encontrar una explicación última de sí mismo y del mundo, más allá de las causas segundas que la ciencia investiga y por encima de los moldes que la sociedad le impone, y porque es en la religión donde es dable encontrar la más profunda y firme fundamentación de los valores que se albergarán más tarde en la ética de los ordenamientos y de las instituciones.
La actitud religiosa se manifiesta y confirma en el individuo por medio de las interrogaciones últimas y universales que toda criatura racional –digo racional- se plantea por el mero hecho de existir: Ya que no me he hecho a mí mismo y las causas segundas no me dan cumplida respuesta ¿Quién me hizo a mí? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el papel que debo desempeñar en el mundo? ¿Qué sentido tiene mi presencia entre los demás hombres? ¿Es posible actuar bien, portarme bien, hacer ese bien que mi conciencia vislumbra? ¿Qué debo hacer para ser bueno? ¿O debo servir al mal que con tanta fuerza parece actuar sobre el mundo y tanta capacidad de engaño y seducción despliega, incluso en mí mismo?
Todas estas preguntas están en el núcleo de la actividad indagatoria inseparable del hombre y tienden a conformar la raíz del ser y del sentir. Todas ellas inquieren acerca de lo que hoy llamamos trascendencia y antiguamente constituía el ámbito de lo sublime, es decir, lo que superaba los límites del mundo susceptible de ser directamente conocido por los sentidos y recursos de la mente humana. Las respuestas que a estas preguntas se den, constituyen –sin sumirse en mayores profundidades ni elevarse a mayores alturas, que las hay- la materia de la religión considerada estrictamente en su calidad de fenómeno.
Junto a esas preguntas últimas, trascendentes y universales propias de la religación o religión, hay también otras a las que podemos llamar “preguntas válvula”, cuyas correspondientes respuestas han dado paso a realidades importantísimas como son la Política, en que se resuelve el desnudo poder que lleva al dominio del hombre sobre el hombre, y la Ciencia, que conducen al dominio del hombre sobre la Naturaleza.
¿Cómo hacer que los demás seres humanos que me rodean estén a mi servicio o por lo menos no actúen en contra mía? ¿Cómo evitar que las tensiones e incluso las enemistades e inquinas dentro de un grupo den al traste, como es tan frecuente, con el buen resultado de los esfuerzos comunes? Los intentos del hombre en dar respuesta adecuada en cada momento a esta “pregunta válvula” aquí doblemente formulada, han dado lugar a la lenta construcción de las estructuras de poder; al costoso afianzamiento colectivo de los vínculos de adhesión, sumisión y cooperación, tres actitudes al parecer muy diferentes pero que están estrechamente enlazadas; al establecimiento del Derecho como sistema de normas destinadas a regir coercitiva e inexorablemente los sectores intersubjetivos más importantes de la vida colectiva; al reconocimiento de unos principios de gobierno y de mando, y en definitiva -¿por qué omitirlos?- al arte de la propaganda, de la retórica y de la actuación dialéctica como medios de adquirir poder o conservarlo, teniendo en cuenta, eso sí, en mayor o menor grado los intereses o el halago y adormecimiento de quienes están sujetos al mismo.
Otras de las “preguntas válvula” miran al dominio del hombre sobre su entorno natural. Así, la que plantea cómo poner a su servicio los elementos –a partir de los primitivamente reconocibles: aire, fuego, tierra y agua - de modo que sirvan directamente a los designios humanos. Tal planteamiento ha conducido finalmente al hallazgo de las Ciencias Naturales y de la Tecnología tras de un largo rodeo por los terrenos de la magia.
Porque la ciencia, la tecnología y la magia tienen un fin común que es el de domesticar, amansar, manipular a la Naturaleza. Por eso, me permito apuntar la opinión de que el actual resurgir de la magia en los países occidentales se debe atribuir más a la dificultad de las grandes masas semiletradas para entender los complejos y variados principios de la ciencia de hoy, a la que admiran y ambicionan, que a la discutible añoranza de los consuelos de una religión que desprecian y odian o que, sencillamente, ignoran porque nadie se la predica.
El lento y compendioso paso de la magia a la ciencia sólo se comenzó a vislumbrar dónde y cuándo el entendimiento humano pisó el terreno seguro del pensamiento racional. La mente humana tuvo así un instrumento apto para llegar a conocer, mediante el estudio, las particelas de verdad repartidas en la realidad externa. Esta se hizo asequible al análisis porque, con siglos de por medio, Aristóteles y Tomás de Aquino la hicieron perfectamente discernible de las apariencias oníricas o de la teurgia panteísta. Esta es la gracia original que yace en la raíz del pensamiento occidental frente a las sabidurías sapienciales –no filosóficas- del Extremo Oriente, que confunden el yo, la sociedad y el cosmos en un Todo grandioso e indiscernible en el que el mundo de los hombres y de las cosas carece de entidad propia.
Y aquél vislumbre comenzó, de modo que nunca deja de parecer admirable, en la antigua Grecia. Testigos elocuentes de esa eclosión son muchos términos que están en plena vigencia como Política, Demagogia, Oligarquía, Democracia, Aristocracia; o como Física, Metafísica, átomo, Filosofía, análisis. Palabras todas ellas heredadas directamente del griego antiguo por la poderosa razón de que en ese idioma fueron pensadas por primera vez.
Poder, ciencia y religión inciden sobre el hombre, y de los tres necesita éste. Del poder, porque es el medio que se necesita primariamente para hacer de la sociedad un ámbito convivencial, comenzando por la presencia elemental del orden y de la justicia como valores político-jurídicos. De la ciencia, porque proporciona la vía de construir para el provecho humano un espacio hóspito en la Naturaleza que tan hostil es capaz de mostrarse a veces.
De la religión, porque el hombre no renunciará nunca a encontrar una explicación última de sí mismo y del mundo, más allá de las causas segundas que la ciencia investiga y por encima de los moldes que la sociedad le impone, y porque es en la religión donde es dable encontrar la más profunda y firme fundamentación de los valores que se albergarán más tarde en la ética de los ordenamientos y de las instituciones.
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