El vacío que deja el declive social de la religión toma a veces un sesgo singular: la afirmación pública, festiva y triunfal del mal, expresada a través de signos que sólo han sido parcialmente descontextualizados respecto a sus orígenes cristianos o judaicos.
Dentro de esta extraña arreligiosidad, que parece dispuesta a renunciar a todo menos al “misterio de la iniquidad”, hay manifestaciones ya muy conocidas. Nadie se extraña de que los “Rolling Stones” se complazcan en hacerse llamar Sus Satánicas Majestades; ni de que la carrera triunfal de “Madonna” restalle en sucesivos espectáculos de inspiración formalmente sacrílega que las sociedades excristianas aceptan y aplauden; o de que el más célebre “hit” del grupo “Iron Maiden,” sea un LP que lleva el título de “666 the number of the Beast.”
Pero existen demostraciones mucho más complejas de esa inclinación hacia lo tenebroso, siquiera pueda servir para rebajar su contenido el hecho de que se presentan en el contexto de la universal almoneda creada por la llamada globalización del mercado. También la música experimenta las consecuencias de esa mercadización.
No es muy visible a primera vista la presencia del satanismo en una palabra como KISS, nombre de un conjunto de músicos que goza de fama internacional.
KISS equivale literalmente a beso, pero en este caso es en realidad acrónimo de “Knights In Satan Service”, nombre completo de ese conjunto en inglés. La traducción es obvia: se trata de los “Caballeros al servicio de Satán”. La doble letra ese con que termina la palabra ki(ss), refuerza –ya veremos de qué manera- el significado de la denominación.
Tan oscura y encriptada como la anterior es la alusión contenida en el logotipo del conocido grupo AC/DC. Una versión, que quiere ser apta para todos, traduce: Corriente Alterna/ Corriente Directa. Pero en realidad el logotipo corresponde al binomio expresivo Antichrist/Devil Child, que en romance dice tanto como Anticristo/Hijo del Diablo. Además, en el diseño del AC/DC, el lugar de la barra lo ocupa ostensiblemente el signo del “rayo de Thor”.Y este pormenor, al parecer insignificante, pide una aclaración.
En su versión actual, el “rayo de Thor”, está compuesto por dos letras eses (SS) de trazo angular. Junto con la “Totenkopf” o calavera, el rayo del dios nórdico de la guerra sirvió de insignia a la Schutz Staffel nacional-socialista, más conocidas por sus iniciales SS.
El “rayo de Thor” lleva consigo una densa carga simbólica. Originado históricamente en las antiguas “runas” o caracteres de la escritura de los pueblos escandinavos, está vinculado al desarrollo alfanumérico de una matriz de once segmentos o “trama”, valiéndose de la cual se puede representar cualquier número del uno hasta el 2047, según afirman los heraldistas. Pues bien, la doble SS angulada que representa el “rayo de Thor” coincide con la versión homotética de la cifra 666 conseguida a partir de la matriz gráfica antedicha.
Se preguntará el lector por qué cuando se desea representar gráficamente este número, o a Satán, o a la Bestia, se elige la forma del rayo entre las muchas que son en realidad posibles. Puede que la razón de esta preferencia estribe en lo que está escrito en el Evangelio de San Lucas, que en su capítulo 10, versículo18, alude a Satanás que cae del cielo como un rayo. ¡Es curioso! Desde el punto de vista arreligioso, se despoja al Evangelio de su contexto salvífico, pero se conserva lo que se refiere al Maligno.
Quizás el nacional-socialista Einrich Himmler, el cerebro organizador, aunque no fundador, de la (S)chutz (S)taffel, eligiera conscientemente ese signo: no se trataba de un hombre simplemente arreligioso, sino de alguien que creía positivamente en el poder del Mal y de la Muerte como factores para organizar la sociedad y el mundo. De que al menos eso se intentó de veras, y en qué medida se consiguió, nos da pruebas la Historia del siglo XX.
Pero ¿Y los otros casos aquí citados? Quizá, estemos ante una muestra más de las cotas que han alcanzado las técnicas de comercialización. Con todo, da que pensar la acogida jubilosa que reciben dichas técnicas entre el sector de la juventud aficionada al consumo de productos alucinógenos y psicotrópicos y sometida a la obsesiva presión de la sexualidad autista y la embriaguez del alcohol barato. El satanismo vende y atrae. Fascina y encandila. Adormece y exalta ¡Gora Basajaun! proclamaba una pintada que tuve la oportunidad de leer hace poco en medio rural. De alguna manera, la opción preferente a favor del mal es algo vivo entre nosotros, aunque de momento sólo se esté dispuesto a asumir sus consecuencias placenteras.
Parecería, pues, que en el ambiente falsamente despreocupado y hedonista de la gran fiesta global flotan los velos de una sed elemental y difusa que quiere saciarse con recortes de las peores postrimerías: la de la muerte y la de la final perdición.
Y que conste que no me refiero ni de lejos a la tendencia juguetona a pasar miedo, una forma de ensayar las emociones que nos llevaba, de niños a escuchar con grandísimo interés cuentos de aparecidos o de trasgos; y, ya de mayores, a no despreciar las buenas películas de terror. En estos ensayos lúdicos, no hay propiamente pavura, pero se hace presente, por lo menos, el escalofrío. Al contrario, en el satanismo, por muy burdo que sea, lo que hay es sólo un estar fuera de sí, un loco arrebato, algo muy parecido a una exaltación orgiástico y fuera de razón.
Para situarme en el otro lado de la cuerda, me pongo a escuchar al grupo musical “Blind Boys of Alabama” que entonan, con su peculiar estilo, un Gospel titulado “Atom Bomb”. Los chicos ciegos saludan, muy al estilo de cierto protestantismo a la norteamericana, la segunda venida de Cristo: “Everybody´s worried about that atom bomb/No one seems worried about the day My Lord shall come/Set your house in order/He may be coming soon”. Traduzco libremente: “La bomba atómica tiene a todos preocupados/ y el Día del Señor nos trae sin cuidado/Poned la casa en orden/ que Él pronto llegará”
Marana tha. Ven Señor Jesús.
Lo dicho.
Dentro de esta extraña arreligiosidad, que parece dispuesta a renunciar a todo menos al “misterio de la iniquidad”, hay manifestaciones ya muy conocidas. Nadie se extraña de que los “Rolling Stones” se complazcan en hacerse llamar Sus Satánicas Majestades; ni de que la carrera triunfal de “Madonna” restalle en sucesivos espectáculos de inspiración formalmente sacrílega que las sociedades excristianas aceptan y aplauden; o de que el más célebre “hit” del grupo “Iron Maiden,” sea un LP que lleva el título de “666 the number of the Beast.”
Pero existen demostraciones mucho más complejas de esa inclinación hacia lo tenebroso, siquiera pueda servir para rebajar su contenido el hecho de que se presentan en el contexto de la universal almoneda creada por la llamada globalización del mercado. También la música experimenta las consecuencias de esa mercadización.
No es muy visible a primera vista la presencia del satanismo en una palabra como KISS, nombre de un conjunto de músicos que goza de fama internacional.
KISS equivale literalmente a beso, pero en este caso es en realidad acrónimo de “Knights In Satan Service”, nombre completo de ese conjunto en inglés. La traducción es obvia: se trata de los “Caballeros al servicio de Satán”. La doble letra ese con que termina la palabra ki(ss), refuerza –ya veremos de qué manera- el significado de la denominación.
Tan oscura y encriptada como la anterior es la alusión contenida en el logotipo del conocido grupo AC/DC. Una versión, que quiere ser apta para todos, traduce: Corriente Alterna/ Corriente Directa. Pero en realidad el logotipo corresponde al binomio expresivo Antichrist/Devil Child, que en romance dice tanto como Anticristo/Hijo del Diablo. Además, en el diseño del AC/DC, el lugar de la barra lo ocupa ostensiblemente el signo del “rayo de Thor”.Y este pormenor, al parecer insignificante, pide una aclaración.
En su versión actual, el “rayo de Thor”, está compuesto por dos letras eses (SS) de trazo angular. Junto con la “Totenkopf” o calavera, el rayo del dios nórdico de la guerra sirvió de insignia a la Schutz Staffel nacional-socialista, más conocidas por sus iniciales SS.
El “rayo de Thor” lleva consigo una densa carga simbólica. Originado históricamente en las antiguas “runas” o caracteres de la escritura de los pueblos escandinavos, está vinculado al desarrollo alfanumérico de una matriz de once segmentos o “trama”, valiéndose de la cual se puede representar cualquier número del uno hasta el 2047, según afirman los heraldistas. Pues bien, la doble SS angulada que representa el “rayo de Thor” coincide con la versión homotética de la cifra 666 conseguida a partir de la matriz gráfica antedicha.
Se preguntará el lector por qué cuando se desea representar gráficamente este número, o a Satán, o a la Bestia, se elige la forma del rayo entre las muchas que son en realidad posibles. Puede que la razón de esta preferencia estribe en lo que está escrito en el Evangelio de San Lucas, que en su capítulo 10, versículo18, alude a Satanás que cae del cielo como un rayo. ¡Es curioso! Desde el punto de vista arreligioso, se despoja al Evangelio de su contexto salvífico, pero se conserva lo que se refiere al Maligno.
Quizás el nacional-socialista Einrich Himmler, el cerebro organizador, aunque no fundador, de la (S)chutz (S)taffel, eligiera conscientemente ese signo: no se trataba de un hombre simplemente arreligioso, sino de alguien que creía positivamente en el poder del Mal y de la Muerte como factores para organizar la sociedad y el mundo. De que al menos eso se intentó de veras, y en qué medida se consiguió, nos da pruebas la Historia del siglo XX.
Pero ¿Y los otros casos aquí citados? Quizá, estemos ante una muestra más de las cotas que han alcanzado las técnicas de comercialización. Con todo, da que pensar la acogida jubilosa que reciben dichas técnicas entre el sector de la juventud aficionada al consumo de productos alucinógenos y psicotrópicos y sometida a la obsesiva presión de la sexualidad autista y la embriaguez del alcohol barato. El satanismo vende y atrae. Fascina y encandila. Adormece y exalta ¡Gora Basajaun! proclamaba una pintada que tuve la oportunidad de leer hace poco en medio rural. De alguna manera, la opción preferente a favor del mal es algo vivo entre nosotros, aunque de momento sólo se esté dispuesto a asumir sus consecuencias placenteras.
Parecería, pues, que en el ambiente falsamente despreocupado y hedonista de la gran fiesta global flotan los velos de una sed elemental y difusa que quiere saciarse con recortes de las peores postrimerías: la de la muerte y la de la final perdición.
Y que conste que no me refiero ni de lejos a la tendencia juguetona a pasar miedo, una forma de ensayar las emociones que nos llevaba, de niños a escuchar con grandísimo interés cuentos de aparecidos o de trasgos; y, ya de mayores, a no despreciar las buenas películas de terror. En estos ensayos lúdicos, no hay propiamente pavura, pero se hace presente, por lo menos, el escalofrío. Al contrario, en el satanismo, por muy burdo que sea, lo que hay es sólo un estar fuera de sí, un loco arrebato, algo muy parecido a una exaltación orgiástico y fuera de razón.
Para situarme en el otro lado de la cuerda, me pongo a escuchar al grupo musical “Blind Boys of Alabama” que entonan, con su peculiar estilo, un Gospel titulado “Atom Bomb”. Los chicos ciegos saludan, muy al estilo de cierto protestantismo a la norteamericana, la segunda venida de Cristo: “Everybody´s worried about that atom bomb/No one seems worried about the day My Lord shall come/Set your house in order/He may be coming soon”. Traduzco libremente: “La bomba atómica tiene a todos preocupados/ y el Día del Señor nos trae sin cuidado/Poned la casa en orden/ que Él pronto llegará”
Marana tha. Ven Señor Jesús.
Lo dicho.
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