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miércoles, 16 de noviembre de 2005

Cosas de Ayer, Cosas de Ahora

Para hablar de colonias y de colonización a esta altura del siglo XXI es preciso desligar dichos términos de las legañas que se le han adherido a partir de palabras de posterior acuñación -como colonialismo, colonialista-, que a su vez están contaminadas por la metralla semántica esparcida en el diccionario por la contraposición entre los términos imperialismo y anti-imperialismo.

Hecha esta advertencia, cuyo desarrollo no es preciso llevar hasta el extremo, encontramos que la primera definición castellana de colonia proviene del “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”, de Sebastián de Covarrubias impreso primeramente en 1611. Dice así:“colonia es ... término de tierra que se ha poblado de gente extranjera, sacada de la ciudad que es señora de aquél territorio o llevada de otra parte.”

Es una definición, no contaminada todavía, que refleja lo que en aquél tiempo era ya realidad plena: las coronas de Castilla y Portugal, y tras de ellas el resto de las monarquías europeas capaces de imitarlas, estaban en plena labor de organización y parcelación de mundos recién explorados, al tiempo que iniciaban la explotación de las riquezas descubiertas, creando las bases incipientes de una primera globalización Como todo esto se hacía desde Europa, llevó aparejado el desplazamiento de poblaciones leucodermas hacia nuevos y alejados territorios, rasgo que caracteriza el proceso de colonización desde 1492 hasta el primer cuarto del siglo XX..

Ese fenómeno tuvo tal trascendencia, que el mundo de hoy sería inexplicable sin la presencia de mega-Estados nacidos del mundo colonial, y que se encuentran en la vanguardia de la riqueza, de la civilización y del poder como son los Estados Unidos de América, Canadá o Australia. O como la misma Rusia; que ha adquirido su gigantesca magnitud por medio de colonización por “brotes” o renuevos que han terminado creando un espacio territorial y político sin solución de continuidad desde los originarios Moscowa, Novgorov o Kiev hasta las costas del Mar de la China.

Sobre la comunidad internacional gravitan otra multitud de neo-Estados surgidos del mundo colonial. La disolución del imperio español en América y Asia dio lugar entre las fechas extremas de 1825 (Ayacucho) y 1903 (secesión de Panamá respecto a Colombia), a diecinueve nuevos Estados, que son veinte si se cuenta Puerto Rico, Estado Libre Asociado a los Estados Unidos.

Otra multitud de nuevos “Estados” nacieron en Asia y en Africa en la segunda mitad del siglo XX a consecuencia del proceso de descolonización propiciado, a través de la ONU, por las naciones vencedoras de la II Guerra Mundial. La mayoría de los Estados del Africa Negra – con las excepciones de Sud Africa, Zimbawue y Kenya-, son en realidad puramente nominales y su función casi se agota por entero en hacer de relleno en las votaciones de la ONU, en dar ocasión a las ONGS para sus beneficencias internacionales y en servir de campo de rapiña para las voraces, corrompidas e ineptas minorías locales. Estos pseudo-Estados africanos, juntamente con algunos en igual situación en la llamada “América Latina” –la actual Nicaragua y el Ecuador-, y en el Caribe –Haití-, constituyen la parte nunca comentada de una larga cadena de concausas que explican la debilidad estructural y crónica de la Organización de las Naciones Unidas.

La disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dio lugar a la independencia de los países que formaban el glasis europeo y asiático en torno al núcleo del enorme territorio ruso. Se produjo entonces un desequilibrio a favor de Alemania, perdiendo Francia su centralidad. Amplias regiones del Cáucaso y del Asia Central quedaron inermes ante el avance del fundamentalismo islamista al tiempo que se creaba un nudo de tensiones y problemas que constituyen otras tantas invitaciones a que la China extienda por la zona su influjo militar. Este hecho explica el carácter intrínsecamente preventivo -y por tanto, problemático-, de la presencia norteamericana en el Afganistán y en el Iraq.

Por lo que a los países musulmanes se refiere, se ha de recordar que, aunque hayan pasado por un corto período de sometimiento respecto a algunas potencias europeas, especialmente Francia e Inglaterra, seguidos a mucha distancia por España e Italia, no pueden ni de lejos ser considerados como meros “productos” de la iniciativa colonial. En realidad, todos ellos –Marruecos es la excepción-, constituyen los teselas que quedaron sueltas tras la caída del Imperio Otomano, que buscan articularse en torno a un nuevo núcleo de poder empleando el único elemento común que puede servirles hoy en día: el Islam.

Pero hecha esta salvedad, digna por otra parte de mayor estudio, es obvio, pues, que el mundo de hoy debía tener una conciencia más clara de que su situación actual es en gran parte producto del proceso de colonización que desde Europa se desató sobre el mundo hace poco más de cinco siglos.

Pero, se preguntará el lector ¿Qué hacemos hablando aquí de tales antigüedades en un momento en que España se enfrasca en un período constituyente que nadie quiere llamar por su nombre; cuando Marruecos se deshace de los negros cimarrones que se ocultan en los montes, ya lanzándolos contra la cerca ganadera que han instalado los españoles en la frontera de Melilla, ya internándolos en el desierto para comprometer a los campamentos del POLISARIO, y cuando Europa, esa gloria del mundo, se encuentra perpleja ante todos y cada uno de los problemas que la afectan?

Para saber que lo escrito hasta aquí no es ocioso bastaría leerlo con la atención debida. Creo que el lector de diarios, aún con las prisas que lo tienen a mal traer, es capaz de ello y de mucho más.

Y descendiendo al terreno del pormenor y el menudeo, precisamente al Sur, muy cerca de donde suelen veranear y jugar al golf muchos vascos -y vascas-, de pro y de contra, está Gibraltar, una de esas colonias que tan lejanas y exóticas nos parecen cuando estamos despistados, pero que cuenta con los más confidenciales y modernos servicios bancarios “off shore”, capaces ¿cómo no?de sacar de apuros fiscales a cualquier rico que lo necesite. Gibraltar es un vestigio de ayer que se afianza en los dineros de hoy.

Al Sur también, se extiende el mar a través del cual el Africa arroja la multitud de sus miserables sobre la rivera europea. La trata no es necesaria cuando los esclavos se agolpan a las puertas de sus posibles amos pugnando por entrar. Es la relación arcaica entre dominados y dominadores que se manifiesta a través de un proceso de colonización de características nuevas. Parece cosa de ayer; pero lo antiguo, si sucede hoy, es también cosa de ahora; aunque sus resultados sólo se verán mañana.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Prosa Chinfónica del Chinchar

Aunque chinchar es acción propia de chinches, insectos que no necesitan instrucción especial a ese respecto; y, tratándose de seres humanos, chinchar parece tendencia espontánea y natural, hay que reconocer que el chinchar de alto nivel requiere ejercitación y cultivo en los cuales hay que empeñarse con tesón y esmero. Por eso, y siempre refiriéndose a seres humanos, se puede asegurar que ningún buen chinchador merece ser incluido en el libro blanco de los inocentes. Quien ha logrado en esta materia un puesto sobresaliente, seguro que lo ha hecho a conciencia, es decir con pleno conocimiento y pleno consentimiento de lo que hacía.

Los investigadores universitarios más reconocidos en el ámbito de la Chinchología –hay Universidades para todo-, están de acuerdo en asegurar que la capacidad de chinchar está equitativamente repartida por continentes, por razas y por sexos. Sin embargo –y siempre según las mismas fuentes-, esta tendencia tan clara hacia la igualdad quiebra por completo cuando se atiende a los niveles de educación. En efecto, se observa en las clases educadas una mayor capacidad de chinchar que en las ineducadas.

¿Y qué pasa con los partidos políticos? ¿Se puede señalar alguno de ellos en particular como más proclive a producir afiliados expertos en el arte de chinchar? Modestamente creo que en este sector, pese a las investigaciones emprendidas por científicos interesados en esta materia, y a las pesquisas llevadas a cabo por los servicios secretos del Estado y de las Autonomías, los expertos no han conseguido llegar al fondo del asunto, quedando esas preguntas ayunas de toda respuesta concluyente, si bien, hay que dejar consignado que, extrapolando la tendencia igualitaria observada respecto a los continentes, las razas y los sexos, se ha puesto de moda en ciertos sectores que quieren pasar por moderados, decir que, a la hora de chinchar, da lo mismo ser de izquierdas que de derechas.

Frente a esta aseveración tan general, sin duda cargada de ingenuidad y buena fe, algunos investigadores no por libres menos agudos, entre lo cuales se cuenta el que estas líneas escribe, pueden asegurar y aseguran que, aunque numéricamente no hay nada que distinga a unos partidos de otros respecto al porcentaje de grandes chinchadores en relación con el número siempre exiguo de afiliados, los individuos que se sitúan a la izquierda tienen a su favor una cierta ventaja táctica y psicológica sobre los de derecha a la hora de chinchar al prójimo.

En efecto, el acto de chinchar acometido desde el flanco izquierdo, tiene siempre a su favor la presunción generalizada de que se puede tratar de una justa reivindicación, de un explicable desquite de la plebe oprimida, de un acto de venganza simbólica que toman los explotados de siempre, del grito que emiten desde sus propias tripas los olvidados de la fortuna, de la sombra de puños en alto a los cuales habría que agradecer que se queden en ese gesto retador y no lleven sus reclamaciones a mayor suceso.

Recuerdo al respecto un ejemplo no por propio menos válido. Tenía yo que renovar el carnet de conducir y democráticamente fui a hacerlo en persona, ¡faltaba más!. Al entrar a una salita de espera mal señalizada pregunté ¡inocente de mí! si todos estábamos allí para la misma cosa. “Sí”, contestó una voz de fémina cuyas vibraciones revelaban la intensidad reivindicativa que la animaba, “pero ud. lo hace por puro lujo y nosotros lo hacemos por necesidad.”

¡Toma ya!¿Qué iba a contestar yo? Me quedé callado. Conscientemente callado. Prudentemente callado. Caballerosamente callado. ¡Brava mujer! –pensé-¡magnífica y vengativa erinia¡ ¡espléndida furia que marcó la distancia debida con este pendejo burgués que quiso equipararse a la flor del proletariado aprovechándose de una igualación puramente ocasional¡ ¡Desde estas humildes líneas te saludo airada hembra que, sin saberlo quizá, ocultas un espíritu jerárquico y autoritario que, por la razón que sea, terminó malbaratándose en una formación de izquierda! ¡Ese espíritu que se hizo ostensible en ese tratarme de Ud.¡ ¡ En tiempos más recios y machotes hubieras sido digna de portar una pica con la testa de un rey bien enastada en el chuzón de tu arma, mientras en estos tiempos ruines te tienes que conformar con chinchar a un burgués transterrado que gusta de hacerse perdonar todas las ventajas de que ha gozado en la vida y que posee buen humor en cantidad suficiente para pasar por hombre difícil de enojar y ofender!

Hay, pues, en el chinchar de los izquierdistas como una presunción que, bien explotada, puede brindar ese puntito compensatorio que se supone devuelve al mundo el equilibrio que, según algunos, ha ido perdiendo por las constantes desigualdades que la izquierda tiende a interpretar como injusticias radicales.

En cambio, ejercido desde la andanada de la diestra, el chinchar tiene, desde el inicio, la desventaja de parecer un abuso de autoridad, de ser lluvia que cae sobre mojado, o albarda puesta sobre aparejo; un inexcusable exceso de superioridad, una demasía que siempre sobra como tal; un innecesario traspasar los límites, un sobrarse, un injustificado ir más allá, o sea, ¡eso!: que el chinchar de los derechistas parece ultraje – de ultra-, desde el inicio mismo del chinchamiento.. Lo pude observar en televisión el otro día que invistieron de Doctor Honoris Causa –hay Universidades para todo-, a Don Santiago Carrillo.

¡Qué mal supo a todo el mundo el intento de los jóvenes que, dispuestos a recordar lo de Paracuellos de Jarama, irrumpieron en el salón donde se celebraba el acto académico¡ Con cuánto acierto sobrellevó el veterano lider comunista aquella amenaza que pudo ser humillante en un momento en que con el mejor talante se están reabriendo las fosas comunes olvidando sin duda que forzosamente olerán a muerto. En tan difícil trago, Don Santiago terminó hablando del perdón mutuamente otorgado, “nos perdonamos todos durante la Transición”, dijo. Lo cual, miradas las cosas de cerca, es mucho decir, sobre todo cuando se ha puesto de moda revolver en las memorias protervas con intención de que se hagan de nuevo presentes en el comportamiento público.

Pero con tanta cosa me estoy apartando del asunto que nos ocupaba, que no era otro que la acción de chinchar, materia en la cual el ser humano ha aprendido mucho de estos bichitos cuya especialidad se expresa en ese verbo. ¡Y qué bichitos! Son las chinches insectos eminentemente pedagógicos y ojalá no esté muy lejano el día –hay Universidades para todo-, en que, sin escándalo de nadie, puedan recibir un Doctorado Honoris Causa, colectivo, no simplemente individual, en reconocimiento a su capacidad de enseñar al que no sabe.