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miércoles, 9 de noviembre de 2005

Prosa Chinfónica del Chinchar

Aunque chinchar es acción propia de chinches, insectos que no necesitan instrucción especial a ese respecto; y, tratándose de seres humanos, chinchar parece tendencia espontánea y natural, hay que reconocer que el chinchar de alto nivel requiere ejercitación y cultivo en los cuales hay que empeñarse con tesón y esmero. Por eso, y siempre refiriéndose a seres humanos, se puede asegurar que ningún buen chinchador merece ser incluido en el libro blanco de los inocentes. Quien ha logrado en esta materia un puesto sobresaliente, seguro que lo ha hecho a conciencia, es decir con pleno conocimiento y pleno consentimiento de lo que hacía.

Los investigadores universitarios más reconocidos en el ámbito de la Chinchología –hay Universidades para todo-, están de acuerdo en asegurar que la capacidad de chinchar está equitativamente repartida por continentes, por razas y por sexos. Sin embargo –y siempre según las mismas fuentes-, esta tendencia tan clara hacia la igualdad quiebra por completo cuando se atiende a los niveles de educación. En efecto, se observa en las clases educadas una mayor capacidad de chinchar que en las ineducadas.

¿Y qué pasa con los partidos políticos? ¿Se puede señalar alguno de ellos en particular como más proclive a producir afiliados expertos en el arte de chinchar? Modestamente creo que en este sector, pese a las investigaciones emprendidas por científicos interesados en esta materia, y a las pesquisas llevadas a cabo por los servicios secretos del Estado y de las Autonomías, los expertos no han conseguido llegar al fondo del asunto, quedando esas preguntas ayunas de toda respuesta concluyente, si bien, hay que dejar consignado que, extrapolando la tendencia igualitaria observada respecto a los continentes, las razas y los sexos, se ha puesto de moda en ciertos sectores que quieren pasar por moderados, decir que, a la hora de chinchar, da lo mismo ser de izquierdas que de derechas.

Frente a esta aseveración tan general, sin duda cargada de ingenuidad y buena fe, algunos investigadores no por libres menos agudos, entre lo cuales se cuenta el que estas líneas escribe, pueden asegurar y aseguran que, aunque numéricamente no hay nada que distinga a unos partidos de otros respecto al porcentaje de grandes chinchadores en relación con el número siempre exiguo de afiliados, los individuos que se sitúan a la izquierda tienen a su favor una cierta ventaja táctica y psicológica sobre los de derecha a la hora de chinchar al prójimo.

En efecto, el acto de chinchar acometido desde el flanco izquierdo, tiene siempre a su favor la presunción generalizada de que se puede tratar de una justa reivindicación, de un explicable desquite de la plebe oprimida, de un acto de venganza simbólica que toman los explotados de siempre, del grito que emiten desde sus propias tripas los olvidados de la fortuna, de la sombra de puños en alto a los cuales habría que agradecer que se queden en ese gesto retador y no lleven sus reclamaciones a mayor suceso.

Recuerdo al respecto un ejemplo no por propio menos válido. Tenía yo que renovar el carnet de conducir y democráticamente fui a hacerlo en persona, ¡faltaba más!. Al entrar a una salita de espera mal señalizada pregunté ¡inocente de mí! si todos estábamos allí para la misma cosa. “Sí”, contestó una voz de fémina cuyas vibraciones revelaban la intensidad reivindicativa que la animaba, “pero ud. lo hace por puro lujo y nosotros lo hacemos por necesidad.”

¡Toma ya!¿Qué iba a contestar yo? Me quedé callado. Conscientemente callado. Prudentemente callado. Caballerosamente callado. ¡Brava mujer! –pensé-¡magnífica y vengativa erinia¡ ¡espléndida furia que marcó la distancia debida con este pendejo burgués que quiso equipararse a la flor del proletariado aprovechándose de una igualación puramente ocasional¡ ¡Desde estas humildes líneas te saludo airada hembra que, sin saberlo quizá, ocultas un espíritu jerárquico y autoritario que, por la razón que sea, terminó malbaratándose en una formación de izquierda! ¡Ese espíritu que se hizo ostensible en ese tratarme de Ud.¡ ¡ En tiempos más recios y machotes hubieras sido digna de portar una pica con la testa de un rey bien enastada en el chuzón de tu arma, mientras en estos tiempos ruines te tienes que conformar con chinchar a un burgués transterrado que gusta de hacerse perdonar todas las ventajas de que ha gozado en la vida y que posee buen humor en cantidad suficiente para pasar por hombre difícil de enojar y ofender!

Hay, pues, en el chinchar de los izquierdistas como una presunción que, bien explotada, puede brindar ese puntito compensatorio que se supone devuelve al mundo el equilibrio que, según algunos, ha ido perdiendo por las constantes desigualdades que la izquierda tiende a interpretar como injusticias radicales.

En cambio, ejercido desde la andanada de la diestra, el chinchar tiene, desde el inicio, la desventaja de parecer un abuso de autoridad, de ser lluvia que cae sobre mojado, o albarda puesta sobre aparejo; un inexcusable exceso de superioridad, una demasía que siempre sobra como tal; un innecesario traspasar los límites, un sobrarse, un injustificado ir más allá, o sea, ¡eso!: que el chinchar de los derechistas parece ultraje – de ultra-, desde el inicio mismo del chinchamiento.. Lo pude observar en televisión el otro día que invistieron de Doctor Honoris Causa –hay Universidades para todo-, a Don Santiago Carrillo.

¡Qué mal supo a todo el mundo el intento de los jóvenes que, dispuestos a recordar lo de Paracuellos de Jarama, irrumpieron en el salón donde se celebraba el acto académico¡ Con cuánto acierto sobrellevó el veterano lider comunista aquella amenaza que pudo ser humillante en un momento en que con el mejor talante se están reabriendo las fosas comunes olvidando sin duda que forzosamente olerán a muerto. En tan difícil trago, Don Santiago terminó hablando del perdón mutuamente otorgado, “nos perdonamos todos durante la Transición”, dijo. Lo cual, miradas las cosas de cerca, es mucho decir, sobre todo cuando se ha puesto de moda revolver en las memorias protervas con intención de que se hagan de nuevo presentes en el comportamiento público.

Pero con tanta cosa me estoy apartando del asunto que nos ocupaba, que no era otro que la acción de chinchar, materia en la cual el ser humano ha aprendido mucho de estos bichitos cuya especialidad se expresa en ese verbo. ¡Y qué bichitos! Son las chinches insectos eminentemente pedagógicos y ojalá no esté muy lejano el día –hay Universidades para todo-, en que, sin escándalo de nadie, puedan recibir un Doctorado Honoris Causa, colectivo, no simplemente individual, en reconocimiento a su capacidad de enseñar al que no sabe.

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