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sábado, 22 de octubre de 2005

Soledades y Silencios

El hombre es un ser social; pero cada persona que viene al mundo tiene que descubrir y aprender a apreciar su propia soledad. Por eso, aunque necesita absolutamente de los demás, el principal encuentro que un ser humano pueda tener es el encuentro consigo mismo. En definitiva, las posibilidades de perfección individual, en cuanto ligadas a la capacidad de examen introspectivo de cada uno, se medirá a su vez por su capacidad de vivir frente a sí mismo, de sostener su mirada interior que siempre le revelará que como individuo que es, permanece en la soledad.

¿Soledad? Pero ¡si estamos siempre acompañados!¿Siendo el hombre un ser social, que soledad es la suya? Además del encuentro crónico consigo mismo en demanda de un nosce te ipsum que nunca podrá llegar a ser completo, el hombre tendrá que sostener a lo largo de su vida otros muchos encuentros. Cualquiera de ellos implica acercamiento a otras personas.

El encuentro es la forma de hacer que los otros se hagan presentes en nuestras vidas y de hacernos nosotros presentes en las vidas de los demás. Y los más profundos y trascendentales encuentros no serán precisamente fáciles de solucionar. A través de ellos cada cual descubrirá los caminos que hay para ir del amor feral al amor benéfico. Dios mismo es amor para los cristianos. Y por eso el amor queda convertido en la regla de oro y en objetivo esencial y final de la vida. Por lo tanto, la soledad de la que hablamos no es una soledad que se caracterice por la falta de compañía en el sentido literal de la expresión.

¿En qué consiste, pues, esa soledad? Para responder a esta pregunta en apariencia tan sencilla, tenemos que indagar primero acerca de lo que entraña o lleva consigo el estar solo.

Y encontramos que, igual que un desierto no es sólo y sin más un territorio despoblado, la soledad no es solo definible por la ausencia real de compañía, sino por la carencia de recursos y de acicates relacionales. Aún en compañía material de los otros, puede haber imposibilidad de formular preguntas y de esperar o recibir respuestas, de contemplar y de ser contemplado, de dar estímulo y de recibirlo. Principal ingrediente de la soledad de la cual hablamos es, pues, el silencio.

Surge una objeción ¿Acaso no hemos oído hablar del silencio creador, del silencio fecundo en decisiones de mayor alcance? ¿Como puede haber creación o fecundidad en él si comenzamos por decir que el silencio es imposibilidad de comunicación, carencia de recursos y acicates relacionales? Pero resulta que hay silencio creador como hay otro silencio que sólo es fermento de la esterilidad más completa.

Hay un silencio que puede ser entendido ante todo como ausencia de ruído, de distorsiones y de engaño, más frecuentemente de autoengaño. Ese es el silencio que puede constituirse en alveolo para las creaciones de la mente y del espíritu, el silencio que lleva consigo las semillas de la fecundidad. Ese silencio es como la premonición de una audición maravillosa. Es también el silencio de “la casa sosegada” del místico. El silencio que permite a cada uno salir de sí mismo para compartirse con otros y con otros compadecer. Para dar ayuda y recibirla en toda la amplia gama de las posibilidades que brinda la actuación humana. Y en definitiva para abrirse al misterio de la fe y del amor.

Pero hay un silencio de otra laya: el que lleva en sí la imposibilidad de comunicarse. El silencio carcelero. El silencio que se nutre del propio yo, el silencio que nos condena a ser sordos, ciegos y mudos y que nos hace incapaces también de compartir, de participar, de ayudar, de asumir. De asentir. El silencio que nos incomunica. El silencio que nos encierra en nosotros mismos como en una checa cuya estructura estuviera pensada para distorsionar la percepción de la realidad profunda. El silencio que nos induce a afanarnos en la creación de ínsulas a las que solo nosotros tenemos acceso, el silencio, pues, que nos aísla. El silencio que levanta torretas de defensa a lomos del gigantesco elefante de nuestro propio egoísmo y desde las cuales asaeteamos ofensivamente a los demás.

Y aquí viene a cuento la mirada interior a que aludíamos al principio. Esa mirada, de la cual hemos dicho que hay que aprender a sostener, nos permitirá en definitiva el encuentro con nosotros mismos. Y nos hará penetrar, por el examen introspectivo, en los secretos que encierra la bruma de la propia soledad que como individuos nos es inseparable.

Esa mirada es la que nos permitirá discernir con que silencio nos queremos quedar. ¿Con el silencio provechoso y fecundo, el silencio de “la casa sosegada”? ¿O con aquél otro silencio, rémora que impide avanzar en el conocimiento propio y hace el oficio de elemento que nos separa de los demás, nos aparta de nuestra misión en esta vida y nos distrae de la tarea a la cual hemos sido llamados?

La mirada interior nos hace contemplar cara a cara nuestra indigencia, nos revela desnudamente el alcance real de nuestras posibilidades, y no pocas veces nos hace caer del caballo desde el cual nos gusta pasar orgullosa revista a nuestros defectos, obligándonos a reemprenderla pie a tierra y con humildad. ¡Ah! Y nos hace derribar los ridículos baluartes que hemos levantados sobre los lomos elefantiásicos de nuestro egoísmo; esas torretas que por tomar la parte por el todo se suelen llamar “torres de marfil.”

Una de las obligaciones a que está llamado el ser humano es la de desarrollar sus propias posibilidades. Igual que el deportista de alto rendimiento o el piloto de aviación deben conocer con toda claridad los límites de las capacidades físicas y fisiológicas humanas para desempeñarse en sus respectivos oficios, así también en la gestión de su vida cada ser humano debe estar muy al tanto del alcance de sus propias posibilidades y, en consecuencia, saber los límites de las mismas en lo material, en lo intelectual y en lo espiritual. Esto solo se logra por la introspección, por el espíritu de examen, por la mirada interior que permite encararse a la propia soledad e ir, más allá de su cara hosca, al encuentro del silencio sonoro que nos encamina a la posibilidad de percibir con unidad y armonía el laberinto de nuestra psique y el tumulto del mundo que nos rodea.

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