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jueves, 25 de agosto de 2005

La Desconfianza y el Miedo

Tengo para mí que la crisis de confianza que inunda la vida de relación, es el mero reflejo de la convicción generalizada de que cada cual debe hacer todo por si mismo y a favor de sí mismo, sin pensar en el efecto que las propias acciones u omisiones producen sobre los demás. Se supone que cada cual debe ir como se ha dado por decir, ”a su pedo”, frase expresiva que al parecer se entiende como mandato de deleitarse en lo propio aunque lo propio no huela precisamente a ámbar. .

En este panorama de egoísmos a lo simple, las apelaciones al bien común, los criterios favorables a los demás, al próximo, al bien del conjunto, han perdido su punto de apoyo. En efecto, nadie parece interesado en saber en qué consisten el bien que se ha de hacer ni el mal que se debe evitar. Bien y mal andan confundidos con lo que en cada momento conviene o displace a cada cual.

Como consecuencia, el altruismo, la generosidad, que en otras horas más benévolas gozaban de prestigio, causaban admiración, y eran emulados y hasta mimetizados con cierta hipocresía, se hacen imposibles de identificar, de modo que, cuando se topa con ellos, vienen a ser juzgados como pretextos que encubren la finalidad de obtener ventajas subrepticias. Sencillamente han caído bajo sospecha.

Incluso hay algunos indicios de que el desconocimiento de las fronteras del bien y del mal, al hacerse habitual, ha terminado por zanjarse con un veredicto que allá en el fondo es favorable al dominio incuestionable del mal. Es un signo muy sutil, ¿ pero no han reparado vuestras mercedes, por ejemplo, en que el término complicidad, antes reservado al ámbito del delito, se hace hoy presente en la amistad, en el compañerismo, en el amor, y hasta va camino de sustituir en algunos usos a esa hermosa palabra que es comprensión?

Complicidad es hoy una palabra y una praxis simpática. Lo que ahora se busca en el otro es precisamente la complicidad, como si todos estuviésemos a priori incursos en culpa. Las innovaciones semánticas, en apariencia superficiales, encierran a veces conflictos más profundos que han cerrado en falso.¡Si hasta parece un reconocimiento implícito de la doctrina del pecado original convenientemente versionada para un escenario en el cual se pueda dar la extralimitación sin culpa, sin dolo y, por supuesto, sin remordimiento aunque haya víctimas!

La crisis de la confianza se manifiesta también en otros dos aspectos. El primero, consiste en que ningún ámbito social resulta hospitalario y fiable en su conjunto para todo tipo de personas sin excepción. Existe, en cambio, una especie de resignación por la cual cada uno se acomoda en el segmento que cree que le corresponde y donde piensa que nadie entrará a darle caña. Cada uno busca su cubil, su escondrijo, su propio zulo donde pueda vivir, eso sí, “a su pedo”, contando, si hay suertecilla con la “complicidad” de los más cercanos. Esto, que sería lo normal en una sociedad basada en la desigualdad, no deja de ser llamativo cuando surge en un ámbito donde domina el fundamentalismo equalizante, como acontece en el Reino de las Diecisiete Repúblicas.

El segundo aspecto al que aludíamos consiste en que incluso los ámbitos que desde el punto de vista particular pueden resultar hospitalarios y dignos de confianza, han dejado de considerarse duraderos y, mucho menos, permanentes. El aire de la precariedad, trasunto de la desconfianza generalizada, lo invade todo. Lo que era permanente está hoy en precario. Lo duradero se percibe como transitorio, lo transitorio como breve y lo breve como fugaz. Así sucede en el ámbito de la familia, en los vínculos esponsalicios, en los lazos de la amistad, en los compromisos sociales, en las consideraciones de conveniencia, en las relaciones de vecindad, en las obligaciones contractuales, en las posiciones políticas que, por cierto, se han convertido en meros posicionamientos, lo que hace estragos en los partidos burgueses que estaban, los pobres, menos acostumbrados a la dialéctica marxista que hoy parece que les es imprescindible.

Ante todo esto podríamos ponernos la mascarilla del optimismo y romper a exclamar con entusiasmo: ¡Es el cambio, es el cambio! Y pensar que todo cambio es para mejor. Pero algo nos lo impide, porque sucede que, tras de la fugacidad y la precariedad yace enrollada la serpiente negra del miedo, del cual la desconfianza es la hermana pequeña.

¡Ay, el miedo! Y se trata de un miedo de extensión universal, que es miedo que está por todas partes, aunque hay que hacer la observación de que es en el ámbito de la política donde parece más perceptible.. Pero ¿es en realidad la política el sector más afectado? Tentado estoy a decir que sí, que ella ha contribuido como ninguna otra actividad supuestamente cívica a destruir la confianza entre los seres humanos y a meter el miedo en sus cuerpos. La tentación crece si se piensa en que el asesinato es moneda corriente en la política de alguna de las Repúblicas del Reino de las Diecisiete, y que en la política internacional es el bombardeo y la ocupación territorial la forma normal y eficaz de dirimir las grandes cuestiones del poder.

Pero decir esto no correspondería totalmente a la realidad porque, en la práctica, los políticos no sienten ni padecen los efectos del miedo y la desconfianza que contribuyen a sembrar. En efecto, tienen a su favor la capacidad que los asuntos públicos tienen de segregar algo que, en plan médico, llamaríamos la elpidiamina, o sea, la amina de la esperanza. Esta hipotética sustancia, sin duda digna de mayor estudio, posee potente acción euforizante y es capaz de dar visos de realidad a las mayores simplezas, aunque sean de signos opuestos. Así, hay una simpleza de grandísima aceptación y que consiste en afirmar que todo cambio es siempre para mejor. En contraste con esta simpleza progresista hay otra de uso entre conservadores -tanto centrales como periféricos-, que afirma que todo continuismo sigue siempre la línea ascendente que lleva a lo más y a lo mejor y por supuesto, a lo más alto. Esto hace posible que en política el personal pasivo, digo el montón de los electores, vayan aguantando mecha con la esperanza de llegar a catar algunas compensaciones, por modestas o ilusorias que sean, y encontrando consuelo en último término en la bonita idea de que lo verdaderamente bueno, lo que se dice bueno, lo podrá conseguir en las próximas elecciones que ya se anunciarán en su oportunidad.

Hace un momento hablábamos de miedo universal; hay que recalcar ahora que este miedo no se caracteriza por su intensidad sino por su extensión. Es un miedo que cubre todo el ámbito relacional. Quizá eso se quiere dar a entender cuando se dice aquello de que “el miedo es libre.” La libertad del miedo se ha de entender como la tendencia de éste a extenderse por todo el tejido social.

Pero el miedo y esa hermanita suya que es la desconfianza, alteran las relaciones humanas, las pervierten, en algunos aspectos las esterilizan. Una persona encerrada en su cubil, no alcanza a ver a los demás ni se deja ver por ellos. La ignorancia acerca del otro convierte a éste, a nuestros ojos, en un ser temible y, por consecuencia, digno de aborrecimiento, susceptible de ser eliminado, prescindible, ninguneado. El alejamiento produce el ocultamiento de los demás. La distancia no hace próximos.

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